Las varias vidas de D’Artagnan

Dumas

«Fue el rey de los folletinistas y el más hábil de los falsificadores de la historia».

Delarue

«Yo sé que violo a menudo la historia, pero le engendro hijos muy interesantes».

A. Dumas

Los escritores románticos no eran excesivamente puntillosos en lo que respecta a la originalidad argumental, pero no creo que eso desmerezca en absoluto la grandeza de sus obras. ¿Es menos importante el Fausto de Goethe por la existencia de otro Fausto debido a Marlowe? ¿Es que una de las más interesantes muestras del romanticismo español, El estudiante de Salamanca, deja de serlo por oposición a otras versiones del mito de Don Juan o por el parecido argumental con Las ánimas del Purgatorio, de Mérimée? Si midiéramos el interés de una obra literaria por lo novedoso de su trama, Alejandro Dumas estaría entre los últimos del escalafón; por el contrario, se situaría a la cabeza si midiéramos lo apasionante del desarrollo y la fidelidad de los lectores, que jamás lo han abandonado en un siglo transcurrido después de su muerte.

Alejandro Dumas, nacido Alexandre Davi de la Pailleterie Dumas, en Villers-Cotterêts, Aisne, el 24 de julio de 1802, fue un mulato hijo de un general y nieto de un noble residente en Santo Domingo. Quedó huérfano a los cuatro años y, con grandes apreturas económicas, su educación no pasó de los niveles más elementales. Se empleó como pasante de un abogado hasta su marcha a París, con veintiún años. Las cartas de recomendación de los compañeros de armas de su padre hicieron que el general Fox obtuviera para él un empleo en la secretaría del duque de Orleans. Entonces aprovechó para suplir su falta de estudios con un aprendizaje autodidacta.

Su interés por la literatura nació viendo una representación de Hamlet y sus primeros intentos de creación se dirigieron al teatro, con poca fortuna. También escribió poemas, que el mismo se editó, y una colección de narraciones que tituló Nouvelles contemporaines (1826). Consiguió estrenar por primera vez en 1825, con el voudeville La chasse et l’amour, que presentó con el seudónimo de Davy, y el éxito no se le negó por mucho tiempo. Obras como Enrique III y su corte (1829) o Cristina (1830) recibieron una calurosa acogida por parte del público.

De todos modos su paso a la posteridad no vendría a través del teatro sino de la novela. Su nombre figura en más de mil obras y ganó con ellas una fortuna que dilapidaba con la misma velocidad con que la ganaba. Una prueba del éxito internacional de Dumas es el paradójico hecho de que, en ocasiones, llegaran a publicarse sus novelas como libro antes en España que en Francia, tras su inicial edición como folletín.

Los críticos quisquillosos tal vez citarán en su contra la dudosa autoría de muchos de sus novelas, pues Dumas organizó todo un taller de literatura a su alrededor, con diversos autores «negros» a su servicio. Las dudas han dado pie a que aún se recuerden anécdotas como aquella sobre un encuentro con su hijo por las calles de París. Cuando Dumas padre le preguntó: «¿Qué ? ¿Ya has leído mi última novela?», el hijo respondió: «Sí, la he leído. ¿Y tú? ¿La has leído ya?».

Está demostrado que Dumas no escribió la integridad de las páginas firmadas con su nombre, aunque, por más que delegase en otras plumas la tarea de redacción, nunca dejó de concebir las líneas argumentales y revisar meticulosamente la versión final, antes de entregarla a imprenta, como algunos manuscritos conservados prueban. Su concepción de la creación artística encontraría similitudes con los talleres de pintores antiguos en los que el maestro supervisaba y daba la pincelada genial, mientras el trabajo grueso lo hacían los aprendices… O mejor, como en una moderna producción cinematográfica, donde el director se responsabiliza de conjugar los talentos a su servicio pero en modo alguno realiza personalmente todas las tareas del rodaje.

Dumas se jactaba de tener tantos colaboradores como generales Napoleón, y hoy conocemos los nombres de bastantes, como Feliciano Malefille, Paul Meurice, Lacroix, Adolfo de Ribbing, Jacques Rousseau, Emile Souvestre, Gustave Vulpian, Cordelier-Delanove… De todos ellos, el de mayor talla fue Auguste Maquet, el hombre tras Los tres mosqueteros y La reina Margot. Maquet nació en París en 1813. Tras un periodo como profesor del colegio de Carlomagno se puso bajo la batuta de Dumas durante casi veinte años. Su separación en 1851 nada tuvo de amistosa y acabó incluso en juicio. A partir de ese momento Maquet se dedicó a escribir teatro en solitario, sin demasiado éxito —como también decreció, reconozcámoslo, la calidad de las novelas de Dumas—. Murió en Sainte Mesme en 1888.

Por lo que sabemos, hay que atribuir a Auguste Maquet y Dumas en conjunto la paternidad de Los tres mosqueteros. Pero además hay otras plumas, más lejanas en el tiempo, que también podrían reclamar su parte en el mérito. El mismo Dumas lo reconoce en el prefacio a la novela:

«Hará poco más de un año que, registrando en la Biblioteca Real algunos documentos para la historia de Luis XIV, cayeron casualmente en nuestras manos las Memorias de M. Artagnan, impresas, como casi todas las obras de aquella época en que los autores querían decir la verdad sin ir a la Bastilla y pasarse allí una temporada más o menos larga, en Amsterdam, en la imprenta de Pierre Rouge. El título nos agradó; nos la llevamos a casa, con permiso del bibliotecario, por supuesto, y las devoramos en un minuto».

Aquí Dumas hace referencia a su primera fuente de inspiración, una obra en tres volúmenes de larguísimo título: Mémoires de M. d’Artagnan, capitaine-lieutenant de la premiere compagnie des Mousquetaires du Roi, contenant quantité de choses particulières et secrètes que se sont passées sous le règne de Louis-le-Grand. Pese a las pretensiones del título, en realidad nada tienen de auténticas estas memorias. Son un texto apócrifo publicado en 1700 por Gatien Courtils de Sandras (1644-1712), un oscuro escritor que por culpa de sus líbelos políticos tuvo que huir a Holanda e incluso sufrió prisión en la Bastilla por nueve años. Estas Memorias fueron un verdadero éxito y llegaron a tirarse cinco ediciones en menos de quince años, nada frecuente en aquel tiempo.

Memories

Puesto que Courtils, además de literato, fue también soldado, algún comentarista más sentimental que riguroso ha gustado imaginar que llegó a conocer a D’Artagnan en el campo de batalla y recibió de sus propios labios la historia de su vida. No hay ninguna evidencia que pueda justificar tal opinión; muy al contrario, los errores que las falsas memorias contienen desdicen una fuente de información tan directa. De hecho autores como Néstor Luján han defendido esa posibilidad en algún artículo, añadiendo a los posibles informadores de Courtils la figura de François de Montlezau, señor de Besmaux, amigo íntimo de D’Artagnan y gobernador de la Bastilla durante el encierro de Courtils. Luján no repara en su incongruencia, si tenemos en cuenta que las Memorias se publicaron en 1700 y Courtils no pasó por la Bastilla hasta dos años después.

El principal de esos errores históricos sería la confusión de Courtils con dos personajes de similar nombre: Charles de Batz-Castelmore, conde d’Artagnan (el verdadero mosquetero) y Paul, barón de Batz. Este último fue protagonista de una comisión ante Cromwell en 1654 para establecer una alianza entre Francia e Inglaterra, durante la cual fue acusado de conspiración y expulsado del país. Courtils adjudica este episodio a D’Artagnan en las Memorias y de él pasaría a Dumas, que en Los tres mosqueteros lo transformará con mucha más imaginación y sentido de la aventura en el episodio de los herretes de la Reina y el asesinato del duque de Buckingham.

Dartagnan

Podemos hablar, pues, de tres D’Artagnan (si añadimos al barón de Batz serían cuatro), con sólo algunos puntos de conexión entre sí. El primero de ellos, el histórico, nació cerca de Lupiac en el castillo de Castelmore en fecha no determinada, que oscila entre 1611 y 1620, según las fuentes. Marchó muy joven a París y entró en la Compañía de Guardias del rey. Su bautismo de fuego sería en el sitio de Arrás, en 1640, y participó en la guerra del Rosellón. Para cuando ingresó en los Mosqueteros, Luis XIII había muerto y Mazarino había sustituido a Richelieu como cerebro del reino. Hombre de armas toda su vida, participará en las guerras de Flandes y alcanzará los máximos puestos dentro de los Mosqueteros. Su muerte tendrá lugar durante el sitio de Maestricht, en 1673, atravesado por una bala de mosquete, siendo ya mariscal.

De los dos D’Artagnan literarios, el primero sigue con bastante fidelidad al original, pese a los errores señalados, si bien Courtils demuestra en su relato mucho más interés por los detalles picarescos y escabrosos que por las hazañas militares de su modelo.

Mucho más falso es el D’Artagnan de Dumas y Maquet, aunque también más apasionante. Primero hacen retroceder a su héroe en el tiempo y sitúan su nacimiento en 1607, para poder centrar más cómodamente la acción durante los tiempos de Richelieu. De todo lector es conocido el enfrentamiento de ambos personajes, pero parece ser que el D’Artagnan real en nada se opuso al primer ministro de su época, Mazarino, sino que fue su agente en diversas misiones secretas. Dumas toma de Courtils, con algunos cambios menores, el primer episodio con el enfrentamiento en la aldea y el encuentro y duelo con los mosqueteros, algunos personajes como los citados espadachines, el señor de Treville o la misteriosa Milady. También conserva una de las escenas pícaras, censurada a menudo en las ediciones juveniles de la novela: cuando D’Artagnan se beneficia a Milady haciéndose pasar por otro hombre e introduciéndose en su lecho. Toda la aventura de los herretes de la reina y la posterior persecución y ejecución de Milady es pura invención de Dumas para añadir emoción y dramatismo al relato. La muerte de Milady, en Courtils, se produce fuera de escena, sin ninguna intervención de los mosqueteros: D’Artagnan, de misión en Londres, se entera de la aparición de su cadáver cosido a puñaladas y supone que es la venganza de uno de sus muchos amantes burlados.

Pero, probablemente, uno de los mejores hallazgos de Dumas, que aparece en Courtils con menor desarrollo, es el formidable trío de mosqueteros que acompañarán a D’Artagnan en sus correrías: Athos, Porthos y Aramis. Como el gascón, también ellos son personajes históricos. Athos fue en realidad Armand de Sillègue, señor de Athos, mosquetero desde 1640 y muerto tres años después, probablemente en un duelo; Porthos fue Isaac de Portau, mosquetero desde 1639; y en el origen de Aramis estuvo Henri d’Aramitz, sobrino de Treville (o Troisville), el capitán de los mosqueteros del rey.

Les_Trois_Mousquetaires_-_1849

Desde su publicación por entregas en el periódico «Le Siècle», entre marzo y julio de 1844, Los tres mosqueteros (Les Trois Mousquetaires) es la novela más popular dentro de la extensa obra de Alejandro Dumas —en dura competencia con El conde de Montecristo—. El cariño de los lectores a los indómitos mosqueteros convertiría esa historia inicial en primera parte de una trilogía que completan Veinte años después (Vingt ans après; 1845) y El vizconde de Bragelonne (Dix ans plus tard ou Le Vicompte de Bragelonne; 1848-1850); pero ninguna de esas entregas posteriores recuperaría la vitalidad de la primera, tal vez por lo envejecido de sus protagonistas.

Culpable o no de plagio, lo cierto es que la obra de Alejandro Dumas es una soberbia lección de literatura amena que ha sobrevivido mejor el paso del tiempo que la de su antecesor Gatien Courtils de Sandras, o que la de los muchos imitadores que el propio Dumas generaría, entre los que encontramos narradores nada despreciables como Paul Feval. Si hoy el pequeño hidalgo de Gascuña es recordado se debe en exclusiva a sus méritos y no creo que a los millones de lectores apasionados con sus aventuras les importe lo más mínimo eruditas disquisiciones sobre el verdadero origen de la historia.

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