Jack London: Tras las huellas del lobo

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En Estados Unidos, país formado por inmigrantes en busca de fortuna, uno de los mitos populares de más arraigo es el del selfmademan, el hombre hecho a sí mismo. Rico, competente y orgulloso, curiosamente padece de una extraña debilidad de memoria sobre sus orígenes humildes, cuando no adopta una actitud de arrogante desprecio a los menos afortunados, basada en la falaz teoría de que si él ha podido llegar a la cumbre, los que no lo consiguen es por vagancia o porque no lo desean lo suficiente. Jack London, que desde la más absoluta de las miserias acabó por convertirse en el escritor mejor pagado de su tiempo, jamás menospreció a sus congéneres ni olvidó. De hecho, si para caracterizar su obra tuviéramos que resaltar un rasgo único, éste sería el continuo recurrir a la peripecia personal como fuente inspiradora de sus narraciones.

A Jack London, nacido en 1876 como John Griffith Chaney, le tocó en suerte un mal momento para venir al mundo. El proceso de colonización de los territorios vírgenes del Oeste había concluido, al tiempo que una terrible crisis económica permitía levantar grandes imperios económicos al mínimo coste posible, nutriéndose de millones de desempleados dispuestos a trabajar por un salario ínfimo que paliara un poco su pobreza. London, desde muy niño, probó los amargos fundamentos del sistema: «Con siete años robé un trocito de carne a una niña pequeña. Habría vendido mi derecho a la primogenitura por un plato de sopa. Con ocho años tuve mi primera camisa, una prenda sucia, pobre, sobre la cual no quería ponerme nada para que todos pudieran ver mi camisa. Con diez, vendía periódicos por la calle, desde las tres de la madrugada hasta que empezaba la escuela. Nunca tuve un juguete. No tuve infancia. Nunca fui un niño. ¡Hambre, hambre, hambre! Desde la época en que no conocía ningún otro grito que el de mi estómago hasta ahora, en que el grito es otro más elevado: hambre, sólo hambre».

London reflejó las rudas y aventureras circunstancias de sus años mozos en medio centenar de volúmenes, entre novelas, relatos y artículos. En su primera historia, Un tifón en las costas japonesas, narración de dos mil palabras con la que ganó en 1893 un concurso organizado por un periódico, ya utilizaba sus recuerdos como marinero cazador de focas. Después nunca abandonó el método que tan buenos resultados le daba. London escribía con más atención a la historia que al estilo, e utilizaba el tono del narrador oral, con frases cortas de estructura sencilla, escogiendo antes la repetición que circunloquios que oscurecerían el mensaje. Cuando tomamos uno de sus relatos, frecuentemente tenemos más la sensación de ser oyentes directos que meros lectores; nos implicamos en lo narrado, perdemos el distanciamiento del espectador para embebernos en las peripecias descritas, que intuimos reflejo artistificado de una dura realidad. ¿Alguien puede relatar mejor la historia de un muchacho agotado por el trabajo y que no ve nunca la luz del sol, si él a los trece años pasaba hasta dieciséis horas de pie tras una máquina? ¿Quién explicará con mayor viveza el tormento del fracaso y el hambre que el que lo ha padecido? ¿Quien describirá mejor los tormentos de la prisión que el encarcelado por el simple hecho de vagabundear sin trabajo?

Star Rover

Consciente desde temprano de la explotación de que era objeto, se rebeló contra el trabajo físico embrutecedor y dedicó todo su esfuerzo a autoeducarse e intentar convertirse en escritor profesional, la única salida a su destino como bestia de carga. Pese a conseguir asistir a la universidad y recibir la influencia educadora de compañeros intelectuales del movimiento sindical, la biblioteca pública fue su verdadera escuela. Fue lector voraz e indiscriminado, y aunque su autodidactismo dio frutos extraordinarios, como sus libros testifican, propició una ideología llena de contradicciones, compuesta por el extraño maridaje entre el Manifiesto comunista, de Marx, y el darwinismo social de Herbert Spencer. Por un lado, mirando a su alrededor, comprendía la vida como un proceso de selección natural, una lucha en la que sólo los más aptos estaban destinados a sobrevivir; por otro, revolviéndose contra la injusticia que había sufrido en propia piel, sentía la necesidad de luchar activamente contra esta situación, en auxilio de los desfavorecidos. Lejos del progresismo de salón de los socialistas fabianos, esto le llevó a participar en actos como la marcha hacia Washington de miles de desempleados, en 1894, o a afiliarse al recientemente fundado Socialist Party, pronunciando conferencias en su nombre y llegando a presentarse como candidato a alcalde de Oakland. Más que al propio autor, probablemente sorprendería a muchos de sus contemporáneos la actual consideración como escritor para jóvenes del «Rojo London», cuya ideología consideraban nefasta para sus hijos, llegando incluso a exigir la retirada de sus libros de las bibliotecas y organizando piras donde quemarlos. Si bien en su corta vida escribió muchos relatos intrascendentes por motivos puramente económicos, London hizo caso omiso a los improperios de la escandalizada sociedad bien pensante y no renunció nunca a un posicionamiento crítico hacia lo que él consideraba la mala gestión del Capital. Su apoyo a la revolución y a la clase trabajadora se trasluce no sólo en ensayos y artículos, sino también en numerosos relatos, como El sueño de Debs, La fuerza de los fuertes, Al sur de la grieta o El mejicano, por citar sólo unos pocos, o en su novela de anticipación El talón de hierro, considerada por muchos su obra más personal, una estremecedora profecía sobre la ascensión del fascismo y la guerra mundial, detenida en la ficción por una huelga general de los obreros americanos y alemanes. No hemos de suponer, sin embargo, que nos encontramos ante un autor panfletario. Jack London es, ante todo, un soberbio narrador de aventuras y aunque en sus textos halló reflejo su pensamiento político, éste no se impone nunca a la acción continua y la emoción, permaneciendo, a veces, imperceptible si no se lee entre líneas.

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Tal actitud concienciada no habría supuesto un inconveniente, protegido por su renombre artístico, si junto a ella no hubiera andado a menudo una cierta megalomanía, origen de buena parte de sus problemas. Con sus ingresos London podía haber llevado una existencia cómoda, sin embargo siempre vaciló al borde de la ruina. Gastaba su dinero sin ningún tipo de control en ostentosas donaciones para la revolución o financiando granjas modelo, equipadas con la tecnología más moderna, pero desastrosas económicamente.

Por eso, aunque Jack London siempre pensó que la sinceridad era la principal condición para construir buenos relatos, y se consideraba a sí mismo como un escritor realista, se deben manejar estas afirmaciones con bastante precaución. London tenía más de romántico que de realista. No se trata, es cierto, de un autor como Verne o Salgari, cuyos relatos se basaban en conocimientos puramente librescos. En cada una de las obras de London podemos encontrar un paralelismo con su biografía: el marinero y guardacostas, en El lobo de mar y Relatos de la patrulla pesquera; el buscador de oro en Alaska, en La llamada de lo salvaje y Colmillo blanco; el obrero casi analfabeto que acaba por convertirse en un escritor de prestigio, en Martin Eden… Usó de su experiencia particular para una soberbia descripción de situaciones, tipos y ambientes; pero en ningún momento su mirada es metódica y desapasionada. Su percepción está condicionada por el espejo deformante hermosamente deformante de su idealismo.

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La mayoría de sus personajes son versiones magnificadas de sí mismo, incluso esos lobos y perros asilvestrados de sus novelas de animales. Siguiendo un poco la doctrina del superhombre nietzschiano, el héroe de London se mueve impulsado por la voluntad de poder, en persecución de una libertad sin barreras, por encima de vínculos y ataduras artificiales. Prefiere actuar a reflexionar. La civilización, por tanto y he aquí la principal contradicción con su pensamiento socialista—, debilita al hombre que, convertido en una mera máquina de pensar, renuncia a buena parte de sus facultades y merma su capacidad de combatir. La única directriz, ante la cual todo está permitido, es la lucha por la supervivencia o, como dice en La llamada de lo salvaje, la ley del garrote y el colmillo: «Había que dominar o ser dominado; y la piedad era una señal de debilidad. En la vida primitiva no existía. Se confundía piedad con temor y ello acarreaba la muerte. Matar o morir, comer o ser comido: tal era la ley». En una concepción dionisíaca de la existencia considera que la vida, pese a su sin sentido y a todo el dolor que conlleva, merece ser vivida plenamente. Y esa aceptación de sus tramos amargos como parte indivisible le llevan, de igual modo, a aceptar la muerte como conclusión natural. Toda la rebeldía, todo el empeño puesto en sobrevivir, se transforma en serena aceptación cuando el momento final llega. Pocos escritores han sabido describir con mayor habilidad esos instantes fatales. Cuentos como Ley de vida son ejemplares al respecto. En él un viejo indio aguarda la muerte en la soledad del desierto ártico; sus fuerzas le han abandonado y de ser un miembro útil de su tribu se ve convertido en una carga. ¿Por qué aferrarse a una vida marchita? Convencido de que es lo mejor para todos, deja de seguirles y se sienta a esperar que su llama se apague, sin dramas. Tal opción puede parecernos cruel, no justificable en una sociedad moderna; pero Jack London la aplaude y la asume en sí mismo, según parece…

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Una noche se inyecta una sobredosis de morfina que acabará con él. Tenía sólo cuarenta años, pero su salud estaba prematuramente arruinada por el alcoholismo al que su vida marginal le había abocado. Además, sus múltiples problemas económicos y la infelicidad conyugal no contribuían a aliviarle. Nunca sabremos si fue accidente o suicidio; aunque, si hemos de atender a la coherencia con la que decidió cada uno de sus pasos, no es atrevido suponer que tomara la muerte por propia mano. A fin de cuentas, debió considerar, mientras la luz huía de sus ojos, que había cumplido con su tarea como el indio del relato.

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