Theodore Sturgeon (1918-1985)

Pho by  Jay Kay Klein courtesy of Theodore Sturgeon Literary Trust

Edward Hamilton Waldo nació el 26 de febrero de 1918, en Nueva York. Hijo de una poetisa y profesora de literatura, en 1927 sus padres se divorciaron y la madre contrajo nuevas nupcias con un colega docente apellidado Sturgeon, adoptando el niño el nuevo nombre, hoy más conocido, de Theodore Hamilton Sturgeon.

Por influencia de su madre el joven Ted sentía inclinación por las letras, pero no demasiada por el estudio. En sus años escolares las actividades deportivas fueron las únicas que le atrajeron y su primera ambición se centró en convertirse en gimnasta. Por desgracia para sus esperanzas, una grave enfermedad debilitó su corazón y le obligó a renunciar al deporte.

Perdida esa meta original, Theodore Sturgeon ingresó en una escuela náutica y después de graduarse como oficial de tercera pasó tres años embarcado. Con todo lo romántica que pueda parecer la idea, la realidad debió ser mucho más gris, pues en esos años de singladuras su único destino fue la sala de máquinas… Pero al menos su reclusión tuvo sus frutos: sería en ese periodo cuando Sturgeon empezó a escribir.

Sus primeros intentos literarios no tuvieron ninguna relación con la ciencia ficción y se publicaron a partir de 1937 a través del sindicato de prensa de McClure. Su entrada en las revistas de género se produciría en 1939 con el relato Eather Breather, historia humorística sobre unas entidades alienígenas que habitan en el éter, aparecida en el número de septiembre de «Astounding». Esta narración tendría una secuela al año siguiente en la misma revista.

Desde el principio Sturgeon demostró muy poco interés por los aspectos tecnológicos y científicos del género y se inclinó por explorar las relaciones humanas, en una línea que también seguirían Clifford D. Simak y Ray Bradbury, salvando claras diferencias de estilo. El amor se convertiría en el tema central de su obra —¿pero no lo es, junto a la muerte, de toda literatura?—. De hecho, por su inclinación por una interpretación emotiva de los hechos, antes que racional, es sintomático que el propio Sturgeon siempre prefiriera definirse a sí mismo más como un autor de fantasía que de ciencia ficción.

Si Eather Breather, siendo un cuento divertido, tampoco supuso ninguna entrada triunfal en el género, sí llamarían más la atención otros relatos posteriores, que produciría en abundancia durante periodos de gran creatividad a los que seguían otros de alejamiento de la literatura. Es el caso de los populares It (1940) y Microcosmic God (1941). Sturgeon se convertiría con estas historias en uno de los puntales de la llamada Edad de Oro de la ciencia ficción norteamericana, junto a autores como Asimov o Heinlein, y bajo la dirección del influyente John W. Campbell.

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Su participación en la Segunda Guerra Mundial supondría el primero de los varios silencios en los que Sturgeon se sumiría durante su carrera. El regreso, sin embargo, no podía ser más triunfal, pues el primer relato que publicó continúa siendo de los más celebrados del autor: Killdozer (1944). Con una máquina excavadora misteriosamente animada y asesina, es un relato de terror eficaz y moderno, tanto que podría recordarnos sospechosamente incursiones en similar argumento de autores actuales como Stephen King. En 1947 su relato Bianca’s Hands, con algunos años a cuestas e inédito en Estados Unidos por su tema sexual, ganaría un concurso británico de relatos cortos, y, para rematar, un año después aparecerá su primer libro, una colección de relatos prologada por Ray Bradbury, con el título Whithout Sorcery.

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Tras este avance, la década de los cincuenta no será menos fructífera. Su relato The Stars Are the Styx inauguró en octubre de 1950 la revista «Galaxy» en cuyas páginas se publicarían en breve textos fundamentales para la historia de la ciencia ficción, como la versión breve de Fahrenheit 451, The Demolished Man… O una narración del propio Sturgeon, sin ninguna duda su obra maestra: More than Human. Esta novela sobre unos seres imperfectos como individuos pero que unidos forman una entidad superior, una gestalt de mentes, escrita con la acostumbrada sensibilidad de Sturgeon, tiene origen en el relato largo Baby is Three, aparecido en octubre de 1952. Entusiasmado el autor por las posibilidades que había descubierto, enriqueció la obra con una parte anterior, de similares dimensiones, The Fabulous Idiot, y otra posterior, Morality, para convertirla en una novela que aparecería por primera vez en librerías en 1953.

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De 1958, y también en «Galaxy», es el relato To Marry Medusa, germen de su posterior novela The Cosmic Rape, no demasiado apreciada entre sus lectores.

A pesar de sus triunfos dentro de la ciencia ficción, en los años cincuenta Sturgeon iniciará una diversificación en los géneros a tratar, probablemente por simples motivos económicos —recordemos los casos similares de Fredric Brown, Henry Kuttner y C. L. Moore—. Así, en la bibliografía de Sturgeon encontraremos a partir de ese momento obras de tema histórico, como I, Libertine (1956), firmada con el seudónimo de Frederick R. Ewing; policiaco como The King and Four Queens (1956) y The Player on the Other Side (1963) —firmando Ellery Queen—;o westerns como The Rare Breed (1966) y Sturgeon’s West (1973).

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No poco debió influir en su acercamiento a otros géneros el encorsetamiento de las publicaciones de ciencia ficción. Si ya mencionamos sus problemas para publicar Bianca’s Hands, lo mismo volvería a sucederle con Venus Plus X. Esta novela vería la luz en 1960 directamente como libro, pues todas las revistas del género la habían rechazado por su temática —una utópica sociedad futura en la que la guerra de sexos ha terminado… porque es homosexual—. Su contenido hoy no escandalizaría ni al más timorato, dado la sobriedad de Sturgeon, pero resultó bastante provocador para aquel momento.

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Tras un silencio de tres años, en 1967 participó en la mítica antología Dangerous Visions, de Harlan Ellison, con un relato de largo título muy del gusto de la época: Si todos los hombres fueran hermanos, ¿dejarías que alguno se casara con tu hermana? La inclusión de un autor de la época «clásica» de la ciencia ficción en un libro de intenciones rupturistas no fue un accidente. Sturgeon siempre demostró estar a la vanguardia del género y su influencia en autores jóvenes como Ellison debía un reconocimiento.

En 1970 publicó Slow Sculpture, ganador de los premios Hugo y Nebula, unos de los pocos galardones que recibió, aunque irónicamente en 1987 se instituiría un premio con su nombre, el Theodore Sturgeon Memorial, dedicado a relatos. El Hugo no debió ser una motivación excesiva pues en años siguientes su producción fue muy escasa. La diversidad de sus intereses fue apartando a Sturgeon de la literatura. De él decía un editor que era capaz de escribir una novela en tres días… ¿Pero cuándo serían esos tres días? El propio Sturgeon explicaba perfectamente sus sentimientos hacia la creación:

«Uno quiere escribir una historia y se sienta delante de la máquina, espera hasta que le llega determinada sensación, espera unos segundos más sólo para estar completamente seguro de saber exactamente lo que quiere hacer, respira a fondo… y se levanta para ir a preparar un cazo de café.

»Esto puede durar varios días, hasta que uno se queda sin café y no puede comprar más sin no paga al contado, y el único modo de poder hacerlo es terminar un relato y venderlo; o hasta que se cansa uno de andar de un lado para otro y se sienta y escribe un cuento increíble sólo para ver cómo sale y aplicar lo que se haya aprendido al hacerlo».

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Desde luego, a pesar de todo su dominio técnico, a Sturgeon no se le puede aplicar el término de escritor profesional, como lo entiende la industria editorial norteamericana. Sturgeon nunca aprovechó los réditos de un nombre conocido para producir obras en serie. Si no le apetecía escribir no lo hacía y eso se aprecia en el nivel de excelencia de sus narraciones, inusualmente alto, frente a la irregularidad de otros colegas.

Cuentan que en una ocasión Theodore Sturgeon se defendió de las acusaciones de un periodista, que ponía en duda el interés de la ciencia ficción por su baja calidad, devolviendo la pelota y pronunciando la célebre Ley de Sturgeon, según la cual el noventa por ciento de toda creación humana es basura. En su propio caso la ley no acaba de cumplirse. Salvo ocasionales y humanos resbalones, la obra de Theodore Sturgeon es de un valor apreciable… Una obra más para humanistas que para técnicos, tal vez distante de los rumbos actuales de la ciencia ficción, pero digna de un gran escritor sin etiquetas.

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