Una vieja historia de fantasmas

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En todas las literaturas, la forma poética ha precedido cronológicamente al texto en prosa, que se incorpora cuando estas han alcanzado ya una cierta madurez. La poesía, por la precisión de su ritmo, por la rima, facilita la memorización y la transmisión oral, y así se usó en exclusiva para los romances —entiéndanse, en un sentido amplio, como narración novelesca—; frente a la utilización de la prosa como medio de fijación escrita de textos científicos, religiosos o jurídicos. Tal reparto de papeles persistió hasta la aparición de la imprenta, que traería consigo un cambio de hábitos y una transformación del oyente en lector. Podríamos extendernos en ejemplos universales de esta tendencia, como son la Odisea, la Iliada, el Poema de Gilgamesh o el Bhagavad-Gita; pero, centrándonos en el territorio peninsular, basta recordar cómo nuestra literatura se inicia, entre los siglos XI y XII, con jarchas, cantigas, villancicos y cantares de gesta, mientras no será hasta el siglo XIII que Alfonso X dará verdadero impulso a la prosa con sus crónicas y partidas, prolongación de la labor de la Escuela de Traductores de Toledo.

Así pues, si nos embarcamos en el rastreo de nuestra primitiva literatura fantástica, hemos de suponer que sus primeras manifestaciones han de tener una forma rimada. ¿Pero existen? Tradicionalmente, y solo basta con recordar nuestros libros de texto, los estudiosos han coincidido en considerar a la literatura española básicamente realista; incluso los opuestos a esta visión limitada, se dejan llevar por la timidez y señalan que, tras Cervantes, muere cualquier enfoque fantástico en nuestra narrativa. Como tantos planteamientos reduccionistas, es en buena medida falso. Para confirmarlo deberíamos arrojar por la borda la presencia de elementos artúricos en la poesía medieval, el rico corpus de los libros de caballerías, la novela bizantina —que el propio Cervantes cultivó—, las comedias mágicas y otras abundantes producciones del barroco, además de buena parte del romanticismo, junto a su vástago decadente el modernismo.

De esta expurgación de nuestra historia literaria es buena muestra el romance que aquí ofrecemos. Pese a su interés como, quizá, la más vieja historia de fantasmas en lengua castellana, es prácticamente ignorado en la mayoría de las recopilaciones del romancero consultadas. Es un texto popular de difícil datación, pues al tratarse de una narración novelesca no posee referencias para situarlo, al contrario que los romances históricos. Anterior a la imprenta, su publicación no se producirá hasta muy posteriormente, en el siglo XVI. Haciendo caso de los especialistas podemos suponer, no obstante, que debió componerse entre los siglos XIV y XV. Formalmente sigue el canon tradicional del romance castellano —versos de dieciséis sílabas con cesura y rima asonante—; sin embargo ha de reconocerse que el tema de la aparición espectral que recrimina al mal caballero no es precisamente común en nuestras letras. La inserción de un elemento fantástico y su tono melancólico nos hace pensar en los cuentos celtas, por lo que no sería muy osado sospechar un origen foráneo del poema, en concreto de la materia de Bretaña. Las leyendas sobre el rey Arturo eran bien conocidas en nuestro país desde el siglo XIII, a través de obras como la Historia Regum Britanniae, de Geoffrey de Monmouth, y buena muestra de ello son los romances de Don Tristán y Lanzarote o El baladro del sabio Merlín. Este poema nos prueba que, en todas latitudes y desde los tiempos más antiguos, el goce ante un escalofrío ha atraído a las gentes. Poco cuesta imaginar, caída la noche y entorno a una hoguera, los ojos abiertos y el alma encogida, a nuestros antepasados escuchar estas palabras:

En la ermita de San Jorge una sombra obscura vi;
el caballo se paraba ella se acercaba a mi.
¿Adónde va el soldadito a estas horas por aquí?
Voy a ver a la mi esposa que ha tiempo que non la vi.
La tu esposa ya se ha muerto; su figura vesla aquí.
Si ella fuera la mi esposa ella me abrazara a mí.
¡Brazos con que te abrazaba, la desgraciada de mí,
ya me los comió la tierra; la figura vesla aquí!
Si vos fuerais la mi esposa non me miraríais ansí.
¡Ojos con que te miraba, la desgraciada de mí,
ya me los comió la tierra su figura vesla aquí!
Yo venderé mis caballos, y diré misas por ti.
Non vendas los tus caballos, nin digas misas por mí,
que por tus malos amores agora peno por ti.
La mujer con quién casares non se llame Beatriz;
cuantas más veces la llames tantas me llamas a mí.
¡Si llegas a tener hijas, tenlas siempre junto a ti,
non te las engañe nadie como me engañaste a mí!

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