Explorando maravillas: la novela fantástica en España durante la primera mitad del siglo XX.

Aun dejando de lado los evidentes corsés de la represión política y la escasez de medios para una subsistencia digna, en los años que siguieron a la Guerra Civil española el día a día de un aficionado a la literatura fantástica era bastante triste. Mientras más allá del Atlántico se contaba, desde la feliz década de los veinte, con publicaciones especializadas en narrativa fantástica —la revista Weird Tales publicó su primer número en marzo de 1923 y Amazing Stories en abril de 1926—, en nuestro país no había nada semejante. Al lector ni le quedaba el consuelo de escapar de la sórdida realidad de esa España «una, grande y libre» hacia espacios infinitos forjados en letra impresa.

Es cierto que el género de la ciencia ficción ha estado presente en nuestra literatura desde muy atrás, como ha demostrado Nil Santiáñez-Tió en su libro De la Luna a Mecanópolis. Antología de la ciencia ficción española (1832-1913); pero no lo es menos que las obras de anticipación, en las letras hispanas, sólo han sido salvas al aire de unos pocos francotiradores, en modo alguno una corriente ininterrumpida y prestigiosa. De hecho, si retrocedemos un poco y nos situamos en los años veinte y treinta, cuando en otras tierras el género ya había desplegado todo su abanico temático y producido un buen plantel de autores, dentro de nuestras fronteras el número de escritores que podemos definir como «especializados» se reducía sólo a dos, aungue abundan, en cambio, los autores de una o dos obras en el género, como Domingo Cirici Ventalló, Roque de Santillana o M. R. Blanco Belmonte: los anticuados coronel Ignotus y capitán Sirius, con un tipo de narrativa que se remonta a la que practicara Jules Verne.

Bajo el nombre del coronel Ignotus trabajaba José de Elola (1859-¿1935?), militar de carrera, topógrafo y profesor de futuros oficiales. Dejando de lado sus ensayos técnicos y alguna que otra obra de teatro, en el terreno que nos interesa su carrera como escritor se inició con una novela paródica de 1915 titulada El fin de la guerra. Disparate profético soñado por Mister Grey, donde da rienda suelta a su germanofilia e imagina un desenlace alternativo a la I Guerra Mundial con victoria alemana, gracias, sobre todo, a los prodigios científicos de un sabio alemán. Esta obra sólo era una más de las muchas «fantasías políticas» que se publicaron al socaire del conflicto internacional y si Elola ha alcanzado un puesto de honor en la historia de la ciencia ficción española es por sus novelas posteriores, reunidas bajo el título común de «Biblioteca novelesco-científica».

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La colección arrancó con la trilogía Viajes planetarios al siglo XXII, crónica del viaje a Venus de un grupo de científicos liderados por la sevillana María Pepa, inventora de la nave que les desplaza, nada menos que un planetoide hueco llamado «orbimotor» y que Elola se complace en describirnos con todo lujo de detalles hasta en sus acotaciones más precisas. La expedición se ve amenazada por las disensiones, que les arrastran incluso al motín, y apunto está de concluir catastróficamente zambulléndose en el mismo sol. Mari Pepa lo evita gracias a su habilidad y reconduce la nave hacia Venus, donde se dará solución a los conflictos planteados por la trama antes del regreso victorioso a nuestro planeta. La novela obtuvo suficiente éxito como para que las andanzas de nuestra María Pepa merecieran prolongarse y a la comentada trilogía le siguió una nueva obra en dos volúmenes, La desterrada de la Tierra, con más detalles sobre Venus y la civilización que lo habitaba, apenas esbozada anteriormente, y un Segundo viaje planetario —otra trilogía—, con la misión de rescate de un personaje desaparecido y dado por muerto en la primera obra.

Además, el nada perezoso José de Elola escribió otras novelas de anticipación científica ajenas a María Pepa, como El amor en el siglo cien, La mayor conquista o Tierras resucitadas, siempre voluminosas y con ideas que oscilan entre lo profético —el aprovechamiento del sol ante el agotamiento del petróleo y el carbón— y lo estrafalario —la posibilidad de acumular la energía producida por la excitación erótica—. Como se ve, el Coronel Ignotus destacó sobre todo por su atrevimiento imaginativo, planteándonos odiseas espaciales en una época en la que esto no era tan corriente. En su contra hay que reconocer que su lectura resulta hoy poco cómoda, pues el desarrollo argumental se ve lastrado por un afán didáctico y una voluntad de exactitud científica que con demasiada frecuencia levanta barreras al correcto fluir de la historia. No se conocen las fechas precisas de publicación de sus Viajes planetarios…, pero el investigador Augusto Uribe, las sitúa entre 1916 y 1920, «más hacia el final de este lustro que hacia el principio».

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Mucho más moderno en estilo y ameno como narrador, aunque algo limitado en sus especulaciones, fue el segundo gran autor fantástico español de preguerra, Jesús de Aragón (1893-1973), también conocido como Capitán Sirius, creador de novelas de estirpe «juliovernesca» y agilidad digna del mejor Salgari. En Cuarenta mil kilómetros a bordo del aeroplano «Fantasma» y su continuación, De noche sobre la Ciudad Prohibida, de 1924, encontramos una aventura equiparable a la de Phileas Fogg, dar la vuelta al mundo para cumplir una apuesta, aunque en este caso siguiendo un meridiano —con la complicación que entraña sobrevolar los polos—, del mismo modo que nos recuerda a Robur el conquistador su novela El continente aéreo, sobre un dirigible de dimensiones colosales con toda una ciudad edificada sobre su lomo, o nos remite a la aventura submarina del capitán Nemo y el Nautilus Viaje al fondo del océano (1924), donde encontramos a un genio enloquecido gobernando una Atlántida perdida bajo el mar. Menos deudora del célebre novelista galo, aunque repite su esquema del inventor genial enfrentado al mundo, es Los piratas del aire (1929)—sobre un independentista hindú que construye una fortaleza en el Himalaya, desde donde dirige sus ataques contra la pérdida Albión—, pero sobre todo La ciudad sepultada (1929) —otra historia de civilizaciones perdidas— y Una extraña aventura de amor en la Luna (1929), única novela «espacial» del autor con viaje a nuestro satélite, habitado por diversos pueblos en guerra, monstruos tremendos y la oportuna y hermosa princesa selenita.

Jesús de Aragón fue un autor fértil que además de las citadas historias de aventura y fantasía escribió otras novelas igualmente trepidantes, como La sombra blanca de Casarás, Los caballeros de la montaña, El demonio del Cáucaso, Los cuatro mosqueteros del zar y Crepúsculo en la noche roja; sin embargo, como tantos escritores que no han visto suficientemente recompensados sus esfuerzos creativos, a mediados de los años treinta Aragón abandonó la ficción para redactar, en adelante, solo libros técnicos. Como anécdota complementaria, merece recordarse el hecho descubierto por Augusto Uribe de que fue Jesús de Aragón el verdadero responsable de completar, hasta alcanzar la extensión de novela, un clásico del fantástico español más delirante, La torre de los siete jorobados, de Emilio Carrere, partiendo de una obra corta de éste publicada previamente como Un crimen inverosímil.

Por fortuna, el aficionado al género fantástico no precisaba alimentarse sólo de autores españoles, pues en ese caso su dieta habría sido bastante magra. Estaban al alcance de la mano, claro está, las repetidas ediciones de autores como Edgar Allan Poe o Julio Verne, bien conocidos por nuestros lectores desde el siglo XIX, sin olvidarnos de románticos europeos como Hoffmann, Gautier, Nerval o Nodier, cuyo prestigio les permitía encontrar cobijo en colecciones generalistas. Entre los autores más modernos podía recurrir a la ciencia ficción alemana, de gran vitalidad e inventiva en la época de entreguerras, con títulos como Un disparo al infinito, de Otto Willy Gail, o El túnel, de Bernhard Kellermann; sin embargo, publicados con profusión, hasta alcanzar una parte significativa de su obra, los únicos nombres realmente populares fueron H. G. Wells y Edgar Rice Burroughs.

En la amplia difusión de la obra de Wells en España contó por igual su capacidad fascinadora como narrador y su adscripción a las ideas socialistas, que le convertirían en autor fetiche de algunas editoriales progresistas, como es el caso de la barcelonesa Toribio Taberner Editor, que dentro de su Colección Esmeralda publicó ya a principios de siglo lo más granado de la obra del novelista británico, incluso títulos imposibles de leer hoy en ediciones más modernas, desde sus magistrales La isla del doctor Moreau, Los primeros hombres en la Luna, El alimento de los dioses o El hombre invisible hasta Anticipaciones, La guerra en el aire, Cuando el dormido despierte o En los días del cometa, sin desdeñar obras realistas menores al estilo de Tono Bungay y El amor y el señor Lewisham. Además de ser un narrador al que el paso de las décadas no ha conseguido ajar en lo más mínimo la frescura de su estilo, sin ninguna duda Wells es uno de los nombres más imperecederos e influyentes en la historia de la ciencia ficción, y el verdadero creador —mucho más que Verne— de las constantes temáticas del género: invasión extraterrestre, viaje en el tiempo, manipulación genética, gigantismo, etc. Incluso sin disponer de otros libros que los suyos, nuestro hipotético lector del siglo pasado habría encontrado suficientes motivos de disfrute.

Gran parte de la ciencia ficción que se publicaba en aquel momento procedía directamente del siglo XIX o bien, aunque recién escrita, calcaba pesados moldes decimonónicos en su voluntad educativa o aleccionadora. Por comparación, Edgar Rice Burroughs debió tomarse como un soplo de aire fresco. Sin ningún otro objetivo más que ofrecer evasión y entretenimiento, sus novelas son como una inmensa atracción de feria llena de colorido, una montaña rusa pródiga en emociones fuertes. Sus defectos como narrador al que poco le importaba la consistencia lógica de su historia y que apenas se tomaba la molestia de documentarse mínimamente —es conocido por muchos que en la primera edición de Tarzán de los monos no se inmutó al plantar en plena selva africana a un tigre o que en el Marte de sus ficciones se nos describen muchos depredadores pero ningún otro animal que les sirva como alimento— apenas hacen palidecer la fuerza primordial de sus aventuras, llenas de estereotipos y héroes monolíticos, y quizá por eso mismo con la fuerza evocadora de los sueños o las leyendas.

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A rebufo de su personaje más famoso, Tarzán, las novelas de ciencia ficción de Burroughs empezaron a llegar a nuestro país en 1924, publicando Aguilar los cinco primeros títulos de su serie del planeta rojo protagonizada por el virginiano John Carter y la hermosa Dejah Thoris: Una princesa de Marte, Los dioses de Marte, El guerrero de Marte, Thuvia la virgen de Marte y El ajedrez vivo de Marte. El mismo editor las reeditaría en 1947 dentro de su colección Crisol, convirtiéndose en ejemplares tan apetecidos como inencontrables para el coleccionista actual. Su serie de Venus, más moderna, tendría su primera publicación española por entregas dentro de la revista Blanco y Negro, que recogió en 1935 las novelas Piratas de Venus y Perdidos en Venus. Mejor conocida y accesible es la edición preparada por José Janés Editor (después Plaza & Janés) en 1953, con dos títulos añadidos, Carson en Venus y Huyendo de Venus, reeditada ocho años después dentro de la colección Clíper. Como seguramente sabrán, este segundo ciclo contaba con Carson Napier como protagonista, un millonario aburrido que decide financiar un viaje espacial a Marte, aunque los negligentes cálculos de trayectoria acaban conduciéndole a un planeta muy diferente.

He dejado para el final citar otra edición de las novelas sobre John Carter, la ofrecida entre 1945 y 1950 por la madrileña Revista literaria de novelas de cuentos, y eso es porque tal publicación merece comentario más extenso. La Revista literaria… fue una de las más longevas de aquellas colecciones semanales que proliferaron a partir de los años veinte y que recogían obras de ficción en muchas modalidades: novelas de variada extensión, textos teatrales, poesía, incluso relatos «sicalípticos». Su primer número apareció en 1928 y se prolongaría hasta finales de los años cincuenta —el ejemplar más tardío que he tenido en mis manos está fechado en 1956—. Contenía textos de todo género, cubriendo un amplio espectro de calidades, desde clásicos con pedigrí como Balzac, Hugo o Cervantes hasta folletinistas como Ponson du Terrail o Paul Feval. Entre el más de un millar de obras publicadas no iban a faltar algunos títulos dedicados al género fantástico —por aquel entonces los términos «ciencia ficción» o «terror» no tenían uso establecido y así novelas como La guerra de los mundos o El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde recibían la calificación de «misteriosas» o «fantásticas»—. Se empezó con autores prestigiosos, como los citados Gerard de Nerval, Nodier, Hoffmann o Wells, pero se acabó por incluir también ficciones de aventura futurista de otros autores con intenciones más pedestres, como es el caso del norteamericano Ray Cummings —con su novela Terrano el conquistador— o el francés Gustavo Le Rouge —con El naufrago del espacio y El astro espantoso—.

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Ediciones muy económicas, en papel barato similar al de los periódicos, no aparecían ilustradas salvo en su portada, primero únicamente en blanco y negro y más tarde estampada en tres tintas planas. He aquí la más duradera empresa destinada en aquellos días a ofrecer narrativa de calidad a los bolsillos menos sobrados y sólo por eso ya merece nuestro aplauso.

Lo que nunca acabaron de funcionar bien en España fueron los pocos intentos de crear colecciones similares especializadas en la literatura imaginativa, cancelándose siempre tras muy pocos números. Son ejemplo la pionera La Novela Fantástica, preparada por Prensa Moderna, o la posterior Biblioteca Iris, serie fantástica, de Editorial Bruguera, colecciones ambas donde podemos encontrar —en una coincidencia de mal agüero— una novela del norteamericano A. Hyatt Verrill, autor casi olvidado hoy, pero que en su momento gozó de cierta popularidad, sobre todo entre los lectores más jóvenes. Esa obra fue The Bridge of Light, de 1929, publicada primero como Los monstruos del rayo y después como Las extrañas teorías del doctor Harris, pese a contar ambas ediciones con idéntica y anónima traducción de su texto.

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No obstante, lo más usual era que las novelas de terror, fantasía y ciencia ficción aparecían desperdigadas aquí y allá, en especial dentro de colecciones centradas en la literatura de aventuras o el género policiaco. Es el caso, en los años previos a la guerra civil, de la serie La Novela Aventura, de Hymsa —donde se pudo encontrar las historias siempre apasionantes de Henry Rider Haggard sobre mundos perdidos y reinas inmortales o a Bram Stoker, con su imprescindible Drácula y otra novela medianamente digerible, La joya de las siete estrellas— y, sobre todo, de uno de los mayores hitos en la edición de literatura popular en nuestro país: la Biblioteca Oro, de la barcelonesa Editorial Molino.

Dentro de Biblioteca Oro, colección centrada básicamente en la narrativa policiaca y de aventuras, de vez en cuando se deslizó algún título que complacería a los aficionados al fantástico. Fue el caso de ese clásico del terror de Abraham Merrit, ¡Arde, bruja, arde!, las narraciones de Sax Rohmer sobre el doctor Fu-Manchú, novelas de civilizaciones perdidas como La reina del Ártico, de Edison Marshall, o El pitón blanco, de Mark Channing, incluso alguna aventura «prehistórica» a lo J.-H. Rosny, como fue El señor del fuego, del español Manuel Vallvé.

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Pero con la colección Biblioteca Oro no termina la asociación de Molino con la literatura fantástica, de hecho sería en un par de colecciones posteriores donde el aficionado al género podría encontrar mayor motivo de satisfacción: me estoy refiriendo a Hombres Audaces y su derivada Nuevos Héroes. La primera de ellas se inauguró en 1936, y consistía en la edición española de las aventuras de cuatro populares personajes de las revistas pulp norteamericanas: Pete Rice, Bill Barnes, Doc Savage, y La Sombra. Los dos primeros ofrecían historias aeronáuticas y westerns, respectivamente, mientras que los últimos, aunque en rigor entrarían en el género de la aventura y el misterio, no carecían de elementos fantásticos insertos en sus tramas, con monstruos, bestias prehistóricas y genios del mal —sus contrincantes habituales— desarrollando los más variopintos prodigios tecnológicos.

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La colección se vio truncada casi en su inicio por el estallido de la guerra, pero tras un paréntesis durante el cual el editor siguió publicando en Argentina, Hombres Audaces volvió a visitar los quioscos españoles. Lo más notable es que Molino no sólo reanudó las aventuras de Doc Savage y sus colegas, sino que, de acuerdo con el clima ideológico reinante, inauguró una colección hermana —Nuevos héroes— con el objetivo de hispanizar el tan norteamericano subgénero del aventurero con facultades extraordinarias. Entre todos los nuevos personajes, el más afortunado e interesante para el tema que nos ocupa fue Yuma, creación de Guillermo López Hipkiss con el seudónimo de Rafael Molinero

Su serie contabilizó un total de catorce títulos, aparecidos entre 1943 y 1946, con portada a color e ilustraciones interiores en blanco y negro del extraordinario dibujante Jesús Blasco. No podemos ocultar que Yuma era una imitación de los cánones heroicos de ultramar; si bien, en lugar de ceñirse a un modelo único, se constituía en una hábil fusión del justiciero siniestro tipo La Sombra con los gadgets y tramas fantacientíficas habituales en las aventuras de Doc Savage.

El verdadero nombre de Yuma era Ramón Trévelez, millonario español de origen americano. Al instalarse en Barcelona empleó su fortuna en levantar el Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, fundación dedicada a patrocinar el trabajo de científicos sin recursos, pagando su manutención y facilitándoles laboratorios y todo el material necesario en las instalaciones que a tal fin Trévelez había construido en el Tibidabo. Todo esto era bien conocido; lo que menos gente sabía era que Trévelez, él mismo un gran científico, mantenía bajo estas instalaciones el laboratorio secreto desde donde dirigir a los agentes de su alter ego y construir los ingeniosos artefactos que estos utilizarían en sus misiones.

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Uno de los aspectos que más puede sorprender al lector actual, si tiene en cuenta la fecha en que estas narraciones se publicaron, es la enorme variedad de recursos tecnológicos a los que Yuma recurre en sus aventuras. Diez años antes de la creación de James Bond, Yuma contaba con una enorme variedad de gadgets que nada deberían envidiar a los del agente británico. El más prodigioso de los inventos de Yuma, sin embargo, sólo lo utiliza él mismo, y es una capa con capucha capaz de dotar de invisibilidad a quien la usa para cubrirse. Con este recurso puede seguir a los sospechosos sin ser visto, introducirse en sus cubiles o simplemente aterrorizar a los malvados. Yuma gusta de usar el miedo como principal arma en su lucha contra el crimen y por eso el aspecto que adopta en sus apariciones es fantasmagórico: un rostro de palidez cadavérica y mirada penetrante flotando en el aire sin un cuerpo que aparentemente le sirva de sustento.

De todos modos, sus enemigos no le andan a la zaga. Más que los pequeños rateros, los principales objetivos de Yuma son genios del mal con grandes recursos a su disposición. En esa línea son memorables los episodios titulados Una conspiración diabólica, donde el malvado de turno chantajea al mundo entero tras hacer una demostración de su máquina desintegradora con la aniquilación de un barco repleto de pasajeros en el puerto de Barcelona, o bien Las islas malditas, donde el villano pone en jaque al mundo entero, obligando a las naciones enfrentadas durante la guerra mundial a detener las hostilidades para combatir a la nueva amenaza.

G. L. Hipkiss, después de José Mallorquí, es probablemente el mejor artífice de novela popular de la posguerra. Sus historias suelen ser entretenidas y bastante bien escritas, teniendo en cuenta las limitaciones de su género y los apretados plazos de entrega. Empezó su labor literaria como traductor en los años cuarenta, actividad que compaginó con la escritura de una ficción propia. Interesado preferentemente por la novela policíaca, colaboró al mismo tiempo con Molino y con su principal competidora, Clíper, editorial de Germán Plaza. Su mayor éxito lo conseguiría a partir de 1946 con una serie con personaje fijo: Milton Drake, más conocido como El Encapuchado, millonario de Baltimore dedicado en su tiempo libre a repartir justicia bajo el anonimato de una máscara.

El carácter imitativo de la colección «Nuevos Héroes» tal vez resto entusiasmo a los lectores, que podían acudir tranquilamente a sus fuentes originales en las traducciones de la misma Molino. Germán Plaza empezó a captar a los autores españoles que hasta entonces tenían a la Editorial Molino como único mercado posible y sus primeras espadas fueron espaciando sus aportaciones para «Nuevos Héroes» a medida que se dedicaban cada vez más a las colecciones de Ediciones Clíper. «Nuevos Héroes» murió de inanición en enero de 1947, tras una larga agonía —a lo largo de 1946 sólo había publicado siete novelas, frente a las veintidós que publicó en 1943, su mejor momento—.

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Mientras tanto, fuera de la literatura «de quiosco», la segunda mitad de los años cuarenta y los primeros cincuenta resultaron francamente anodinos: Bruguera seguía reeditando las novelas ya viejas de Henry Rider Haggard y Janés Editor se dedicaba a Burroughs, produciéndose muy pocas excepciones dignas de captar la atención del coleccionista, como la edición en 1945, por parte de Revista de Occidente, de Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany, o la traducción en 1948 del primer libro con relatos de Robert E. Howard, el creador de Conan el bárbaro, Skull-Face and Others, aparecido aquí en tres volúmenes de Matéu Editor —Noches en Zamboula, La ciudad muerta y El templo de Yun-Shatu—, con un texto de solapa tan hiperbólico como curioso: «Se ha puesto de moda en Norteamérica un tipo de novela que es con respecto a la literatura lo que un Picasso o un Dalí respecto a la pintura. Una novela con un espíritu nuevo, una imaginación desatada y unas concepciones que sobrepasan en mucho a las concepciones literarias del mundo literario normal. ¿Qué decir de este nuevo tipo de literatura? En primer lugar que en los países de habla inglesa cuenta con más lectores que ningún otro género literario y que para la persona que busque en la novela una distracción y un entretenimiento es el tipo de novela ideal. Robert E. Howard es su representante más genuino.»

A partir del año 1945 Clíper se convirtió en la más fuerte competencia para Molino en el mercado de la literatura de género. Si bien Molino siguió explotando un catálogo impresionante, fundamentado en autores anglosajones como Agatha Christie, S.S. Van Dine o Erle Stanley Gardner, la editorial de Germán Plaza se centró en la producción propia. Dentro de su amplio abanico de publicaciones, entre las que se contaban westernsEl Coyote, Pueblos del Oeste, Mac Larry—, novelas policiacas —El Encapuchado, Misterio— o de piratas —El Corsario Azul—, se distinguió con una personalidad singular la revista Fantástica, con el lema «Es imposible no impresionarse leyendo este volumen» sobre cada una de sus cabeceras y el subtítulo «Magazine de historias, leyendas y relatos impresionantes». Claramente inspirada en los pulps norteamericanos, no contenía una sola novela, como otros títulos de la casa, sino una serie de relatos breves encomendados a los autores habituales de Clíper —Manuel Vallvé, H. C. Granch, Federico Mediante…—, por lo común de terror sobrenatural, aunque también hizo acto de presencia alguna incursión fantacientífica. Sigue siendo un placer hojear sus ya amarillentos ejemplares, en especial por la alta calidad de sus ilustraciones interiores en blanco y negro. La que debemos considerar primera revista de literatura fantástica en España fracasó en su empeño de atraer un público propio y no llegó más allá de unos veinte números, distribuidos entre 1944 y 1945.

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Quizá fuera el fracaso de Fantástica lo que impidió que Germán Plaza mostrará un mayor interés ante el personalísimo proyecto de José Mallorquí, su autor estrella, para inaugurar una colección dedicada en exclusiva a la literatura de anticipación: Futuro.

Como en el caso de Hipkiss, José Mallorquí se formó dentro de la Editorial Molino como traductor. Sus primeras novelas originales publicadas datan de 1936, a las que seguirían un importante número de narraciones en diversos géneros: aventura, policiaco, oeste, cuentos de terror… A causa de un natural cansancio entre el público tras la publicación de más de doscientas novelas, 1953 vería la cancelación de su serie más popular, El Coyote. Mallorquí deseaba explorar otros géneros y uno de los que más le atraían era el de la ciencia ficción. Clíper no quiso publicar la nueva colección bajo su sello, aunque brindó a nuestro autor los medios —mas bien escasos— para sacarla adelante bajo el nombre de una ficticia empresa llamada Ediciones Futuro, pues no contaba con otro capital humano que el mismo escritor.

José Mallorquí, quien ya había mostrado su interés por la ciencia ficción al escribir el guión original de la serie de cómics Jinete del espacio, dibujada por Francisco Darnís, ambicionaba dar a conocer en España la nueva y vital ciencia ficción que en aquellos momentos se estaba produciendo para las revistas norteamericanas, pero contaba con serias limitaciones económicas a la hora de contratar material extranjero, así debió contentarse con escribir él mismo adaptaciones de aquellas historias que admiraba, escritas originalmente por autores como Fredrick Brown, Robert Heinlein o Jack Williamson, firmándolas con diversos seudónimos.

De todas formas, Mallorquí no se limitó a cocinar refritos, también produjo obras originales. Entre ellas, las más recordadas son las protagonizadas por el capitán Pablo Rido, una serie que se desarrollaría por entregas y que apareció firmada inicialmente con el anglosajón nombre de J. Hill, por más que fuera difícil engañar al lector sobre su verdadera autoría, dado la inclinación que Mallorquí siempre sintió por hispanizar todos los géneros de los que se ocupaba.

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En las historia del capitán Rido la acción nos sitúa en el siglo XXX, si bien, durante sus aventuras, su protagonista saltará adelante y atrás en el calendario, no en vano regenta la Agencia de Viajes Tiempo, Espacio, Tiempo. Rido es un científico brillante y hombre valiente al que tanto particulares como autoridades acuden siempre que surge un asunto de difícil solución. Por supuesto, el capitán encontrará el modo de enderezar las cosas, eso sí, poniendo un precio por sus servicios.

Hoy la obra resulta tecnológicamente desfasada, pues al lado de vehículos que se trasladan sobre ondas magnéticas se habla, por ejemplo, de algo tan arcaico como lámparas miniaturizadas; no obstante, sigue siendo posible disfrutarla dada la habilidad del escritor para desarrollar sus historias y salpimentarlas con abundantes granitos de humor, para lo cual son esenciales sus personajes secundarios, como su ayudante Sánchez Planz u Octo, el perro con cuatro pares de patas, indestructible y capaz de girar como una rueda.

El capitán Rido no fue el único personaje sobre el cual Mallorquí desarrolló una serie en las páginas de Futuro, aunque ésta fuera la más larga. Le siguió el más que curioso Jan Sith, un extraterrestre expulsado de su planeta por padecer un coeficiente intelectual muy inferior al de sus conciudadanos, pero que, una vez desembarcado en nuestro planeta y comparándose con los terrestres, resulta ser poco menos que un genio —una situación que encuentra su paralelismo en el episodio del capitán Rido “S.O.S. Orión”, donde recibe el encargo de trasladar ochocientos años en el futuro a un androide tan dotado por sus capacidades mentales que resulta un verdadero peligro para la sociedad del momento—. En todos estos episodios Mallorquí demostró una frescura y originalidad en aumento que nos permite imaginarnos cómo podría haber sido una ciencia ficción netamente española de haber recibido mayor apoyo de editores y público. Los tiempos no estaban maduros y el escritor abandonó la colección tras veintiséis números; ésta sobreviviría un poco más en otras manos, pero tras publicar su volumen treinta y cuatro se canceló definitivamente. Corría el año 1954.

Casi al mismo tiempo que desaparecía Futuro, otra colección de intenciones más modestas se presentaba en los quioscos, consiguiendo a la postre mucho más éxito. Su título era Luchadores del espacio, serie de novelas «de a duro» promovida por la Editorial Valenciana y con textos que en principio cayeron bajo la exclusiva responsabilidad del autor Pascual Enguídanos, verdadero nombre del firmante George H. White. El grueso de la colección lo compuso un grupo de novelas con continuidad que acabaría conociéndose como La saga de los Aznar.

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Quien leyó la primera entrega, Los hombres de Venus, cuando se publicó originalmente, es difícil que imaginara los cauces interplanetarios por los que luego se conduciría. La historia inicial no es una space-opera, sino una aventura de componentes exóticos y fantásticos. Miguel Ángel Aznar, audaz y varonil piloto de la las fuerzas aéreas estadounidenses —pese a su nacionalidad española— es asignado a un pequeño departamento de la ONU cuya insólita misión es investigar toda noticia sobre platillos volantes. Allí se encontrará con otros personajes tan estereotipados como él mismo: el clásico genio despistado y su secretaria guapa y pizpireta, típicamente irritada con el héroe aunque acabe rindiéndose a sus brazos. Juntos viajarán hasta el Tíbet, para tropezar con una avanzadilla alienígena, los thorbod, siendo secuestrados y llevados por la fuerza hasta Venus, su planeta natal. Como acostumbra a suceder en este tipo de obras, Miguel Ángel Aznar no permanecerá cautivo por mucho tiempo y, acaudillando a un pueblo sometido a la esclavitud, causará una primera derrota a los thorbod y logrará regresar con los suyos a la Tierra.

A esta primera aventura seguirán otras de similar talante bélico, pero las cosas cambian para mejor al final del episodio titulado La abominable bestia gris. Los thorbod consiguen someter definitivamente a la Tierra y Miguel Ángel Aznar, junto a unos miles de supervivientes, se verá en la necesidad de huir hacia el espacio abordo de un planetoide artificial, en busca de nuevo hogar para la humanidad. Es aquí cuando La saga de los Aznar se encarrila por los cauces que la distinguen frente a otros productos ligeros. En el siguiente episodio, La conquista de un imperio, Miguel Áznar ya no es el Apolo aguerrido, sino un anciano, y el protagonismo se transfiere a su primogénito, Fidel Aznar… Hablar de La saga de los Aznar como una magna obra de la ciencia ficción sería caer en la exageración; por lo que se refiere a valor literario apenas se despega del resto de la literatura de quiosco, con una prosa funcional y sin colorido como mero vehículo de la acción, que se detiene lo justo para describirnos a personajes y escenarios con cuatro pinceladas. Lo que la convierte en singular es su carácter de novela-río. A partir de La conquista de un imperio no estaremos ya ante una serie de historias centradas en glosar las peripecias de un héroe a lo largo de unos pocos años o décadas; el testigo de la aventura se irá transfiriendo de generación en generación y constantemente asistiremos a la decadencia y florecimiento de nuevos personajes, a lo largo de un arco narrativo de siglos.

Como apostilla, hay que decir que la serie se canceló en 1958, tras treinta y tres episodios, pero la Editorial Valenciana se atrevería con una reedición en 1974, para la que se reescribieron, actualizándolas, las novelas ya conocidas y se añadieron nuevas, hasta contabilizar un total de cincuenta y nueve. Aunque eso es otra historia que de momento no nos atañe… En el 58 soplaban ya otros vientos y el gusto del lector se apartaba de las hazañas bélicas del futuro: al mismo tiempo que las obras de George H. White y José Mallorquí iban escribiéndose, la revista argentina Más Allá empezó al fin a desembarcar en nuestro país las traducciones de la ciencia ficción anglosajona más puntera, y en 1955 la editorial barcelonesa Edhasa fundaría la primera colección fuera de la literatura de quiosco especializada en ciencia ficción: Nebulae. Autores hoy clásicos como Heinlein, Asimov o Arthur C. Clarke empezaron a hacerse familiares y su magisterio influiría notablemente en una nueva generación de autores españoles con inquietudes muy distintas a las de los pioneros.

El futuro había empezado.

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