Librerías de viejo: crónicas de una disciplina que nunca muere

 

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Mariano Olmedo, propietario de la librería Kafka & Cía en Av. Corrientes

Uno de los máximos placeres para cualquier persona que se considere amante de la literatura consiste en ingresar a una librería de viejo y descubrir, en el maremágnum de libros usados, rotosos y despreciables, un volumen que se destaque sobre la basura como un diamante en una pila de carbones. Un libro entre muchos que sea una pieza solo apreciada por unos pocos. Hallazgo que despierta en el descubridor los sentimientos mezquinos, egoístas y enloquecidos que el oro despertaba en los conquistadores. Entre los bibliófilos ese tipo de hallazgo se percibe como un augurio de que lo bueno aún está por llegar. Ningún coleccionista que se precie de tal abandonará la librería hasta no haber hurgado cada rincón del local, en especial los anaqueles bajos y los ángulos más inhóspitos. Ahí donde el librero olvidó actualizar un precio o se le pasó alguna edición de valor. La relación entre libreros y clientes está sembrada de reglas secretas. Un librero fogueado en su arte, conoce todos los pormenores y las variopintas excentricidades de sus clientes.

Domingo Buonocuore, autor de «Libreros, editores e impresores de Buenos Aires» (1974) llamaba a los libreros de viejo como “bibliómanos especuladores o eternos nuevos ricos de la cultura”. Eduardo Orenstein, dueño de la librería Rayo Rojo (Galería Bond Street, Av. Santa Fe), escritor y artista plástico, escribió una novela-crónica, aun inédita, donde relata las vivencias de un conocido librero del Parque Rivadavia. Para describir sus habilidades dice: “era un librero puro, como los libreros son en realidad, un comerciante que con mayor o menor astucia trataba de hacer dinero con el menor esfuerzo. Paradójicamente, el librero puede ser analfabeto. Así como los iletrados saben muy bien reconocer los billetes, el dinero con el que intercambian en la sociedad, algunos libreros se manejan con la imagen de la tapa, el aspecto, la encuadernación y un poco de instinto”. Orenstein sostiene que el librero es un tipo “que sabe mucho”, sin ser un erudito, y que cuenta con la capacidad de ubicar un objeto cultural, por la época, colección o editorial.

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Librería L&L en San Martín de Juan Ferrari

El librero de viejo es un auténtico Proteo. Puede ser un vil comerciante, un bibliófilo o un absurdo ignorante con mucho tino para los precios.

Una regla tácita entre libreros de viejo y clientes es el diálogo. En los primeros encuentros entre uno y otro, el intercambio de palabras se limita a lo monosilábico. Cualquier signo de exaltación o alegría puede disparar el precio de tapa de un libro a una cifra sideral. De aquí que el cliente rara vez demuestre sentimientos empáticos. Una vez que el lector tiene los libros en la mano no delata interés por los mismos, incluso simula algo de ignorancia o estupidez. Como si la compra la hiciera para otra persona y le diera asco tocar esas páginas avejentadas. Pero rara vez estas tácticas tienen éxito. Si el librero es zorro viejo descubre al coleccionista apenas este rebasa el marco de la puerta de la librería. El temblor de una mano, la exhalación sorda ante un hallazgo o la mirada febril, delatan el cazador ante el ojo avizor del propietario. Juan Ferrari, dueño de la librería  L & L (Mitre 3966, San Martín), formado en las trincheras del Parque Rivadavia, recuerda a un coleccionista de revistas que llegaba muy temprano al Parque para adquirir, antes que nadie, el material que le interesaba. Cuenta que el coleccionista era estafado en todas las ocasiones, ya que no podía disimular su ansiedad. En pleno invierno sudaba la gota gorda y le temblaban las manos cuando tomaba las revistas. Otro loco, agrega Ferrari, era uno que sólo compraba revistas Tit-Bits y que se pasaba la tarde recorriendo todos los puestos, desde la calle Rosario hasta Rivadavia, al grito monocorde de: “¡¡Tibits,Tibits,Tibits!!”.

Pablo De Santis señala en su novela «Los anticuarios»: “He aprendido que una librería debe huir por igual del orden y del desorden. Si la librería es demasiado caótica y el cliente no puede orientarse por sí mismo, se va. Si el orden es excesivo, el cliente siente que conoce la librería por completo, y que ya nada habrá de sorprenderlo. Y se va también. Téngase en cuenta que las librerías de viejo existen sólo para lectores que detestan hacer preguntas: quieren conseguir todo por sí mismos. Además, nunca saben lo que están buscando, lo saben cuando lo encuentran”.

Buonocuore redunda en la dicha de esta búsqueda a ciegas al decir: “El arte de hurgar entre los libros tiene, como se sabe, su estrategia y equívocos. Existen hilos ocultos, itinerarios secretos, pistas disimuladas, factores todos que suponen el conocimiento de una clave orientadora y cierta dosis de ingenio e imaginación para descubrir los ejemplares codiciados”.

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Eduardo Orenstein, dueño de Rayo Rojo, artista y escritor de la Saga de el gaucho sin cabeza

Carlos Noli, propietario de la librería El túnel, situada en Avenida de Mayo 767, sostiene que los libros se van “quemando”, por lo que la mercadería necesita moverse mucho de los anaqueles. A medida que los libros no se venden, estos van bajando de precio o regresan al depósito. Dice que en los tiempos actuales ese movimiento se complica, porque antes la compra de bibliotecas empujaba el material, pero que ahora la venta de bibliotecas escasea.

Las librerías de viejo perduran en la memoria humana de dos maneras. Una a través del recuerdo de sus concurrentes y la otra, más nostálgica, a través de su marca geológica: el sello de la librería estampado en la página inicial del libro. No todas las librerías de viejo marcaban los libros, pero sí lo hicieron muchas. Esas marcas, los ex libris de las librerías de viejo, son el testimonio mudo de una de las formas más particulares del comercio, la venta de libros usados. Algunas librerías que se extinguieron en fechas no muy lejanas fueron La librería el Arca de Juan (Defensa 1476); la librería Antigua (Bartolomé Mitre 1592) de Víctor Contreras, considerado el gran empresario de revistas viejas y publicaciones periódicas; la Feria del Libro (Av. De Mayo 637) de Filkenstein que era conocida por sus continuas y jugosas ofertas o la librería Antiquitas (Sarmiento 1685) del viejo Cafure, verdadera cueva de papel viejo.

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El legendario Yoel Novoa

Hoy día son pocas las librerías que adoptan esta escenografía cavernosa, donde uno debe hurgar entre papeles y mugre hasta encontrar una gema. Tal vez la más auténtica de todas sea la librería El debate (Av. Pueyrredón 731), donde hoy ya casi es imposible dar con algún libro de valor. Prácticamente un depósito de papel viejo que conforma un escenario de lo que era una antigua librería de viejo. Ya hace años que los coleccionistas, reencarnados en langostas, arrasaron con las existencias valiosas de esta librería.

Las librerías de viejo son blancos predilectos de aquellos que, como los llamaba Roberto Arlt, gustan de “ejercitar la garra”. Uno de los episodios más épicos sucedió en la librería Kafka (Av. Corrientes 1117) de Mariano Olmedo, quien tuvo dilatadas experiencias en este sentido. La más aguerrida aconteció un día en que un supuesto comprador, enarbolando un volumen deshojado de D’Annunzio, le echó en cara al propietario la desfachatez de marcar un D’Annunzio a tan mísero precio, cinco pesos de entonces. La discusión creció hasta alcanzar cotos escandalosos, por lo que Mariano decidió echar al alborotador que se alejó sin poner mayores reparos. A los pocos minutos volvió con un balde de pochoclos (esos extra grandes de sala de cine), lleno hasta el borde de vino patero. Sin mediar advertencia lo arrojó sobre la mesa delantera donde se exhibían las ofertas de la librería. Lo que siguió fue una batalla campal entre el librero y el defensor de D’Annunzio, hasta que la superioridad táctica de Olmedo (que consistió en romperle un palo de escoba en la espalda al defensor de la literatura italiana) puso en retirada deshonrosa al agresor (que incluyó el pedido de gracia en un bar lindante, con los pantalones bajos y le exhibición de sus partes pudendas al grito de: “Socorro a un hombre desnudo al que están pegando”). La batalla continuó hasta que el agresor pidió gracia y felicitó al librero por tan linda gresca. Los libros bautizados con tinto, una vez secos, se vendieron igual, a pesar de estar perfumados con un bouquet a uva rancia.

Esta clase de episodios no solo son recurrentes en las librerías de viejo, son más bien parte de lo que puede llamarse su universo intrínseco; como también lo son sus clientes, algunos tan particulares u originales, que parecen extinguirse o diluirse con la propia desaparición de las librerías y el producto que venden.

El nacimiento del término es oscuro. Probablemente surgió en España a fines del siglo XIX. La frase completa sería “librería de libros viejos”. Su uso diario lo sintetizó y, elipsis mediante, pasó a ser “librería de viejo”. Lo que a la vez remite a lo que solían ser sus vendedores, viejos huraños y centenarios, pocos dados a la palabra y a la confrontación con los clientes. Orenstein prefiere el concepto de “libro usado” al de “librería de viejo”. Cree que el libro en sí, como objeto, es mucho más trascendente que su contenido. La trascendencia, dice, la impone el comprador que busca el libro por nostalgia, fetichismo, masturbación, especulación, coleccionismo o lo que fuera. Noli se considera un vendedor de libros usados, viejos o de ocasión. Algunos raros y otros no. Hace un paréntesis con las llamadas librerías de anticuarios que considera que en la Argentina casi no existen. Las librerías de anticuarios trafican con primeras ediciones, ediciones de coleccionismo, libros dedicados por autores famosos o libros antiguos, o sea, de principios del siglo XIX hacia atrás. Mariano Olmedo dice que su librería es más de lector que de coleccionistas, de esos que no llegan a abrir o a tocar el libro. Para referirse a las librerías, Juan Ferrari tiene el recuerdo que le trasmitió su padre cuando salían a comprar libros, las llamaba “quemazones”. Término Peninsular que señalaba la “quema de precios” o “baratas” de libros.

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El librero Juan Ferrari de L&L

Pero antes de continuar con el anecdotario de víctimas y victimarios del libro es aconsejable hacer un repaso sobre el origen y desarrollo de las librerías en Buenos Aires. En 1824 se funda la librería del Colegio, hoy de Ávila, en la esquina de Bolívar y Alsina. Por lo que es consideraba la librería más antigua de la Argentina (y seguramente del mundo). Hoy de Ávila mantiene en su subsuelo la venta de libros viejos que fue su fuerte durante muchos años. Ángel Da Ponte parece ser el primer librero de libro usado, con su local llamado el “Baratillo de libros”, hacia fines de 1860. En la segunda mitad del siglo XIX (de 1870 en adelante) las primeras librerías de viejo, o de lance, se agruparon sobre la calle Potosí (hoy Alsina), que era por entonces la zona céntrica de la ciudad.

A mediados del siglo XX surgieron las primeras librerías grandes como las de los hermanos Palumbo (donde trabajó Roberto Arlt) y donde comenzaron a venderse libros a destajo, hasta en canastas o por kilo. En el ensayo «Los encantadores de serpientes (mundo y submundo del libro)» de Arturo Peña Lillo se cuenta la anécdota de un cliente que compró, incluso discutiendo el precio, una Biblia que resultó ser de Gutenberg y que luego se revendió por diez mil libras esterlinas al Museo Británico. Lito Palumbo, hijo del librero, desmintió esa anécdota a Juan Ferrari y le confesó que esa Biblia se vendió durante el centenario de 1910 a una comitiva alemana, pero a muy buen dinero.

La venta de saldo, que luego sería el pan de cada día de las librerías de la Av. Corrientes, fue creada por la librería Anaconda que comenzó a comprar los fondos de editoriales pequeñas y en bancarrota.

El negocio del libro, como todo comercio, está en la diferencia. Yoel Novoa (artista plástico, fundador de las librerías Rigoletto Curioso, El rufián melancólico y librero del puesto 73 del Parque Rivadavia) confiesa que en sus comienzos, al contar con tan poco dinero, pagar aunque fuera una cifra ínfima por un libro le parecía algo así como una especie de traición a sus principios, por lo que siempre ofrecía cifras absurdas, por lo bajas, a sus vendedores. Gran parte de las personas aceptaban el trato y confesaban que no sabían que se pagara tan poco. Si por alguna razón se daban cuenta que habían sido estafados y regresaban para recriminarle a Yoel el precio de la transacción, el librero les decía con aire absolutamente encantador e inocente: “¡Pero me hubiese pedido más!” El funcionamiento, dice, reside en mantener el costo y obtener ganancia. Eduardo Orenstein sostiene que hay algo despreciable en un oficio que, según los griegos, estaba resguardado por el dios Hermes, figura que velaba por los comerciantes y, también, por los ladrones. Asegura que siempre les advierte a sus clientes que intentará hacer el mejor negocio que pueda y que ellos, a su vez, deberán defenderse e intentar hacer lo mismo. La dinámica, concluye, es comprar lo más barato que se pueda para vender lo más caro posible. Reflexiona: “Porque el capitalismo es así, un robo”. Mariano Olmedo dice que el material llega a sus manos a través de la gente que circula por la calle, de cartoneros que encuentran libros revolviendo en los tachos o, incluso, de personas que compran libros en ferias de cartoneros. Pocas veces adquiere bibliotecas.

Un detalle interesante del rubro es la capacidad de los libreros para colocar los precios, Yoel dice que aprendió el secreto de un librero formador de libreros llamado Juan Carlos Pubil que acuñó la frase “poner a tiro” un precio, o sea, ni muy caro ni muy barato, el precio justo para que los libros no se estanquen y circulen. Mariano Olmedo considera que el precio es un poco una ficción, que lo dicta el interés del lector sobre el libro. Otro librero formador de libreros fue Enrique Sabransky de la librería Ameghino que le costaba desprenderse de los libros, por lo que ponía precios siderales. Eso lo llevó a terminar en la miseria y a salir a buscar dinero tirado en la calle, para alimentar a sus más de cincuenta gatos.

Una práctica en decadencia, pero que era común en las librerías, era la publicación de catálogos. Mediante los catálogos, la mayor parte de los libreros podían asentar un precio sobre un libro dado. Por lo general muchos libreros tomaban los catálogos de las librerías más prestigiosas como referencia, antes de que los mercados virtuales se masificaran. Es en esa zona virtual donde muchos de los libreros consideran que se va a asentar la librería de viejo del futuro. Yoel estima que hay que adaptarse y que la ventaja de la venta online es que los clientes de rarezas ahora están a mano, que se han acabado las distancias. Juan Ferrari dice que en parte se sostiene con las ventas de Internet y concluye que no le interesa la reputación de Mercadolibre, que esa reputación, al fin y al cabo, no influye en sus ganancias. Olmedo y Noli, en cambio, no les agrada Mercado libre por el hecho de que maneja como un banco el dinero de las ventas. Eduardo Orenstein sostiene que la contra de Internet es su sobreabundancia de datos, que impide encontrar algo en concreto, por lo que usa los mercados online para capturar clientes y luego conducirlos a su página de Internet donde pueden encontrar cómodamente lo que buscan. Otra contra de Internet, sostiene, es que ahora algunos libros que siempre tuvieron precios elevados, por ignorancia del vendedor, aparecen con precios ínfimos, depravando así el precio real del libro.

Ferrari recuerda que en la librería La gran Aldea, atendida por Víctor Contreras, se podía comprar el número uno de El Gráfico o de Caras y Caretas en fotocopias en blanco y negro. Por esos años, mediados de los setenta, era prácticamente imposible acceder a esa clase de material, si no era de ese modo. Hoy día, con la masificación de Internet y el hecho de que basta hacer un clic para acceder a toda clase de material digitalizado, se terminó por matar un poco la búsqueda y curiosidad lectora. Ferrari considera que el coleccionista de revistas viejas está en retirada o en franca desaparición, que ese material es casi ilegible para las generaciones de hoy día y la calidad de reproducción pésima, por lo que ya no es buscado. Recuerda anuncios donde se canjeaba un departamento por una colección completa de El Gráfico. Considera que hoy es casi imposible vender esa revista. Concluye que quedan muy pocos locos que hayan tomado la antorcha del coleccionismo.

Sin embargo, el Apocalipsis del libro no llegó. El formato perdurará. Lo que hoy se desprecia por abundante y conocido, mañana será escaso e ignorado. El libro tiene esa cosa loca que tiene la vida: sobrevive al azar, sin hacer caso de gustos, juicios o valores. Sobrevive lo que puede y como puede. Tal vez por eso nos atraiga tanto el libro viejo, esa especie de fósil viviente que refleja un poco la aprensión que sentimos ante un pasado extinto, pero también, de algún modo, cercano e inasible.

Mariano Buscaglia

(Nota publicada en el Suplemento Cultura del diario Perfil el 24/06/2018)

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