Una lectura a Gallegher de Henry Kuttner

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La narrativa de Henry Kuttner siempre estuvo en las lindes de dos grandes corrientes de la literatura fantástica norteamericana, por un lado la de los maestros de Weird Tales, encabezada por los tres mosqueteros del espanto H. P. Lovecraft, Robert E. Howard y Clark A. Smith, donde Kuttner debutó y se formó literariamente; y la otra fue la de los escritores que se descollaron en revistas como Fantasy and Science fiction, Astounding o Unkwnon, donde se lucirían leyendas literarias como Fredric Brown, Leigh Brackett, Fritz Leiber, Ray Bradbury (a quien Kuttner le escribió el final de su primer cuento The candle, publicado en 1942 en la revista Weird Tales) o Richard Mathenson. Éste último siempre señaló la influencia de Kuttner en su trabajo, basta pensar que una de sus novelas más famosas (The incredible shrinking man, 1956) fue claramente inspirada por la novela corta de Kuttner, Doctor Cyclops, publicada en 1940 en la revista pulp Thrilling Wonder Stories y llevada al cine el mismo año por          Ernest B. Schoedsack, bajo la producción de Merian C. Cooper.

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Kuttner fue un caso paradigmático en la literatura fantástica norteamericana de mediados del siglo XX. Un escritor que escribió, en un período reducido de tiempo (ya que la muerte lo sorprendería en sus tempranos cuarenta y dos años), un volumen de obra cuantioso, con una calidad,  casi siempre, rayana en la genialidad. Al igual que en Fredric Brown, en Kuttner esa genialidad parecía ser natural, sin afectaciones, como una especie de don ofrendado por algún demiurgo moorckoniano, algo pasado de copas.

Entre sus logros literarios están sus novelas de ciencia ficción, en las que trata con infinita destreza el tema de las mutaciones; en Elak de la Atlántida ensaya con muy buena fortuna el género de Espada y Brujería y el de la Fantasía oscura en The dark world, novela que maneja, con un pulso maestro, la doble personalidad del protagonista.

En 1940, Kuttner contrajo matrimonio con C. L. Moore. Con ella formaría una fusión simbiótica (una especie de “Gestalt Kuttner-Moore”) en el campo literario y juntos darían a luz textos extraordinarios que aun no han sido lo suficientemente estimados. Basta recordar la novela en clave paródica Beyond Earth’s Gates (1949) que iba a la saga de lo que se escribía en Unknow y que sentaría las bases de un estilo que luego frecuentarían autores de la talla de Terry Pratchet, Piers Anthony o Jonathan Carroll.henry_kuttner_relatos

Jorge L. Borges sostenía que los trabajos en colaboración, cuando eran firmados por ambos autores, siempre generaban en el lector la necesidad de descubrir quién escribió tal párrafo o qué autor era superior. Todo esto redundaba en una apreciación negativa del libro. Borges lo ejemplificaba con los textos escritos por la dupla Stevenson-Osbourne, que a veces prefería a los que había escrito el propio Stevenson en solitario. Sostenía que la prosa equilibrada de Osbourne perfeccionaba a Stevenson y que, sin embargo, esto no había sido notado por la crítica literaria, porque siempre se detuvieron en los aspectos individuales de cada autor. El simbionte Kuttner-Moore fue más allá, bajo seudónimos como Lewis Padget o Lawrence O’Donnell alcanzaron una cuota tan alta de perfección en lo que a colaboración literaria se refiere que es imposible determinar qué página o párrafo pertenece a Kuttner y cuál otro a Moore. Según cuentan, se turnaban frente a la máquina de escribir en la escritura de una novela o cuento tomando la posta en cualquier párrafo o, incluso, continuando una oración inconclusa que el otro acababa de escribir. Este poder camaleónico terminó por afectar la gloria que Kuttner y Moore merecían. Amigos cercanos al escritor, siempre le achacaron a Kuttner un exceso de modestia al camuflar su nombre en diversidad de seudónimos, lo que a la larga le jugó en contra, ya que el grueso del público lector fue incapaz de conectar ese abanico de nombres rimbombantes con el del autor californiano. Pasaron décadas de lentas reediciones para que la fama de Kuttner se afianzara en el fandom literario de ciencia ficción y fantasía, lo que sumado al reconocimiento de sus pares y discípulos literarios permitieron consagrar al autor de Gallagher como un maestro indiscutido en el campo de la ficción literaria.GALLA-3

Gallegher está entre las obras más memorables de Henry Kuttner y, según confiesa la propia C. L. Moore en la introducción que realizó para el libro Robots have no tails (que reunía por primera vez los cuentos publicados entre 1943 y 1948 en la revista Astounding), el mérito de los relatos se debía enteramente a Kuttner ya que ella, en este caso, se limitó a oficiar solo de lectora. Lamentablemente no se puede saber si el cariño que Moore sentía por su esposo la inspiró a otorgarle todo el mérito de la creación y redacción de Gallegher a Kuttner o si, en cambio, nos dijo la verdad. No es un dato menor que tras la muerte de Kuttner, Catherine Moore prácticamente dejó de escribir y se limitó a ser una albacea de su obra y la de su marido.

El protagonista de los relatos, Galloway Gallegher (Kuttner había olvidado el nombre del autor entre el segundo y tercer relato, llamándolo Galloway en vez de Gallegher, lo que solucionó en la cuarta historia usando los dos nombres, uno de ellos como apellido) es un científico alcohólico cuyo genio relumbra cuando aflora a la superficie su subconsciente. Este estado de cosas tiene el latiguillo cómico de que al despertar de su resaca, el científico se encuentra con un invento maravilloso e incomprensible que, por regla general, complica su existencia hasta que logra elucubrar cuál es la función práctica del objeto que creó en estado de gracia. También por regla general debe volver a emborracharse para responder al enigma. Los cinco cuentos que conforman el volumen recorren algunos de los clichés más hermosos del género de ciencia ficción, hay viajes y paradojas temporales, visitas de seres extraterrestres del futuro, encarnados por unos conejitos símil peluche que pretenden dominar el mundo, dimensiones paralelas y un androide con cuerpo transparente que pasa su tiempo contemplándose al espejo, por lo que el inventor lo apoda “Narciso”.

En conjunto, Los robots no tienen cola, como se llamó originalmente la primera edición de esta antología de cuentos (que publicó Gnome Press en 1952), es un libro extraordinario que retrata la edad de oro de un género que hoy parece haber perdido para siempre esa sensación de maravilla.robot

La edición en castellano pertenece de la editorial Proyecto F, dentro de su “Colección Ficciones”. El empaque del libro es de excelencia y no se le puede achacar nada. La edición respeta las ilustraciones originales y la traducción es muy correcta y cuidada . Lo curioso de esta edición es que solo fue de 55 ejemplares numerados (a mí me tocó en suerte el número 24). Este tipo de capricho es posible hoy porque la impresión por demanda se ha abaratado muchísimo y los aficionados encontraron la forma de satisfacer sus sueños de llevar al castellano muchos libros de autores cuyo momento de gloria quedó en el pasado, aunque su calidad permanece incólume. Estos escritores ya no encuentran espacio dentro del catálogo de las editoriales de renombre. La ambición monetaria de estas corporaciones impersonales ha excluido de sus proyectos los llamados nichos para entendidos. Por lo que el fandom ha salido, una vez más, al rescate de la memoria y de la calidad literaria. El mayor logro de este grupo de especialistas de Proyecto F fue haber reimpreso, en bellísimas ediciones facsimilares, los 45 números de la mítica revista mexicana Los cuentos fantásticos, un logro que no ha tenido el eco que merece en los sitios especializados, tal vez por el difícil acceso que a veces tienen estas tiradas pequeñas.

 

 

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