El diablo de Max Brand (y algunos devaneos sobre la verborrea pulposa)

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Max Brand fue el seudónimo más popular del autor estadounidense Frederick Schiller Faust que nació en 1892 y murió en 1944. Faust, sin lugar a dudas, fue el autor pulp por antonomasia. A pesar de haber gozado en vida de una popularidad rayana en el fanatismo y de ocupar un espacio privilegiado en cuanta revista popular surgiera en el mercado; hoy en día su obra ha quedado relegada al olvido. Faust era sin duda un artesano del género y un especialista en fórmulas que funcionaban muy bien por aquellos años. En la actualidad esos artificios se han petrificado y el encanto de su prosa ya no hechiza al lector de nuestros días, poco enamorado de los personajes acartonados y de los argumentos donde el bien triunfa siempre sobre el mal. Los héroes en espuelas de Brand no engañan a nadie y sus tramas, lamentablemente en muchas ocasiones, sólo pueden reducirse a grandes muestras de estilo y poco más. Resulta casi imposible catalogar las obras de Faust, ya que fue el artista más profuso del género, y su talento también se propaló a campos diferentes como el guión radiofónico, cinematográfico o historietístico. Su obra es, prácticamente, inabarcable.

tmpAB10_thumb6Fue en Hollywood donde el legendario Frank Gruber tomó contacto con Faust. Esta amistad merece recordarse, ya que Gruber le dedicó un capítulo entero a Max Brand en su mítico libro The pulp jungle. Gruber cuenta que Brand escribía por día no menos (y tampoco no más) de catorce páginas. Esa producción dio como resultado que tuviese, tras treinta años de trabajo infatigable, el total de un millón y medio de palabras al año. Lo hacía sin tomarse  descansos, feriados o fines de semana. Todos los días, catorce páginas. Ni una más, ni una menos. Por eso Gruber lo llamó: “el autor más prolífico de todos los tiempos”. Gruber señala: “Empezaba a trabajar por la mañana llevando consigo un termo lleno de whiskey y, hacia el mediodía, ya lo había terminado. Durante la tarde, escapaba por la puerta trasera, por alrededor de una hora y media, y tomaba tres tragos de parado en un bar. Cuando regresaba a su casa, a las cinco y media, tomaba una cena ligera y empezaba a beber en serio”. Faust le confesó a Gruber que no podía empezar a escribir hasta no haber bebido lo suficiente como para “salirse del mundo”.  El método de trabajo de Brand en Hollywood era escribir argumentos, ya que nunca se rebajaba a la parte técnica de pulir un guión.

Faust entró en el mercado de los westerns gracias al mítico editor Bob Davis (director de las legendarias Munsey’s magazine y All story). Davis fue el que le propuso a Faust ser el próximo Zane Grey, pero para lograrlo necesitaba un nombre de pluma más corto. Así nació Max Brand. Probablemente, aventuran los estudiosos del autor, la causa del cambio del nombre se debió a que, por aquellos años, EE.UU. estaba en guerra con Alemania y se quería evitar una mala predisposición de los lectores ante el origen germánico del apellido del autor. En todo caso, Max Brand fue el seudónimo más conocido de unos quince seudónimos diferentes que ponen en evidencia la capacidad camaleónica y la copiosidad literaria del autor. En los años treinta cambiaría de casa editora y se volcaría por la sempiterna Street & Smith y su publicación estrella Western Story Magazine dirigida por Frank Blackwell. El período de oro de la producción western la escribió Max Brand en Italia. Faust vivía en una villa en Florencia, desde donde producía las infatigables aventuras de sus héroes de espuelas y revólver. Fue durante esos años que se ganó la corona que le valió el indiscutido título de “Rey de los pulps”. Frederick se instaló en Italia, porque fue diagnosticado con una afección cardíaca que en cualquier momento podía producirle la muerte. En Italia, además de continuar escribiendo poesía, pasión que lo acompañó toda la vida, se dedicó a profundizar, con la ayuda de un profesor, sus estudios del griego. La pasión por la literatura clásica se ve reflejada en los argumentos vertiginosos de Brand, muchos de ellos salpimentados del pathos greco-latino. Personajes atormentados y dispuestos a todo. Al final de su vida, Faust regresó a Italia como corresponsal de guerra para la revista Harper. Allí encontraría su muerte bajo el fuego de la metralla enemiga. Su sueño de escribir la gran novela de guerra, nunca llegó a realizarse.

El diablo fue como se conoció en la Argentina a la primera novela de la saga de Silvertip. Un personaje legendario de Max Brand que contó con no menos de trece novelas (aunque algunas fuentes sólo señalan nueve). Silvertip es el clásico héroe del oeste que luego asumiría Clint Eastwood, ya con un tratamiento más maduro y metafísico del género, en el mundo del cine. Un héroe de rígidos principios, pero que carga sobre sus espaldas un pasado donde ha cometido errores que necesita borrar a través del duro camino de la redención y la violencia. La novelita fue publicada originalmente en formato libro por Grosset & Dunlap en 1942 y contó con una serialización  previa y condensada en la  Western Story’s magazine en marzo de 1933 (tal vez la versión que usó Acme fue la de la revista y no la de la novela. Por lo que es probable que los textos que se traducían surgieran de estas publicaciones y no de los libros). El personaje, Jim Silver, apareció por primera vez en la novela The stolen Stallion también publicada en la Western Story’s magazine.

La novela cuenta con 83 páginas a dos columnas, de letra bastante apretada. Si bien el texto se lee con fluidez y, sinceramente, los cortes no se ven, me asalta la duda de si el traductor (¿Julio Vaccareza?) hizo lo suyo a la hora de reducir la novela o si, como dije más arriba, usó la primera versión del texto.

Christian Vallini Lawson, editor de revistas como Aventurama u Ópera Galáctica, fue la primera persona que me habló de esta novela. El diablo siempre surgía en nuestras conversaciones cada vez que hablábamos de ese subgénero, tan poco conocido y frecuentado por estos lares, que tiene el nombre de “weird western”, o sea, western raro o extraño. Lawson siempre sostuvo que El diablo se trataba de una novela de vampiros bien camuflada. Y, sinceramente, existen elementos en el texto como para jugar con esta hipótesis. Sin embargo, a la hora de llegar a una conclusión, es imposible considerar fantástica a la novela, y los flirteos de Faust con el género fantástico, en esta ocasión, sólo parecen ser giros literarios para imprimirle una atmósfera algo ominosa al argumento. Se habla de un pueblo llamado Harverhill como una zona maldita y misteriosa. Sus habitantes, de personalidades apocadas y reservadas, provienen de algún sector del este de Europa, y nadie sabe, a ciencia cierta, hace cuánto tiempo viven en ese pueblo aislado. A la vez, hay elementos que codean con otro género popular de aquellos años: el weird menace. Este subgénero había nacido bajo la inspiración del teatro francés de Grand Guignol (fenómeno que merece por sí solo otro artículo). En la novela hay ranchos que parecen castillos, hay mazmorras húmedas, salas de tortura  y un enano perverso que posee la cara desfigurada por un accidente que le arrancó toda la piel de su rostro. En conclusión, la novela no es fantástica, pero cuenta con elementos suficientes para, al menos, considerar que es un western atípico, o sea, raro, o sea, weird.

silEl diablo, como dije más arriba, se publicó en la colección “Suplemento de Rastros, selección de novelas y cuentos de aventuras” de la editorial Acme, el 30 de mayo de 1951. El formato tenía 13cm de ancho por 18cm de alto. Se trataba del número 19 de una colección que llegó a casi trescientos números (extendiéndose hasta principios de los años sesenta, ya con un formato de bolsilibro). La dinámica de la colección era publicar una novela corta, a lo que le seguían dos o tres cuentos y una historieta, en sus primeros números, a color. En los cuentos el western se combinaba con el género gauchesco y también, muchas veces, con el género fantástico. Por sus páginas se pasearon destacados autores locales del género popular como Rodofo Bellani, Miguel A. Marseglia o Sara Poggi.

Dada la producción infatigable de Faust, sus tramas y personajes son necesariamente acartonados y formularios, sin embargo, eso no le resta encanto ni méritos. Hay talento detrás de los atajos literarios que usaba Max Brand y se nota. Bandini es el mexicano malo de turno. Un personaje mefistofélico que parece extraído de algún serial de la Republic o de alguna página dominical firmada por Alex Raymond. Es este carácter el que mete en problemas a Silvertip y el que, a su vez, le permite ser un héroe y, como ya dije, el que le abre el camino para hallar la redención a través de la violencia. Bandini es un mexicano que se ajusta a clichés que hoy pasarían por poco éticos y racistas. Es un mexicano roñoso, bocón y cobarde, que elude un duelo con Silvertip, disfrazando de sí mismo a su compañero, para que el héroe lo confunda con él y lo liquide antes de que se aperciba de su error. Este traspié conduce a Jim Silver a buscar el perdón en el padre del muchacho asesinado, que resulta ser un mexicano hacendado que vive en pie de guerra con unos vecinos gringos que tienen algo de cuatreros y de asesinos. Naturalmente, la buena predisposición de Silvertip no cae en gracia al padre del muchacho asesinado que lo arroja, sin mayor trámite, al calabozo. Poco  después, el argumento da un giro y la suerte vuelve a posarse sobre los hombros de Silvertip que se transforma en una especie de reencarnación del hijo que siempre quiso Pedro Monterrey, el hacendado. Lo que sigue es un ajuste de cuentas con los malvados, algún romance en ciernes, traiciones, y el camino del perdón que es lo que desenvuelve la trama de esta novelita sencilla, aunque no menos encantadora.

Tres cuentos acompañan a la novela. El primero se titula Un trabajo privado y pertenece a Wayne D. Overholser, autor posterior a Max Brand, que tuvo una dilatada carrera como escritor de westerns y que conoció, también, muchas traducciones al castellano de sus novelas, sobre todo en los años setenta. Tuvo además un breve acercamiento a la temática weird western con la novela Diablo Ghost en 1978. El cuento es uno más del montón y va sobre mineros, ladrones y un hombre contra todos. Le sigue Fuego de Jack London. Seguramente esta no sea la primera traducción al castellano de lo que es, para mí, el mejor cuento de London y, sin duda, uno de los mejores relatos jamás escritos. Fuego es una lección de suspenso en pocas páginas. Es un cuento que delata su final apenas comienza y que, sin embargo, se lee con mayor fruición a medida que se adelantan las palabras. La ansiedad y la posterior resignación del personaje que se dirige a un campamento en el helado Klondike son inolvidables, así como también la percepción tardía de que el frío liquidará al personaje en pocas horas. Casi 60 grados bajo cero. Cuentos del agua de Pedro Inchauspe es un relato campero que aborda el tema de la sequía para armar una correcta historia de suspenso, alrededor de un olvido que puede acarrear mortales consecuencias. La historieta (como la mayoría de las historietas que publicó en su primera etapa el Suplemento) es olvidable. Da la impresión que está dibujada sobre fotos y tiene algo de fotonovela romántica, con el plus de estar pésimamente coloreada. La historia, basada en algún argumento de Zane Grey, es  sosa y trillada. No tiene otro valor más que el que posee como curiosidad documental.

Tal vez sea en sus fallas y en las zonas más petrificadas de su literatura donde veamos los rasgos más populares de la fórmula de Max Brand. Sin embargo, fueron los detalles que imprimió a su producción (en este caso la atmósfera que parece haber tomado prestada de una novela de vampiros) lo que lo diferencia de autores cuyos nombres y seudónimos hoy yacen, definitivamente, sepultados en el desierto del olvido.

 

Mariano Buscaglia

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