La Atlántida (L’Atlantide, 1919)

Autor: Pierre Benoit

Edita: Pharos, México D.F., 1945

Pierre Benoit (del que hablamos alla hace mucho tiempo, en los inicios del blog) es uno de esos ejemplos de autores cuyo éxito en vida no se ha convertido en perdurabilidad post mortem. El porqué de ello está más allá de esta reseña. Lo cierto es que –sobre todo en el período de entreguerras- su éxito fue notable. Sin embargo hoy por hoy casi no se lo recuerda. Y cuando eso ocurre se debe principalmente a esta novela.

La Atlántida cuenta la historia de dos oficiales franceses en misión científica al Sahara, quienes terminan en el mítico reino de la Atlántida. Porque la Atlántida nunca estuvo en el mar, sino en el centro del desierto, en medio de los tuaregs. Y allí quedarán prendados de la reina del lugar, Antinea, femme fatale en la estela de Ayesha, de la que todos los hombres se enamoran hasta no poder vivir sin ella. El destino de todo amante de Antinea es ser convertido en una estatua de oro y pasar la eternidad en un salón junto a las estatuas-cadáveres de los otros antiguos amantes. Y la inevitabilidad de ello parece completa. Incluso la huida de uno de ellos (que será el narrador de la historia y que, por orden de Antinea, matará al otro hombre casi inconscientemente) solo asegura que volverá.

Dentro del subgénero del “mundo perdido”, La Atlántida es un clásico. Pese a su evidente dependencia argumental de Ella de Rider Haggard, la novela de Benoit hace muy bien lo que toda novela de este subgénero tiene que hacer, o sea convencernos de la factibilidad de la existencia de dicha civilización perdida. Y Antinea como Diosa-Que-Ama-y-Mata-A-Los-hombres funciona bien.

Definitivamente, si están interesados en el subgénero de mundos perdidos, no pueden dejar de leer está novela.

MÁS DE MIL Y UNA NOCHES

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A este blog le gustan los invitados. Hay muchos arqueólogos pop que han escrito y escriben cosas interesantes. Como León Arsenal.

Arsenal es más conocido por su faceta de autor de novelas históricas (de hecho acaba de publicar Bandera negra, novela ambientada en las Guerras Carlistas). Pero además tiene una faceta menos notoria de autor y conocedor de literatura fantástica. Y por ,eso, gracias a los buenos oficios de Armando Boix Millán, León generosamente nos permitió reproducir este artículo suyo sobre la influencia de la temática oriental en varias historias fantásticas. Muchas gracias a León por el permiso y a Armando por la gestión.

Ahora me callo y los dejo con el artículo

MÁS DE MIL Y UNA NOCHES

Por León Arsenal

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Poco hay en este mundo que haya sido hecho partiendo de cero. Cada avance, cada innovación, en la materia que sea, suele estar en deuda con logros previos en ese mismo campo. La literatura no es una excepción y las nuevas tendencias suelen surgir por evolución, más o menos lenta, de movimientos precedentes. Incluso cuando se trata de una ruptura con estilos previos -caso del neoclasicismo frente al barroco, como luego del romanticismo con aquel-, tal ruptura suele buscar fundamento y justificación en el retorno a formas aún más antiguas, aunque luego el lógico desarrollo de la corriente lleve a esta a orillas muy alejadas de su supuesto modelo. Orillas que a su vez, con el tiempo, serán el punto de partida para otros innovadores.

Ni siquiera los vuelos de la literatura fantástica acostumbran a despegar de la nada. En casi cualquier narración de este género pueden detectarse influencias de obras previas, autores concretos o, lo que es más habitual, de ciertas tradiciones. Tradiciones que pueden o no ser literarias, o serlo sólo en parte.

Es fácil señalar esto en autores fantásticos de siglos pasados, muchos de los cuales recurrían al folclore y al cuento popular en busca, no ya de inspiración, sino de argumentos concretos a los que dar forma literaria. Eso por no hablar del fenómeno de retroalimentación que con tanta frecuencia se ha dado entre tradición popular y literatura, una especie de camino de ida y vuelta en el que la segunda acaba contribuyendo en mayor o menor medida a estructurar y perfilar a la primera. Caso, por ejemplo, de los clásicos cuentos de fantasmas ingleses.

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Estrictamente, habría que llamar tradiciones a aquellas enraizadas en el mito y la leyenda popular. Pero, con un criterio más amplio y hablando ya de la fantasía, podríamos añadir a estas ciertas creaciones modernas y puramente literarias, de las que un ejemplo reciente sería el steampunk, una etiqueta que designa a las fantasías ubicadas en una Inglaterra Victoriana plagada de magos y hechiceros. Y, entremedias, toda una pléyade de híbridos y estadios intermedios.

La simple enumeración de todas sería imposible. Sólo en la primera de estas tres categorías habría cientos, pues cada cultura tiene su propia tradición fantásticas y todas ellas son buena fuente a la que recurrir. Lo que no quita para que el peso en la moderna fantasía no se reparta ni mucho menos por igual, ya que actualmente el panorama está netamente dominado por obras inspiradas, más o menos, en las tradiciones célticas y nórdicas.

Tal dominio es total, absoluto, y las producciones de este tipo, cada año, suman más que todas las demás de fantasía juntas. Esto es algo incontestable, fruto del tremendo éxito de El Señor de los Anillos de Tolkien, que ha sido el detonante de todo este fenómeno. De hecho, la narrativa que mimetiza a El Señor de los Anillos forma ya una tradición en sí misma, con sus reglas, sus tics y sus tipos característicos.

No obstante, en medio de esta marea, aún es posible encontrar un buen número de libros que nada tienen que ver con lo dicho en el párrafo anterior. Relatos que beben en fuentes muy distintas, algunas muy antiguas, que han tentado, y siguen haciéndolo, a autores de lo más diverso.

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Una de tales tradiciones fantásticas es aquella que se nutre de Las Mil y Una Noches. Porque, desde siempre, esta obra parece haber producido una tremenda fascinación, fácil de entender, en un sinnúmero de escritores, llevándoles a escribir una gran cantidad de relatos inspirados en ella. Una narrativa muy rica que no se constriñe a nuestros días ni al subgénero de la fantasía, sino que recorre toda la literatura fantástica a lo largo del tiempo, desde que en el siglo XVIII se publicara la primera traducción de estos cuentos árabes.

Aunque dispersa en colecciones varias e ignorada como conjunto, esta literatura ha estado siempre disponible, en mayor o menor medida, en el mercado español. Sólo por referirnos al momento presente, es posible citar de corrido media docena de títulos que son accesibles en este momento al lector, en distintas editoriales y obra de autores de lo más vario. E, indudablemente, existen más.

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Ahora mismo, por ejemplo, el lector puede conseguir sin dificultad el Vathek, un título capital en la literatura inspirada en Las Mil y Una Noches. Obra de William Beckford, uno de esos aristócratas ingleses de novela, extravagante, curioso y viajero, tiene por protagonista al noveno califa de la estirpe de los Abasíes, hijo de Motassem y nieto de Harún al Rachid, según reza el mismo libro en su comienzo.

Este califa, soberbio y desaforado, incapaz de detenerse ante nada, será émulo de Nemrod, aquel que edificó la torre de Babel, entrará en tratos con demonios y acabará por descender a los infiernos, donde vivirá diversas aventuras.

Esta narración, publicada en 1786, tiene la fuerza, el esplendor, los tremendos contrastes, como de llama y tinieblas, y esa extraña amalgama de crueldad con enfoque moralizante que son patrimonio de Las Mil y Una Noches. También, lógicamente, adolece de un estilo que se aparta muchas veces del gusto de nuestra época, obligando a una lectura lenta y sosegada para poder degustarla plenamente.

La edición actualmente disponible tiene el aliciente añadido de ser completa: el Vathek con sus tres episodios. Estos no son sino relatos independientes que otros condenados hacen al califa durante su estancia en los infiernos y, con frecuencia, han sido publicados independientemente de la narración principal. Pero la intención de Beckford parece ser que siempre fue la de su publicación conjunta. Además, ¿qué más característico en esta clase de narrativa que los cuentos dentro de otros cuentos?

Del mismo siglo XVIII, aunque algo anteriores, son también los relatos recogidos bajo el título común de Así Va el Mundo, de Voltaire. Una antología de escritos de corte oriental que reúne narraciones que van del cuento moral a la fábula política y que son de muy desigual valor. Aquí, junto a otros que no pasan de ser meras curiosidades, es posible encontrar algunos relatos que son otras tantas joyitas. Relatos como Zadig o el destino, por citar un ejemplo, que a nadie hubiera sorprendido encontrar dentro de Las Mil y Una Noches como uno de esos cuentos dentro de cuentos antes citados: historias que se cuentan entre sí los protagonistas en mitad de sus aventuras.

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Y ya en el siglo XIX, un curioso autor, Gerard de Nerval, escribiría El Viaje a Oriente, del que se han extractado dos relatos para su publicación en un mismo libro: Historia de la Reina de la Mañana y de Solimán Príncipe de los Genios, e Historia del Califa Hakem.

Es de Nerval un escritor lleno de altibajos y en su narrativa es posible encontrar fragmentos correctos pero insulsos junto a otros llenos de nervio y garra, o que son simplemente preciosos, y todo ello casi sin transición, prácticamente de una línea a otra. Y, en lo que se refiere a estos dos relatos suyos, estos rezuman de muchas de las constantes más señeras de los cuentos árabes: magia, sexo oscuro y prohibido, conjuras, peripecias.

La primera de las narraciones Historia de la Reina…, muy influenciado por algunas de las tradiciones masónicas, nos relata el triángulo amoroso que se establece entre el Rey Salomón, Balkis, reina de Saba, e Hiram, el constructor del templo de Jerusalem, cuando la segunda, al visitar al primero en su corte, se prendará del tercero y quedará irremediablemente dividida entre ambos. Es el relato más largo de los dos que componen el volumen y, aunque a veces algo irregular, posee pasajes pletóricos de fuerza y belleza.

En el segundo, Historia del Califa Hakem, de Nerval nos narra las aventuras de Hakim, califa de Egipto que acabaría proclamándose a sí mismo dios. Este relato está basado, supuestamente, en las revelaciones que al autor hizo durante su viaje por Oriente un caudillo de los drusos, para quienes Hakim es la décima y definitiva encarnación de Dios. La narración comienza cuando el califa, disfrazado como un don nadie, se aventura en una aldea de paganos, en las márgenes del Nilo, donde a instancias de Yusuf, que después se convertirá en fiel amigo suyo, prueba las delicias del hachís. Allí, entre los vapores de la droga, será donde al califa se le revelará el secreto hasta entonces oculto hasta para sus ojos, pues Hakim no es sino un dios. Ahí comenzará su exaltación y su desventura, que este relato corto y hermoso nos irá desgranando: las intrigas de su visir, los amores prohibidos con su hermana Setalmuc, las conspiraciones en su contra…

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Pero aún más adelante, ya en este siglo, la poderosa imaginería de Las Mil y Una Noches habría de seguir pulsando las fibras a creadores de todo cuño, entre los que no deberíamos olvidar, por supuesto, a los escritores “pulp” americanos. Estos autores, imaginativos y prolíficos, que nutrían las revistas populares estadounidense de la primera mitad del siglo, se dejaron sojuzgar sin ninguna resistencia por la mítica árabe, lo que les llevó a producir una ingente cantidad de aventuras ambientadas en esa parte del mundo, presente o pasado, imaginario o real.

Y de uno de los escritores más señeros de esa época -que lo es puesto que su obra ha sobrevivido, por una u otra causa, al cedazo del tiempo-, Robert E. Howard, está disponible en estos momentos una recopilación de las aventuras fantásticas de Solomon Kane, un puritano del siglo XVII, cuyas andanzas transcurren en buena parte en África, entonces casi completamente inexplorada.

Howard, que formó parte del “círculo de Lovecraft” suele recurrir con harta frecuencia a recursos e ideas específicas de los mitos de Cthulhu, que por cierto también forman toda una tradición en sí mismos. Uno de tales recursos, y una de las constantes en la narrativa de Howard, es la de antiguos seres, de gran poder, que logran sobrevivir a su época, emergiendo a otra posterior con resultados catastróficos. Esta idea, en una u otra de sus variantes, es el eje de multitud de los argumentos de R. E. Howard.

Sin embargo, no es difícil encontrar paralelismos de todo esto con Las Mil y Una Noches, en donde abundan las referencias a los tiempos míticos del Rey Salomón y a los antiguos genios por él sojuzgados. Y, en los cuentos de Solomon Kane, Howard salta de una tradición a otra con notable habilidad, dando a sus argumentos de siempre una patina que los hace totalmente diferentes. Así que en alguno de estos cuentos, el héroe se medirá con dijinni, efrits y demás demonios de la mitología árabe; e incluso el bastón que empuña en sus andanzas perteneció, según le revela el brujo N’Longa, al mismísimo Salomón y otorga poder para luchar contra toda clase de seres sobrenaturales.

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Y, siguiendo con la gran estirpe fantástica anglosajona, aunque muy posterior y aún más distinta, también es posible encontrar en estos momentos El Señor de la Noche, de Tanith Lee. Y si las aventuras de Kane entroncan con los cuentos árabes un poco de refilón, aquí parece advertirse una voluntad manifiesta; un tomar elementos para recombinarlos entre sí y con otros ajenos, y dar a luz algo totalmente distinto y, sin embargo, con un innegable aire de familia. Un poco, aunque con pretensiones más modestas, como lo que hizo Tolkien con la mitología céltica y nórdica para gestar su monumental El Señor de los Anillos.

Esta novela es una suma de tres partes, con dos cuentos cada una, todos independien#tes pero interrelacionados, compartiendo mundo y algunos personajes. El Señor de la Noche del título es Azhrarn, rey de los demonios en una Tierra que es plana, con un centro sumido en tinieblas perpetuas, punteadas por el llamear de los volcanes, que son las puertas de entrada al mundo subterráneo de los demonios.

Los cuentos son irregulares, pero el conjunto es un todo encantador, repleto de belleza, crueldad, atmósfera. Y, de entre las muchas cualidades de esta obra, no es la menos destacable el tratamiento de las escenas de sexo que nos presenta la autora, puesto que tienen algo que, por algún motivo, parece escasear bastante entre los escritores de fantasía, que es la calidad a la hora de abordar tales escenas.

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En este repaso, resulta inexcusable detenernos en nuestro país para fijarnos en La Noche del Eclipse, de Joan Manuel Gisbert; un autor prolífico, centrado en la literatura juvenil y cuya obra en buena parte toca o entra de lleno en lo fantástico. En La Noche del Eclipse, con la que obtuvo el premio Gran Angular 1989, nos narra la huida de Alfandor, joven persa de sangre real, a través del Asia Central, en el siglo XIV, perseguido por asesinos, hasta llegar a China donde, para salvarse de sus enemigos, se ve abocado a entrar en un extraño concurso organizado por el emperador Luz Perpetua. En este certamen, los participantes están obligados a resolver tres enigmas relacionados con la única hija del emperador, Nacida del Cielo, y, en caso de fracasar, sufrir prisión de por vida en el temible Laberinto de la isla de Gork.

Gisbert es un autor que lo tiene todo para triunfar, y de hecho lo hace, ante un público tan riguroso como lo es el juvenil, poco paciente con los alardes de literatura hueca y pomposa. Es ameno, de estilo ágil y directo, que no hay que confundir con lo simplón, pues antes al contrario este escritor da con frecuencia muestras de una narrativa sorprendentemente sutil. Y, en esta novela, es posible encontrar un regusto de esa mítica con que los antiguos árabes asociaban a los países para ellos exóticos, caso de China o el Cáucaso. Una aventura fresca y muy curiosa, más que digna de la atención del lector.

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Como lo es igualmente Las Noches de las Mil y Una Noches, obra del premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz. Y sirva el comentario acerca de esta novela como el cierre más adecuado a esta pequeña lista de narraciones inspiradas en las Mil y Una Noches.

Porque Las Noche de las Mil y Una Noches no es sino la continuación y epílogo de estas; una fantasía que comienza exactamente donde la otra acaba, para narrarnos lo que ocurrió a partir de el momento en que, gracias a la astucia de Sherezade, el sultán Shahriyar reniega de su bárbara promesa de tomar cada noche una nueva esposa y sacrificarla al alba.

Sin embargo, Sherezade no ama al sultán y éste tampoco es demasiado feliz, sospechán#dolo y sabiendo que, en el fondo, sigue al acecho el Shahriyar cruel y sediento de sangre que fuera.

Y, con este punto de partida, una explosión de imaginación y buen hacer literario. Doscientas cincuenta páginas llenas de magia, enredos, amores, aventuras, escaramuzas eróticas. En la mejor tradición de Las Mil y Una Noches, unas historias se dan pie a otras, se continúan, se entrelazan, se resuelven definitivamente más allá del propio relato que le da cuerpo.

Nadie que guste del género debiera dejar de leer esta obra de Mahfuz, especialmente muchos devotos de la fantasía, que así quizás podrían comprobar que esta última no es sino parte de algo -la literatura fantástica- que es mucho más grande y rico, entre otras cosas gracias a sus aportaciones.

Y, de verdad, leyendo este tapiz fantástico en el que se entrecruzan sin cesar barberos, policías, sultanes, sabios, genios buenos y genios malos, es posible encontrar algo nuevo y algo viejo, a su vez tan imbricados entre sí que resultan inseparables. Es totalmente original y sin embargo, al tiempo, es un nuevo avatar de la obra que le dio pie. De forma que es posible que, al pasar la última página de este libro, le quede a uno un regusto extraño y, cediendo a la tentación de cerrar el bucle, acuda a su biblioteca en busca de una nueva lectura de Las Mil y Una Noches.

BIBLIOGRAFÍA:

Vathek. Alianza Editorial. Col El Libro de Bolsillo, nº 1650. Madrid 1993. Traducción de Javier Martín Lalanda. 384 págs. 975 pts.

Así va el Mundo. Ed. Valdemar. Col. Avatares, nº 22. Madrid 1996. Traducción de Mauro Armiño. 350 págs. 3000 pts.

Historia del Califa Hakem… Ed. Valdemar. Col. El Club Diógenes, nº 39. Madrid 1996. Traducción de Juan Luis Gonzalez y Joaquin Lledó.

Aventuras de Solomon Kane Ed. Anaya. Col. Ultima Thule. Madrid 1994. Traducción de Javier Martín Lalanda 2200 ptas.

El Señor de la Noche. Ed. Martínez Roca. Col. Fantasy nº 12. Barcelona 1986. Traducción de Albert Solé. 215 pags.

La Noche del Eclipse. Ed. SM. Col. Gran Angular nº 111. Madrid 1990. 252 pags.

Las Noches de las Mil y Una Noches. Ed. Plaza y Janes. Col. Ave Fenix nª 46. Barcelona 1996. Traducción de Maria Luisa Prieto. 252 pags. 2350 pts.

LOS AUTORES:

William Beckford. (1760-1848). Aristócrata inglés, poseedor de una considerable fortuna que acabó disipando. Excentrico, viajero y erudito, siempre sintió una poderosa atracción por todo el mundo de Las Mil y Una Noches, lo que se plasmaría en una serie de relatos de corte árabe entre los que se encuentra Vathek, su obra principal. Otras obras suyas son The Vision; Dreams, Wakings Thoughs and Incidents o Biographical Memoirs of Straordinary Painters.

Voltaire. (1694-1778). Escritor y filósofo francés. Defensor del progreso científico, sumamente combativo contra la religión. Polemista y satírico, partidario de la libertad de pensamiento y de la política encaminada al bien común. Entre sus obras cabe destacar el Diccionario Filosófico, las Cartas Filosóficas, los Cuentos Filosóficos, el Ensayo Sobre las Costumbres, tragedias como Zaïre y Merope o novelas satíricas como Cándido o Micromegas.

Gerard de Nerval (1808-1855). Autor francés, de vida irregular y con grandes altibajos. Sufrió prisión por sus ideas republicanas y malgastó su herencia familiar en la edición de revistas literarias. En 1841 sufre el primero de los ataques de locura que le conducirán finalmente al manicomio. Liberado por intermediación de la Sociedad de Hombre de Letras, se encuentra en la más absoluta de las miserias y aquejado de sus dolencias mentales, lo que le empuja finálmente al suicidio, ahorcándose en la calle de Vieille-Lanterne, en Paris, en 1855.

Robert E. Howard. (1906-1936). Autor estadounidense, nacido en Peaster, Texas. Conocido sobre todo por la serie de cuentos protagonizados por Conan, héroe bárbaro que desarrolla sus aventuras en una imaginaria Edad Hiboria, publicó sin embargo, desde muy joven, relatos de todas clases en gran número de revistas. Pasó todos sus años en Texas, la mayor parte de ellos en la localidad de Cross Plains, a pesar de lo cual mantuvo abundante correspon#dencia con escritores como H.P. Lovecraft o Clark Ashton Smith, de quienes tomó numerosos elementos literarios. Hombre de temperamento inestable, se quitó la vida al recibir la noticia de que su madre, a la que se sentía muy unida, agonizaba sin esperanza de remisión.

Tanith Lee (1947). Autora británica. Poseedora de los más prestigiosos premios de la fantasía anglosajona, comenzó escribiendo literatura juvenil para irse posteriormente decantando hacia la fantasía y el terror, terreno en el que ha desarrollado la inmensa mayoría de su producción literaria.

Joan Manuel Gisbert. Autor español, nacido en 1949 en Barcelona. Ha trabajado en Teatro y en el ramo editorial. Ganador de varios y prestigiosos premios como el Lazarillo de 1974, ha enfocado su producción literaria hacia la literatura juvenil en los campos de la ciencia ficción y la fantasía, siendo autor en este sentido de más de una treintena de títulos, entre los que se podría destacar El Misterio de la Isla Tokland, Leyendas de Planeta Thamyris o El Museo de los Sueños.

Naguib Mahfuz (1911). Escritor egipcio. Autor de más de sesenta novelas, considerado uno de los grandes de la literatura árabe, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1988. Entre sus novelas, es posible encontrar en español El Espejismo, El Ladrón y los Perros, El Mendigo y Un Señor Muy Respetable (todos en Plaza y Janés), así como la novela histórica León el africano.

Aventurero a la fuerza

aventurero a la fuerza

Autor: Antonio Torralbo Martin

Colección: Biblioteca Oro

Edita: Molino Argentina, Buenos Aires, 1945

El joven español Miguel Clavelaste se equivoca de barco y termina viajando a la India en una nave que lleva un cargamento de armas para ayudar a un príncipe hindú a hacer un golpe de estado contra el rajah local. El problema es que, a su vez, este es amenazado por un subordinado ambicioso. Miguel se va a encontrar tratando de parar esa rebelión, además de proteger a la amiga de la hija del príncipe que también es española.

Pulp de aventuras con una premisa medio improbable. Nada muy interesante la verdad, excepto que sea escrito por un autor español (del que desconozco todo). Es llevadero eso sí. Pero de hecho, en la resolución del conflicto Miguel tiene muy poco que ver. No nos topamos con una confrontación final con el villano de la pieza, que básicamente es aniquilado fuera de pantalla. Lo que es un anticlímax como pocas veces he visto. Esta escrito profesionalmente, eso sí: uno no sufre el estilo.

Pero la verdad es que está novela no es nada del otro mundo. Lectura desechable sin demasiado interés excepto si uno quiere leer solo material pulp creado por autores de lengua española.

Kung fu por una rubia

karate para una rubia

Autor: “Peter McCoy” (¿seudónimo de María Purificación Carré Sanchez?)

Colección: ¡Kiai! N°39

Edita: Bruguera, Barcelona, 1977

Tenemos dos primos  hijos de occidental y oriental. Uno es un detective privado, al que toda mujer se derrite. El otro es un inescrutable maestro de las artes marciales. Ambos son expertos luchadores. Ambos tienen en conjunto una tienda e antigüedades cuya secretaria es una rubia muy boba que tiene un cuerpo infartante.

Cuando llega sin querer un cargamento donde, escondido en unas artesanías sin valor, aparecen unas valiosas gemas tibetanas, el lugar es atacado por la banda dirigida por el Escarabajo Cojo, un experto ladrón de guante blanco. Mejor dicho, ladrona. Que no tiene mejor idea que secuestrar a la secretaria rubia para chantajear a los primos para que le den a cambio las gemas.

El resultado es… la verdad una novela letárgica, donde no pasa nada. Algunas peleas inconsecuentes, seguida de encierros y liberaciones intrascendentes. La secretaria rubia es una IDIOTA con palabras mayúsculas, una rubia boba que sufre del Síndrome Dale Arden (la novia de  Flash Gordon, esa que solo sabe ser capturada y gritar) y la villana es la típica villana que no puede dejar de calentarse por el héroe, por muy idiota que este sea.

Y el nivel de sexismo hoy sería inviable. Fíjense en esta frase:

“”Pero Betty (la secretaria) era algo sagrado para Mark (el detective privado). Jamás se atrevería a ofenderla”

“A veces le tiraba un sabroso pellizco en sus redondeces posteriores o se le escapaba la mano en una caricia un tanto atrevida…”

“Pero sin intención de ofenderla. De eso nada”

La excusa perfecta para el juicio laboral por acoso sexual: le metí mano pero no quería ofenderla.

Lo gracioso es que, por lo que creo, el seudónimo esconde a una prolífica autora de novelas románticas españolas (tengo mis dudas porque todos los sitios indican que usaba le seudónimo McKoy con K, asi que puede que sea otra persona).

Una novela que podía aparecer solo en unos años donde la manía por las artes marciales estaba a pleno.

Hoy por hoy es otro ejemplo de árbol muerto innecesariamente en nombre de la industria cultural.

¿De dónde te tengo? – Hoy: Turhan Bey

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Exotico, suave, elegante. Seguro que si viste películas de terror o de aventuras ambientadas en el Oriente de los años cuarenta, te topaste con este tipo.

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Peinado para atrás, con un bigotito anchoa, ojos oscuros y unas cejas sospechosamente bien delgadas como para no estar depiladas. Seguro que hacía suspirar a las chicas de la época en los cines de barrio. Turhan Bey tenía pinta de ganador, aunque le tocaran generalmente papeles de villano.

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Turhan Selahettin Schultavey nació en 1922 en Viena. Era el hijo de un diplomático turco que trabajaba en la embajada de Austria y de una rica checa dueña de una cadena de cines. En resumen: el pibe nunca pasó hambre. De joven se interesó en las artes y aprendió fotografía. A los diecisiete años se dedicaba a testear autos de carrera para matar el aburrimiento. Como parecía que las cosas se venían complicaditas -estaba ese alemán del bigotito queriendo anexar Austria al Reich y todo eso- Turhan, su madre y su abuela (su padre  se había divorciado años atrás) se fueron a América a finales de los treinta. Un amigo de la familia le dió al joven una carta de recomendación para el director Arthur Lubin. Tras aprender a hablar correctamente el inglés. Turhan fue a Hollywood y la presentó a Lubin, quien le mostró el lugar. Y ahí se despertó su vocación de actor. Consiguió un papel en una obra de teatro y al poco tiempo, fue visto por un par de agentes de la Warner Bros., quienes le ofrecieron el papel de villano en una película, La única condición era que había que cambiarle el nombre. Y así fue que nació Turhan Bey, el actor.

bey mummy

Tras un par de películas para los estudios Warner y RKO, fue la Universal con la que firmó un contrato. Inmediatamente entró a trabajar en forma regular en films, generalmente como villano de modales elegantes. Sus rasgos le garantizaron roles como un malvado capitán japonés (sí, no es muy claro cuánto de parecido tienen los árabes con los nipones, pero vayan a explicárselo a los de Hollywood) en films bélicos de propaganda, como Danger in the Pacific, 1942). Una excepción sería Dragon Seed (1944), en donde hacía de un guerrillero chino que peleaba contra los japoneses y ayudaba a Katherine Hepburn. Pasó por películas ambientadas en el Medio oriente onda las Mil y Una Noches, donde hizo de jeque, príncipe y cosas así, y cuya protagonista era la actriz María Montez.

Turhan Bey

El otro género en donde quedó atrapado fue el de terror. Contrariamente a muchos de los actores de esa época, a Turhan no Ie molestaba hacer películas de terror. “Siempre me gustaron los films de terror y siempre me gustó actuar de villano, cuando el papel era interesante. Hay algunos que sólo son malos, pero tuve suerte, siempre hice villanos que tenían alguna causa escondida para ser malos, ¿Pero qué no me gusten los films de tenor? ¡0h, no! ¡Me encantaban!”, reconoció en una entrevista.

turhan karloff

Su primer papel de este tipo fue en La Tumba de la Momia (The Mummy’s Tomb, 1942). Allí era un joven sacerdote del templo de Karnak que llevaba a la momia Kharis (interpretada por Lon Chaney Jr.) a Londres para vengarse de los profanadores, que en un filme anterior habían encontrado su tumba y sobrevivido. Ese papel sería su favorito “porque era una parte cercana a mi propia nacionalidad“. Otra interpretación fue la de El Buitre Humano (The Mad Ghoul, 1943) donde era el novio de Evelyn Ankers. Ella era perseguida por su ex, a quien desgraciadamente el malvado George Zucco había convertido en un monstruo zombificado. También actuó en El Ruiseñor y el Cuervo (The Climax, 1944), una gran producción que intentó obtener el mismo éxito que había tenido El Fantasma de Ia Ópera (Phantom of the Opera, 1943) y que falló miserablemente, pese al talento de Boris Karloff.

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En 1945, Bey tuvo que cumplir dos años en el ejército. Al volver, supo que había perdido el barco. La Universal vendió su contrato a Eagle Lion, una productora pequeña, en donde Bey seguiría su carrera en pequeñas películas. La más destacable fue El Espiritualista (The Amazing Mr. X, 1950), donde haría de un falso medium que se dedicaba a estafar a gente rica. En 1953 Bey dejaría la actuación para volver a Austria donde tendría una larga carrera como fotógrafo de modelos y de desnudos. Recién en los noventa volvería a tener un pequeño papel en Possesed by Night (1994, dirigida por Fred Olen Ray, un tipo al que le encanta trabajar con actores retirados). Además actuó en series de televisión como Sea Quest (la producida por Spielberg) y Babylon 5, en pequeños roles de artista invitado (donde sacaría una nominación al Emmy por su papel en Babylon 5). Tras una larga lucha contra el mal de Parkinson, fallecería el 30 de setiembre del 2012, a los noventa años de edad.

turhan babylon

Asi que, si son de ver películas de bajo presupuesto de Hollywood de las décadas de 1940 y 1950, van a encontrar a ese galán exótico de los films bajo presupuesto y se pregunten: “¿Y a este, de dónde lo tengo?”

La belleza de la perversidad: decadentismo francés y literatura fantástica

La decadencia es el arte de morir en belleza.

Verlaine

1. EL IMPERIO AL FIN DE LA DECADENCIA.

Hemos vivido, no hace mucho, el final de un siglo violento y apasionante. Tal vez ahora mismo presenciamos todo un cambio de periodo histórico, con avances tecnológicos y económicos que nos abocan a una transformación social, a poco que no queramos asistir a una quiebra catastrófica. Sabemos de la tragedia de vivir en tiempos interesantes; pero las transiciones, cuando no se sabe si dar un paso atrás o avanzar ciegamente con riesgo de caer al abismo, son ricas en ingenio y también —por qué no decirlo— en amaneramientos. En el terreno del arte, los más audaces van dando palos de ciego e inevitablemente se produce lo que podríamos llamar callejones sin salida. Hace casi ciento cincuenta años, en una situación que guarda paralelismos con la actual, se originó uno de ellos. El Decadentismo fue un movimiento sin continuidad, ahogado por coetáneos que supieron dar con fórmulas más innovadoras, y hoy frecuentemente olvidado incluso por los historiadores del arte y la literatura.

El Decadentismo forma parte de un conglomerado de tendencias —simbolismo, modernismo…— de características equiparables. Comparto con Luis Antonio de Villena1 el considerarlas a todas como segmentos de un único fenómeno, cuya separación sería traumática. Autores como Mallarmé, Rimbaud o Verlaine se movieron en las fronteras variables de estos grupos y fue habitual ver colaborar en idénticas revistas tanto a decadentes como a simbolistas. Todos responden a una constatación de cambio; son la llamativa luz crepuscular de un sol que agoniza y acepta estoicamente la llegada de la noche. «Yo soy el imperio al fin de la decadencia», escribe Verlaine en 1883, en su soneto Languidez, epítome de una sensibilidad que venía gestándose desde años atrás y que en ese momento adquiere una compleja madurez, donde se mezclan idealismo y erotismo; paganismo y catolicismo; anarquismo y dandismo…

La delimitación cronológica del movimiento decadente es compleja, como siempre. Algunos autores buscan su inicio en Baudelaire y Gautier; otros, amantes de las fechas exactas, eligen dos óbitos para enmarcar el movimiento: la muerte de Baudelaire y Rubén Darío, en 1867 y 1916, respectivamente. Hay, sin embargo, algunos acontecimientos que señalan la progresión de la nueva estética. El primero, y de vital importancia, es la publicación de Las flores del mal, en 1857, pues aunque esta obra no pertenezca en propiedad al Decadentismo, influirá decisivamente en los poetas posteriores, convirtiendo el erotismo, lo diabólico y lo insano en temas comunes de los siguientes decenios. Por otro lado, en Inglaterra, el historiador del arte Walter Pater establece otro hito con el epílogo a sus Estudios sobre la historia del Renacimiento (1873). Verdadero manifiesto, retoma la idea heraclitiana de que todo pasa y nada permanece, de que nuestra vida es un rápido fluir de sensaciones, siempre bajo la advocación de la muerte. Desde su retiro en Oxford, este plácido erudito propuso absorber con ansia nuevas experiencias, regocijarse en lo sublime y vivir el instante como un medio de intensificar nuestra existencia. Una vindicación de la filosofía epicúrea que interpretarán luego los decadentes como una llamada a la persecución del placer.

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Pero es en 1883 cuando podemos hablar, sin temor a equivocarnos, de Decadentismo. En ese año muchos autores nuevos del movimiento publican sus obras, unas completamente olvidadas hoy, otras de calidad reconocida. De entre estas últimas podemos destacar tres títulos: Los poetas malditos, serie de artículos de Verlaine publicada en la revista «Lutèce»; los magníficos Cuentos crueles, de Villiers de l’Isle-Adam; y, especialmente, Al revés, la novela de Huysmans que se convertirá en texto sagrado de los decadentes.

Al llegar a este punto querría remarcar el hecho de haber utilizado el término «movimiento» —esto es, la común respuesta de un colectivo artístico ante unos mismos condicionantes históricos, sociales y culturales— y nunca el de «escuela» —entendida como doctrina sistemática—. El Decadentismo nunca constituyó un grupo uniforme, con sus maestros y discípulos, a pesar de reunirse en cenáculos y editar juntos revistas que sirvieran como órganos de expresión. Heredero en muchos aspectos del Romanticismo, el decadente tiene como valor principal el culto a la personalidad y el individualismo.

La estética decadente es la reacción contra lo que, para ellos, es la mediocridad de la sociedad en la primera mitad del siglo XIX. La revolución industrial se ha consolidado, las ciudades se oscurecen con el humo de las factorías y miles de obreros se hacinan en sus calles tras el éxodo del campo. Surge una amplia clase media, a la que se suma una legión de funcionarios y rentistas, y se vive la fiebre del lucro y el progreso. El abismo social, siempre presente, se percibe ahora con más evidencia por el contraste de luces y sombras. Mientras unos se alumbran todavía con velas y se arrastran descalzos sobre los adoquines, otros admiran los prodigios eléctricos de las Exposiciones Universales o discuten los méritos de las estrellas del escenario.

En las artes plásticas es el academicismo, de estirpe neoclásica, quien dicta los cánones a seguir, mientras los artistas más modernos son desterrados de los Salones y objetos de mofa pública. También de carácter clasicista, los Parnasianos dominan en la poesía; cultivadores de una lírica bella y perfecta, aunque desnuda de pasión, recrean idílicamente el mundo grecorromano como paradigma del refinamiento y la excelencia. En la prosa, el naturalismo intenta integrar la ciencia en la novela, persiguiendo un rigor psicológico total en la creación de personajes y un absoluto realismo en la trama. Pero, como se lamenta Huysmans: «esa escuela, que prestaría el inolvidable servicio de situar a personajes reales en ambientes precisos, estaba condenada a repetirse una y mil veces sin evolucionar en lo más mínimo (…) Se inventase lo que se inventara, la novela podía resumirse en esas pocas líneas: saber el porqué Fulano de Tal cometía o dejaba de cometer el adulterio con Fulana de Cual. Si se deseaba ser distinguido y revelarse como un autor del mejor tono, se situaba la intriga amorosa entre una marquesa y un conde; si, al contrario, se quería ser un escritor populachero, un prosista liso y llano, los protagonistas de dicha aventura eran un pretendiente arrabalero y una chica cualquiera; el marco era lo único que variaba»2.

Los decadentes se enfrentarán a este arte frío, pero no debemos pensar que su rebelión fue de carácter transformador; no hubo pretensión alguna de cambio, pues creían imposible afectar a una sociedad firmemente anclada en sus basamentos. La suya es una solución individual, un «sálvese quien pueda» de la dominante ordinariez. Los artistas decadentes no tienen interés en transmitir y universalizar sus opiniones estéticas: «Si la música más hermosa del mundo se vuelve vulgar e insoportable en cuanto la tararea el público y en cuanto se apoderan de ella los organillos, la obra de arte que no deja indiferentes a los falsos artistas, que no es impugnada por los necios, que no se contenta con suscitar el entusiasmo de algunos, también por eso mismo se vuelve para los iniciados profanada, banal, casi repelente»3.

Si el romanticismo se inclinó, en ocasiones, por el populismo, el decadentismo fue por naturaleza aristocrático y exclusivista.

2. EL DANDISMO CONSIDERADO COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES.

Una de las principales características de la estética «fin de siglo» es el anhelo de belleza. El esteta la busca infatigable en cuanto le rodea; pero —¡ay!— el mundo no es hermoso, sino triste, mísero e imperfecto, por lo que no tiene más remedio que recurrir al artificio, a la fantasía, a todo lo que es opuesto a lo cotidiano. Si contemplamos los cuadros de Alma Tadema, Whistler o Waterhouse vemos de inmediato, encarnada en sus figuras femeninas, qué especial aura persiguen. Sus mujeres destilan de unos ojos tristes y soñadores una sutil melancolía, un erotismo insinuante y virginal al tiempo, una ambigüedad a veces siniestra. Por supuesto pocas mujeres de carne y hueso encontrarían que encarnaran sus mitificaciones. Así, Baudelaire llegaría a escribir en sus diarios frases tan duras como ésta: «La mujer es natural; es decir abominable. Por eso es siempre vulgar, lo contrario que el dandy».

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En su obsesión por hacer de sí mismos arte vivo y alejarse de la embrutecedora y gris existencia de la masa, los decadentes crean a un personaje cuyo prototipo literario sería quizá el Des Esseintes, de Huysmans: el dandy.

El dandy es el diletante catador de los más selectos néctares del mundo, el indiferente que hace de lo excéntrico una actitud estética, con todos sus actos cuidadosamente medidos para causar sensación. Es el que va «al revés» de sus coetáneos, porque ese es el destino de su aristocrática condición. Si el decadente prefiere lo artificial a lo natural; la siguiente pirueta es, evidentemente, modelar su personalidad según criterios artísticos y no a la inversa, para hacer de sí mismo una creación del artificio. «Ser natural es simplemente una pose, y la pose más irritante que conozca yo», escribirá Wilde. El dandy es, en resumen, el simbólico héroe que lucha contra la realidad. Se hace artificial para ser diferente y es diferente para continuar siendo único frente a una sociedad que ve en lo uniforme el sello del progreso.

Jois-Karl Huysmans, sin embargo, no podía estar más lejos de su creación. Aunque frecuentó la compañía de otros escritores más dados a la bohemia, como Jean Lorrain o Villiers de L’Isle-Adam, su vida transcurrió dentro de los márgenes de la respetabilidad, con su empleo de funcionario del Ministerio del Interior, en un presumible combate entre su voluntad de automarginación y los imperativos cotidianos que concluyó, en sus últimos días, con una sorprendente entrega a la religión.

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En el papel que rescataba de su oficina empezó a escribir novelas que seguían los preceptos de su amigo Émile Zola, como Marthe (1876), Les soeurs Vatard (1879) y A vau-l’eau (1882). Con todo y ser considerado el más prometedor heredero del maestro, por fortuna para el lector actual pronto se sintió asfixiado por la monotonía del naturalismo, dando a la imprenta en 1884 Al revés, verdadera Biblia del Decadentismo, como se comprende por su argumento: para alejarse del odiado mundo su protagonista, el duque Jean Floressas Des Esseintes, opta por encerrarse en una casa con sus criados y erigir un entorno impermeable a la vida moderna y apropiado a su sensibilidad. Cada uno de los capítulos de la novela es la exposición de un ideario estético, centrándose en la pintura, la literatura, las joyas, los perfumes… O el indecible placer de corromper la inocencia. Sin duda el más memorable y transgresor de sus episodios transcurre cuando Des Esseintes decide recoger a un muchacho pobre, de dieciséis años. Bajo su tutela, el adolescente aprenderá a gozar de todas las delicias de la carne, y una vez conseguido lo arrojará de nuevo a la calle. «En la medida de mis recursos, habré contribuido a crear un granuja, un enemigo más de esta repulsiva sociedad que nos tiraniza», dice Des Esseintes.

En su segunda mejor novela, Allá lejos (1891), Huysmans sigue buceando en las profundidades de la perversión y acaba por recalar en el género fantástico, como era fácil predecir a raíz de sus comentarios a la obra más siniestra de Edgar Allan Poe, Odilon Redon y Goya. Allá lejos disecciona la atracción del mal para el artista y la afición a las prácticas satanistas en la Francia del siglo pasado. Narra la historia de un escritor, Durtal, embarcado en la redacción de una novela sobre Gilles de Rais, el histórico caballero del siglo XV que asesinó a un gran número de niños en ceremonias sádicas para obtener los favores de Lucifer. Durante su trabajo se ve involucrado en una compleja trama de magia negra, inspirada al parecer en unos hechos que el propio Huysmans conoció personalmente.

En la novela podemos leer una frase significativa, toda una apología de lo fantástico en la literatura: «La curiosidad del arte empieza ahí donde los sentidos dejan de servir». El arte, como creador de ideales, encuentra su campo perfecto allá donde es factible lo imposible y la imaginación vaga en libertad.

3. MUNDOS IMAGINARIOS Y PARAÍSOS ARTIFICIALES.

Todos los decadentes persiguen una misma meta: la huida. El dandy no cambia su entorno; simplemente se cambia a sí mismo y se cree ajeno a cuanto le envuelve. Otros se refugian en la alucinación o el exotismo.

Durante el siglo XIX entran en Francia una gran cantidad de obras de arte de África y Asia. Es el tiempo del reparto europeo de las colonias, de las campañas napoleónicas en el país de los faraones y el inicio de la egiptología. Grecia es expoliada, Troya desenterrada y se redescubren las olvidadas culturas maya y azteca. Desde Delacroix y la traducción de Las mil y una noches, el orientalismo fascina a Francia y encontramos obras como, por ejemplo, La novela de una momia, de Gautier o el bárbaro colorismo del Salambó, de Flaubert.

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El camino está trazado para los que ven en mundos lejanos, en el espacio o el tiempo, los paraísos perdidos. En los cuadros de Waterhouse o Tadema encontramos la Grecia clásica, pero no la del Partenón y Aristóteles, sino la de lejanas islas soleadas, la de quimeras y sirenas, la de los cultos mistéricos; en Villiers de L’Isle-Adam está la China siempre desconocida, ciudades perdidas en las selvas de la India, la Edad Media desfigurada; en el simbolista Marcel Schwob un Oriente de cuento, una tierra agonizante o los desiertos norteafricanos… Incluso cuando se quedan en Europa, las grandes urbes aparecen siempre cubiertas de un barniz mágico, como una suerte de bazar árabe donde encuentros y desencuentros tejen complejas tramas y todo prodigio es posible.

De la fascinación de los intelectuales de la época por las drogas ya nos dio testimonio Baudelaire en Los paraísos artificiales. Se convierten en el bálsamo del artista contra la realidad que le asfixia y una puerta a nuevos mundos, puros por cuanto son producto únicamente de la imaginación excitada, generando a su alrededor toda una mitología y no pocas historias fantásticas, como los Cuentos de un bebedor de éter, de Jean Lorrain, y otros autores posteriores —¿cuántos relatos de terror arrancan con la ingestión de una droga que transporta al protagonista a siniestras dimensiones?— Muchos se preguntaban si las drogas podían generar creatividad en quien no la manifiesta en estado lúcido. Baudelaire respondía que no, que no eran más que un espejo de aumento que magnificaban con extraños colores las cualidades propias del artista. Pero seguramente lo menos importante era su uso como acicate a la fantasía; su verdadero valor recaía en su facultad de embriagarnos y arrancarnos de la mediocridad cotidiana, tanto daba que para ello se recurriera a exóticas resinas o al más accesible alcohol. El decadente toma láudano y hachís igual que crea en sus obras un universo que no encontrará al mirar por al ventana de su estudio, como tampoco encontrará a la amada ideal.

El decadente actúa entre decorados, pero no porque ignore cuanto le rodea sino porque no le interesa en absoluto. Evidentemente, tal movimiento llevaba en sí mismo el germen de la destrucción. No había evolución posible, encerrados sus creadores en torres de marfil mientras la sociedad avanzaba a pasos gigantescos. El esteticismo es una rebelión, pero una rebelión que renuncia a combatir y derrotar al enemigo no obtiene más fruto que el placer de los onanistas.

4. LA FASCINACIÓN DEL MAL.

Forjador de frases ocurrentes, artista enemigo de las concesiones, condenado a vivir en una miseria a la que no le preparó su sensibilidad exquisita y su rancio abolengo —procedente, nada más y nada menos, del primer gran Maestre de los Caballeros de Malta—, Villiers de L’Isle-Adam nació en Saint-Brienc, en la Bretaña, en 1838. Contra la actitud común, su afición a la poesía recibió el apoyo entusiasta de su familia y en 1857 se trasladó a París en busca de fortuna literaria, con la capital de Francia bullidora de actividad creadora, con Delacroix, Daumier, Courbet, Verlaine, Mallarmé o Baudelaire entre sus ciudadanos. Los inicios del nuevo autor fueron, desgraciadamente, nada prometedores: publicó un libro de poemas —Premières poésies (1859)—, la novela Isis (1862) —acusada por la crítica contemporánea de excesivamente romántica, en un momento en el que el Romanticismo ya pasaba de moda— y los dramas Ellen (1865), Morgane (1866), La révolte (1870) y Le nouveau monde (1875), acogidos con absoluta indiferencia.

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La fama literaria y el fundamento de su actual reconocimiento provendrá de las historias breves reunidas en Cuentos crueles (1883) y su continuación Nuevos cuentos crueles (1888) —publicadas en prensa antes de estas fechas—-. No menos interesantes son La Eva futura (1886), novela precursora de la ciencia ficción, L’amour suprème (1886), La extraña historia del doctor Bonhomet (1887) —colección de relatos sobre un personaje central tan esperpénticos y surreales como inquietantes—, e Histoires insolites (1888). Su última y ambiciosa obra teatral, Axel —estrenada póstumamente en 1895—, en la que trata el triunfo del amor ideal sobre la consumación física, condensa el ideario estético de su época y se revela como epítome del drama simbolista.

Pese al respeto y admiración de sus colegas, a haber frecuentado la compañía de la realeza y ser él mismo propuesto —según cuentan algunos biógrafos, tal vez fantaseando— para portar la corona de Grecia, muere pobre en 1889, en el lecho de un hospital. Le acompañaban sólo unos pocos amigos, entre ellos Huysmans y Mallarmé.

Sus magníficos Cuentos crueles son modélicos representantes de lo que hemos convenido en llamar «estética decadente». Estos relatos, aunque estén situados en la España de la Inquisición, la antigua China o la Francia medieval, no dejan de ser trasunto del París galante que tan bien conocía: sensual, frívolo, con un ansia desmedida de placer, poblado de bailes y veladas en la Ópera, de jugadores, adúlteras y cortesanas, de personajes perversos y amorales, dispuestos a ahogar su spleen con opio y champán; como el abate Tussert, que apuesta sobre el tapete el secreto de la Iglesia, o el barón Von H…, refinado aristócrata transformado en verdugo vocacional. La fascinación de Villiers por los aspectos más oscuros del alma hacen de los Cuentos crueles uno de los más brillantes hitos de la literatura de terror, aunque sus historias no se sostienen sobre una tramoya de sombras ensangrentadas y aullidos en la noche, sino sobre la perversidad inherente al hombre, que se goza en el dolor ajeno como quien aspira un exquisito perfume. Villiers de L’Isle-Adam cultivó el gusto por lo macabro y lo malsano, por la terrible tortura que atrapa al que cree huir de ella. No obstante, sus relatos no son fruto de una personalidad enfermiza, como sucede con las historias de terror de Maupassant; una vez más reflejan el enfrentamiento del esteta contra la naturaleza, contra las costumbres burguesas, contra el progreso y al civilización. Son el gusto por lo artificial que les aboca a la fantasía y, al tiempo, el reflejo de una moda aún viva.

Ahora mismo, con el pensamiento racionalista imperando en occidente, con la ciencia y la técnica mostrándonos el cadáver de Dios, el esoterismo y la superstición son enormemente populares. La gente necesita beber del misterio, quiere tener derecho a estremecerse de vez en cuando y ver en las estrellas algo más que bolas de gas en combustión. A finales del siglo XIX la situación era similar. La razón se había convertido en el ídolo de la época y, por oposición, el esteta descubrió la belleza de lo horrible y la corta distancia entre lo sublime y lo siniestro. Eros y Thanatos se unen en uno y ya no se desea a la mujer saludable, sino a la tísica ojerosa de tez lívida, a las muchachas de formas flacas y angulosas, con toda la ambigüedad de sus cuerpos no maduros. El deseo alcanza sus cotas más altas de refinamiento en la necrofilia y el dolor se convierte en el mejor acicate de los sentidos. En El maleficio, de Jean Lorrain, una novela ejemplar por lo que respecta al irresistible atractivo de las sensaciones perversas, el protagonista escribe: «Era una belleza de cadalso cuya misma fragilidad parecía apelar a la violación y la violencia, belleza criminal que despertaba en mí instintos asesinos».

Lorrain

En las narraciones de su contemporáneo Oscar Wilde, lo fantástico pertenece al mundo de las hadas —con la única excepción de El retrato de Dorian Gray—; Jean Lorrain, Huysmans, Schwob o Villiers, en cambio, escogen la vía del satanismo, quizá porque el mal es lo que siempre va a la contra y, mientras Dios es el señor de los buenos burgueses, el Demonio es el ángel más bello y el rebelde por excelencia. La perversidad requiere imaginación y audacia; la bondad es una cualidad pasiva, la maldad precisa de la acción. El decadente se quiere aislado y el Mal, como explica Machen, «en su esencia es algo íntimo, una pasión del alma solitaria e individual»4.

Creer en la magia era oponerse al materialismo científico imperante y, consecuentemente, el satanismo y las misas negras estaban a la orden del día entre las diversiones de las ociosas clases altas, como tan bien retrata Allá lejos. No olvidemos que estamos en los tiempos del nacimiento de la teosofía, de sociedades secretas con un poderoso influjo sobre la intelectualidad y de célebres magos como Eliphas Levi o Papus, cuyos tratados de ciencias ocultas eran discutidos en la prensa y circulaban abiertamente de mano en mano. Y de igual modo que los escritores de ficción se dejaron fascinar por sus especulaciones, no pocos esoteristas produjeron, a su vez, relatos literarios donde tomaban cuerpo sus creencias, como es el caso de H. P. Blavatsky o nuestro Mario Roso de Luna —al respecto sería interesante una reedición de sus Páginas ocultistas y cuentos macabros o Del árbol de las Hespérides (Cuentos teosóficos españoles)—.

Cercanos a la obra de Villiers por su fascinación hacia el lado oscuro de las cosas están los relatos de Jean Lorrain —nom de guerre de Paul Duval—, aunque desgraciadamente mucho menos conocidos. Lorrain es un escritor tan arquetípico del movimiento decadente que sus libros solos bastarían para explicarlo. Fustigador de toda convención, homosexual declarado que frecuentaba por igual los salones elegantes que los más infectos tugurios del París canalla, será un asiduo cultivador de la fantasía macabra. Ya hemos citado su novela de 1901 El maleficio (Monsieur de Phocas), donde el protagonismo recae de nuevo —cómo no— en un dandy inmensamente rico, adepto a toda extravagancia y dominado por la pulsión del asesinato. Una mejor muestra de decadentismo fantástico son, sin embargo, sus Cuentos de un bebedor de éter, donde encontramos todos aquellos lugares comunes que obsesionan a los decadentes: las drogas, las máscaras, palacios y jardines en progresiva descomposición o la mujer vampiro portadora de la enfermedad.

Otro autor necesitado de vindicación, y cuyo descubrimiento seguramente depararía muchas sorpresas a los modernos lectores de fantasía y ciencia ficción, es Marcel Schwob —seudónimo de Andre Marcel Mayer—. Sus relatos se sitúan en los más variados escenarios del pasado o saltan hacia el futuro, pero sobre todos ellos gravita una sensación de fatalidad, de un final de los tiempos capaz de adoptar mil caras: la plaga que arrasa la Europa medieval en La peste; la Era Glacial que marchita el mundo en La muerte de Odjigh —justamente dedicado a J. H. Rosny—; las vírgenes que se suicidan sin razón aparente en Las milesias, o el Apocalipsis que destruye a la humanidad, respetando sólo a unos nuevos Adán y Eva, en El incendio terrestre. El rey de la máscara de oro, digno de William Beckford, o Las embalsamadoras son relatos mórbidos que transmiten un curioso desasosiego al lector, escritos con una economía no siempre presente en otros autores decadentes y simbolistas. Otros cuentos, como La máquina parlante, presentaban una ciencia ficción intelectualmente audaz, casi metafísica, a años luz de su contemporáneo Verne.

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5. ¿PERO TUVO FIN LA DECADENCIA?.

El decadentismo fue una rebelión que nació abortada y, aunque precedió en algunos aspectos a vanguardias como el futurismo y el surrealismo, estuvo falto del preciso espíritu de avance. Esto no inhabilita sus aciertos ni la envidiable altura de muchas de sus creaciones. Hoy se releen sus novelas con cierta nostalgia de tiempos pasados, sonriendo al ver convertidos en ayer a aquellos que tanto despreciaron el ahora. ¿Ocuparnos de sus obras es sólo una extravagancia erudita? Pienso que no. El influjo del Decadentismo puede detectarse en muchos autores de la literatura fantástica de nuestro siglo, como es el caso de Arthur Machen, Robert W. Chambers, lord Dunsany y, especialmente, del norteamericano Clark Ashton Smith, cuyos relatos sobre mundos perdidos y exóticos deben más a la literatura francesa del XIX que a la de sus colegas contemporáneos. Pero no sólo en los límites de la literatura de género han dejado su impronta. Tal vez a estas alturas el lector habrá advertido evidentes paralelismos entre las obras aquí descritas y esa otra literatura fin de siglo que es la que hoy se cultiva. Y no sólo porque algún poeta actual, como Luis Antonio de Villena, asuma conscientemente una estética no muy alejada de la que cultivaron Louys o Lorrain. Otros autores abanderados de la modernidad más absoluta, como Lóriga, Etxebarría o Camuñas, aunque practiquen un estilo muy diferente, juegan también al malditismo y a vivir el instante, creando personajes que hacen de la noche su reino —el día es lo prosaico y cotidiano—, se ahogan en drogas y alcohol, y rechazan violentamente la sociedad en la que les ha tocado vivir. No sé si es una reacción común a nuestro miedo al cambio, presente tanto a fines del XIX como ahora, o un natural espíritu de rebeldía que se reproduce periódicamente. Tal vez las formas sean otras, pero bajo los dandis de los salones parisinos y muchos artistas actuales de imagen estudiada hasta el hartazgo late un espíritu común. La artificialidad es un signo de nuestro tiempo, así como el culto a la apariencia, y el arte se devora a sí mismo a fuerza de citas, homenajes e imitaciones, esquivando el reflejo de la realidad para solazarnos en el juego de la metaliteratura.

¿Acaso no incurrimos en una nueva decadencia?

OBRAS CITADAS Y DE RECOMENDABLE LECTURA:

En el caso de que existan diversas ediciones mencionamos sólo la más accesible.

Huysmans, J.-K., Allá lejos (Là-bas; 1891). Novela. Tr: Germán Gómez de la Mata. 432 págs. Ed. Bruguera, col. Libro Amigo. Barcelona, 1986.

Huysmans, J.-K., Al revés (À rebours; 1884). Novela. Tr: Germán Gómez de la Mata. 304 págs. Ed. Bruguera, col. Libro Amigo. Barcelona, 1986.

Lorrain, Jean, Cuentos de un bebedor de éter (Contes d’un buveur d’ether). Relatos. Tr: Elena del Amo. 143 págs. Ediciones Alfaguara, col. Alfaguara-Nostromo. Madrid, 1978.

Lorrain, Jean, El maleficio (Monsieur de Phocas; 1901). Novela. Tr: Elena del Amo. 272 págs. Ediciones Alfaguara, col. Alfaguara-Nostromo. Madrid, 1977.

Schwob, Marcel, El rey de la máscara de oro (Le roi de la masque d’or). Relatos. Tr: Sol Noguera. 192 págs. Miraguano Ediciones, col. Libros de los Malos Tiempos. Madrid, 1993.

Villiers de L’Isle-Adam, Conde de, Cuentos crueles (Contes cruels; 1883). Relatos. Tr: Enrique Pérez Llamosas. 360 págs. Ediciones Cátedra, col. Letras Universales. Madrid, 1984.

Villiers de L’Isle-Adam, Conde de, La extraña historia del doctor Bonhomet (Tribulat Bonhomet; 1887). Relatos. Tr: Eduardo Bustos. 153 págs. Ediciones Alfaguara, col. Alfaguara-Nostromo. Madrid, 1977.

Villiers de L’Isle-Adam, Conde de, La Eva futura (L’Ève future; 1886). Novela. Tr: Mauricio Bacarisse. 272 págs. Valdemar, col. Tiempo Cero. Madrid, 1988.

NOTAS:

1. Luis Antonio de Villena, Los tronos de la total rebeldía, en Estetas y decadentes. Madrid, 1985.

2. J.-K. Huysmans, Al revés. Barcelona, 1986. Págs. 15-18.

3. ibídem. Pág. 157.

4. Esta frase pertenece al relato de Arthur Machen El pueblo blanco (The White People; 1906)

Cuentos de un soñador (A dreamer’s Tale,1910)

cuentos de un soñador

Autor: Lord Dunsany

Colección: Biblioteca de Novelistas

Edita: Zigzag, Santiago de Chile, ¿?

 

Edward John Moreton Drax Plunkett, XVIII Barón de Dunsany, o Lord Dunsany para los amantes de la literatura fantástica, es básicamente reconocido por ser uno de los autores que más influyó en su estilo al joven H.P. Lovecraft. Sus historias de corte fantástico publicadas en la Inglaterra pos victoriana de comienzos del siglo XX tuvieron mucho éxito, en unos años donde las historias de este tipo proliferaban como hongos. Justamente este libro es una de sus obras que más ha perdurado en el tiempo.

Hay quien dice que Dunsany es un escritor onírico. Y sí, lo es en la forma de contar sus relatos con una atemporalidad muy poco realista, donde las cosas suceden y hay como una distancia perenne y un poco irónica entre relator y relato. Pero no confundir onirismo con surrealismo (movimiento posterior en el tiempo). Mas bien estilísticamente, Lord Dunsany está profundamente hermanado a los decadentistas, a autores como Verlaine y, más cerca nuestro, a los modernistas como Rubén Darío con sus historias estilizadas y de lenguaje complejo. Hay mucho de las Mil y Una Noches y los cuentos orientalistas en sus relatos, poblados de geografías fantásticas, ciudades misteriosas y viajeros de territorios incomprensibles.

Varios de los relatos de esta compilación son clásicos del fantásticos. Por ejemplo Días del ocio en el país de Yann es parte integral de la mítica antología de Los Mitos de Cthulhu antologada por Rafael Llopis. Igual relatos como Carcasona, Poltarnees , la que mira al mar, La espada y el ídolo, En donde suben y bajan las mareas y Bethmoora son ejemplos igualmente poderosos del estilo de Dunsany, conscientemente arcaizante. No sería insensato decir que estas historias son el puente que une las fantasías orientalistas del siglo XIX con la fantasía heroica del siglo XX.

No quiero alargar mis palabras positivas sobre este libro. Si lo encuentran, vayan y léanlo. Si les gusta la literatura fantástica debería gustarles.

Beckford: gótico orientalizante

William Beckford

Nacido en Londres en 1759, en uno de los momentos de mayor esplendor artístico, económico y político del Imperio Británico, William Beckford of Fonthill fue agraciado, desde su nacimiento, con fortuna y posición excepcionales: descendiente, por línea materna, de la nobleza de estirpe real y, por la paterna, de una familia de enriquecidos terratenientes con posesiones en ultramar. Su infancia, así condicionada, transcurre entre los lujos campestres de Splenders, la mansión de Fonthill, y la tutela de sus preceptores, entre los que se contaba el acuarelista Alexandre Cozens, durante un tiempo su profesor de dibujo; confidente y amigo durante toda su vida. La influencia de Cozens, gran viajero, parece decisiva en la fascinación del joven Beckford por Oriente que le llevaría a estudiar persa y árabe, y a situar en este marco parte de sus relatos; influencia, por otro lado, considerada excesiva por sus padres, que para ampliar sus horizontes deciden enviarle al continente, trámite obligado entre sus compatriotas acomodados. Sin saberlo éste será el principio de una existencia errante.

En 1777, coincidiendo con su regreso a Inglaterra, trabaja en la primera de sus obras conocidas, The Vision, fragmento, descubierto en 1929 por Guy Chapman, de una basta obra de ambiente oriental y temática iniciática, hoy perdida en su forma completa, que el propio autor en sus cartas titula Centrical Story. Esta pieza será la principal evidencia para los valedores de la implicación de Beckford en prácticas ocultistas, sugerido de forma ambigua y no concluyente en alguno de sus textos.

De carácter muy diferente son sus Memorias biográficas de pintores extraordinarios, publicadas anónimamente tres años después, en las que, a través de cinco deliciosas crónicas apócrifas, nos narra la vida de personajes que jamás existieron y satiriza, con humor y ácida burla, las diferentes escuelas artísticas de su época.

pintores

Por aquel entonces su platónico amor hacia un niño de once años, William Courtenay, aconseja a la familia promover un nuevo viaje del melancólico Beckford fuera de la isla. A partir de 1780, sin escatimar gastos y con todo el lujo de un príncipe, recorre Europa, deteniéndose especialmente en Italia, donde se le conoce la que será la primera de una larga lista de relaciones homosexuales, ahora sí consumadas.

Finalizado su viaje en abril de 1781 y otra vez en Fonthill, William Beckford empieza a construirse una leyenda mediante la fastuosa fiesta con la que celebró doblemente su regreso y cumpleaños, delirio escenográfico, fastuosa orgía de tres días de duración que selló su amor a la transgresión y vinculó su nombre definitivamente con el escándalo. Es en 1782, aún bajo el influjo de estas jornadas y también en tres días con sus noches número demasiado afortunado para ser creíble, sospecho, cuando redacta en lengua francesa Vathek, su obra más importante, una novela que fusiona la truculencia de la novela gótica con el colorido del cuento oriental, muy popular por aquel entonces en Europa, a partir de la publicación de Las mil y una noches, debida a Galland. Narra la historia del califa Vathek, nieto de Harún al Raschid, que tentado con grandes tesoros por Eblis, el demonio, se entrega a horrendas prácticas y sacrificios, y acaba encaminándose a los infiernos, imparable en su codicia, donde recibirá la condenación.

VathekFrench

En 1783, aún inédita la novela anterior, publica dos volúmenes de correspondencia, bajo el título Dreams, Waking Thoughts and Incidents.

Beckford, pese a los escándalos recientes, parece desear congraciarse con la sociedad, adoptando una máscara más respetable. Se casa y pese a ello quizás sea mejor decir gracias a ello, ya que su nuevo estado le abre puertas que antes le cerraban reanuda, en 1784, su relación con William Courtenay. En esta ocasión su amor es algo más que platónico y sorprendidos en comprometida situación algunos insinúan que todo fue propiciado para hundir su incipiente carrera política se ve obligado, para huir del escándalo y el encarnizamiento de la prensa, a exiliarse a Suiza.

En su nueva residencia elabora la continuación del Vathek, que en esa época el reverendo Henley está traduciendo al inglés. Conocida como los Episodios, consta de cuatro relatos, las historias que los condenados cuentan a Vathek en su camino por los dominios de Eblis: Historia de Zulkaïs y Kalilah, Historia del príncipe Barkiarokh, Alasi y Firouzah y la Historia de Motassem, padre de Vathek. Beckford nunca dio a la imprenta estas narraciones, temeroso por su inmoralidad, y durante mucho tiempo se dieron por perdidas, hasta que en 1909 Lewis Melville las descubrió, autocensuradas.

Henley, en 1786, publicó la edición inglesa de Vathek, sin figurar el nombre del autor y como si se tratara de la traducción de un texto árabe. Beckford, que no la había autorizado, se enfureció justamente y patrocinó ese mismo año, una edición en francés, impresa en Lausana, ya firmada y con una nota en la que anatemizaba la versión de Henley. En 1787 se confecciona en París una nueva tirada, reparando los muchos errores e imperfecciones de la apresurada primera edición.

Vathek

Entre 1787 y 1800, libre de ataduras por la muerte de su esposa, se dedica a viajar, primero por Portugal y España, dejándonos como testimonio sus Travel-Diaries (1928), su Italy, Spain and Portugal with an Excursion to the Monasteries of Alcobaca and Batalha (1956) y el Journal of William Beckford in Portugal and Spain (1954) los lectores no angloparlantes pueden hacerse una idea con la recopilación, muy fragmentaria, Un inglés en la España de Godoy (1966); luego se instala en París, donde vive los días de la Revolución y llega a cultivar la amistad de alguno de sus líderes. Pese a su nomadismo, en este período todavía nos da dos obras: Modern Novel Writing, or the Elegant Enthusiast (1796) y Azemia, a Novel, containing Imitations of the Manner, both in Prose and Verse, of many of the autors of the present day (1798).

Con el cambio de siglo Beckford parece mudar también de actitud, quizá cansado de su constante vagabundear. Desde 1789 su mansión de Fonthill era objeto de una remodelación de estilo neogótico y en 1800 es inaugurada. Su dueño se retira a ella con sus libros, sus cuadros, su música, en vida de estricta soledad, dedicado sólo al disfrute estético. Sus días se tornan silenciosos, turbados únicamente por problemas económicos, que le fuerzan a vender Fonthill en 1824 y mudarse a una nueva casa más modesta. En su último retiro escribe el Liber Veritatis (1930), recordatorio de los orígenes nada laudatorios de los títulos nobiliarios ingleses, y Fruits of Concept and Flowers of Nonsense, volumen de variopinto contenido.

Aunque su imagen legendaria, casi satánica, había palidecido en sus años de madurez y vejez, William Beckford supo ser consecuente consigo mismo, hasta en su lecho de muerte, expulsando de la habitación al pastor protestante que acudía a ofrecerle el último consuelo. Eso ocurría en 1844.