LOVECRAFT Y PERUCHO: ALGO MÁS QUE UNA COINCIDENCIA

Profesar diversas devociones te depara, a menudo, sorpresas que al lector monófago le están vedadas. En mí, una de las más tempranas fue Lovecraft, el excéntrico narrador de Providence que, desde un casi absoluto anonimato, renovó completamente la literatura moderna de terror. Otra posterior es Joan Perucho, uno de los más extraordinarios cultivadores de la literatura fantástica en España, aunque a veces los aficionados al género lo pasen por alto y deban venir luego críticos foráneos a recordárnoslo: «Spain being a multilingual country, a good deal of its fantasy has beet written in Galician and Catalan (…) The current master of fantasy in Catalan is Joan Perucho», podemos leer en The Encyclopedia of Fantasy, de John Clute y John Grant.

perucho

Pero vayamos al asunto de este breve artículo, antes de que pierda el hilo. Cuando en 1988 Valdemar Ediciones publicó el volumen de poesía Hongos de Yuggoth y otros poemas fantásticos, la lectura de un texto que no conocía titulado «Némesis» me produjo una inquietante sensación de déjà vu. Rebusqué en mi memoría y ésta, por una vez, no me traicionó. Aunque era la primera ocasión en la que se traducía el poema al castellano, yo ya lo había leído en algún otro sitio… Y ese sitio era la edición de la poesía completa de Joan Perucho. Concretamente estaba incluido en la última de sus obras, Quader d’Albinyana (1982), con el título «Les portes» (Las puertas).

Quadern

Como pude cotejar de inmediato, el breve poema de apenas siete versos de Perucho se correspondía, casi palabra por palabra, con la primera estrofa del «Némesis» de mi viejo amigo de Providence. Demasiado parecido para tratarse de una mera casualidad. ¿Debía, pues, atreverme a suponer un plagio?

Quader d’Albinyana abunda en referencias literarias, tal y como Perucho nos tiene acostumbrados, inventándose poetas apócrifos («Els anys, a la manera del poeta apòcrif Li-Po-Ts»), rescatando personajes de su propia obra narrativa («La icona»), tomando ideas de otros autores («Sobre un tema d’Ezra Pound») o traduciendo directamente («Tres poemes d’Henri Michaux»; aunque no habiendo leído a Michaux no me atrevería a jurar que esta «traducción» no se trata de otro de los juegos intelectuales de Joan Perucho). Sin embargo, en el poema «Les portes», no hay una sola nota o cita en la que el autor catalán confiese su «inspiración» lovecraftiana.

De cualquier forma es sabido por todos el interés de Perucho por Lovecraft y la inclusión de este poema podría tratarse, fácilmente, de un guiño cómplice dedicado a los connaisseurs. Según confesaba en una entrevista («Dinamo» nº 3-4), Joan Perucho conoció la obra deLovecraft en los años 50, cuando colaboraba en el semanario «Destino». Durante un viaje a Francia para adquirir libros tropezó casi por casualidad con un volumen de la colección «Present et Futur»: La coleur tombé du ciel. El título le llamó la atención y lo compró sin esperar demasiado de su contenido, pero su lectura supuso una revelación: «Me quedé atónito, absolutamente impresionado. Descubrí que no sólo era un buen libro de relatos fantásticos, sino que también te catapultaba hacia un mundo absolutamente novedoso, un mundo con una especie de presencias extrañas, que no eran fantasmas… unos seres que, de una forma discreta, eran los amos del mundo».

En alguna ocasión se ha dicho que Perucho fue el primer lector español de Lovecraft, lo cual no se ajusta a la realidad. Con casi total certeza, el primer relato de Lovecraft vertido al castellano apareció en el número 8 de la revista «Narraciones Terroríficas», editada por Molino en Buenos Aires desde junio de 1939, con material en gran parte de la norteamericana «Weird Tales» y dirección literaria y traducciones de José Mallorquí. Se trataba de «La maldición de Yig» (The Curse of Yig), una colaboración con Zealia B. Bishop que firmó ésta en exclusiva. Posteriormente aparecieron nuevos relatos, ya con su nombre, en los números 10 —«Aire frío» (Cool Air)— y 34 —«Las declaraciones de Carter» (The Statement of Randolph Carter)—, además de otra narración encuadrable en los Mitos de Cthulhu debida a la pluma de Henry Kuttner —«Hydra»—. Y para cuando Perucho publicó en el libro Roses, diables i somriures (1965) los relatos «Les bruixeries del comte Alexandre Kulak», «Una nova llum sobre Kulak» y «Amb la técnica de Lovecraft», el escritor norteaméricano, sin ser aún popular, ya tenía repartidos por bastantes antologías un buen puñado de sus mejores cuentos.

roses

Trazados los precedentes, ¿cómo debemos considerar la similitud entre los poemas «Némesis» y «Les portes». ¿Una broma? ¿Un homenaje? ¿Un plagio? ¿O un descuido del editor, que eliminó alguna nota aclaratoria de Joan Perucho? Que cada cual saque sus conclusiones y, para ello, ofrezco los textos. Para el poema de Lovecraft tomo prestada la traducción de Sonia Tribaldos y para el de Perucho la traducción es mía.

Nemesis
Through the ghoul-guarded gateways of slumber,
Past the wan-mooned abysses of night,
I have lived o’er my lives without number,
I have sounded all things with my sight;
And I struggle and shriek ere the daybreak, being
driven to madness with fright.

(A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules,
Más allá de los abismos de la noche iluminados por la luna,
He vivido mis vidas sin número,
He sondeado todas las cosas con mi mirada;
Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento
Arrastrado con horror a la locura.)

Les portes
Per les portes del somni,
mes enllà dels abismes nocturns
banyats per la lluna,
he viscut vides sens nombre,
he penetrat les coses amb els ulls,
lluito i crido quan arriba l’alba
arrossegat per l’horror de la follia.

(A través de las puertas del sueño,
más allá de los abismos nocturnos
bañados por la luna,
he vivido vidas sin número,
he penetrado las cosas con mis ojos,
lucho y grito cuando llega el alba
arrastrado por el horror de la locura).

La torre de la golondrina (1997)

La_torre_de_la_golondrina

Autor: Andrzej Sapkowski

Serie: Geralt de Rivia nº 6

Edita: Alamut, Madrid, 2006

Sexta novela de esta serie y la historia viene compitiendo con Canción de Hielo Y Fuego por el título de Saga Fantástica con Mas Subplots Desarrollándose Simultáneamente. De hecho es hace bastante confuso todo. Básicamente sabemos que Ciri se ha escapado de quien la había capturado y todo el mudo la anda buscando. Y el pobre Geralt sigue sin tener idea de para donde rumbear.

Teniendo en cuenta que queda solo un libro para terminar la saga, la pregunta de cómo va a cerrar todas las puntas puestas aquí se hace prioritaria. A menos que escriba 1500 páginas, quiero verlo a Sapkowski resolviendo esto sin apurar todo.

Veamos cómo sigue. NO empiecen por aquí que se hace inentendible. Pero queda uno, así que veamos cómo finaliza.

Covermania: Billiken por Lino Palacio

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Cayó en mis manos (obra y gracia del ojo atento de mi señora esposa, que sabe lo que le gusta a su marido… por algo me casé con ella) varios ejemplares de la revista infantil argentina Billiken del año 1940. Iremos desgranando lo que nos parezca interesante de la revista (que está a dos años de convertirse en centenaria)

Y conviene empezar por las tapas, obra de Lino Palacio y un ejemplo de grafismo elegante, con un manejo del color que mas de un creador hoy día querría. Las tapas de Palacio fueron representativas de uno de los períodos más rerpesentativos de la Billiken. Además como documento de la época para ver como se vestían y jugaban los niños de esos años (la generación de mi mamá) es impreisonante.

Pero no hablemos mas y vayamos a las tapas. Pasen y vean…

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Doc Savage, su vida apocalíptica (Doc Savage, His Apocaliptic Life, 1973)

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Autor: Philip Jose Farmer

Serie: Edición especial de Hombres Audades Nº 36 – serie Doc savage

Edita: Fernando Bosch Serrano, 2005 (fanedicion)

Por un buen tiempo estuve muy interesado en el Wold Newton Universe. Me leí todos los trabajos de mitografía creativa (ejercicio “ubernerd” que junta personajes ficticios en una misma genealogía) que había online y llegué a escribir uno que por ahí anda colgado en la web. Pero no había tenido la posibilidad de leer ninguno de los dos textos que definieron el concepto que en la década de 1970 había escrito Philip José Farmer. Todavía estoy al debe con su Tarzan Alive, por, gracias a un amigo internético, me pasaron esta traducción faneditada de su otra biografía ficticia, centrada en Doc Savage.

La premisa es que, partiendo de los datos internos que aparecen en todas las novelas de Doc Savage, y aplicando inferencias y cruces con otros textos, se genera una biografía “realista” del hombre detrás de las hazañas de los pulps y sus socios. El resultado final es a la vez fascinante y un poco demente. Como dije más arriba, un ejercicio muy pero muy nerd que puede sr excesivo si uno no entra en la lógica implícita. Por suerte, yo SI soy muy nerd y me divertí mucho, pero mucho con la lectura. Pero no se metan si no tienen esa veta,PP porque puede resultarles un aburrimiento soberano.

Huesos Sangrientos (Bloody Bones, 1996)

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Autor: Laurell K. Hamilton

Serie: Anita Blake nº 5

 

Leí hace rato esta quinta novela de la serie de Anita Blake y recuerdo poco y nada. Anita tenía que ir a tratar de levantar a un muerto de doscientos años en un pueblo perdido en medio de la nada. El drama es que si levantan el cementerio se suelta algo muy poderoso que puede genera un desastre. Y además hay una horda de vampiros ahí desangrando gente en la zona. Ojala me acordara algo más.

Puedo decir que, si vienen leyendo la serie de Anita Blake no va a defraudarlos. Pero no empezaría aquí a leer esta serie si es su primera vez.

Y creo que esta es una traducción electrónica hecha por fans, no una edición oficial, que creo que no existe.

Mort (1987)

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Autor: Terry Pratchett

Serie: Mudodisco nº4

Edita: Plaza & Janes, Madrid, 1998

La Muerte busca aprendiz. Y la encuentra en Mort, un adolescente patoso y larguilucho. Que no lo hace nada mal… hasta que, en un arranque de enamoramiento, decide no llevársela. El problema es que la realidad a la larga quiere solucionar esto. Si además sumamos que la Muerte, contenta por el aparente buen trabajo de su aprendiz, decide tomarse el rato libre para experimentar qué es ser humano, dejando que el problema se extienda sin control, tenemos un problema poderoso en ciernes.

Con esta novela Pratchett vuelve a la combinación ganadora en Mundodisco: comedia, personajes muy redondos y una intriga que maneja tan bien las convenciones del género fantástico que hace una historia sólida sin dejar de parodiarla a ratos. La Muerte (que en tomos anteriores se había robado todas las escenas en que aparecía) acá es de una riqueza de matices fascinante, a la vez responsable y poco protocolar, completamente intrigada por esos humanos que continuamente se lleva hacia otros lados, a los que definitivamente no termina de entender. No es casual que en la adaptación radial de este libro que hizo años la BBC, le pusiera la voz nada menos que Christopher Lee (un tipo que siempre andaba a la búsqueda de personajes complejos). Ojo, que los demás personajes no le van a la zaga. Mort es un adolescente bienintencionado y más despierto de lo que parece a primera vista. Ysabelle, la “hija” humana de la Muerte pasa de ser una cabrona a una chica inteligente y sensible en las páginas. La princesa Kei, la “beneficiaria” de la no muerte gracias a Mort, tiene un genio que uno nunca espera ver en una princesa de cuento de hadas y el mago Buencorte es un tipo con los pies en la tierra, tratando de arreglar algo tan imposible de arreglar como la realidad. Incluso Albert, el apocado criado de la Muerte termina siendo un personaje con mas vitalidad que la esperable en un primer momento.

Y lo mejor es que, dentro de la historia, volvemos a encontrar momentos genialmente cómicos. Desde el abad que ya reencarna 42 veces (por cierto llamado Lobsang, como Lobsang Rampa) hasta los momentos en que la Muerte intenta hacerse un mortal más, fallando miserablemente, pasando por los genuflexos magos de la Universidad Invisible cuando Albert aparece ahí para… buen no les cuento. Hay momentos, frases, situaciones, que dejan a uno riéndose a carcajada limpia. Como debe ser en una novela de Mundodisco.

Vamos a por más Pratchett, se los aseguro.

Ritos iguales (Equal Rites, 1987)

ritos iguales

Autor: Terry Pratchett

Serie: Mundodisco nº 3

Edita: Plaza & Janés, Madrid, 1998

Por culpa de un mago equivocado, Esk será maga. Lamentablemente no han existido antes magas. Es algo estrictamente masculino (así como las brujas es algo estrictamente femenino). Ayudada por la bruja local, Yaya Ceravieja (que tampoco tiene muy claro cómo educar a una chica que necesita otro tipo de aprendizaje) Esk irá descubirendo su habilidad como maga. Llegará a la escuela de magos para conocer a Simon, un aprendiz tartamudo que de un potencial increíble… y al que quieren usar criaturas de más allá de la realidad para entrar al Mundodisco.

Digamos que tras las hilarantes dos primeras novelas de la serie, esta novela es una decepción. No porque sea mala, sino por su carencia de ese humor fascinante de las primeras entregas. Si bien tiene momentos (especialmente con los comentarios de Yaya Ceravieja, secundario de lujo) la historia es básicamente una historia de fantasía no muy diferente de algunas que andan por ahí. Aventura sólida y bien escrita, pero sin esa magia particular que hace brillar a Mundodisco por sobre otros mundos.

¡Zambomba! ¡El Especial Héroes de Papel está aquí!

Arboles Muertos y Mucha Tinta

Piratas, vaqueros, vigilantes enmascarados, soldados, aventureros de toda laya y pelaje viviendo historias plenas de acción, suspenso y romance. Villanos malvaods, mujeres seductoras, tiernas damiselas, rescates imposibles.

¿Qué sería de nuestra imaginación sin los héroes de papel?

Por eso hicimos este Especial, recopilando material de nuestro antiguo blog, además de notas hechas para otros medios y material original. Para que puedan descargar GRATIS y leerlo a gusto y piacere.

Si quieren una preview (o leerlo directamente desde su computadora, solo deben ir a Isuu y verlo allí.

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Pasen leanlo y comenten. Espero que lo disfruten

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Más carcajadas en el interior del aviso

Los hijos del desierto: La primera novela española del Oeste

Autor: Esteban Hernández y Fernández

Edita: Editorial Caballo-Dragón. Sabadell 1988.

 

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Desde temprano la conquista de las tierras salvajes de Norteamérica inspiró la labor de muchos novelistas, empezando, en el propio país de origen, con Fenimore Cooper, James Hall o Bret Harte. Europa no permaneció ajena a su fascinación y ya a principios del siglo XIX Chateaubriand consigue el éxito con Atala y René, dos historias sentimentales en tierras de pieles rojas. Con posterioridad, Gustave Aymard, Salgari y Karl May, entre otros muchos, retomarán el escenario repetidas veces en sus novelas de aventuras. La literatura española, en cambio, hasta fechas bastante recientes ha ignorado el tema americano. Nuestra historia y algunos magníficos precedentes, como son los Naufragios, de Cabeza de Vaca en los que narra sus peripecias como prisionero de los siux, debieran haber estimulado muchas imaginaciones; pero no lo hicieron. Habría que esperar hasta los años cuarenta del siglo XX para que Mallorquí, con sus novelas de El Coyote, reivindicara el peso de la presencia hispana en la formación de los Estados Unidos.

Ante tal cuadro una novela del Oeste publicada en España en 1876, el mismo año en que Toro Sentado derrota a Custer a orillas del Little Bighorn, nos parecerá una rareza; no obstante esa rareza existe. Esteban Hernández y Fernández, divulgador científico, traductor y autor de una treintena de novelas, es el responsable de Los hijos del desierto, primera obra del género en nuestro país.

Habitualmente, cuando hablamos de precursores, nos conformamos con adivinar los rasgos generales de lo que luego será obra madura; así podemos considerar antecedentes de la ciencia ficción los viajes espaciales de Cyrano de Bergerac, pese a que ningún lector moderno aceptaría que alguien fuera capaz de elevarse atando a su alrededor redomas de rocío y, mucho menos, encontrar la superficie del Sol habitada. Con la novela de Esteban Hernández ocurre todo lo contrario. Pese a la temprana redacción contiene ya, perfectamente definidos, todos los elementos y los tópicos del relato del Oeste: combates entre indios, poblados fronterizos, la construcción del ferrocarril, estampidas de bisontes, algo de romance… y la destructora influencia del hombre blanco.

¿Cómo consigue construir una obra de género de forma tan completa? Desde luego no ha surgido por generación espontánea. Ya hemos señalado la popularidad de la obra de Chateaubriand entre 1801 y 1830 se suceden en nuestro país hasta diecinueve ediciones de Atala. De igual modo, Fenimore Cooper y Aymard eran perfectamente conocidos por los lectores españoles y por el propio Esteban Hernández, que cita a ambos en las páginas de su novela. Pese a ello, puedo suponer que las influencias de nuestro autor van más allá de las meramente literarias. El problema indio es de plena actualidad, desde que, seis años atrás, el gobierno de los Estados Unidos iniciara su traslado forzoso a las reservas; la prensa ilustrada de la época y algunos libros de viajes debieron documentar el trabajo de Hernández. El propio subtítulo de la novela ya es sintomático: Recuerdos de un viaje por la América del Norte. Los hijos del desierto está redactada más como una crónica que como una ficción novelesca. Usa de una prosa funcional pero no privada de elegancia, fluida, directa, moderna, lejana tanto de los giros extraños y la rimbombante escritura del melodrama romántico, como de la pueril llaneza de la novela por entregas. La obra pierde puntos, sin embargo, por el esquematismo de sus personajes, apenas descritos, y de los que casi nada sabemos. Incluso del propio narrador ni se nos dice el nombre; no es más que unos ojos que nos sirven para observar las salvajes praderas y sus pobladores. Lo importante en los personajes principales no es qué son, ni siquiera qué hacen, sino qué ven. La mínima trama es sólo el hilo que sirve para engarzar diferentes instantáneas de los tipos, costumbres y actividades de los indios.

La historia nos la cuenta el representante en el continente americano de una empresa comercial europea. Por falta de efectivo para continuar viaje permanece varado en el fuerte Calhun, junto al río Missouri. Mientras espera que un banquero de Nueva Orleans le envíe dinero, se encuentra con Ricardo, al que había conocido unos años atrás en Buenos Aires. Hijo de un acaudalado comerciante de Cádiz, distrae sus ocios dibujando y recorriendo el mundo. Su objetivo actual, dije, es ver a los indios, «esos hombres rojos que han dado asunto a Cooper para sus bellísimas novelas». Intenta convencer al narrador de que le acompañe, y como éste tiene carta blanca de sus superiores para empeñarse en los negocios que considere más fructíferos, decide intentar el comercio con los salvajes. Bajo la tutela de Godé, cazador y experto guía de caravanas, criado entre los indios, abandonan la civilización y se introducen en las praderas, en busca de los delawares.

Durante el viaje, del que obtendrán pingües beneficios y una esposa para Ricardo la hija de un hacendado mejicano prisionera de los apaches, se nos describirá con detalle documental el paisaje, la fauna y, con especial fruición, los usos gastronómicos de la región. La giba y la lengua de bisonte, el jamón de oso y el pot-pie de pichones son algunas de las viandas a las que brinda más de un aplauso.

Pese a estos aderezos, no cabe ninguna duda de que la figura sobre la que gira todo el libro es el indio. El tratamiento que les da Esteban Hernández es, probablemente, lo que más pueda sorprender al lector moderno. Cuando los westerns desmitificadores parecen un invento relativamente reciente y películas como Soldado azul o Bailando con lobos se nos vendieron como el colmo del progresismo, por el simple hecho de cantar las bondades del indio frente a la perfidia del hombre blanco sustituyendo un maniqueismo por otro, descubrimos que hace más de un siglo que ese mensaje estaba presente en Los hijos del desierto.

Hernández no ahorra elogios hacia el indio, aun reconociendo la variedad de talante entre las diferentes tribus y sin ocultar los crímenes que algunas de ellas cometen. Muchas páginas dedica a lamentar el injusto trato y las mentiras con las que han sido despojados de sus tierras: «Yo admiraba sin reserva aquel magnífico tipo del indio bravo, como nombran los mexicanos a los indígenas que han conservado su independencia, y confieso que las reflexiones que en aquel momento se me ocurrían hacían muy poco honor a los “filantrópicos y humanitarios” ciudadanos de la Unión, que, llamando salvajes a los indios, sólo han empleado con ellos, con una frecuencia deplorable, las armas del engaño y de la tradición, siempre indignas de un pueblo que se titula civilizado y cristiano».

Compartamos o no sus opiniones, es imposible ocultar que la visión de Hernández del problema indio está teñida por una previa animadversión: «No era yo en aquella época muy amigo de los angloamericanos, pues conocía demasiado cuánto tiene de falsa su tan decantada civilización y cuánto de acomodaticio y repugnante su celebrado puritanismo; pero desde que las circunstancias me llevaron al seno de las tribus indias, y supe de que manera tan infame se han portado y se portan los yankees con aquellos leales y valientes hijos de los bosques, tan dignos de mejor suerte, mi antipatía hacia los descendientes de los puritanos ha crecido en gran manera, y muchas veces me pregunto qué castigo reservará la Providencia para esa nación de mercaderes y aventureros que, llamándose cristiana, parece que se ha reservado el papel de verdugo de la raza roja.

»Se me dirá, tal vez, que también los españoles, en los tiempos de su dominación en América, persiguieron y maltrataron a los indios; pero sobre esto habría que hablar mucho, y sobre todo, habría que tener en cuenta el espíritu esencialmente dominador de los siglos pasados y compararlo con el espíritu humanitario y civilizador de nuestra época. Los españoles, obrando como obraron en los tiempos de su administración, cometieron una gran falta; los norteamericanos, obrando como obran en pleno siglo XIX cometen un gran crimen».

Tal planteamiento, que aún sostienen los detractores de la «leyenda negra», sonaría muy razonable en boca del protagonista, si no fuera porque su catadura moral nos parece algo sospechosa. Dice horrorizarse ante las torturas que sus amigos indios infligen a los prisioneros, aunque no mueve un dedo por evitarlas; se llena los bolsillos vendiéndoles armas, con la excusa de ayudar a los comanches en su lucha contra los apaches; y ni por un momento se muestra reticente cuando le invitan a participar en una expedición de saqueo tras la frontera mejicana…

Los capítulos finales nos narran la guerra entre delawares, pawnis y comanches, aliados contra los navajos, apaches, moquis y utahs. Los dos españoles tomarán parte activa en ella, muy especialmente nuestro innominado narrador. Sus dotes estratégicas conducirán a los delawares a una rápida victoria, concluyendo con el asalto a varias aldeas enemigas «pasando a cuchillo a todos los habitantes, sin exceptuar los niños». Y es que para un escritor decimonónico, imbuido por las ideas de Rousseau, una cosa es defender al buen salvaje y otra no creer en la superioridad organizativa del hombre blanco, sin cuyo patrocinio los pobres nativos actuarían como niños.

La novela concluye con un tradicional final feliz: se reparte el botín, los expedicionarios se separan y el joven Ricardo, enamorado de la linda mejicana, contrae matrimonio. Con veintidós mil duros en su haber sólo cinco mil había aportado al negocio nuestro héroe continuará sus viajes. Los nuevos tiempos marcados por el vapor, la electricidad y el positivismo, imprimen a la aventura un carácter pragmático que los desinteresados caballeros de antaño desconocían por completo.