Hora Tres: Antología 2017

Edita: Ray Collins Syndicate, Buenos Aires, 2017

Primero, hago la salvedad que hay una historieta mía dibujada por Edu Molina en estas páginas. Julian Oubliña es amigo (y mi sucesor como blogmaster en el otro blog que cree, Zinerama) y nos invitó. Así que, evidentemente, son puntos a tener en cuenta a la hora de evaluar la objetividad de esta reseña.

Una vez dicho esto, lo primero que llama la atención es la masividad de la antología: Hora Tres es un tomo de casi 200 páginas y formato grande, repleto de historietas y artículos sobre historietas. De hecho, la sensación que uno tiene es que tenemos bajo el mismo techo dos revistas: por un lado una sesuda revista de análisis sobre la historieta argentina y por el otro una antología de autores de varias generaciones de historieta argentina. Y justamente esta actitud abarca todo puede ser una debilidad: quien quiera leer las historietas ¿querrá perderse en los artículos? Y viceversa, ¿estará interesado en leer las historietas el que quiera leer esos artículos? Es una pregunta esa, si correspondería dividir esto en dos revistas diferentes.

Pero ya yendo al contenido, el contenido es asombrosamente de una calidad muy pareja en términos de historieta. A destacar el Boiled de Renzo Podestá (una maravilla con una idea de ciencia ficción muy buena, muy original y muy bien desarrollada), Ubi Sunt de Julián Oubliña y Hernan Castellano (una historia breve que funciona como un relojito), El otro espejo de Oubliña y Laura Gulino (un gran dialogo sobre la inmortalidad y su futilidad o no) y Un lied para un soldado muerto de Jorge Morhain y Gianni Dalfiume (una de guerra que estaría impecable en cualquier número de la Skorpio clásica).

Y los artículos sobre la historieta argentina y su evolución son impecables, sesudos, muy inteligentes y muy analíticos. Uno quiere leer artículos así de interesantes más seguidos.

Y como broche de oro, el largo y profundo reportaje a Jose Muñoz y su carrera es un ejemplo de cómo hacer reportajes a autores locales. Está al nivel de cualquier entrevista hecha en The Comics Journal o en U el Hijo de Urich (por citar dos publicaciones sobre historieta que siempre tuvieron entrevistas de calidad.)

En síntesis, Hora Tres es un producto  muy recomendable. Si uno no tiene problema en alternar el consumo de historieta argentina con análisis sobre esta (y no debería serlo si todo se mantiene a este nivel), vaya y gaste sus morlacos en esta antología. No se va a defraudar

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Legados Macabros (Weird Legacies, 1977)

legados

Autor: VV.AA.

Colección: Series de fantasía y ciencia ficción n° 12

Edita: Lidiun, Buenos Aires, 1981

Este libro lo tuve en su momento durante mi adolescencia para desaparecer no recuerdo cómo en el tiempo (esas misteriosas desapariciones inexplicables de los libros en la biblioteca que nos pasa a cualquier lector frecuente con asiduidad). Por suerte, vía versión electrónica, lo recuperé y releí, ya que lo recordaba muy vagamente (hablamos de por lo menos dos décadas sin leerlo).

Pero vayamos cuento a cuento

Calavera en las estrellas (“Skull in the stars”, publicado originalmente en 1929) es uno de los relatos que Robert Howard escribió sobre Solomon Kane, su puritano aventurero. Kane se interna en un sendero habitado por una aparición monstruosa, que resulta ser parte de una fantasmal venganza que viene del más allá. Como siempre, Howard es terso en la acción, ágil en la narrativa, clisado en las personalidades. Y Kane siempre tiene esa mirada de vengador sin contemplaciones tan protestante…

Los tres centavos marcados (The Three marked pennies, 1934) de Mary Elizabeth Counselman es una fábula moral muy bien llevada y final inesperado. Entretenida.

El que tenía alas (He that hath wings, 1938) de Edmond Hamilton (más conocido por escribir los relatos del Capitán Futuro y los primeros guiones de la Legion de Superheroes) cuenta lo que pasaría si naciera un chico con alas. Gran metáfora sobre ser diferente y rendirse o no a la conformidad. Cuando decimos que la ciencia ficción hablaba oblicuamente de temas como la homosexualidad en años en que eso no se podía decir, este relato funciona como ejemplo pluscuamperfecto.

La distorsión que vino del espacio (The distortion out of space, 1934) de Francis Flagg, es una aportación divertida, un relato que le deben mucho a Lovecraft pero lo lleva con un tono algo más ligero. Un meteorito deja un agujero a una dimensión donde las leyes de la perspectiva no funcionan. ¿Lo habrán usado de base para ese episodio de los Simpsons donde Homero se convierte en 3 D?

La suprema abominación (The utmost abomination, 1973) es uno de esos trabajos en los que Lin Carter agarra algún fragmento o plot o idea de un autor clásico de la Weird Tales (en este caso Clark Ashton Smith) y lo escribe él. Particularmente en el caso de Clark Ashton Smith, Carter le pifia de medio a medio porque su estilo directo, que en el caso de sus “colaboraciones” con Howard resiste aceptablemente, aquí no se ajusta con esa prosa barroca y casi modernista que era típica de Smith. La historia va de un hechicero de un mundo perdido que quiere descubrir hechizos del os antiguos hombres serpientes y paga el precio transformándose en… no te cuento pero es fácil de deducir. No es un cuento horrible peor tampoco es nada para apabullarse.

Retransmisión eterna (Eternal redifussion, 1973) de Eric Frank Russel y Leslie Johnsson es una pieza mas atmosférica que narrativa sobre cómo todos mirmos y volvemos a lo mismo. Aburrida, realmente.

El que esquivaba las balas (The ducker, 1943) de un joven Ray Bradbury, ya presenta ese tono mágico que siempre le salía tan bien. La historia casi podría ser la versión fantástica de Forrest Gump, donde un soldado mentalmente de la edad de un niño de diez años se entretiene en el juego de la guerra porque sabe que no puede morir en ese juego. Habría sido un gran episodio de la Dimensión Desconocida.

El beso siniestro  (The Black Kiss, 1937) es una colaboración entre Henry Kuttner y Robert Bloch, y va de criaturas malignas que se arrastran desde el mal, mansiones malvadas, ancestros que poseen a sus descendientes y el horror al cambio del cuerpo.

Finalmente El superviviente (The survivor, 1954) es otra de esas “colaboraciones” entre Lovercraft y Derleth, similar a la de Asthon Smith y Lin Carter. Aunque en este caso desentona menos porque a – Derleth es mejor escritor que Lin Carter y b – su estilo es bastante cercano al de Lovercraft. La historia va de otra mansión donde vivió un extraño médico que pareció vivir por años, investigando en la prolongación de la juventud y de su conversión en… algo horroroso.

Por cierto una duda: en mi copia electrónica indica que la traducción era de Hector Pessina (emblemático fan del género en Argentina) pero en la página de Tercera Fundación indican que la traducción pertenece a Alfredo Grassi y Horcio Belsaguy. ¿Alguien puede confirmar cuál es la posta?

En el balance, el libro no es ni una maravilla ni un desastre, apto para el consumo del fan fatal del género fantástico e incluso para el matar el rato del lector casual. Un pelín por arriba del consumo desechable promedio. Si lo encuentran léanlo que van a pasar un rato agradable.

Asesinos de papel

asesinos de papel

Autores (antologadores): Jorge Lafforgue y Jorge Rivera

Edita: Calicanto, Buenos Aires, 1977

Seamos claros: esta es una antología fundamental para la comprensión del género policial en Argentina. El artículo introductorio de ambos autores contando la historia local del género continúa siendo inevitable a la hora de trabajar sobre el tema. Y las mini entrevistas a tipos como Borges o Marco Denevi sobre el tema siempre son interesantes de revisar. O sea, es un libro que, solo por su peso específico en el estudio de la literatura popular argentina de esos años merece tenerle respeto, siquiera como antecesor histórico.

Yendo ya a los relatos, digamos que la selección en balance es más que satisfactoria, eligiendo autores de todos los períodos de la narrativa argentina. Y lo primero que salta a la vista es el tono humorístico que se desprende de la selección. Hay relatos con un remate sarcástico que tira toda la deducción por la borda (“El triple robo de Bellamore” de Horacio Quiroga), sátira política apenas escondida (la fábula antiperonista de “El general hace un lindo cadáver”, un relato de humor negrísimo de Enrique Anderson Imbert), costumbrismo de humor amable (el maravilloso “La pesquisa de don Frutos” de Velmiro Ayala Gauna) y parodia pura y dura (“El botón del calzoncillo” de Eustaquio Pellicer y “Nuevas aventuras del Padre Brown”, un pastiche clavado a Chesterton de Conrado Nalé Roxlo). Todos de un modo u otro tienen el humor como elemento clave. No sé si es como deformación de los autores o porque efectivamente para el argentino el humor es un elemento constitutivo.

Por supuesto los cuentos “serios” también son en general interesantes. Tanto el “Cuento para tahúres” de Rodolfo Walsh, como “Las señales” de Adolfo Perez Zelaschi (un autor policial que merece rescatar del olvido) y el muy “noir” “Orden jerárquico” de Eduardo Goligorsky son tres joyas breves y brillantes.

De hecho solo hay un cuento que me resulta relativamente poco interesante aquí: “La mosca de oro” de Leonardo Castellani, que tenía que incluirse por la importancia de su personaje, el padre Metri, versión criolla (y más reaccionaria) del padre Brown. No puedo evitar sentirle el tonito de predicación que le arruina la historia.

Y después está “El perjurio de la nieve”, posiblemente el relato más interesante de ese parásito borgeano llamado Adolfo Bioy Casares. Porque el relato es excelente, pero con esa explicación fantástica posible que lo deja tan borderline… no se si me cierra para tener en una antología representativa. Pero bueh tampoco es tan complicado

En fin, este libro se ha ganado merecidamente su fama de clásico. Para empezar a leer al género policial argentino vale mucho pero mucho la pena.