Dagon y otros cuentos macabros (Dagon and other Macabre Tales, 1965)

Autor: H. P. Lovecraft

Colección: Alianza Bolsillo

Edita: Alianza, Buenos Aires, 1992

Llevo trece años en este blog y hasta ahora NUNCA había hecho una reseña sobre uno de los autores más importantes del fantástico en el siglo XX: Howard Phillips Lovecraft. Recuerdo el impacto que una recopilación de sus cuentos me hizo a los catorce años. Creo que ese impacto sísmico solo lo tuvo Poe a los 10 años.

Pero hacía mucho que no lo releía al viejo Ech-Pi-El. Y me pareció una buena idea ver qué tal se sostenía su obra a mis ojos. El revoleo azaroso por mi biblioteca me llevó a este tomo que, aclarémoslo de entrada, no trae en general sus obras más conocidas, las que pertenecen a los Mitos de Cthulhu, sino a su primer período, el formativo si se quiere. Claramente en las obras hay un autor que todavía zigzaguea entre obras de onirismo fantástico muy a lo lord Dunsany y relatos de terror mucho más clásico, de esos de remate horroroso. Y en casi ninguno hay referencias a los Mitos. Pero vayamos desgranándolos uno a uno.

Dagon es casi un borrador del núcleo de La llamada de Cthulhu. Nave perdida  (en este caso un bote) en el mar encuentra isla que ha surgido en el Pacifico. Arquitectura colosal, monstruo gigante y enloquecedor que aparece y del que se escapa el protagonista para volver a la civilización y relatarlo.

La tumba habla de la obsesión de un joven con una tumba familiar. La verdad no me engancho demasiado

Polaris es una fabulilla muy deudora del estilo de Dunsany. Casi un cuento de hadas triste.

Mas allá del muro del sueño es un relato de proto ciencia ficción atrapante con transmisión del pensamiento, entidades extraterrestres que poseen humanos y viajes incorpóreos hacia regiones del Universo. Y aquí aparece uno de las grandes bazas del estilo lovercraftianos: la construcción del verosímil. El universo en donde transcurren los mejores relatos de HPL es un mundo absolutamente racional, con una ilusión de realidad muy fuerte. El doctor que narra puede tener una teoría estrambótica pero es un profesional en un psiquiátrico serio. Y su paciente es alguien tna normal que la aparición de estos sucesos inexplicables son completamente una bomba que no logra entenderse. Ese gran truco, que Lovecraft maneja a la perfección, convierte a este en un gran cuento.

La nave blanca es otra exploración onírica en el estilo de Dunsany, sin mucho más.

Arthur Jermyn trabaja sobre otra de las obsesiones de Lovecraft: la degeneración de la estirpe familiar y el miedo a la cruza con razas extrañas, que dan origen a monstruosidades genéticas. Lo único que falta es que el Otro monstruoso sea algo venido de las estrellas y no una raza homínida, medio gorila para que este cuento fuera parte del canon clásico.

Si bien Los gatos de Ulthar está dentro del ciclo de historias ambientadas en el Mundo del Sueño, la historia es una historia que bien podría formar parte de esos terribles relatos folclóricos recopilados por los Hermanos Grimm, esos que Disney dulcifica. Me imagino que el final Disney sería con los gatos expulsando a sus abusadores y no  haciendo que… nah, léanlo.

Tambien del ciclo del Mundo del Sueño es Celephais, que trata sobre la búsqueda del sentido en ese mundo de alguien que literalmente abandona casi por completo nuestra realidad por ese otro lugar.

Del más allá juega con otro clisé lovercraftiano: ver cosas más allá den nuestros sentidos, criaturas más allá de la existencia material que además quieren hacernos daño.

El templo es brillante. Uno de esos relatos de miedo acuático que juegan con la obsesión y la sugestión. Gente que pierde la cabeza en un submarino alemán y una maldición que los persigue. Todo eso mas unas ruinas submarinas asombrosas. Y ¿Qué son exactamente esos delfines que siguen al submarino todo el camino? ¿Son delfines?

El árbol es otra fabulilla fantástica, casi una leyenda antigua.

El pantano de la Luna tiene una deuda muy grande con otro autor de relatos fantásticos de comienzos del siglo XX: Arthur Machen. Tanto la localización (un abandonado páramo campestre inglés) como ambientación (ruinas helénicas abandonadas en un pantano) como el desarrollo (gente común revirtiendo a situaciones paganas) la historia es puro Machen. Muy sólida, muy bien escrita y con la sugerencia del horror más que el horror en sí

Para muchos La Ciudad sin nombre es efectivamente el primer relato de los Mitos de Cthulhu, con la aparición en sus páginas de Abdul al-Hazred, el escritor loco del Necronomicon. Fuera de eso es la exploración de una fabulosa ciudad prehumana en el desierto de Arabia, donde yacen muertos criaturas que parecen ser  hombres serpientes. Pero… ¿están muertas?

En Los otros dioses hay un amague de cruce entre el Mundo del Sueño y los Dioses Exteriores. Falto una referencia a alguno de los primigenios y este relato de un hombre que quiere alcanzar a los dioses (Y que falla miserablemente) podría ser pate del canon de los Mitos. Porque, aparte de los dioses del mundo hay otros dioses que vienen de mucho más allá.

La búsqueda de Iranonn es otra fábula dunsaniana sobre la perpetua infructuosa búsqueda de la Belleza.

Herbert West, reanimador definitivamente tiene un tono de humor negro subrepticio. Difícilmente puedo creer que esa serie de viñetas sobre ese obsesivo pichón de doctor Frankenstein que es West y sus continuos fracasos no haya que leerlas con un tono de malsana diversión. Puedo entender porque Stuart Gordon hizo lo que hizo con Re-Animator, porque funciona perfectamente con este relato de resurrecciones de muertos que fallan de una u otra vez por alguna cosa. Es muy divertido, si uno le encuentra el morbo. Si lo hizo a propósito, me hubiera encantado que HPL siguiera con esta veta de humor macabra.

El Sabueso tiene a dos tipos obsesionados con la muerte (una suerte de chicos góticos in extremis) que entran a una tumba y roban un amuleto con forma de sabueso infernal… para ser perseguidos por una criatura muy parecida, que los acecha desde la oscuridad. La tensión está muy bien sostenida aquí.

Hipnos es un cuento donde uno nunca tiene claro si hay un relator loco o hay algo terrible pasando. En ese sentido, Lovecraft no nos deja la seguridad de si es verdad o es todo locura y sostiene un relato con el puro convencimiento de su prosa. Encomiable.

El horror oculto vuelve a hacer muy bien eso de describir realistamente un lugar (en este caso una comarca pobre y miserable “White trash”) y hacer que ocurra algo excepcional e inexplicable ahí.  Y lo cruza con su obsesión por las razas degeneradas, dejando un resultado final que funciona muy bien.

Finalmente, Lo innombrable parece un chiste privado: un escritor de terror y su amigo escriben sobre cómo contar algo innombrable sentados en el cementerio cuando aparece algo que es horrorosamente innombrable.

¿Qué puedo decir? Que hay relatos mejores y otros peores, que se nota que mucho material es de los inicios, muy deudores de otros escritores, que se nota que Lovecraft aquí anda buscando su vos y que, en algunos casos la encuentra. Que claramente es un escritor que sabe lo que hace y lo que quiere contar y que algunas de estas historias son ya de un nivel apabullante. Nada mal para este rencuentro.

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Mystery Society (2010)

Autores: Steve Niles (guión) y Fiona Staples (dibujos)

Edita: Planeta, Barcelona, 2017

Nick Hammond (a) “Nick Mystery” y Anastasia Collins son una pareja que quiere descubrir la verdad que está ahí afuera. Y para eso no dudan en entrar a lugares prohibidos como el Area 51 y rescatar a dos gemelas con poderes mentales que llevan dormidas allí desde la década de 1950. Junto a ellas, una joven muerta llamada Calavera Secreta y un robot steampunk con el cerebro de Julio Verne, se enfrentan al gobierno de Estados Unidos y de paso, recuperan la calavera de Edgar Allan Poe.

Sí, todo muy lindo, con un tono de comedia ligera, con mucho “tongue in Cheek” y una pareja protagonista que parecen una versión modernizada del Nick y Norah Charles de las películas de The Thin Man. No es que la historia sea mucho más que eso y, si uno la analiza bien, estructuralmente sea muy coherente (las dos tramas van juntas pero no terminan de enlazarse correctamente). Pero Niles escribe buenos diálogos, el dibujo de Fiona Staples es sólido, claro y elegante y la sensación de diversión pulula en cada página.

Entretenimiento liviano y poco profundo si uno entra a este libro sin pedir más de lo que es no saldrá defraudado. No cambia el Noveno Arte, pero una lectura aceptable para pasar el rato. A ver si hay continuaciones para ver si se profundiza algo más en los personajes, que apenas están bocetados.

Juan Buscamares

Autor: Felix Vega (guión y dibujos)

Edita: Planeta, Santiago de Chile, 2017

En un mundo donde los océanos se han secado y el agua es un elemento absolutamente vital, Juan el Buscamares recorre con su camión los antiguos fondos marinos. Al toparse con Aurora, una mujer que cambia su cuerpo por agua, Juan empieza una travesía que lo cruza con fanáticos religiosos, facciones en guerra y nomadas en zeppelines y que lo lleva en busca de un viaje místico que deviene en la vuelta del agua y el reencuentro con su vida pasada, una donde se implica el Tahuantisuyo (Imperio Inca para los amigos) y sus sacrificios de niños en las montañas.

Con esta obra (publicada originalmente en cuatro volúmenes y recopiladas en este integral) el chileno Félix Vega logró entrar en el mercado del comic francés. Un mercado al que el autor encaja como anillo al dedo, tanto por el guión (una fantasía post apocalíptica que bien podrían haber firmado Jodorowsky y Moebius) como por su estilo de dibujo (con una influencia de Manara Y Bourgeon en sus figuras y fondos). Igual es interesante ver como evoluciona el trazo en cada tomo, llegando a una estilización progresiva al final.

Si les gusta la ciencia ficción y fantasía europea y la narración de los albums de “Bande desineé” clásicos, Juan Buscamares es una gran opción. Bien dibujado, bien escrito, hecho con solidez, es un trabajo encomiable en el estilo. Uno que pone a Vega dentro de los grandes de la historieta chilena.

5 por Infinito Integral (1967)

Autor: Estaban Maroto (guión y dibujos) con colaboración de Ramon Torrents, Adolfo Usero, Luis García y Suso

Edita: Glenat, Barcelona, 2011

Cinco terrestres son convocados por infinito, un poderoso extraterrestre, que los recluta para convertirse en sus agentes para traer la paz a la galaxia. Sus misiones los llevarán a aventuras por diferentes planetas, donde deberán hacer lo imposible para desfacer todos los entuertos que hallen, usando sus talentos e inteligencia en ello.

Así descrita, esta serie no parece muy diferente de otras historias de “Space opera” que, de Flash Gordon en adelante, nos mostraron la ciencia ficción como un lugar donde buenos y malos se repartían golpes en ambientes exóticos, con algún aderezo de seudo ciencia en su relato. Y algo de eso hay: bastantes de las historias del volumen podrían califica en esta categoría, con lagartos gigantescos, selvas exóticas y razas de hombre-pez/pájaro/mamífero a elección. Y con protagonistas que muchas veces no escapan del clise (científico inteligente, forzudo intuitivo, chica a rescatar, etc) Y de hecho, la gran mayoría de las historias no ha envejecido bien, con una sobredosis de textos de apoyo y diálogos que hoy suenan poco creíbles al lector moderno.

Entonces ¿qué es lo que hace tan importante a 5 por Infinito, que la convierte en la obra rupturista que fue? ¿Que la volvió un éxito no solo en España, sino en Hispanoamérica, Europa y hasta en USA (donde tuvo su versión americanizada re-dibujada y adaptada por Neal Adams en su sello Continuity, con el nombre de Zero Patrol)? ¿Por qué puso en el mapa internacional a Estaban Maroto?

Creo que hay dos motivos. El primero es que, si bien hay algunas historias deudoras de la antigua tradición de la pace opera, otras tienen conceptos de ciencia ficción más moderna, jugando con alegorías sobre algunos aspectos de la sociedad y el hombre que no estarían fuera de lugar en obras de ciencia ficción más contemporáneas como los comics de género de la EC o Barbarella. Podrán a veces ser alegorías poco sutiles en su tratamiento, hablando de la deshumanización, de la guerra, etc.; pero son un avance frente a las historias más clásicas del género, esas donde chico bueno y rubio se enfrenta a villano extraterrestre malvado.

Y por otro (y más importante aún) por el exquisito dibujo de Maroto. Un dibujo que se abre del realismo raymondiano para incorporar imágenes, fondos texturas y estilos deudores de los prerrafaelistas, los ilustradores decimonónicos del art noveau, el op art y los posters psicodélicos contemporáneos. Todo realizado con un trazo que estiliza y recarga al mismo tiempo. Y que el blanco y negro de esta edición sirve para resaltar en sus hallazgos. En el panorama de la historieta de esos años, el trazo de Maroto es definitivamente revolucionario y aun hoy es una delicia recorrer las páginas, mirando con detalle cada dibujo, cada trazo, cada figura, cada fondo que el autor pone. Mas de una de ellas merecería enmarcarse como obra maestra del dibujo, comparable en calidad a trabajos e ilustradores como Doré, Mucha o Beardsley.

Y la edición de este integral está acorde con el intento: es un libro de gran formato y de papel de alto gramaje, donde la reproducción de las páginas es poco menos que excepcional Eso sin contarlas páginas finales que nos dan una idea del impacto de la serie en todo el mundo, con tapas que reproducen algunas de las diferentes ediciones internacionales (aunque faltó alguna muestra de la versión chilena publicada por Zig Zag). Una edición de lujo que merecía una obra de esta importancia en el comic internacional.

Las otras guerras de los mundos

Ningun lector de esta pagina ignora lo que ocurrio con la versión radifónica de “La guerra de los mundos” de H. G. Wells que realizó Orson Welles: el caso de histeria colectiva mas famoso del mundo. Hasta personas que jamas leerian una historia de cf lo conocen muy bien, al menos en la version parodica de Los Simpson. Lo que no es tan conocido es que el hecho  se repitio en todos sus detalles de panico e histeria descontrolada, no una, no dos, sino hasta media docena de veces en diferentes paises  y que nada garantiza que no vuelva a ocurrir mañana.

DE WELLS A WELLES…. WAR

Todo comienza en el año  1898 cuando el genio de los genios de la cf  H.G. Wells publica en Londres la primera version de “La Guerra de los Mundos” donde los marcianos invaden nuestro planeta causando tremendo panico destruccion y muerte.

Continua el 30 de Octubre de 1938 cuando el entonces joven y no muy conocido Orson Welles lleva a la radio una dramatizacion de esta obra, (un radioteatro diriamos) en el que, utilizando el formato de noticiero y situando la historia en el Nueva Jersey contemporaneo, se presentaba a los marcianos invadiendo nuestro planeta y causando tremendo panico, destruccion y muerte. El problema fue que los desprevenidos oyentes se lo tomaron completamente en serio, salieron en estampida  a las calles para huir de la muerte o combatir hasta el fin, causando tremendo panico, destruccion y muerte esta vez en la realidad. Demostrando que gracias a nuestra extraña naturaleza humana los extraterrestres no necesitan ni siquiera existir para liquidarnos. Ademas la atmosfera se habia preparado muy bien con el supuesto “reportaje” a un famoso “astronomo” que comentaba las extrañas luces que se estaban observando “ahora mismo”  sobre la superficie de Marte.

Es cierto que Welles advertia en un par de ocasiones (tanto como para cubrirse legalmente) que se trataba de un relato de ficcion. Pero eligió estrategicamente el momento en que se leían estas advertencias, de manera que la mayoria de los radioyentes no le presto ninguna atencion, como calculaba. Ademas el formato super realista -informando de los “acontecimientos” en “tiempo real”  con interrupciones de la musica para traer las “novedades urgentes”  (“Ha aterrizado un cilindro metalico”, “Se esta abriendo el cilindro!!”, “la multitud corre hacia el rio”,etc.)  era perfecto para causar confusion, especialmente en los oyentes que acababan de encender la radio o de cambiar de programa y se encontraban con esto de repente.

Se desato un oceano de tinta para explicar siquiera en parte tan imposible episodio ocurrido en una nacion supuestamente civilizada y normal. En ese mismo año, solo en los Estados Unidos se publicaron unos doce mil articulos, donde todas las ideologias trataban de llevar agua para su propio molino,desde la izquierda -que presentia en esto el colapso del capitalismo-, o la derecha -con Hitler hablando de la corrupta democracia decadente-, o con Marshal McLuhan utilizandolo como ejemplo de que el medio es el mensaje. Hubo miradas psicologicas, sociologicas, religiosas, satiricas… sin que ninguna diera en la tecla. Porque ninguna pudo evitar que, por increible que parezca ,el caso se repitiera en todos sus detalles luego (como veremos): La ola de panico atraveso todo Estados Unidos, llegando incluso a Canada, colapsando rutas y lineas telefonicas, provocando saqueos, destrozos y accidentes en un numero que nunca ha quedado claro (el periodismo amarillista lo magnificó mientras que otros trataron de quitarle importancia)

Se intentaron adoptar medidas muy energicas. De hecho se prohibio volver a simular un noticiario verdadero y las palabras “interrumpimos este programa” pero no se les hizo mucho caso a estas prohibiciones. La maldicion “W” continuaria arrasando…

ANTES Y DESPUES

La idea de narrar una historia por radio con un falso formato de programa de noticias no era nueva. Ya se habia puesto en practica… y habia tenido consecuencias similares, aunque a menor escala. La revista Historia y vida en su numero 531 menciona en su nota dedicada a La guerra de los mundos el antecedente del britanico Ronald Knox en el año 1926.

Knox habia narrado, a traves de la BBC, y haciendo el papel de un reportero que transmitia los acontecimientos “aqui y ahora”,  una supuesta revolucion en Londres, un temor que ya flotaba en el ambiente en esas epocas de gran tension social y avance de las ideas socialistas en el mundo. Gran parte de la audiencia lo creyo real. El panico estaba servido.

Al parecer, este mismo éxito le dio la idea a un joven y ambicioso Orson Welles que  deseaba ardientemente llamar la atencion y lograr una oportunidad de pasar al estrellato, consiguiendo lo mismo con una idea aun mas catastrofica. Lo logro plenamente como sabemos.

La invasion de los marcianos, algo que involucraba a todo el planeta, terminó de inspirarlo con la novela de Wells. No la ambientaria en el Londres victoriano ni en el pasado, sino en USA en ese mismo año de 1938 ¿A quien le importaba el Londres de la reina Victoria? El no queria aburrir… y vaya que no aburrió.

Pero el genio malefico acababa de salir de su botella y ya no volveria a entrar facilmente… El siguiente caso ocurrio en Chile.

(Aclaro  que  es recopilacion de diversas fuentes pero si algun amigo lector proviene de estos paises y desea acotar algo mas me encantaria conocer su informacion, lo mismo si no esta de acuerdo con los datos)

Es el año 1944. En Chile un escritor norteamericano llamado William Steele situó la accion en las cercanias de Santiago (otra vez para darle mayor verosimilitud a la historia y no aburrir). Se repitio la transmision, los supuestos reportajes,l as noticias minuto a minuto… y el panico de los radioyentes.

JOSE VILLARROEL, ciudadano de Valparaiso, tiene el dudoso honor de ser el primer ser humano en toda la tierra en morir victima de una invasion alieniga. El falso noticiero, la confusion, el ataque de panico, le produjeron un ataque cardiaco al que no sobrevivio. ¿Que diferencia hizo para el pobre señor que todo haya sido ficticio?

Al parecer numerosos civiles se armaron y atrincheraron en sus hogares dispuestos a dar la ultima batalla heroicamente. Se formaron barricadas en las calles y batallones improvisados dispuestos a repeler el ataque marciano e incluso se movilizaron varias unidades militares.

Esto es lo que se lee en el informe de la revista (pagina 55) que tengo a la vista, pero si lectores amigos de este pais saben algo mas por comentarios de sus mayores me encantaria agregarlo.

Mucho peor resulto el caso en Ecuador, en el año 1949: la transmision llevo a muchas personas a creer que era realmente Peru el invasor, debido a recientes tensiones entre los dos paises (asi como en USA existia el transfondo de una posible invasion alemana). Nuevamente los civiles se atrincheraron en sus casas. Nuevamente hubo gente que salio a luchar pensando defenderse de una invasion  y nuevamente colapasaron telefonos y transportes degenerando todo en una revuelta que esta vez se cobro varias victimas mortales.

El responsable se llamaba Leonardo Paez de Radio Quito, quien, para colmo de males busco el maximo de realismo. Segun el escritor Joseph Bulgatz, en las semanas previas se habian publicado en el  periodico El Comercio -que ademas era dueño de la emisora- varias noticias sobre supuestos avistamientos de ovni, así como la supuesta vision de luces en el planeta rojo. Igual que los supuestos astronomos entrevistados por Orsin Welles para ir creando atmosfera. Conclusion: cuando se emitio el radioteatro-falso noticiero nadie dejo de alarmarse muy pocos lo pusieron en duda.

COMBATIENDO MARCIANOS EN COTOCOLLAO

Esta vez se decia que las naves estaban aterrizando en Cotocollao, cerca de Quito… Una vez mas en un lugar que alarmase a los oyentes, jamas en el pasado y en el Londres victoriano como la habia escrito Wells. Siempre la actualizan (incluso las dos versiones filmadas). Que yo sepa nunca existio una version que no se aggiornara para ser presentada en tiempo presente.

Entonces,cuando los enfurecidos radioyentes, al darse cuenta del engaño, prendieron fuego a la emisora  y bloquearon las puertas, los trabajadores que murieron atrapados por las llamas no tuvieron ayuda. El ejercito, la policia y los bomberos llegaron demasiado tarde…. ¿Por que? ¡¡Porque el grueso de ellos habia partido a Cotocoallao para combatir a los marcianos!!

Hubo 21 arrestos, pero, como suele ocurrir, nadie quedo preso mucho tiempo. El mismo Leonardo Perez fue a juicio pero finalmente fue absuelto. La realidad siempre es mas extraña que la ficcion .

Nosotros avisamos!

En 1968, en la ciudad de Buffalo (Nueva York) la emisora WKBW intento un homenaje a la ya lejana obra con una nueva transmision de la misma. esta vez se intento evitar problemas anunciando con varias horas de antelacion la dramatizacion de la obra, el proposito de conmemorar los 30 años transcurridos, el homenaje a Orson y comentarios variados sobre el programa original. Se enviaron asimismo cartas informando de esto a las comisarias, los hospitales, las estaciones de bomberos y los colegios, se reiteraron las advertencias sobre el tema. Aun asi, durante la noche de la retransmision se recibieron enseguida mas de cuatro mil llamadas de ciudadanos aterrorizados y la policia atendio numerosas denuncias. A estas alturas ya se sospecha un poco de morbo en quienes la presentaban. Suponemos que Orson Welles no sabia hasta que punto se le iban a ir de las manos las cosas… pero despues de seis repeticiones ya todos lo sabian.

La historia no termina aqui: el pánico tras una transmisión de La Guerra de Los Mundos se repitio en Portugal en 1988 y mas tarde en Mexico en 1998. Poco a poco se hacia menos violenta, pero nunca falto quien la creyera real. Habra que ver que ocurre este año de 2018. Aunque ¿para que seguir jugando con fuego?: ya no se puede ignorar lo que puede ocurrir. Un siglo despues de su publicacion como novela, La guerra de los mundos continuaba aterrando a las masas .¿No seria despues de todo un plan de los marcianos? se llego a preguntar en un video conspiranoico..

La nota no menciona una nueva transmision en España tiempo despues. Esperemos que ya en pleno siglo XXI la gente fuera algo mas sensata.

Existe el rumor de que ocurrio tambien en China, pero como no tengo ninguna nota sobre el tema (lo escuche en un programa de tv) dejo a los amables lectores el comentario sobre esto. Si saben algo, al parecer, cuando China comenzo a imitar en todo al Occidente,t ambien comenzo a perpetrar cosas asi..

El genio malefico de la guerra con Marte ya ha vuelto a la  botella y se lo ha encerrado muy bien, nunca volvera a quitar la tapa y aterrorizar a nadie… se dijo. Pero quien sabe… La capacidad de las personas “normales y corrientes” en caer en episodios de histeria y encontrar enseguida un enemigo a quien acometer con furia es autenticamente alarmante.

A MI LOS ZAPATOS ME LOS PAGAN!!

El saldo de todo esto fueron miles de demandas judiciales, batallones de ciudadanos indignados dispuestos a emprenderla, si no contra los marcianos, al menos contra las emisoras y los actores, daños y perjucios por choques en las rutas, saqueos a comercios, desastres varios y, por desgracia, victimas mortales. De todo esto ¿hubo alguien que recibiera una reparacion? Una lo logró.

La demanda que prosperó fue la de un ciudadano de Massachusetts, que, victima del panico, habia perdido el unico dinero que llevaba para comprarse un par de zapatos de hombre, negros, talla 38.

Segun dicen Welles insistio en que se los pagaran.

Se los pagaron.

Cuando la ciencia ficción se llamaba «scientifiction»

Hugo Gernsback, luxemburgués emigrado a Estados Unidos a principios del siglo XX, ha pasado a la historia por inventarse una extraña palabra, «scientifiction», que acabaría por evolucionar a la más aceptada y hoy conocida «science fiction», ciencia ficción. Gernsback era inventor, experto en radio —en unos días en los que esto te colocaba en una categoría de conocimientos similares a los que pueda tener hoy un habilidoso hacker— y editor. Adoraba las narraciones donde se imaginaban toda clase de prodigios tecnológicos y él mismo publicó una novela de ese tipo, Ralph 124C 41 +: A Romance of the Year 2660 (1911), en las páginas de su revista Modern Electrics, además de posteriores narraciones escasas de calidad literaria pero llenas de fe en el progreso.

Para disponer de una plataforma destinada en exclusiva a esa ficción literaria Gernsback crearía en 1926 la revista Amazing Stories. No estaba inventando un género, ya que más allá de los precedentes europeos, en los mismos Estados Unidos otras revistas llevaban años publicando narraciones de autores como Garrett P. Serviss, George Allan England, Edgar Rice Burroughs o Ray Cummings, entre otros, que encajaban por completo en lo que hoy denominamos ciencia ficción. Sin embargo a Gernsback le queda el mérito de lanzar por primera vez en Estados Unidos una publicación especializada en el género y haberlo bautizado, pues hasta el momento carecía de un nombre específico. Los Premios Hugo, que se entregan en la Convención Mundial de Ciencia Ficción a lo mejor entre lo publicado ese año, se llaman así en honor del viejo Gernsback.

Reproducimos a continuación, como documento y curiosidad histórica, la editorial de ese primer número de Amazing Stories, de abril de 1926, donde Hugo Gernsback intenta vender a sus lectores las bondades de la «scientifiction».

 

Amazing_Stories_April_1926

UNA NUEVA CLASE DE REVISTA

por HUGO GERNSBACK

¡Otra revista de ficción!

Al principio pensé que parecía imposible que quedara espacio para otra revista de ficción en este país. El lector bien puede preguntarse: «¿No son ya suficientes, con los varios centenares que se están publicando ahora?». Cierto. Pero esta no es «otra revista de ficción». ¡AMAZING STORIES es un nuevo tipo de revista de ficción! Es completamente nueva —totalmente diferente—, algo que jamás ha sido hecho antes en este país. Por tanto AMAZING STORIES merece su atención e interés.

Están las revistas de ficción habituales, las de historias de amor, y esa clase de revistas picantes, las de aventuras, y así sucesivamente; pero una revista de «Scientifiction» es algo pionero en su campo dentro de América.

Por «Scientifiction» me refiero a Jules Verne, H. G. Wells, y la clase de historias creadas por Edgar Allan Poe, una encantadora trama entremezclada con hechos científicos y visión profética. Durante muchos años historias de esta naturaleza se publicaron en las revistas hermanas de AMAZING STORIES: SCIENCE & INVENTION y RADIO NEWS.

Pero con la creciente demanda de todos nosotros por ese tipo de historias, y aún más imaginativas, solo había una cosa que hacer: publicar una revista en la que se diera desarrollo exclusivo a esa clase de ficción científica. Con ese objetivo, hemos elaborado planes cuidadosos, sin escatimar tiempo ni dinero.

Edgar Allan Poe bien puede ser llamado el padre de la «Scientifiction». Fue él quien realmente originó la trama novelesca de intención científica hábilmente entretejida dentro y alrededor de la historia. Julio Verne, con sus increíbles novelas, también hábilmente entretejidas con una trama científica, vino después. Un poco más tarde llegó H. G. Wells, cuyas narraciones científicas, como las de sus precursores, se han vuelto famosas e inmortales.

Debe recordarse que vivimos en un nuevo mundo. Hace doscientos años narraciones de este tipo no hubieran sido posibles. La ciencia, a través de sus diversas ramas de la mecánica, electricidad, astronomía, etc, entra tan íntimamente en todas nuestras vidas hoy, y nosotros estamos tan inmersos en esa ciencia, que tenemos que estar más dispuestos a aceptar nuevos inventos y descubrimientos, por supuesto. Nuestra forma de vida ha cambiado por completo con el progreso actual, y es una pequeña maravilla, por tanto, que muchas situaciones fantásticas —imposibles hace cien años— ocurran hoy. Es en estas situaciones donde los nuevos novelistas encuentran su gran inspiración.

No solo convierten estas increíbles historias en una lectura interesante; también las hacen siempre instructivas. Ofrecen conocimiento que nosotros no podríamos obtener de otro modo; y lo suministran con un envoltorio formal muy atractivo. Pues los mejores de estos modernos escritores de la ciencia poseen la habilidad de impartir conocimiento e incluso inspiración, sin hacernos una sola vez consciente de que nos están enseñando.

¡Y no solo eso! Poe, Verne, Wells, Bellamy, y muchos otros han demostrado ser verdaderos profetas. Profecías pronunciadas en muchas de esas historias increíbles que se están realizando, y se han realizado. Tome el fantástico submarino de Jules Verne de su historia más famosa, Veinte mil leguas en viaje submarino, por ejemplo. ¡Predijo nuestros actuales submarinos casi hasta el último tornillo! Los nuevos inventos presentados para nosotros por la «scientifiction» actual no son del todo imposibles de materializarse mañana. Muchas grandes narraciones de ciencia destinadas a ser de interés histórico aún están por escribirse y AMAZING STORIES será el medio a través del cual tales narraciones vendrán a usted. La posteridad las señalará por haber abierto un nuevo camino, no solo en la literatura y la ficción; también en el progreso.

Quienes estamos publicando AMAZING STORIES nos damos cuenta de la gran responsabilidad de esta empresa, y lo hacemos sin ahorrar energía presentándole, cada mes, lo mejor de esta clase de literatura que pueda ofrecerse.

Ya se han establecido acuerdos exclusivos con los titulares de los derechos de autor para disponer por entero de las voluminosas obras completas de Jules Verne. Muchas de estas historias no son conocidas por el público general estadounidense todavía. Por primera vez estarán al alcance de todos los lectores a través de AMAZING STORIES. Un abanico de narraciones de este tipo alemanas, francesas e inglesas, obra de los mejores escritores de sus respectivos países, ya ha sido contratado y esperamos poder ampliar la revista, de modo que de esa manera sea factible ofrecer más material a nuestros lectores.

Cuán buena será esta revista en el futuro eso depende de usted. Lea AMAZING STORIES y convenza a sus amigos para que lo hagan, y luego escríbannos lo que piensan de la revista. Daremos la bienvenida a la crítica constructiva, ya que solo de ese modo sabremos cómo satisfacerle.

Traducción: Armando Boix

Edit Amazing

Lo mejor de Fredric Brown (The best of Fredric Brown, 1977)

Autor: Fredric Brown

Colección: Libro Amigo Ciencia Ficción n° 16

Edita: Ediciones B, Barcelona, 1988

NO es novedad decir que Fredric Brown es uno de mis escritores favoritos, especialmente a la hora de escribir cuentos. Su habilidad para tomar una premisa extraña y retorcerla para dar un resultado original e inesperado es bien conocida por todos aquellos que se hayan asomado a sus relatos ultracortos y cortos. En ese sentido su trabajo para la ciencia ficción es particularmente excelente.

Ahora bien, como ocurre en toda antología, no todos los relatos de este libro son, en mi opinión, de los absolutamente mejores que ha producido Brown en su carrera. Si bien absolutamente todos ellos tienen premisas interesantes, no todas las resoluciones son igual de impecables. Ejemplos de esto son “Ven y enloquece”, “Llamada” o “Recesional”, donde los finales no me terminan de convencer o se revelan poco más que un chiste. NO son malos: solo que, comparado con el resto de las historias, son relatos fallidos.

Pero en el balance , la cantidad de historias realmente geniales, con ideas novedosas, desarrollos trepidantesy desenlaces inesperados, se revela abrumadoramente superior en cantidad a los casos no tan buenos. Desde el ejercicio ultracorto formal de “El final” (¡111 palabras!), la apabullante “Respuesta” (que en dos páginas resume todos nuestros miedos tecnológicos con las computadoras) , las cómicas “Pi en el cielo” y “Sirio Nada”, la tenebrosa “Eine kleine Natchmusik” y hasta la aventurera “Arena” (que sirvió de base para uno de los episodios más conocidos de la “Star trek” Original) son ejemplos del talento de Brown para el cuento.

A falta de un libro que reúna todos sus relatos breves, esto es una gran manera de acercarse a Fredric Brown. Un autor que cualquier buen lector de ciencia ficción y fantasía no debería dejar pasar.

Explorando maravillas: la novela fantástica en España durante la primera mitad del siglo XX.

Aun dejando de lado los evidentes corsés de la represión política y la escasez de medios para una subsistencia digna, en los años que siguieron a la Guerra Civil española el día a día de un aficionado a la literatura fantástica era bastante triste. Mientras más allá del Atlántico se contaba, desde la feliz década de los veinte, con publicaciones especializadas en narrativa fantástica —la revista Weird Tales publicó su primer número en marzo de 1923 y Amazing Stories en abril de 1926—, en nuestro país no había nada semejante. Al lector ni le quedaba el consuelo de escapar de la sórdida realidad de esa España «una, grande y libre» hacia espacios infinitos forjados en letra impresa.

Es cierto que el género de la ciencia ficción ha estado presente en nuestra literatura desde muy atrás, como ha demostrado Nil Santiáñez-Tió en su libro De la Luna a Mecanópolis. Antología de la ciencia ficción española (1832-1913); pero no lo es menos que las obras de anticipación, en las letras hispanas, sólo han sido salvas al aire de unos pocos francotiradores, en modo alguno una corriente ininterrumpida y prestigiosa. De hecho, si retrocedemos un poco y nos situamos en los años veinte y treinta, cuando en otras tierras el género ya había desplegado todo su abanico temático y producido un buen plantel de autores, dentro de nuestras fronteras el número de escritores que podemos definir como «especializados» se reducía sólo a dos, aungue abundan, en cambio, los autores de una o dos obras en el género, como Domingo Cirici Ventalló, Roque de Santillana o M. R. Blanco Belmonte: los anticuados coronel Ignotus y capitán Sirius, con un tipo de narrativa que se remonta a la que practicara Jules Verne.

Bajo el nombre del coronel Ignotus trabajaba José de Elola (1859-¿1935?), militar de carrera, topógrafo y profesor de futuros oficiales. Dejando de lado sus ensayos técnicos y alguna que otra obra de teatro, en el terreno que nos interesa su carrera como escritor se inició con una novela paródica de 1915 titulada El fin de la guerra. Disparate profético soñado por Mister Grey, donde da rienda suelta a su germanofilia e imagina un desenlace alternativo a la I Guerra Mundial con victoria alemana, gracias, sobre todo, a los prodigios científicos de un sabio alemán. Esta obra sólo era una más de las muchas «fantasías políticas» que se publicaron al socaire del conflicto internacional y si Elola ha alcanzado un puesto de honor en la historia de la ciencia ficción española es por sus novelas posteriores, reunidas bajo el título común de «Biblioteca novelesco-científica».

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La colección arrancó con la trilogía Viajes planetarios al siglo XXII, crónica del viaje a Venus de un grupo de científicos liderados por la sevillana María Pepa, inventora de la nave que les desplaza, nada menos que un planetoide hueco llamado «orbimotor» y que Elola se complace en describirnos con todo lujo de detalles hasta en sus acotaciones más precisas. La expedición se ve amenazada por las disensiones, que les arrastran incluso al motín, y apunto está de concluir catastróficamente zambulléndose en el mismo sol. Mari Pepa lo evita gracias a su habilidad y reconduce la nave hacia Venus, donde se dará solución a los conflictos planteados por la trama antes del regreso victorioso a nuestro planeta. La novela obtuvo suficiente éxito como para que las andanzas de nuestra María Pepa merecieran prolongarse y a la comentada trilogía le siguió una nueva obra en dos volúmenes, La desterrada de la Tierra, con más detalles sobre Venus y la civilización que lo habitaba, apenas esbozada anteriormente, y un Segundo viaje planetario —otra trilogía—, con la misión de rescate de un personaje desaparecido y dado por muerto en la primera obra.

Además, el nada perezoso José de Elola escribió otras novelas de anticipación científica ajenas a María Pepa, como El amor en el siglo cien, La mayor conquista o Tierras resucitadas, siempre voluminosas y con ideas que oscilan entre lo profético —el aprovechamiento del sol ante el agotamiento del petróleo y el carbón— y lo estrafalario —la posibilidad de acumular la energía producida por la excitación erótica—. Como se ve, el Coronel Ignotus destacó sobre todo por su atrevimiento imaginativo, planteándonos odiseas espaciales en una época en la que esto no era tan corriente. En su contra hay que reconocer que su lectura resulta hoy poco cómoda, pues el desarrollo argumental se ve lastrado por un afán didáctico y una voluntad de exactitud científica que con demasiada frecuencia levanta barreras al correcto fluir de la historia. No se conocen las fechas precisas de publicación de sus Viajes planetarios…, pero el investigador Augusto Uribe, las sitúa entre 1916 y 1920, «más hacia el final de este lustro que hacia el principio».

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Mucho más moderno en estilo y ameno como narrador, aunque algo limitado en sus especulaciones, fue el segundo gran autor fantástico español de preguerra, Jesús de Aragón (1893-1973), también conocido como Capitán Sirius, creador de novelas de estirpe «juliovernesca» y agilidad digna del mejor Salgari. En Cuarenta mil kilómetros a bordo del aeroplano «Fantasma» y su continuación, De noche sobre la Ciudad Prohibida, de 1924, encontramos una aventura equiparable a la de Phileas Fogg, dar la vuelta al mundo para cumplir una apuesta, aunque en este caso siguiendo un meridiano —con la complicación que entraña sobrevolar los polos—, del mismo modo que nos recuerda a Robur el conquistador su novela El continente aéreo, sobre un dirigible de dimensiones colosales con toda una ciudad edificada sobre su lomo, o nos remite a la aventura submarina del capitán Nemo y el Nautilus Viaje al fondo del océano (1924), donde encontramos a un genio enloquecido gobernando una Atlántida perdida bajo el mar. Menos deudora del célebre novelista galo, aunque repite su esquema del inventor genial enfrentado al mundo, es Los piratas del aire (1929)—sobre un independentista hindú que construye una fortaleza en el Himalaya, desde donde dirige sus ataques contra la pérdida Albión—, pero sobre todo La ciudad sepultada (1929) —otra historia de civilizaciones perdidas— y Una extraña aventura de amor en la Luna (1929), única novela «espacial» del autor con viaje a nuestro satélite, habitado por diversos pueblos en guerra, monstruos tremendos y la oportuna y hermosa princesa selenita.

Jesús de Aragón fue un autor fértil que además de las citadas historias de aventura y fantasía escribió otras novelas igualmente trepidantes, como La sombra blanca de Casarás, Los caballeros de la montaña, El demonio del Cáucaso, Los cuatro mosqueteros del zar y Crepúsculo en la noche roja; sin embargo, como tantos escritores que no han visto suficientemente recompensados sus esfuerzos creativos, a mediados de los años treinta Aragón abandonó la ficción para redactar, en adelante, solo libros técnicos. Como anécdota complementaria, merece recordarse el hecho descubierto por Augusto Uribe de que fue Jesús de Aragón el verdadero responsable de completar, hasta alcanzar la extensión de novela, un clásico del fantástico español más delirante, La torre de los siete jorobados, de Emilio Carrere, partiendo de una obra corta de éste publicada previamente como Un crimen inverosímil.

Por fortuna, el aficionado al género fantástico no precisaba alimentarse sólo de autores españoles, pues en ese caso su dieta habría sido bastante magra. Estaban al alcance de la mano, claro está, las repetidas ediciones de autores como Edgar Allan Poe o Julio Verne, bien conocidos por nuestros lectores desde el siglo XIX, sin olvidarnos de románticos europeos como Hoffmann, Gautier, Nerval o Nodier, cuyo prestigio les permitía encontrar cobijo en colecciones generalistas. Entre los autores más modernos podía recurrir a la ciencia ficción alemana, de gran vitalidad e inventiva en la época de entreguerras, con títulos como Un disparo al infinito, de Otto Willy Gail, o El túnel, de Bernhard Kellermann; sin embargo, publicados con profusión, hasta alcanzar una parte significativa de su obra, los únicos nombres realmente populares fueron H. G. Wells y Edgar Rice Burroughs.

En la amplia difusión de la obra de Wells en España contó por igual su capacidad fascinadora como narrador y su adscripción a las ideas socialistas, que le convertirían en autor fetiche de algunas editoriales progresistas, como es el caso de la barcelonesa Toribio Taberner Editor, que dentro de su Colección Esmeralda publicó ya a principios de siglo lo más granado de la obra del novelista británico, incluso títulos imposibles de leer hoy en ediciones más modernas, desde sus magistrales La isla del doctor Moreau, Los primeros hombres en la Luna, El alimento de los dioses o El hombre invisible hasta Anticipaciones, La guerra en el aire, Cuando el dormido despierte o En los días del cometa, sin desdeñar obras realistas menores al estilo de Tono Bungay y El amor y el señor Lewisham. Además de ser un narrador al que el paso de las décadas no ha conseguido ajar en lo más mínimo la frescura de su estilo, sin ninguna duda Wells es uno de los nombres más imperecederos e influyentes en la historia de la ciencia ficción, y el verdadero creador —mucho más que Verne— de las constantes temáticas del género: invasión extraterrestre, viaje en el tiempo, manipulación genética, gigantismo, etc. Incluso sin disponer de otros libros que los suyos, nuestro hipotético lector del siglo pasado habría encontrado suficientes motivos de disfrute.

Gran parte de la ciencia ficción que se publicaba en aquel momento procedía directamente del siglo XIX o bien, aunque recién escrita, calcaba pesados moldes decimonónicos en su voluntad educativa o aleccionadora. Por comparación, Edgar Rice Burroughs debió tomarse como un soplo de aire fresco. Sin ningún otro objetivo más que ofrecer evasión y entretenimiento, sus novelas son como una inmensa atracción de feria llena de colorido, una montaña rusa pródiga en emociones fuertes. Sus defectos como narrador al que poco le importaba la consistencia lógica de su historia y que apenas se tomaba la molestia de documentarse mínimamente —es conocido por muchos que en la primera edición de Tarzán de los monos no se inmutó al plantar en plena selva africana a un tigre o que en el Marte de sus ficciones se nos describen muchos depredadores pero ningún otro animal que les sirva como alimento— apenas hacen palidecer la fuerza primordial de sus aventuras, llenas de estereotipos y héroes monolíticos, y quizá por eso mismo con la fuerza evocadora de los sueños o las leyendas.

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A rebufo de su personaje más famoso, Tarzán, las novelas de ciencia ficción de Burroughs empezaron a llegar a nuestro país en 1924, publicando Aguilar los cinco primeros títulos de su serie del planeta rojo protagonizada por el virginiano John Carter y la hermosa Dejah Thoris: Una princesa de Marte, Los dioses de Marte, El guerrero de Marte, Thuvia la virgen de Marte y El ajedrez vivo de Marte. El mismo editor las reeditaría en 1947 dentro de su colección Crisol, convirtiéndose en ejemplares tan apetecidos como inencontrables para el coleccionista actual. Su serie de Venus, más moderna, tendría su primera publicación española por entregas dentro de la revista Blanco y Negro, que recogió en 1935 las novelas Piratas de Venus y Perdidos en Venus. Mejor conocida y accesible es la edición preparada por José Janés Editor (después Plaza & Janés) en 1953, con dos títulos añadidos, Carson en Venus y Huyendo de Venus, reeditada ocho años después dentro de la colección Clíper. Como seguramente sabrán, este segundo ciclo contaba con Carson Napier como protagonista, un millonario aburrido que decide financiar un viaje espacial a Marte, aunque los negligentes cálculos de trayectoria acaban conduciéndole a un planeta muy diferente.

He dejado para el final citar otra edición de las novelas sobre John Carter, la ofrecida entre 1945 y 1950 por la madrileña Revista literaria de novelas de cuentos, y eso es porque tal publicación merece comentario más extenso. La Revista literaria… fue una de las más longevas de aquellas colecciones semanales que proliferaron a partir de los años veinte y que recogían obras de ficción en muchas modalidades: novelas de variada extensión, textos teatrales, poesía, incluso relatos «sicalípticos». Su primer número apareció en 1928 y se prolongaría hasta finales de los años cincuenta —el ejemplar más tardío que he tenido en mis manos está fechado en 1956—. Contenía textos de todo género, cubriendo un amplio espectro de calidades, desde clásicos con pedigrí como Balzac, Hugo o Cervantes hasta folletinistas como Ponson du Terrail o Paul Feval. Entre el más de un millar de obras publicadas no iban a faltar algunos títulos dedicados al género fantástico —por aquel entonces los términos «ciencia ficción» o «terror» no tenían uso establecido y así novelas como La guerra de los mundos o El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde recibían la calificación de «misteriosas» o «fantásticas»—. Se empezó con autores prestigiosos, como los citados Gerard de Nerval, Nodier, Hoffmann o Wells, pero se acabó por incluir también ficciones de aventura futurista de otros autores con intenciones más pedestres, como es el caso del norteamericano Ray Cummings —con su novela Terrano el conquistador— o el francés Gustavo Le Rouge —con El naufrago del espacio y El astro espantoso—.

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Ediciones muy económicas, en papel barato similar al de los periódicos, no aparecían ilustradas salvo en su portada, primero únicamente en blanco y negro y más tarde estampada en tres tintas planas. He aquí la más duradera empresa destinada en aquellos días a ofrecer narrativa de calidad a los bolsillos menos sobrados y sólo por eso ya merece nuestro aplauso.

Lo que nunca acabaron de funcionar bien en España fueron los pocos intentos de crear colecciones similares especializadas en la literatura imaginativa, cancelándose siempre tras muy pocos números. Son ejemplo la pionera La Novela Fantástica, preparada por Prensa Moderna, o la posterior Biblioteca Iris, serie fantástica, de Editorial Bruguera, colecciones ambas donde podemos encontrar —en una coincidencia de mal agüero— una novela del norteamericano A. Hyatt Verrill, autor casi olvidado hoy, pero que en su momento gozó de cierta popularidad, sobre todo entre los lectores más jóvenes. Esa obra fue The Bridge of Light, de 1929, publicada primero como Los monstruos del rayo y después como Las extrañas teorías del doctor Harris, pese a contar ambas ediciones con idéntica y anónima traducción de su texto.

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No obstante, lo más usual era que las novelas de terror, fantasía y ciencia ficción aparecían desperdigadas aquí y allá, en especial dentro de colecciones centradas en la literatura de aventuras o el género policiaco. Es el caso, en los años previos a la guerra civil, de la serie La Novela Aventura, de Hymsa —donde se pudo encontrar las historias siempre apasionantes de Henry Rider Haggard sobre mundos perdidos y reinas inmortales o a Bram Stoker, con su imprescindible Drácula y otra novela medianamente digerible, La joya de las siete estrellas— y, sobre todo, de uno de los mayores hitos en la edición de literatura popular en nuestro país: la Biblioteca Oro, de la barcelonesa Editorial Molino.

Dentro de Biblioteca Oro, colección centrada básicamente en la narrativa policiaca y de aventuras, de vez en cuando se deslizó algún título que complacería a los aficionados al fantástico. Fue el caso de ese clásico del terror de Abraham Merrit, ¡Arde, bruja, arde!, las narraciones de Sax Rohmer sobre el doctor Fu-Manchú, novelas de civilizaciones perdidas como La reina del Ártico, de Edison Marshall, o El pitón blanco, de Mark Channing, incluso alguna aventura «prehistórica» a lo J.-H. Rosny, como fue El señor del fuego, del español Manuel Vallvé.

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Pero con la colección Biblioteca Oro no termina la asociación de Molino con la literatura fantástica, de hecho sería en un par de colecciones posteriores donde el aficionado al género podría encontrar mayor motivo de satisfacción: me estoy refiriendo a Hombres Audaces y su derivada Nuevos Héroes. La primera de ellas se inauguró en 1936, y consistía en la edición española de las aventuras de cuatro populares personajes de las revistas pulp norteamericanas: Pete Rice, Bill Barnes, Doc Savage, y La Sombra. Los dos primeros ofrecían historias aeronáuticas y westerns, respectivamente, mientras que los últimos, aunque en rigor entrarían en el género de la aventura y el misterio, no carecían de elementos fantásticos insertos en sus tramas, con monstruos, bestias prehistóricas y genios del mal —sus contrincantes habituales— desarrollando los más variopintos prodigios tecnológicos.

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La colección se vio truncada casi en su inicio por el estallido de la guerra, pero tras un paréntesis durante el cual el editor siguió publicando en Argentina, Hombres Audaces volvió a visitar los quioscos españoles. Lo más notable es que Molino no sólo reanudó las aventuras de Doc Savage y sus colegas, sino que, de acuerdo con el clima ideológico reinante, inauguró una colección hermana —Nuevos héroes— con el objetivo de hispanizar el tan norteamericano subgénero del aventurero con facultades extraordinarias. Entre todos los nuevos personajes, el más afortunado e interesante para el tema que nos ocupa fue Yuma, creación de Guillermo López Hipkiss con el seudónimo de Rafael Molinero

Su serie contabilizó un total de catorce títulos, aparecidos entre 1943 y 1946, con portada a color e ilustraciones interiores en blanco y negro del extraordinario dibujante Jesús Blasco. No podemos ocultar que Yuma era una imitación de los cánones heroicos de ultramar; si bien, en lugar de ceñirse a un modelo único, se constituía en una hábil fusión del justiciero siniestro tipo La Sombra con los gadgets y tramas fantacientíficas habituales en las aventuras de Doc Savage.

El verdadero nombre de Yuma era Ramón Trévelez, millonario español de origen americano. Al instalarse en Barcelona empleó su fortuna en levantar el Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, fundación dedicada a patrocinar el trabajo de científicos sin recursos, pagando su manutención y facilitándoles laboratorios y todo el material necesario en las instalaciones que a tal fin Trévelez había construido en el Tibidabo. Todo esto era bien conocido; lo que menos gente sabía era que Trévelez, él mismo un gran científico, mantenía bajo estas instalaciones el laboratorio secreto desde donde dirigir a los agentes de su alter ego y construir los ingeniosos artefactos que estos utilizarían en sus misiones.

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Uno de los aspectos que más puede sorprender al lector actual, si tiene en cuenta la fecha en que estas narraciones se publicaron, es la enorme variedad de recursos tecnológicos a los que Yuma recurre en sus aventuras. Diez años antes de la creación de James Bond, Yuma contaba con una enorme variedad de gadgets que nada deberían envidiar a los del agente británico. El más prodigioso de los inventos de Yuma, sin embargo, sólo lo utiliza él mismo, y es una capa con capucha capaz de dotar de invisibilidad a quien la usa para cubrirse. Con este recurso puede seguir a los sospechosos sin ser visto, introducirse en sus cubiles o simplemente aterrorizar a los malvados. Yuma gusta de usar el miedo como principal arma en su lucha contra el crimen y por eso el aspecto que adopta en sus apariciones es fantasmagórico: un rostro de palidez cadavérica y mirada penetrante flotando en el aire sin un cuerpo que aparentemente le sirva de sustento.

De todos modos, sus enemigos no le andan a la zaga. Más que los pequeños rateros, los principales objetivos de Yuma son genios del mal con grandes recursos a su disposición. En esa línea son memorables los episodios titulados Una conspiración diabólica, donde el malvado de turno chantajea al mundo entero tras hacer una demostración de su máquina desintegradora con la aniquilación de un barco repleto de pasajeros en el puerto de Barcelona, o bien Las islas malditas, donde el villano pone en jaque al mundo entero, obligando a las naciones enfrentadas durante la guerra mundial a detener las hostilidades para combatir a la nueva amenaza.

G. L. Hipkiss, después de José Mallorquí, es probablemente el mejor artífice de novela popular de la posguerra. Sus historias suelen ser entretenidas y bastante bien escritas, teniendo en cuenta las limitaciones de su género y los apretados plazos de entrega. Empezó su labor literaria como traductor en los años cuarenta, actividad que compaginó con la escritura de una ficción propia. Interesado preferentemente por la novela policíaca, colaboró al mismo tiempo con Molino y con su principal competidora, Clíper, editorial de Germán Plaza. Su mayor éxito lo conseguiría a partir de 1946 con una serie con personaje fijo: Milton Drake, más conocido como El Encapuchado, millonario de Baltimore dedicado en su tiempo libre a repartir justicia bajo el anonimato de una máscara.

El carácter imitativo de la colección «Nuevos Héroes» tal vez resto entusiasmo a los lectores, que podían acudir tranquilamente a sus fuentes originales en las traducciones de la misma Molino. Germán Plaza empezó a captar a los autores españoles que hasta entonces tenían a la Editorial Molino como único mercado posible y sus primeras espadas fueron espaciando sus aportaciones para «Nuevos Héroes» a medida que se dedicaban cada vez más a las colecciones de Ediciones Clíper. «Nuevos Héroes» murió de inanición en enero de 1947, tras una larga agonía —a lo largo de 1946 sólo había publicado siete novelas, frente a las veintidós que publicó en 1943, su mejor momento—.

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Mientras tanto, fuera de la literatura «de quiosco», la segunda mitad de los años cuarenta y los primeros cincuenta resultaron francamente anodinos: Bruguera seguía reeditando las novelas ya viejas de Henry Rider Haggard y Janés Editor se dedicaba a Burroughs, produciéndose muy pocas excepciones dignas de captar la atención del coleccionista, como la edición en 1945, por parte de Revista de Occidente, de Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany, o la traducción en 1948 del primer libro con relatos de Robert E. Howard, el creador de Conan el bárbaro, Skull-Face and Others, aparecido aquí en tres volúmenes de Matéu Editor —Noches en Zamboula, La ciudad muerta y El templo de Yun-Shatu—, con un texto de solapa tan hiperbólico como curioso: «Se ha puesto de moda en Norteamérica un tipo de novela que es con respecto a la literatura lo que un Picasso o un Dalí respecto a la pintura. Una novela con un espíritu nuevo, una imaginación desatada y unas concepciones que sobrepasan en mucho a las concepciones literarias del mundo literario normal. ¿Qué decir de este nuevo tipo de literatura? En primer lugar que en los países de habla inglesa cuenta con más lectores que ningún otro género literario y que para la persona que busque en la novela una distracción y un entretenimiento es el tipo de novela ideal. Robert E. Howard es su representante más genuino.»

A partir del año 1945 Clíper se convirtió en la más fuerte competencia para Molino en el mercado de la literatura de género. Si bien Molino siguió explotando un catálogo impresionante, fundamentado en autores anglosajones como Agatha Christie, S.S. Van Dine o Erle Stanley Gardner, la editorial de Germán Plaza se centró en la producción propia. Dentro de su amplio abanico de publicaciones, entre las que se contaban westernsEl Coyote, Pueblos del Oeste, Mac Larry—, novelas policiacas —El Encapuchado, Misterio— o de piratas —El Corsario Azul—, se distinguió con una personalidad singular la revista Fantástica, con el lema «Es imposible no impresionarse leyendo este volumen» sobre cada una de sus cabeceras y el subtítulo «Magazine de historias, leyendas y relatos impresionantes». Claramente inspirada en los pulps norteamericanos, no contenía una sola novela, como otros títulos de la casa, sino una serie de relatos breves encomendados a los autores habituales de Clíper —Manuel Vallvé, H. C. Granch, Federico Mediante…—, por lo común de terror sobrenatural, aunque también hizo acto de presencia alguna incursión fantacientífica. Sigue siendo un placer hojear sus ya amarillentos ejemplares, en especial por la alta calidad de sus ilustraciones interiores en blanco y negro. La que debemos considerar primera revista de literatura fantástica en España fracasó en su empeño de atraer un público propio y no llegó más allá de unos veinte números, distribuidos entre 1944 y 1945.

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Quizá fuera el fracaso de Fantástica lo que impidió que Germán Plaza mostrará un mayor interés ante el personalísimo proyecto de José Mallorquí, su autor estrella, para inaugurar una colección dedicada en exclusiva a la literatura de anticipación: Futuro.

Como en el caso de Hipkiss, José Mallorquí se formó dentro de la Editorial Molino como traductor. Sus primeras novelas originales publicadas datan de 1936, a las que seguirían un importante número de narraciones en diversos géneros: aventura, policiaco, oeste, cuentos de terror… A causa de un natural cansancio entre el público tras la publicación de más de doscientas novelas, 1953 vería la cancelación de su serie más popular, El Coyote. Mallorquí deseaba explorar otros géneros y uno de los que más le atraían era el de la ciencia ficción. Clíper no quiso publicar la nueva colección bajo su sello, aunque brindó a nuestro autor los medios —mas bien escasos— para sacarla adelante bajo el nombre de una ficticia empresa llamada Ediciones Futuro, pues no contaba con otro capital humano que el mismo escritor.

José Mallorquí, quien ya había mostrado su interés por la ciencia ficción al escribir el guión original de la serie de cómics Jinete del espacio, dibujada por Francisco Darnís, ambicionaba dar a conocer en España la nueva y vital ciencia ficción que en aquellos momentos se estaba produciendo para las revistas norteamericanas, pero contaba con serias limitaciones económicas a la hora de contratar material extranjero, así debió contentarse con escribir él mismo adaptaciones de aquellas historias que admiraba, escritas originalmente por autores como Fredrick Brown, Robert Heinlein o Jack Williamson, firmándolas con diversos seudónimos.

De todas formas, Mallorquí no se limitó a cocinar refritos, también produjo obras originales. Entre ellas, las más recordadas son las protagonizadas por el capitán Pablo Rido, una serie que se desarrollaría por entregas y que apareció firmada inicialmente con el anglosajón nombre de J. Hill, por más que fuera difícil engañar al lector sobre su verdadera autoría, dado la inclinación que Mallorquí siempre sintió por hispanizar todos los géneros de los que se ocupaba.

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En las historia del capitán Rido la acción nos sitúa en el siglo XXX, si bien, durante sus aventuras, su protagonista saltará adelante y atrás en el calendario, no en vano regenta la Agencia de Viajes Tiempo, Espacio, Tiempo. Rido es un científico brillante y hombre valiente al que tanto particulares como autoridades acuden siempre que surge un asunto de difícil solución. Por supuesto, el capitán encontrará el modo de enderezar las cosas, eso sí, poniendo un precio por sus servicios.

Hoy la obra resulta tecnológicamente desfasada, pues al lado de vehículos que se trasladan sobre ondas magnéticas se habla, por ejemplo, de algo tan arcaico como lámparas miniaturizadas; no obstante, sigue siendo posible disfrutarla dada la habilidad del escritor para desarrollar sus historias y salpimentarlas con abundantes granitos de humor, para lo cual son esenciales sus personajes secundarios, como su ayudante Sánchez Planz u Octo, el perro con cuatro pares de patas, indestructible y capaz de girar como una rueda.

El capitán Rido no fue el único personaje sobre el cual Mallorquí desarrolló una serie en las páginas de Futuro, aunque ésta fuera la más larga. Le siguió el más que curioso Jan Sith, un extraterrestre expulsado de su planeta por padecer un coeficiente intelectual muy inferior al de sus conciudadanos, pero que, una vez desembarcado en nuestro planeta y comparándose con los terrestres, resulta ser poco menos que un genio —una situación que encuentra su paralelismo en el episodio del capitán Rido “S.O.S. Orión”, donde recibe el encargo de trasladar ochocientos años en el futuro a un androide tan dotado por sus capacidades mentales que resulta un verdadero peligro para la sociedad del momento—. En todos estos episodios Mallorquí demostró una frescura y originalidad en aumento que nos permite imaginarnos cómo podría haber sido una ciencia ficción netamente española de haber recibido mayor apoyo de editores y público. Los tiempos no estaban maduros y el escritor abandonó la colección tras veintiséis números; ésta sobreviviría un poco más en otras manos, pero tras publicar su volumen treinta y cuatro se canceló definitivamente. Corría el año 1954.

Casi al mismo tiempo que desaparecía Futuro, otra colección de intenciones más modestas se presentaba en los quioscos, consiguiendo a la postre mucho más éxito. Su título era Luchadores del espacio, serie de novelas «de a duro» promovida por la Editorial Valenciana y con textos que en principio cayeron bajo la exclusiva responsabilidad del autor Pascual Enguídanos, verdadero nombre del firmante George H. White. El grueso de la colección lo compuso un grupo de novelas con continuidad que acabaría conociéndose como La saga de los Aznar.

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Quien leyó la primera entrega, Los hombres de Venus, cuando se publicó originalmente, es difícil que imaginara los cauces interplanetarios por los que luego se conduciría. La historia inicial no es una space-opera, sino una aventura de componentes exóticos y fantásticos. Miguel Ángel Aznar, audaz y varonil piloto de la las fuerzas aéreas estadounidenses —pese a su nacionalidad española— es asignado a un pequeño departamento de la ONU cuya insólita misión es investigar toda noticia sobre platillos volantes. Allí se encontrará con otros personajes tan estereotipados como él mismo: el clásico genio despistado y su secretaria guapa y pizpireta, típicamente irritada con el héroe aunque acabe rindiéndose a sus brazos. Juntos viajarán hasta el Tíbet, para tropezar con una avanzadilla alienígena, los thorbod, siendo secuestrados y llevados por la fuerza hasta Venus, su planeta natal. Como acostumbra a suceder en este tipo de obras, Miguel Ángel Aznar no permanecerá cautivo por mucho tiempo y, acaudillando a un pueblo sometido a la esclavitud, causará una primera derrota a los thorbod y logrará regresar con los suyos a la Tierra.

A esta primera aventura seguirán otras de similar talante bélico, pero las cosas cambian para mejor al final del episodio titulado La abominable bestia gris. Los thorbod consiguen someter definitivamente a la Tierra y Miguel Ángel Aznar, junto a unos miles de supervivientes, se verá en la necesidad de huir hacia el espacio abordo de un planetoide artificial, en busca de nuevo hogar para la humanidad. Es aquí cuando La saga de los Aznar se encarrila por los cauces que la distinguen frente a otros productos ligeros. En el siguiente episodio, La conquista de un imperio, Miguel Áznar ya no es el Apolo aguerrido, sino un anciano, y el protagonismo se transfiere a su primogénito, Fidel Aznar… Hablar de La saga de los Aznar como una magna obra de la ciencia ficción sería caer en la exageración; por lo que se refiere a valor literario apenas se despega del resto de la literatura de quiosco, con una prosa funcional y sin colorido como mero vehículo de la acción, que se detiene lo justo para describirnos a personajes y escenarios con cuatro pinceladas. Lo que la convierte en singular es su carácter de novela-río. A partir de La conquista de un imperio no estaremos ya ante una serie de historias centradas en glosar las peripecias de un héroe a lo largo de unos pocos años o décadas; el testigo de la aventura se irá transfiriendo de generación en generación y constantemente asistiremos a la decadencia y florecimiento de nuevos personajes, a lo largo de un arco narrativo de siglos.

Como apostilla, hay que decir que la serie se canceló en 1958, tras treinta y tres episodios, pero la Editorial Valenciana se atrevería con una reedición en 1974, para la que se reescribieron, actualizándolas, las novelas ya conocidas y se añadieron nuevas, hasta contabilizar un total de cincuenta y nueve. Aunque eso es otra historia que de momento no nos atañe… En el 58 soplaban ya otros vientos y el gusto del lector se apartaba de las hazañas bélicas del futuro: al mismo tiempo que las obras de George H. White y José Mallorquí iban escribiéndose, la revista argentina Más Allá empezó al fin a desembarcar en nuestro país las traducciones de la ciencia ficción anglosajona más puntera, y en 1955 la editorial barcelonesa Edhasa fundaría la primera colección fuera de la literatura de quiosco especializada en ciencia ficción: Nebulae. Autores hoy clásicos como Heinlein, Asimov o Arthur C. Clarke empezaron a hacerse familiares y su magisterio influiría notablemente en una nueva generación de autores españoles con inquietudes muy distintas a las de los pioneros.

El futuro había empezado.

La realidad cuestionada

Publicado en la revista “Stalker” en 1999, con motivo del estreno de la película Matrix, hoy en día a este artículo podrían añadírsele muchos más títulos sobre esos mundos cinematográficos donde la realidad no es lo que parece; sin embargo, creo que el recorrido por los precedentes a la popular obra de los hermanos Wackowski puede tener aún cierto interés para los lectores.

«¿Has tenido alguna vez un sueño, Neo, del que estuvieras muy seguro de que era real? ¿Qué sucedería si no pudieras despertar de ese sueño, Neo? ¿Cómo distinguirías el mundo de los sueños del mundo real?»

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En el siglo XVIII, el obispo anglicano George Berkeley formuló por primera vez, y de la forma más perfecta, la teoría solipsista, que Martin Gardner nos resume con claridad envidiable: «Todos somos prisioneros de lo que se ha dado en llamar nuestro “predicamento egocéntrico”. Todo lo que sabemos del mundo se basa en información que recibimos por nuestros sentidos. Este mundo de nuestra experiencia la totalidad de lo que vemos, oímos, gustamos, sentimos y olemos es lo que se llama a veces nuestro “mundo fenoménico”. Evidentemente, no hay ninguna posibilidad de percibir nada más que aquello que puede ser percibido, ni de experimentar cualquier cosa aparte de aquello que puede ser experimentado. Charles S. Pierce inventó un término útil para ese mundo fenoménico. Lo llamó “fanerón”. ¿En qué podemos basarnos para creer que existe algo fuera de nuestro fanerón particular?»1

La verdad es que Berkeley, teísta convencido, no negaba la existencia de una realidad exterior a la mente humana, sólo se cuestionada que ésta fuera material, «sólida», que su pervivencia fuera ajena a la del observador. «Ser es ser percibido», escribiría el filósofo irlandés. Pero otros pensadores han ido más allá, dudando incluso de la existencia de ese sustrato fenoménico. Si toda certeza de un mundo exterior la recibimos por nuestros órganos perceptivos, en definitiva una serie de impulsos eléctricos que la mente traduce como imágenes y sensaciones, ¿acaso podemos afirmar que no vivimos inmersos en un espejismo creado por nuestra propia imaginación? Cuando soñamos, el cerebro nos engaña creando para nosotros un mundo de ilusiones perfectamente creíbles, donde podemos experimentar el tacto de una piel, el sabor de una comida o la fatiga tras un largo esfuerzo; al despertar descubrimos que nada de todo eso es «real». Sólo te queda una certeza: tú existes.

Este enigma irresoluble, que hunde sus raíces en antiguas creencias y sistemas filosóficos para los hindúes el mundo es sólo el sueño de Brahma y desaparecerá cuando éste despierte; para Plotino era la creación involuntaria de un demiurgo inconsciente, ha fascinado a muchos literatos, bajo cuya influencia han escrito textos modélicos. Carroll, Borges y Cortázar son el ejemplo más obvio2, autores a los que habría que sumar, en el género de la ciencia ficción, al norteamericano Philip K. Dick, quien convertiría el tema de la realidad cuestionada en una de sus obsesiones centrales, a través de novelas como Tiempo desarticulado, El hombre en el castillo, Ojo en el cielo o Ubik, entre otras.

01 eye

El cine, concebible en principio como la más verista de las artes narrativas por utilizar como herramienta base a la fotografía, «el aspecto más evolucionado del realismo plástico que se inicia en el Renacimiento» diría Malraux, no ha renunciado a emplear la duda solipsista en sus argumentos. De hecho, a poco que nos paremos a pensarlo, son innumerables los films que a través de la imagen objetiva han pretendido plantearnos la mentira que puede encerrar, como si los realizadores y guionistas, a la manera dadaísta, nos advirtieran que el arte nos engaña, que sólo es representación, artificio, en modo alguno el objeto en sí. En esa línea conviene recordar la más denostada película de Alfred Hitchcock, Pánico en la escena (Stage Frigth, 1950), con un flash-back inicial en el que se nos presentan hechos que, sabremos después, nunca han sucedido de esa forma. Hitchcock rompió con la convención de que el espectador, aunque ponga en duda las palabras de los personajes, deberá creer siempre a pies juntillas lo que la imagen le muestra. Una osadía que muchos no le perdonaron. ¿Pero por qué hemos de tomar siempre la imagen como declaración fidedigna? ¿No puede referirse ésta a la construcción mental que los personajes se forman, en lugar de reflejar documentalmente la realidad?

LA VIDA ES SUEÑO

El camino más frecuentado por el cine para mostrar al hombre inmerso en un mundo de ilusiones es el del sueño; a fin de cuentas se trata de la forma de realidad alterada que todo ser humano visita con mayor asiduidad. Incluso si dejamos de lado films surrealistas como un Un perro andaluz o La edad de oro, donde toda lógica se subvierte para adoptar el tono de una pesadilla, los sueños y la alucinación adquirieron ya protagonismo en la era del mudo, principalmente a través de las producciones del expresionismo alemán, tan amante del género fantástico. Podríamos citar Ueberfall (1928), de Ernoe Metzner, con los sueños deformados por espejos de un herido, o Narcosis (1929), de Alfred Abel, donde contemplamos el delirio subconsciente de una muchacha sobre la mesa del quirófano; pero su título paradigmático es El gabinete del Dr. Caligari (Das Kabinett des Dr. Caligari, 1919), de Robert Wiene, sobre los crímenes de un sonámbulo instigados por la mente diabólica de Caligari, primero miembro de una troupe circense, después director del manicomio donde los protagonistas están encerrados. ¿Complot diabólico o alucinación de un demente, como parecen confesar las imágenes, alejadas de toda intención realista, tanto por sus decorados bidimensionales como por la vehemente interpretación de los actores? Paul Leni, refiriéndose a otra película del periodo, El hombre de las figuras de cera (Das Wachsfigurenkabinett, 1924), explicó a la perfección el ideario expresionista y, de paso, la clave para entender el film de Wiene: «He intentado crear unos decorados tan estilizados que marginen cualquier referencia a la realidad. Lo que la cámara percibe no es la realidad externa, sino la de los acontecimientos internos, que resulta más profunda, efectiva y conmovedora que la que vemos todos los días… Creo que el cine es capaz de captar y reproducir esa otra realidad»3.

02 gabinete

La llegada del sonoro, salvo contadas y notabilísimas excepciones como la La bruja vampiro (Vampyr, 1931), de Carl Theodor Dreyer, con la siempre citada secuencia del entierro en cámara subjetiva, marginó un tanto esa corriente onírica de universos íntimos y desquiciados donde nada debe interpretarse al pie de la letra. El cine de terror de la Universal se volvió hacia los mitos clásicos, de raigambre gótica y lectura siempre literal, mientras una minoritaria ciencia ficción se lanzaba a escenificar las utopías del mañana como en el caso de Una fantasía del porvenir (Just Imagine, 1930), The Tunnel (1933) y La vida futura (Things to Come, 1936) o a encadenar seriales en la tradición del cómic, el pulp más adocenado y el space opera de segunda clase Flash Gordon (1936), The Phantom Empire (1935), Brick Bradford (1936).

Pero a partir de los años 40, en una América fascinada por la vulgarización de las teorías freudianas sobre el inconsciente y la interpretación de los sueños, se generaría una larga serie de thrillers psicológicos donde se socava la validez de nuestra memoria, capaz de crear fantasmas indistinguibles de la realidad Recuerda (Spellbound, 1945), de Alfred Hitchcock, y su deudora Secreto tras la puerta (Secret Beyond the Door, 1947), de Fritz Lang, y acaba por adentrarse en el más puro género fantástico jugando con las ideas preconcebidas del espectador o bien convirtiendo todo cuanto nos rodea en objeto de sospecha, ficción o delirio.

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Hay un film de este periodo en el que merece la pena detenerse: La mujer del cuadro (The Woman in the Window, 1944), dirigido por Fritz Lang en la madurez de su etapa norteamericana y con dos monstruos de la interpretación a la cabeza del reparto: el siempre sólido Edward G. Robinson y la seductora y gélida Joan Bennet. Richard Wanley (Robinson), un hombre de vacaciones, pasea por una exposición de pintura y el retrato de una hermosa mujer atrae especialmente su atención. Esa noche la conocerá en persona y la acompañará a su apartamento, para tropezar con una desagradable sorpresa: la llegada intempestiva del amante. Wanley se verá obligado a matarle en defensa propia y a deshacerse del cadáver. Atrapado en una espiral de angustia, acaba tomando la determinación de suicidarse; entonces, en el momento en que consuma esa acción de apariencia irremediable, se produce la vuelta de tuerca: Wanley despierta en el sillón de su casa. Todo lo que se nos ha contado a lo largo de hora y media no era cierto.

Quede dicho por delante que nunca he simpatizado con ese tipo de desenlaces, pues pueden utilizarse como excusa fácil para justificar todo tipo de incoherencias argumentales, pero en este caso Lang rompe con sus tramas anteriores y anuncia obras subsiguientes como la citada Secreto tras la puerta, House by the River o Más allá de la duda.

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Posterior a este título, que se inscribe en los límites familiares de las historias de misterio, tenemos una verdadera rareza, participe de muchos géneros el film infantil, el musical, la fantasía aunque sin parangón con películas precedente: Los cinco mil dedos del Dr. T. (The 5.000 Fingers of Dr. T., 1953), dirigida por Roy Rowland y con guión de Theodore Geisel. Un niño que odia realizar sus prácticas de música traslada sus fantasmas cotidianos al mundo de los sueños, donde se verá secuestrado en el castillo de un profesor demente e implacable, junto a un ejercito de alumnos (los cinco mil dedos del título) condenados a tocar interminablemente en un piano de dimensiones descomunales. La cinta tiene su punto negativo en los números musicales, que relentizan la acción, si bien, por contra, disfrutan de una escenografía comparable a los aplaudidas extravagancias de Busby Berkeley. Reivindicada hoy e incomprendida en su estreno los tiernos infantes que la vieron entonces se aterrorizaron hasta la médula, para escándalo de sus padres, se trata de una de las mejores fantasías facturadas nunca por Hollywood.

VIDAS IMAGINARIAS

La Edad de Oro hollywodiense explotó pero no agotó la vertiente de «fantasía» en el cuestionamiento de la realidad por contraposición a su lectura en clave de ciencia ficción, que veremos más adelante. Entre los títulos más recientes, citaré a la inquietante, por ambigua, Julia y julia (Julia and Julia, 1987), de Peter del Monte. Producción italiana que buscaba su proyección internacional gracias al atractivo de sus dos estrellas, una Kathleen Turner todavía mito erótico y un Sting que brindaba su rostro inexpresivo y poco más Gabriel Byrne, el tercero en discordia, no era suficientemente famoso para servir de reclamo-, nos presenta el drama de una mujer cuya existencia se ha desdoblado en dos, por un lado viviendo como feliz casada y madre de un niño, por otro viuda en el mismo viaje de bodas que intenta resistir a su dolor liándose en un affair de alto voltaje con un fotógrafo (Sting). Dos realidades paralelas que se cruzan sólo a ojos de Julia, consciente de ambas sin entender qué le está sucediendo y sin poder participar a nadie su desconcierto, pues razonablemente es imposible que la crean. Con una premisa jugosa, casi kafkiana, se desarrolla carente por completo de ritmo, negándose a aportar explicación alguna y sin acertar con un desenlace satisfactorio, lo cual puede fascinar a unos espectadores e irritar a otros.

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Proyecto de lo que pudo ser obra maestra y se quedó a medio camino es La escalera de Jacob (Jacobs Ladder, 1990), de Adrian Lyne, sobre un guión de Bruce Joel Rubin, quien perpetrara el libreto de la sensiblera Ghost y el de la mucho más interesante Proyecto: Brainstorm, sobre la posibilidad de grabar las sensaciones de una persona para después ser reproducidas en la mente de otra. En La escalera de Jacob encontramos por primera vez a su protagonista, Jacob Singer (Tim Robbins), en Vietnam, donde será herido en el vientre por una bayoneta. A continuación la acción se traslada a la actualidad, con Jacob viajando en el metro, en una secuencia estremecedora que empieza a despertar nuestros recelos bajo los harapos de los mendigos reptan cosas viscosas, los pasajeros de un tren de paso tienen todos sus rostros pegados a las ventanillas, con miradas alucinadas. ¿Habrá muerto Jacob y estaremos asistiendo a su descenso a los infiernos? Al tiempo que nosotros, el protagonista empezará a descubrir cosas extrañas a su alrededor y temerá ser objeto del acoso de los demonios. Pero su problema es mucho más complejo: sueño y realidad empiezan a confundirse, hasta el punto de ser incapaz de discernir cuál de los dos mundos en los que se ve inmerso es el real en uno está felizmente casado; en otro divorciado, viviendo en no muy buenas migas con una compañera de trabajo y atormentado por la muerte en accidente de uno de sus hijos.

Se nos llega a proponer diversas soluciones a las que acogernos, desde la citada posesión demoniaca hasta un oscuro experimento del ejército. La que para mí presentaba mayor atractivo, que Singer estuviera muerto y se encontrara en una suerte de purgatorio donde redimirse de sus errores pasados, encuentra apoyo en diversas secuencias y diálogos, como los que sostiene con su fisioterapeuta de angelical aspecto o con el cirujano de un hospital de verdadera pesadilla dantesca:

«¿Adónde quieres ir?

»A mi casa…

»¿A tú casa? Ésta es tu casa. Estás muerto.

»No, no, sólo es mi espalda. No estoy muerto.

»¿Pues cómo estás?

»¡Estoy vivo!

»¿Entonces qué haces aquí?

»¡Sáquenme de aquí!

»De aquí no hay salida, te han matado. ¿No lo recuerdas?»

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Por desgracia, el guionista opta por la que considera salida más racional, sin darse cuenta de que resulta tan fantástica como cualquier otra y, además, cargada de incongruencias que deshacen, en la impresión final del espectador, todos los méritos acumulados: mientras agoniza en un hospital de campaña, Jacob Singer es víctima de un alucinógeno experimental del ejército, elaborando en su mente una vida posterior (vidas, en realidad) que nunca ha existido ni existirá. Pero esta opción no se sostiene en modo alguno, pues durante el supuesto delirio encuentra a un científico que le relata los manejos a los que todo su batallón fue sometido. ¿Cómo un moribundo, en la ficción de sus delirios, puede encontrar las respuestas a lo que le está pasando, si en ningún momento tenía los datos para conseguirlo? ¿Ciencia infusa? Es de lamentar que Rubin escogiera la conclusión más tímida y conservadora cuando el film, por otra parte, está brillantemente construido.

Igualmente inconsistente y con una base similar es la reciente Lulu on the Bridge (1998), de Paul Auster, comentada con la extensión adecuada en el tercer número de esta revista. En este caso el protagonista recibe un disparo y mientras agoniza imagina que la herida no ha sido mortal, lanzándose a un romance con una actriz puntuado por algunos elementos mágicos una extraña piedra que levita y se ilumina. Parece que aún no ha sonado la hora de dar carpetazo a este tipo de argumentos.

LA CIENCIA DE LA REALIDAD

Hasta ahora he comentado una retahíla de películas de desigual mérito pero con el elemento común del sueño o la alucinación como creador de realidades diferentes me niego a tentar la paciencia del lector comentando películas sin el más mínimo mérito, como Phantasma (Phantasm, 1979), de Don Coscarelli, pese a encajar en el tema de este artículo. Una tendencia mucho más moderna, que ha enraizado entre los guionistas cinematográficos básicamente durante los años noventa, con raíces más o menos confesas en la moderna literatura de ciencia ficción en concreto las fantasías paranoides de Philip K. Dick, es la que introduce la duda sobre la realidad que están viviendo los personajes no por un proceso interior y puramente mental, sino por causas exógenas. Estamos entrando en el terreno de las simulaciones físicas, la realidad virtual y la memoria implantada, donde el sujeto de esas construcciones ficticias no es consciente en un principio de la mentira.

Sería tema para sociólogos dilucidar por qué precisamente en la última década han cobrado tanta fuerza esta clase de argumentos. ¿Expresión de un soterrado horror milenaristas? ¿Muestra de nuestra insatisfacción ante el mundo en el que nos ha tocado vivir y cuya ordenación a veces no acabamos de comprender? ¿O por el contrario, ante nuestra inseguridad, en lugar de angustia es atracción lo que sentimos por esos universos de bolsillo donde todo está planificado y cortado a medida? Sea como fuere, ya son bastantes los títulos que explotan esa posibilidad, con un elemento común conspirativo pero agrupables en dos bloques por los mecanismos utilizados: por un lado las películas centradas en simulaciones escenográficas (Dark City, El show de Truman) y por otro las películas más puramente solipsistas, aquellas que plantean la edificación de un universo privado en la mente del sujeto, aunque ahora a través de procedimientos tecnológicos (Desafío total, Nirvana, Abre los ojos, The Matrix).

08 Desafio

Aunque muchos espectadores sólo acudieran a los cines bajo la llamada de un nombre famoso en el cartel y la promesa de una buena dosis de acción, la película inaugural en esta hornada de películas sobre la duda solipsista4 fue Desafío total (Total Recall, 1990), de Paul Verhoeven. La prensa cinematográfica del momento anunció su estreno con el titular «Schwarzenegger libera Marte»; pero, pese a lo que tal comentario da a entender, Verhoeven tiene una imaginación lo suficientemente inquieta para no ceñirse a una narración de aventuras sin aportar unos granos de subversión por más que el realizador de El cuarto hombre no siempre lo haya demostrado lo suficiente durante su etapa americana. Todos conocerán el argumento: Doug Quaid (Arnold Schwarzenegger) es un obrero que aspira a una vida mucho más emocionante, aunque no parece que se le vayan a ofrecer demasiadas oportunidades de mejorarla. Atraído por un anuncio, acude a la empresa Memory Call, especializada en implantar recuerdos en sus clientes. Su deseo es visitar Marte y muy gustoso desembolsa la cantidad que le piden por el paquete completo, incluyendo el ego tour, un sistema que le permitirá adoptar una nueva personalidad, mucho más apasionante, durante su viaje imaginario. Durante el proceso de implantación las cosas empezarán a torcerse. Los técnicos que le asisten descubren que en la mente de Quaid hay un implante previo y un montón de gente su supuesta mujer incluida intentará matarle. Una grabación realizada por él mismo en el pasado le advertirá de que él no es Quaid, sino un agente secreto, con una importante misión en el Planeta Rojo… A partir de ese momento asistiremos a continuas vueltas de tuerca, cuyo momento culminante se alcanza cuando un agente de Memory Call le visita en su hotel marciano para advertirle de que todo lo que está viviendo es un sueño y, preso de una espiral paranoide, acabará lobotomizado si no toma la píldora roja que le permitirá regresar a la realidad. El protagonista y el mismo espectador llega a creer en la posibilidad de una alucinación, hasta advertir una gota de sudor resbalando por el rostro del visitante. Quaid decide que le están engañando y le vuela la tapa de los sesos; a partir de ese instante no volverá a cuestionarse la realidad de la montaña rusa por la que está descendiendo. ¿Pero no se habrá equivocado? ¿Acaso esa gota de sudor no puede formar parte de su misma fantasía?

Verhoeven, desde luego, persigue abiertamente que su película tenga una doble lectura y siembra unas cuantas pistas para que pueda mantenerse en pie la hipótesis de que toda la aventura marciana es un sueño implantado. Primeramente tenemos el hecho de que el desarrollo de la historia se ajusta punto por punto a la oferta del vendedor de Memory Call «Al final logra su objetivo, consigue a la chica, mata a los malos y salva a todo el planeta», aunque la clave fundamental se encuentra en el desenlace, con Marte adquiriendo una atmósfera respirable y azulada gracias a un ingenio alienígena… Si el lector tiene la película en casa, le recomiendo que vaya directamente a la secuencia donde se va a implantar a Quaid el recuerdo sintético: verá que la doctora entrega el programa a su ayudante, que exclamará sorprendido: «¡Vaya, éste es nuevo! ¡Cielo azul en Marte!». Además Quaid, en la escena final, dice: «Acabo de pensar algo terrible. ¿Y si todo es un sueño?». A lo que su compañera responde: «Bésame rápido antes de que despiertes». Y mientras se besan suena una musiquilla inquietante y la imagen se funde hasta quedar la pantalla en blanco. ¿La lobotomización augurada por el agente de Memory Call?

La película adapta muy libremente un relato corto de Philip K. Dick, “Podemos recordarlo todo para usted” (“We Can Remenber It For You Wholesale”), añadiendo una trama de intrigas y acción no presente en el texto original; sin embargo, es fiel al espíritu del escritor al utilizar algunos de sus temas predilectos, como son los recuerdos implantados y las realidades alternativas, pero sobre todo es fiel por dejar siempre una puerta abierta a la duda gracias a los detalles citados, que al parecer fueron aportación personal de Paul Verhoeven el guión de Dan OBannon y Ronald Shusset era mucho más conservador. Siendo así, debemos felicitarnos de que el proyecto cayera en manos de este realizador. Antes se barajaron muchos nombres, desde Russell Mulcahy tiemblo al pensar en el resultado a David Cronenberg ésta sí habría sido una opción sugestiva, y fue el mismo Arnold Schwarzenegger quien sugirió el nombre de Verhoeven, quien acababa de estrenar otra cautivante película de ciencia ficción: Robocop. Si no sus dotes interpretativas, al menos hemos de alabar el buen gusto que el austríaco ha demostrado siempre al escoger sus proyectos.

Si en Desafío Total teníamos una obra de un realizador holandés desembarcado en Norteamérica, también es de autoría europea la siguiente película donde vamos a detenernos. Nirvana (id., 1996) fue una carísima coproducción entre Italia, Francia y Gran Bretaña, dirigida y escrita por Gabrielle Salvatore, con su prestigio por aquello de haber ganado el Oscar gracias a Mediterráneo. Salvatore se embarcaba por primera vez en el género de la ciencia ficción narrándonos la historia de un programador de videojuegos (Christopher Lamberd) cuya última creación, «Nirvana», es infectada por un virus, causando que sus criaturas digitales adquieran vida autónoma y que una de ellas descubra que el mundo donde vive es una ficción informática, al verse condenada a repetir una y otra vez la misma secuencia de acontecimientos… Cuando consigue ponerse en contacto con su creador le trasladará su angustia, planteando la posibilidad de que la realidad sólo sea un juego de muñecas rusas en el que todos vivimos una fantasía imaginada por un ente superior:

«Es la vida que has elegido, ¿pero quién te ha dicho que es real? Seguro que tienes un montón de cosas buenas, una bonita casa… ¿Pero si todo lo que ves no existiera? ¿Si fuera como en mi caso, si fueras como yo? ¿Sabes lo único que no puedo hacer aquí dentro? Dejar de jugar… Pero tú si puedes hacerlo. Pues deja de jugar, Jimmy. Si lo consigues quiere decir que eres libre… Bórrame, Jimmy».

El planteamiento parece prometedor, lo malo es que, salvo por un guiño final que nos permite suponer que los fragmentos «reales» de la película forman parte también del juego, Nirvana apenas rasca en la superficie de las paradojas que entraña la realidad y recurre al misticismo barato, mientras se recrea en los esfuerzos del protagonista por asaltar el ordenador de una gran compañía japonesa y borrar el programa, para lo cual deberá descender al submundo de la metrópoli y mezclarse con la fauna humana más excéntrica que pueda imaginarse.

El resultado es un ejercicio manierista que oscila entre el preciosismo visual rozando la pedantería y el más puro ridículo. Con estética que debiera pagar royalties a Blade Runner incluyendo la noche perpetua y las notas orientalizantes en la banda sonora, canibaliza igualmente la parafernalia propia del ciberpunk a la manera de William Gibson: futuro cercano y mestizo, marginados, ordenadores, hackers, implantes, realidad virtual… Neuromante trivializado para suscriptores del Readers Digest. Y lo que es peor, con un Christopher Lambert tan anodido y tedioso como acostumbra.

Quizá la mejor definición de la película se encuentre en boca de uno de los personajes sintéticos del videojuego: «¡Eh, amigo! ¿Queréis paranoias? Vendo paranoias de segunda mano, como nuevas. Ansias, fobias, de todo…»

¿RECUERDAS LA LUZ DEL DÍA?

Mucho más valiosa es la aportación de Alex Proyas en Dark City (id., 1998). Aun con algunos defectos, este film supuso una sorpresa agradable para quienes vimos El Cuervo, la película precedente de su director, productor y guionista, puro regodeo estético neogótico sin mayor contenido. Desde luego Dark City supuso, más que un paso adelante, un salto considerable.

Sin dar tiempo a que el espectador se familiarice con personajes y escenario, Dark City arranca ya con una violación de la cotidianidad: los relojes marcan las doce de la noche, el tiempo se detiene y todo el mundo cae en la inconsciencia… Con la excepción de John Murdock. Éste elige ese preciso instante para despertar en la habitación de un hotelucho y encontrar junto a él a una prostituta asesinada. ¿Es él el responsable? Todo parece indicarlo, y el propio Murdock, que ha perdido por completo la memoria, se siente impulsado a huir. Pero las evidencias no convencen al espectador, al que de inmediato se le entregan elementos para creer en su inocencia: Murdock retrocede espantado, derriba inadvertidamente una pecera y se afana para recoger del suelo al pececillo y arrojarlo a la bañera. Un asesino no demostraría tal aprecio por la vida.

09 Dark city

Uno de los defectos de Dark City es que no sabe jugar con la intriga. Nunca dudamos de la honestidad de Murdock y el complot contra su persona se nos hace evidente. Incluso, por si hay algún espectador miope, antes de los títulos de crédito una voz en off nos revela ya parte del misterio he aquí una diferencia con el planteamiento típico «dickiano», donde el lector siempre acompaña al protagonista en su descubrimiento de los gazapos de la «realidad», nunca se adelanta. Los ocultos, una raza con mente colmena capaz de transformar la realidad física con su sola voluntad, han entrado en decadencia, se están muriendo y han escapado de su mundo en busca de un remedio a su mal… En parte, esta introducción es voluntariamente engañosa por la ambigüedad de algunas expresiones. Pretende hacernos creer que los ocultos han desembarcado en nuestra tierra para convertirnos en víctimas de sus manejos, aunque constantes apostillas subrayan lo evidente, como en las palabras de Walenski, un detective que sospecha la verdad y todos toman por loco: «Nada parece real, es como si hubiera soñado esta vida y, cuando por fin me despierte, seré otra persona, alguien totalmente diferente».

La ciudad donde se desarrolla la acción es una simulación, un universo de bolsillo de noche perpetua con el vacío tras sus muros; los humanos que la habitan han sido secuestrados para ser encerrados en ella sin escape posible, con sus recuerdos borrados y sustituidos por otros nuevos «imprimir», en la terminología de la película. Todo se reduce a un grandioso experimento: para encontrar un modo de sobrevivir, los ocultos necesitan comprender el alma humana, su individualismo, y el sistema utilizado es un juego de permutaciones en el que cada noche se injerta en la mente de determinados individuos recuerdos nuevos, una vida nueva. A partir del momento en que Murdock descubre la verdad se desencadena una conclusión apocalíptica, un combate entre superhombres que nos remitiría a la reciente The Matrix con excesiva pirotecnia y unos efectos especiales que, mientras en el resto del metraje resultaban sugerentes, aquí llegan a abrumar.

Con todo, el final está dotado de cierta ambigüedad moral, lo cual se agradece. Lo rutinario habría sido que el John Murdock convertido en semidiós iluminara a sus conciudadanos con la verdad sobre su vida, conduciéndoles de regreso al lugar del que fueron raptados, pero en ningún momento se nos sugiere que vaya a hacerlo; de hecho, lo más probable es que acabe convirtiéndose en el nuevo director del juego: «Me dijo que tenía el poder. Puedo hacer que estas máquinas hagan lo que yo quiera, convertir el mundo en lo que yo quiera, siempre y cuando me concentre lo suficiente.»

Dark City es un film de estética expresionista, por sus angulaciones de cámara, por sus juegos de sombras, con elementos del Brazil de Terry Gilliam o el 1984 de Michael Radford, pero alejado del cine puramente escenográfico que tantos éxitos ha cosechado en las últimas décadas, como Batman y sus secuelas, que reivindican idéntica inspiración. También es deudora del cine silente alemán la caracterización de los ocultos, primos hermanos de Nosferatu vestidos en la misma boutique que el Pinhead de Hellraiser. Su fotografía tenebrista, casi monocroma, con una gama que va de los negros a los tierras y ocres, resulta adecuada a la historia y a su escenario, un mundo que nos remite a los años treinta/cuarenta, con leves pinceladas futuristas véanse los puentes elevados entre rascacielos, a la manera del Metrópolis de Fritz Lang.

El reparto está bien escogido, con un Rufus Sewell calzado a la perfección en su papel de hombre confuso y acosado. Kiefer Sutherland demuestra parecerse cada vez más a su padre, tanto por su físico como por los tics interpretativos, en el papel de un aterrorizado psicólogo al servicio de los ocultos, mientras William Hurt, comedido y elegante, con una nota melancólica, resulta creíble como policía de mente suficientemente abierta para aceptar las más alocadas suposiciones. Jennifer Connelly, la supuesta esposa de John Murdock en esta película nada es lo que representa, se limita a cumplir con la belleza estática que le caracteriza, echándose de menos un poco de pasión.

TU MUNDO NO EXISTE

Antes del estreno de The Matrix, para el gran público la película más conocida sobre el tema de los mundos simulados ha sido El show de Truman (The Truman Show, 1998), dirigida por el casi siempre interesante realizador australiano Peter Weir Picnic en Hanging Rock, La última ola. Con el factor de contar a la cabeza del reparto con un actor taquillero como Jim Carrey, todos los medios de comunicación se hicieron eco de su estreno, acabó con las esperadas nominaciones a los Oscar y, probablemente, muy pocos de nuestros lectores habrán dejado de verla, sea en la pantalla grande o a través del vídeo. No le faltan méritos para su éxito. Como escribió Carlos Díaz en nuestro número 2, El show de Truman es una película con un guión inteligente que permite diferentes acercamientos por parte del espectador, desde el entretenimiento llano hasta la lectura religiosa, pasando por la crítica a la inmoral persecución del espectáculo a cualquier precio ante la demanda de un público deshumanizado. Truman vive desde el día de su nacimiento inmerso en un grandioso plató de televisión, sin darse cuenta de que todas las personas que le rodean, desde su esposa al vendedor de periódicos, son actores al servicio de un guión. Es un juguete de su creador, con el destino fijado de antemano, pero llega un día en que empieza a sospechar que algo no funciona de forma natural, que su «realidad» no es más que un decorado, y se rebelará en busca de la verdad, primero, y de su libertad después. Aunque eso no invalida sus virtudes, el efecto de la historia queda estropeado por la falta de sorpresa todos sabíamos sobre qué trataba la película cuando fuimos a verla y por su desarrollo demasiado transparente y lineal. Lo que podría haber sido una película angustiosa, jugando con el desconcierto del espectador, deriva hasta casi obtener el tono de una comedia negra, si se quiere, redimida por la escena final, visual y conceptualmente impactante, de Truman topando con el muro que limita su mundo y manteniendo un diálogo con su creador, voz que brota de las alturas como un demiurgo insensible.

10 show truman

Por el contrario, en The Matrix (id., 1999), de los hermanos Wachowski, sólo iremos descubriendo las claves de la historia al mismo tiempo que su protagonista, Neo, un programador informático de vida aburrida que constatará para su estupor que la realidad, si realmente merece ese nombre, no es tan monolítica como aparenta. En ese sentido, estamos ante la más «dickiana» de las películas vistas hasta ahora, aunque no adapte ningún texto del autor americano. Y el parecido no debe ser casual, dado el amplio abanico de referencias a la ciencia ficción literaria y al cómic, y hasta a la historia sagrada que preñan el guión de esta superproducción de factura tan poco usual.

En el fondo, The Matrix nos cuenta una historia vieja como el tiempo la llegada de un mesías profetizado, su martirio y su resurrección, transformado en ser divino, a través de una amalgama de múltiples influencias, algunas completamente gratuitas como el repugnante bichejo que se extrae del cuerpo de Neo, y una síntesis de ideas apuntadas pero no desarrolladas al completo en buena parte de las cintas que he comentado anteriormente. Creo que la importancia de esta película reside ahí, en su enfoque nada timorato y una espectacularidad que no se eleva sobre el vacío, como tantas otras películas del género durante la última década. El espectador puede disentir ante determinados planteamientos, rastrear defectos aquí y allá, pero no creo que pueda sentirse insultado por una historia infantil y adocenada. Si acaso, habrá decepcionado a los más irreductibles fanáticos de la ciencia ficción porque, pasada la primera media hora del metraje, buena parte del componente especulativo se esfuma para dejarnos inmersos en una película de acción según moldes asiáticos pero mejor, mucho mejor rodada. Pero hay que entender también que The Matrix es una película eminentemente visual, que deslumbra con el poder de sus imágenes para desviar la atención de las pequeñas inconsistencias. Hay un par de planos que seguramente sobrevivirán a los años como iconos del film: uno, Morpheo alargando el brazo y mostrando entre los dedos una pila en primer plano para decir: «Somos esto»; el otro, Neo en el momento de despertar en el útero mecánico de reminiscencias gigerianas, uno de los momentos más angustiosos de la película.

11 Matrix

Hacía años que una película no había despertado tantas controversias entre los aficionados al género, para entusiasmo de sus admiradores e irritación de sus detractores. Como suele decirse, el hecho de que no haya dejado indiferente a nadie ya es un tanto a su favor, y más cuando íbamos acostumbrándonos a películas de usar y tirar que apenas dejaban poso alguno entre los espectadores una vez abandonada la sala.

EL DURO DESPERTAR

A falta de ver Nivel 13 (The Thirteenth Floor, 1999), sobre la novela de Daniel Galouye Mundo simulado (Counterfeit World, 1964), con una frase publicitaria que no deja lugar a dudas acerca de su contenido «Cuestiona la realidad», he reservado para el final una película que desarrolla magníficamente el tema de este artículo y posee además el mérito añadido para los chauvinistas de ser una producción española. Estoy hablando, claro está, de Abre los ojos (1997), de Alejandro Amenábar.

César, joven, rico, atractivo y bastante pagado de sí mismo, sufre un accidente mientras viaja en el automóvil de una amante despechada. Las consecuencias son que la muchacha fallece y él queda con el rostro desfigurado. Su vida, fundamentada en el capricho y el placer fácil, parece destrozada por culpa de su aspecto monstruoso; sin embargo, un buen día los mismos cirujanos que se confesaban incapaces de reconstruir su cara le sorprenden con una técnica nueva y le devuelven a la normalidad. César puede regresar a sus fiestas, recuperar a la chica de la que se enamoró antes del accidente. Todo vuelve a circular por los senderos habituales, hasta que una noche descubre en su cama a la amante muerta, ahora vivita, coleando y asegurando que ella es su novia, que la otra chica que él reclama no existe. ¿Se está volviendo loco César o es víctima de una conspiración? Tal vez hay una justificación mucho más siniestra…

Aun cuando el sueño es la base de Abre los ojos, no he añadido esta obra a la parte del artículo en la que trataba sobre tal elemento argumental porque, en el presente caso, sí tenemos una historia claramente de ciencia ficción. La simulación de realidad que vive el protagonista, aunque sea construida por su mente, es inducida por agentes exteriores, un novedoso sistema para salvar enfermos incurables mediante la criogenia, construyendo una ficción mental que imita el escenario y tiempo del que proceden aquellos que no quieran despertar en un futuro que les resultaría extraño.

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Montada a partir de flash-backs al principio de la película encontramos a César en un internado para criminales dementes, un guiño a Caligari, al igual que en The Matrix el espectador no anda sobre aviso y alcanza la aterradora conclusión al lado de César, pero aquí sucede en un momento mucho más tardío del metraje, casi en la conclusión, con lo cual la atmósfera de realidad desquiciada y la sorpresa se potencian al máximo. La imagen para el recuerdo será, sin duda, la del protagonista descendiendo de su coche y enfrentándose a una gran avenida de Madrid, completamente desierta y silenciosa, primera fractura en su «realidad».

Amenábar, que acometía su segundo largometraje tras ganarse a público y crítica con la premiada Tesis (1996), volvió a salir triunfante en taquilla y demostró que también en España podía realizarse cine fantástico con buenos resultados económicos. Y, por supuesto, con premisas mucho más inteligentes que las de nuestros viejos licántropos.

Notas:

1. Martin Gardner, Los porqués de un escriba filósofo (The Whys of a Philosophical Scrivener, 1983). Tusquets Editores, col. Superínfimos. Barcelona, 1989.

2. Dentro de las letras españolas, no podemos olvidar la novela Niebla, de Miguel de Unamuno.

3. Citado en Historia universal del cine, vol. 4. Ed. Planeta. Barcelona, 1982.

4. Existe un interesante antecedente, que caería dentro del bloque «escenográfico», en la película bélica 36 horas (36 Hours, 1964), con guión del retorcido humorista británico Roald Dahl y dirección de George Seaton. En esta obra, ambientada en las postrimerías de la II Guerra Mundial, los alemanes secuestran a un agente aliado e, incapaces de extraerle por la fuerza los planes para el próximo desembarco en Normandía, le harán creer que a resultas de un golpe ha olvidado una parte de su vida y que, transcurridos cinco años, la guerra ha terminado. Para dar fuerza a esta afirmación, aislarán al protagonista en un minucioso decorado que reproduce un hospital americano en la Alemania ocupada…

La vida de Viktor Von Doom (prologo)

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Una de las cosas que fascinan del comic book de superheroes es la capacidad de generar (específicamente en el caso de las editoriales Marvel y DC) universos que se desarrollan en el tiempo y las revistas, con personajes que evolucionan y se desarrollan en diferentes tiempos y revistas, cargando con el bagaje de experiencias anteriores. De hecho muchos libros sobre estos personajes tienen como hilo conductor hacer estas biografías de personajes ficticios.

Por supuesto quienes reciben normalmente el tratamiento son personajes principales o grupos conocidos. “Biografías” de Batman, Superman, Spiderman, los X Men, los Vengadores y demás personajes principales de ambos universos son relativamente frecuentes de hacerse, tanto online como impresas.

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Pero ¿qué pasa con los personajes menores? ¿O con los antagonistas de los héroes, los supervillanos? Raramente reciben un seguimiento similar. Por un lado, difícilmente tengan una serie para ellos, resultando escritos de una aparición a otra por diferentes escritores, que pueden hacer sus personalidades variables. Segundo, un villano no es considerado merecedor normalmente de suficientes seguidores como para garantizar que escribir sobre su vida ficticia tenga seguidores suficientes.

Por supuesto, para eso hay bloggers idiotas que se cagan en la sabiduría convencional y quieren escribir sobre algunos de esos personajes menores.

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Auxiliado con mi colección de comics digitales (compilada tras demasiados años de obsesion-compulsion y trabajos con buena banda ancha) me pareció que era una buena opción tratar de leer de corrido y contar sobre alguno de esos héroes o villanos que nunca merecen notas asi de extensas.

Y el primer candidato que me apareció fue Viktor Von Doom, monarca de Latveria, EL archienemigo de los 4 Fantásticos y probablemente uno de los villanos más interesantes y populares de todos los tiempos. Desde su primera aparición, su apariencia y su compleja personalidad atraparon a los lectores. Doom es un científico loco y dictador, pero también es un hombre poseído por la sed del descubrimiento, con un código noble y las suficientes vulnerabilidades (tanto físicas como emocionales) como para convertirlo en un personaje fascinante. Es claramente un personaje muy interesante para empezar este experimento.

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Por cierto, el orden cronológico de lectura de las historietas de Doom será el que propone el Complete Marvel Reading Order. Si vemos que hay que hacer alguna aclaración sobre ese orden, lo diremos en su momento. Y, aunque hasta el momento, ya tenemos en orden buena parte de sus primeras 200 apariciones, quedan algunas lagunas que han sido imposible de hallar. Cuando eso pase, avisamos. Esperemos poder leer todas las apariciones pero puede fallar.

¿Cómo haremos? Cada entrada de la biografía consistirá aproximadamente de cinco historietas. Ahí iremos desarrollando lo que pasa con nuestro latveriano favorito en ellas. Terminamos la siguiente tanda de 5 comics y reseñamos. Tengan paciencia, que iremos mechando en el blog con otras cosas. La primera entrega aparece mañana.

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Así que solo nos queda decir: Viktor Von Doom, ¡Esta es tu vida ficticia!