Siguiendo a los sajones, vikingos y normandos

Northumbria, el último reino (The Last Kingdom, 2004).

Svein, el del caballo blanco (The Pale Horseman, 2005).

Los señores del norte (The Lords of the North, 2006).

La canción de la espada (Sword Song, 2007).

La tierra en llamas (The Burning Land, 2009)

Autor: Bernard Cornwell

Edita: Edhasa

 

Me habían recomendado mucho esta serie de novelas, vendiéndomela como el equivalente en novela histórica de la Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin. Saber que la BBC la estaba adaptando para televisión también era un punto a favor, teniendo en cuenta le buen gusto que habitualmente tiene la BBC con lo que produce, con lo que me aseguraba que no podía ser un desastre el producto original. Así que me embarqué en la lectura de esta saga escrita por Bernard Cornwell. Normalmente habría comentado tomo a tomo las incidencias de la lectura pero ocurrió algo que no me pasa tan seguido (échenla la culpa al síndrome del lector veterano), que es leer una novela de un tirón y querer leer enseguida la que viene.

Sí, así de bien escribe Cornwell. Es de esa prosa pegadiza, que no soltás aunque tengas cosas más importantes que hacer en la vida, absorbente como body snatcher suelto en pueblito americano, devorador del seso como zombie de Romero. Lo que los gringos describen como un Page Turner. De hecho, en ese sentido le gana por robo a Martin: mientras le creador de Juego de tronos a veces (sobre todo en los últimos tonos) parece querer perderse en el gigantesco mundo que explora, Cornwell nunca deja que el ritmo decaiga. Las descripciones justas, personajes secundarios que no se toman el control de la historia por 30 páginas para desesperación del lector, explicaciones de lugares y costumbres no alargadas más de lo necesario. Ahí Cornwell gana por goleada.

Ahora ¿de dónde sale la comparación entre ambas historias? Bueno, hay varios elementos similares en ambas. En primer lugar la ambientación no es tan diferente: ambos mundos son lugares hostiles para la gente, donde la muerte violenta parece dispuesta a caer en un instante sobre las personas y la guerra está desatada y no es nada bonita ni para los que la hacen ni para los que la padecen. También en la cantidad de personajes secundarios definidos y con motivaciones para hacer cosas. No hay un bando bueno ni uno malo: todos tienen sus posiciones justificadas en algún momento (que no necesariamente que las aceptemos como lectores).

La historia se ambienta en la Inglaterra sajona que recibe como un vendaval las incursiones de los vikingos escandinavos, dispuestos a conquistar la isla. Allí nos encontramos con Uthred de Babbenburg, el hijo de un señor del norte sajón (del reino de Northumbria) que, por caprichos del destino, termina en manos de los conquistadores y crece en sus costumbres, viviendo como uno de ellos. Pero su destino lo llevará a quedar indisolublemente unido al del rey de Wessex, Alfredo el Grande. Alfredo es un chupacirios de cuidado, con alma de burócrata y siempre listo a escuchar a los sacerdotes en todas decisiones (algo que le cae particularmente mal al pagano, deslenguado y mercurial Uthred). Pero también es un líder astuto, calculador y hasta maquiavélico, que sabe conocer la valía de los hombres y la manera de que sus resortes salten para que lo ayuden en su objetivo final: la construcción de un único reino inglés en la isla. Y en eso Uthred (que se va revelando como un guerrero muy inteligente, capaz de inventar los planes más ingeniosos y vencer en situaciones desesperadas) queda siempre atrapado en la maraña por el rey. Un rey al que más de una vez ha querido abandonar y hasta enfrentar, porque Uthred se siente mucho más cómodo con los daneses paganos que con los ingleses cristianos. Pero al que los juramentos de lealtad (y si hay algo que siempre hace Uthred es respetar esos juramentos a toda costa) lo tienen todavía ahí, bajo el servicio de Alfredo.

Otro gran detalle son la vivida descripción de las batallas de Cornwell hace. Debe haber investigado mucho sobre esa faceta del periodo porque las construye muy vivamente, con información clara, todo eso sin dejar de hacer una narración que transmite además la excitación, el miedo y la salvajada que eran esas peleas.

No quiero contar mucho que pasa exactamente en cada novela, pero solo quiero decir que las recomiendo plenamente. Ya van cinco y espero seguir con las que falten. Valen mucho la pena

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Las primeras aventuras del Pirata Negro.

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Es siempre motivo de felicidad regresar a lugares gratos y, ahora que una cercana relectura me ha refrescado sus argumentos, aprovecho para redactar estas líneas como invitación al descubrimiento de El Pirata Negro, la serie más longeva de uno de los tres mosqueteros de la novela popular española de posguerra: Pedro Víctor Debrigode.

Debrigode fue un autor nacido en Barcelona en 1914, de padres franceses. Participó en nuestro último conflicto civil desde el lado franquista por la sencilla razón de encontrarse en Canarias, zona nacional, al estallar la guerra y ser reclutado. No fue en modo alguno un soldado modélico; en realidad sería todo lo contrario, pues acabó por dos veces en penales militares, una bajo sospecha de facilitar información al enemigo y otra por apropiarse de dinero del ejército e intentar desertar. Lo más sorprendente es que no acabara ante un pelotón de fusilamiento siendo días tan crueles, y eso puede darnos un indicio de su labia, encanto natural y poder de persuasión, capaz de vender congeladores a los esquimales.

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Su colega escritor y empleado en Bruguera, Francisco González Ledesma (Silver Kane) afirmó que Debrigode solía narrar su fuga de la cárcel gracias a la ayuda de una mujer y a unas sábanas anudadas… Esas anécdotas debemos contemplarlas con escepticismo, dado que Debrigode era un fabulador chistoso a quien no conviene creer con fe ciega. Lo cierto es que estando en la cárcel empezó a escribir sus primeras novelas, de géneros policíaco y romántico, que le publicó a partir de 1943 la madrileña Ediciones Marisal.

Debrigode sale de prisión en octubre de 1945 y empieza su vinculación con la Editorial Bruguera, emplazada en su ciudad natal. Allí recibiría mayoritariamente cobijo a su producción literaria hasta los años 70.

Bruguera había nacido como editorial en 1910 con el nombre de El Gato Negro y durante el periodo de la guerra había visto sus talleres nacionalizados por la Generalitat. Llegado el conflicto a su fin, se renovó cambiando su nombre por el de la familia fundadora y propietaria: Bruguera. La editorial se enfocó desde el principio a las publicaciones más comerciales, en forma de revistas ilustradas para niños y folletines sensacionalistas; pero, ante el éxito en el campo de la novela popular que estaban teniendo Molino y Clíper, en 1944 Bruguera decidió participar en ese mercado recuperando, con estética remozada, algún folletín previo a la guerra, como la anónima Tabú, vengador de esclavos, y encargando nuevos seriales a uno de sus primeros autores habituales, Fidel Prado. Escribiría para ellos El dragón de fuego y La secta de la muerte, ambientados en el exótico Oriente.

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Eran los días en los que José Mallorquí vendía más de cien mil ejemplares de las novelas de El Coyote. Bruguera quería algo semejante, una serie narrativa protagonizada por un personaje fijo. No sabemos si fueron los editores quienes propusieron el tema o si la idea nació del propio Pedro Víctor Debrigode; sea como sea, el género escogido, pura aventura de capa y espada, se alejó por completo de sus competidores, que solían centrar sus preferencias en las novelas policíacas y del Oeste.

El Pirata negro apareció a la venta en marzo de 1946, con la firma de Arnaldo Visconti en la cubierta. El seudónimo italianizante, seguramente reclamo y homenaje a Rafael Sabatini y Emilio Salgari, muy populares entre los lectores de aquel entonces, lo utilizaría Debrigode en el primer periodo de su carrera para todas sus novelas de época, como El Halcón, Diego Montes, El Aguilucho o El Galante Aventurero, mientras empleaba su nombre verdadero en novelas de acción contemporánea, como Audax o El Capitán Pantera. Más tarde, en los años cincuenta, inauguraría el seudónimo de Peter Debry, que le acompañará durante décadas en novelas policíacas, de ciencia ficción y westerns.

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Como vemos desde el primer momento en las ilustraciones de Provensal, el protagonista de El Pirata Negro, Carlos Lezama, debe mucho en su apariencia física a Douglas Fairbanks. El actor norteamericano había protagonizado una película titulada, precisamente, The Black Pirate, cinta muda pero con fotografía pionera en color, que debía mucho en su dirección artística a las maravillosas ilustraciones sobre piratas de Howard Pyle. El propio Debrigode lo describe con un aspecto semejante en el mismo texto: fino bigote curvado, arete en el lóbulo de la oreja, pañuelo rojo en la cabeza, botas mosqueteras y todo él vestido de negro… También su carácter, atrevido y juguetón, debe mucho al personaje que Fairbanks gustaba de encarnar en la pantalla.

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La primera novela, La espada justiciera, es un prologo alejado aún de la variedad de aventuras que habrán de publicarse en el futuro, una obra de presentación de personajes, bastante convencional en su argumento, aunque también revela muchas de sus virtudes. Tenemos, de partida, a la típica joven dama, hija del virrey de Panamá, que regresa a la colonia después de haberse educado en España. Para su sorpresa, encontrará a la población en una situación miserable y a su padre abúlico e incompetente, con su personalidad abotargada, el ánimo vacilante, preso por completo en la influencia de su segundo al mando, un mercenario portugués, y sojuzgado por los encantos carnales y los bebedizos de una hechicera nativa que vive en los pantanos. La muchacha, quien ha oído hablar de las actividades en la región de un caballeroso corsario siempre dispuesto a prestar su acero a las víctimas de la injusticia, hará llegar al Pirata Negro un mensaje rogando su auxilio. Lezama se enfrentará al portugués y a la sensual hechicera, restaurará el orden y propiciara que la joven encuentre el amor en brazos de un apuesto y leal oficial de la guardia.

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En esta novela, Debrigode nos lleva con su héroe ya en activo y célebre en el Caribe. Deberemos esperar algunos años para que nos cuente con detalle su origen, bastardo de sangre noble criado por una mulata, y sus correrías inaugurales en La primera aventura, aparecida en 1952 dentro de la Colección Iris, cuando ya la serie se había cancelado. La espada justiciera es una novela que juega a introducir rápidamente al lector, mediante la acción y la peripecia, en el escenario y la época, al tiempo que nos describe los rasgos fundamentales de su protagonista y presenta algunos personajes secundarios que desempeñarán papeles importantes en las tramas futuras, como el negro sordomudo Tichli, el angelical Juanón o el feo pirata de rostro maltrecho Cien Chirlos, avanzadilla de un amplio reparto.

Debrigode se nos revela como un narrador ágil y colorido, culto, bien documentado, que no menosprecia a sus lectores por consumir literatura de evasión, pues redacta con una asombrosa riqueza de vocabulario. Se maneja perfectamente tanto en la descripción, sin los esquematismos tan propios de otros autores populares, como en los diálogos, rápidos e ingeniosos, con bastante humor, sobre todo en labios de Carlos Lezama.

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Con la segunda entrega, La bella corsaria, ya tenemos la prueba de que las aventuras del Pirata Negro no se limitarían a las aguas del Caribe, algo que podría haberse convertido en monótono, si tenemos en cuenta que se escribirían ochenta y nueve novelas sobre el personaje. Sus correrías tienen lugar por todo el ancho mundo, desde el Golfo de México a las ciudades europeas, como París, Venecia o Sevilla, por el Mediterráneo y los desiertos del norte de África, en la jungla y en el pintoresco Oriente Medio… En esta ocasión seguiremos a Carlos Lezama hasta Francia, donde pretende obtener información sobre el derrotero y la fecha de partida del barco fletado por el rey galo para llevar oro con el que mantener sus colonias americanas. En París hará amistades y enemigos, entablará duelo con un peligroso espadachín y, lo que es más importante, quedará atrapado en las redes del amor. El objeto de su pasión será Jacqueline de Brest, que le corresponde en sus sentimientos. Sin embargo, en un gesto de gallardía, Lezama juzga que un fuera de la ley, un pirata, no puede aspirar al corazón de Jacqueline, y marcha de Francia rechazando su atracción e interiormente destrozado.

En la segunda mitad de la novela vemos al Pirata Negro conseguir la captura del oro francés, en el Caribe, y liberar Haití de un aventurero holandés que ha sojuzgado a su población con el poder de las armas —en sintonía con el nacionalismo imperante en la dictadura fascista, las novelas de El Pirata Negro, aunque transcurran en la América hispana, suelen tener como principales villanos a extranjeros, no a españoles—. Además de estas peripecias, Carlos Lezama vivirá un encuentro donde se nos advierte que el carácter burlón del Pirata Negro tiene mucho de disfraz, de coraza, que su corazón también sangra y que en las siguientes crónicas de su vida también tendremos un componente de tragedia. Porque Lezama se enfrenta, en esta novela, a una mujer pirata que auxilia al dictador de Haití, La Corsaria Bretona. Cuando contemple su rostro por primera vez por el catalejo, apunto sus naves de trabarse en combate mortal, descubrirá que la misteriosa corsaria es nada menos que Jacqueline de Brest, la mujer a quien ama desesperadamente… Un primer indicio de las tramas, en ocasiones muy melodramáticas, que habrá de contarnos Debrigode en los siguientes títulos de la serie.

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La edición original de El Pirata Negro, con su encanto formal propio de las publicaciones pulp, no es fácil de conseguir hoy en día, salvo armándose de paciencia y con una gran dosis de suerte, pues han transcurrido setenta años desde su aparición. Darkland Editorial, en 2015, publicó un volumen con sus cuatro primeras novelas, sustituyendo las ilustraciones originales por otras nuevas de Joan Mundet. Si estas palabras mías han servido para despertar algún interés, tal vez aún tengan tiempo de conseguir un ejemplar.

Deedee (1969)

Autor: “Alison Lord” (seudónimo de Julie Ellis)

Colección: Jaguar n°66

Edita: Diana, México, 1970

Deedee tiene 18 años recién cumplidos, un departamento recién alquilado en la Sunset Strip de Los Angeles de finales de los años sesenta, un novio contracultural que no quiere ir a Vietnam y un gusto por los Doors. Pero tiene una segunda vida, como hija de una superestrella de Hollywood que sucesivamente la consiente y la ignora y que últimamente se ha enrollado en Las Vegas con un tipo que aparentemente es un mafioso… y que la mira como un lobo a una oveja tierna. Y que, en un punto la tienta…

Pero tranquilos, porque, la verdad, el triángulo madre/hija/amante que amenaza ocurrir (y que la contraportada vende prometiendo algo muy hot, como pueden leer)…

…se queda en nada y solo una escena final (que deriva en un momento criminal) amaga a ir por ahí. Pero a cambio de eso hay varias escenas de sexo (no descritas pero insinuadas) en la que actúa más que nada la madre antes que la chica protagonista. Parece que las superestrellas decadentes del cine tienen sexo más glamoroso que las jovencitas hippies.

Igual, lo más entretenido del libro para un lector hoy día es leer el vocabulario “joven” de esos años. Sobre tod teniendo en cuenta la traducción mexicana, que lo convierte (al menos para mis ojos) en un documento entre sociológico e hilarante. Ponte en onda, fresa, y salgamos de la covacha para chequear la escena. ¿Me explico?

Tras el seudónimo se escondía una primeriza Julie Ellis, quien años después sería una prolífica autora de paperbacks románticos e históricos. Y pese a hacer sus primeras armas como novelista es clara y coherente en su estilo. Una productora eficiente de basura softcore de la época. Dentro de ese subgénero, no es lo peor que a uno le puede tocar…

3 libros de no ficción sobre cultura pop 3

En el blog no se nota, pero leo mucho libros de no ficción. De hecho últimamente la historia se ha ganado a pulso mi tiempo lector en cantidades. Como me parece que esas lecturas normalmente no acompañan a lo que pretendo hacer con el blog, quedan sin reseñar.

Pero por una coincidencia astral esta vez, en rápida sucesión llegaron a mis manos tres libros que encajan perfectamente con el concepto de “arqueología pop”. Los tres cruzan la historia con la cultura de masas de maneras excelentes, dando pistas para entender cómo evoluciona ese complejo rompecabezas que es la cultura pop. Así que, como mínimo, corresponde hablar de ellos.

En primer lugar tenemos Arte salvaje: una biografía de Jim Thompson (Savage art, 1995) de Robert Polito, editado por la editorial española Es Pop en el 2014. Quien alguna vez se haya acercado a las novelas criminales de Jim Thompson (incluso las mediocres, como la que reseñe en el antiguo blog) se queda atrapado por su prosa cruel y demoledora. La biografía de Polito es el retrato de este hombre, alcohólico, antiguo vagabundo en la Depresión, trabajador manual en condiciones paupérrimas en la Depresión, afiliado al Partido Comunista de Estados Unidos, con una conflictiva relación con su padre, carismático sheriff de un Oeste apenas menos Salvaje y que volcó todo esas experiencias en una sucesión de novelas entre las décadas de 1950 y 1960 que son un muestrario de grandes perdedores, psicópatas y criminales de baja estofa que pueblan un Estados Unidos muy diferente del que el gobierno de Eisenhower y Kennedy vendían. Thompson (como los comics de la EC, como los dobles programas de ciencia ficción de mostros de esos años) nos muestran el lado B del Sueño Americano, cuando éste se convierte en pesadilla. Y lo sostiene con una narrativa fascinante de este tipo que parece haber sacado boleto de Pasajero frecuente al Infierno. Y una edición muy cuidada, de tapa dura que es hermosa de tener.

Siguiendo con Es Pop tenemos Hollywood Gótico (Hollywood Gothic, 1990) el ensayo en donde David Skal cuenta el desarrollo de Drácula desde la novela hasta la primera adaptación cinematográfica, pasando por el teatro. El resultado es un complejo y cambiante fresco que explica con pelos y señales todos los problemas que se fueron dando con las diferentes adaptaciones. Mención especial a los capítulos sobre el juicio por el Nosferatu de Murnau (con la viuda de Stoker literalmente saltando a la yugular a los productores alemanes de una manera feroz) y el de la versión en español del Dracula de la Universal (versión que Skal – que se tomó en su momento el trabajo de ir a la Cuba de Fidel para ver la única copia completa conocida en esos años y que se convirtió en clave para la restauración final del filme- considera –y yo concuerdo con él- muy superior a la versión de Tod Browning y Bela Lugosi). Cualquier buen aficionado a los vampiros o al cine fantástico debería leer este libro.

Finalmente tenemos La editorial Acme de Carlos Abraham que hace poco sacó la editorial argentina Tren en movimiento. Para el que no sepa, Acme fue la editorial detrás de la Colección Robin Hood, esos libros de tapas amarillas que alimentaron las infancias de los chicos que hoy tienen entre 35 y 55 años en Argentina y América Latina (y que aparecen con frecuencia en las reseñas de este blog). Una verdadera editorial de literatura de masas, sus colecciones (no solo la Robin Hood sino también Rastros, Suplemento de Rastros, Pistas del espacio, etc.) fueron parte de la cultura lectora argentina durante la segunda mitad del siglo XX. Y Abraham hace lo que raras veces se hace en los estudios de historia cultural: un trabajo de campo rigurosísimo, pleno de entrevistas inéditas, investigación en revistas y libros y catalogación de material de la editorial. Realmente cualquier estudiante de Ciencias de la Comunicación y/o Literatura tiene que leer este libro para ver cómo es de verdad un trabajo sobre la industria cultural. Y más de un académico universitario debería llamarse a silencio tras ver la sonora cachetada que el trabajo de Abraham le da sus manidas gilipolleces cuando hablan de literatura. Yo ya había reseñado sus libros anteriores sobre la editorial Tor y las revistas de ciencia ficción argentinas, pero esta vez se superó. Un aplauso por Carlos que demuestra todo el jugo que la arqueología literaria bien hecha puede dar.

La última jugada de Jack Hamlin (¿1943?)

Autor: José Mallorquí

Colección: Hombres del Oeste nro. 115

Edita: Cliper, Barcelona, ¿?

Jack Hamlin es un personaje del escritor americano Bret Harte, prototipo del jugador elegante dedicado a esquilmar gente en los pueblos del Far West. Si bien no hay un Hamlin real, Harte se basó en varios personajes que efectivamente pululaban por el oeste real para componer al personaje. Lo curioso es que aquí José Mallorquí decida usar el personaje para su novela. ¿Era exitoso el personaje en esos años? ¿Mallorquí quiso hacer su propia fanfic? ¿Qué motivo hace que use al personaje y no se invente uno con un nombre real? Misterios que quedaran posiblemente sin resolver…

La historia, de hecho tiene que ver mas con la compañera de Hamlin, Louise Perry (a) “Serena Lovat”, pobre niña abandonada devenida primero en mujer de vida fácil, después en mano derecha y cuidadora de una dura estanciera y luego heredera del rancho al que están robándole el ganado de manera frecuente. Y de su relación con el hijo de la estanciera, un hijo extrañado, con un pasado igual de turbio.

Y aquí es donde hallamos uno de esos giros que hacen a José Mallorquí EL ESCRITOR SUPREMO DE LA NOVELA POPULAR que todos respetamos. Lo esperable sería que le hijo de la estanciera fuera un tipo cobarde, despreciable y traidor, dispuesto de maneras taimadas a sacarle el rancho a la joven. O volverlo un héroe intachable pero con tanta mala fama como rectitud encomiable. Y no hace eso. El personaje cambia, de manera creíble y sin negar sus errores. Que lo logre mientras suceden tres conflictos paralelos (con los cuatreros, con los ex compañeros de rumbo del hijo del ranchero y con Hamlin, que vuelve a reconquistar a su ex amor) en un formato tan breve como el de la novela de bolsillo y logre salir airoso, demuestra el excelente hacer de Mallorquí.

Imperdible este western para todos los aficionados a la novela popular y al western. Nada que hacer: Mallorquí la tenía muy clara.

Lo mejor de Fredric Brown (The best of Fredric Brown, 1977)

Autor: Fredric Brown

Colección: Libro Amigo Ciencia Ficción n° 16

Edita: Ediciones B, Barcelona, 1988

NO es novedad decir que Fredric Brown es uno de mis escritores favoritos, especialmente a la hora de escribir cuentos. Su habilidad para tomar una premisa extraña y retorcerla para dar un resultado original e inesperado es bien conocida por todos aquellos que se hayan asomado a sus relatos ultracortos y cortos. En ese sentido su trabajo para la ciencia ficción es particularmente excelente.

Ahora bien, como ocurre en toda antología, no todos los relatos de este libro son, en mi opinión, de los absolutamente mejores que ha producido Brown en su carrera. Si bien absolutamente todos ellos tienen premisas interesantes, no todas las resoluciones son igual de impecables. Ejemplos de esto son “Ven y enloquece”, “Llamada” o “Recesional”, donde los finales no me terminan de convencer o se revelan poco más que un chiste. NO son malos: solo que, comparado con el resto de las historias, son relatos fallidos.

Pero en el balance , la cantidad de historias realmente geniales, con ideas novedosas, desarrollos trepidantesy desenlaces inesperados, se revela abrumadoramente superior en cantidad a los casos no tan buenos. Desde el ejercicio ultracorto formal de “El final” (¡111 palabras!), la apabullante “Respuesta” (que en dos páginas resume todos nuestros miedos tecnológicos con las computadoras) , las cómicas “Pi en el cielo” y “Sirio Nada”, la tenebrosa “Eine kleine Natchmusik” y hasta la aventurera “Arena” (que sirvió de base para uno de los episodios más conocidos de la “Star trek” Original) son ejemplos del talento de Brown para el cuento.

A falta de un libro que reúna todos sus relatos breves, esto es una gran manera de acercarse a Fredric Brown. Un autor que cualquier buen lector de ciencia ficción y fantasía no debería dejar pasar.

Pánico a flor de piel (Panique a fleur de peau, 1960)

Autor: André Lay

Colección: Débora nro. 56

Edita: Malinca, Buenos Aires, 1961

Hillen ha sido contratado por el magnate cinematográfico Herbert Creston para que vigile a su esposa Helena. Ella ha sido diagnosticada con trastornos de personalidad y Herbert quiere que un psicólogo como Hillen la vigile discretamente, haciéndose pasar por su valet. Pero la cosa no es tan simple: Helena es una mina astuta, jodida y muy hermosa. Así que en menos de lo que decimos “femme fatale”, Hillen está metido en una lucha de poder entre marido y mujer (porque Herbert también tiene planes). Una lucha que termina en crimen y en que el psicólogo tiene todos los números de ser el jamón del sándwich… Un jamón que puede terminar freído eléctricamente…

Este es uno de las innumerables novelas policiales de André Lay, uno de los prolíficos autores franceses que publicaron en la serie francesa Fleuve Noir, una de las colecciones más señeras de la literatura popular policial francesa de la posguerra y claramente una de las principales fuentes de novelas de la editorial Malinca (junto con las novelas publicadas en Inglaterra en la inmediata posguerra). Y es una novela típica, bien llevada, con dos personajes muy divertidos como son el comisario Debaker y su ayudante Robin, ambos dotados de cierto sarcasmo brillante en sus frases. Sin ser un clásico, es un policial sólido con ciertas dosis de suspense y escrito agradablemente. En fin, un pasa páginas bastante digno.

Los muertos no hablan (Stiffs don´t squeal, 1953)

Autor: “Ricky Drayton” (seudónimo de Michael Gorell Barnes)

Colección Débora n° 46

Edita: Malinca, Buenos Aires, 1960

A Ricky Drayton, periodista de policiales del New Orleans Messenger, lo llaman para que vaya a una habitación de hotel donde conseguirá una noticia bomba. Cuando llega al hotelucho, hay una noticia peor no la esperada: la persona que lo había citado se ha suicidado tirándose desde la ventana. ¿O no fue suicidio? Al ponerse a investigar Drayton encuentra una trama que involucra a las chicas de un club de “strip-tease “, un club de moda con secreto lugar de apuestas, gente influyente e intentos de extorsión. Que resolverá Drayton usando astucia, redaños, puños y pegando unos cuantos tiros (cosa medio raro en un periodista pero bueh…)

Esta es otra de las novelas que se publicaron en la Inglaterra post Segunda Guerra copiando el modelo de las novelas americanas de esos años, muy herederas del exceso de violencia salpicado con sexo de Mickey Spillane y sucesores. Y que la editorial Malinca tradujo de manera frecuente en Argentina. Dentro de ese contexto escribe una historia pasable, pero nada especial.

El autor es más conocido por su trabajo posterior como guionista y productor cinematográfico en su país natal. Otro obrero del plumín escribiendo novelas para ganarse el puchero. Solo para lectores aficionados al género o para aquellos que les gustan las tapas de la editorial y quieren ser completistas.

Ladrones de cadáveres (Me and my ghoul, 1953)

Autor “Michael Storme” (seudónimo de George H. Dawson)

Colección: Pandora nro. 47

Edita: Malinca, Buenos Aires, 1959

El comienzo promete: el detective Nick Cranley despierta dentro de la tumba abierta de un cementerio, sin tener claro cómo llegó ahí. Una gran imagen para enganchar con unan ovela.

Lamentablemente lo que sigue no es para nada igual de bueno.

Cranley está en esa ficticia ciudad americana buscando la pista de una banda criminal y se topa con un caso de ladrones de cadáveres. Que de alguna manera se terminan cruzando. Y de alguna manera hay una intriga de tipos turbios con pasado oscuro. Y de alguna manera siempre hay señoritas dispuestas a dejarse seducir por Cranley, al que no le importa para nada ser un hombre felizmente casado, aparentemente. Y de alguna manera, Cranley es aporreado reiteradamente en el cráneo, colgado de unas cadenas en un sótano y hasta arrojado por un acantilado en un automóvil en llamas y, sin embargo, sigue como si nada. Esto último es casi cómico: Cranley está a un paso de ser un cartoon de la Warner Bros de la manera que le aplican violencia y sale sin que le pase nada. Uno está esperando que de la nada le caiga un yunque en la cabeza. Y de alguna manera hay páginas escritas con acontecimientos que se suceden. Decirle argumento sería abusar un poco de la palabra.

No asombra que esta sea una de las muchas novelas seudoamericanas de novela negra (bajas en argumento, altas en sexo y violencia) que en la inmediata posguerra hicieron furor en Inglaterra. De hecho este autor fue bastante prolífico en ellas. Igual, si pensamos que sus novelas si son coleccionadas es porque las tapas originales eran hechas por Reginald Heade 8uno del os ilustradores más buscados de tapas de novelas británicos) nos queda claro que no era un gran escritor que digamos.

Pero aparentemente la editorial argentina Malinca tuvo algún tipo de convenio con las editoriales británicas y publicó muchas de ellas en español. Novelas que parecen ser en gran medida como esta: completamente olvidables y solo recuperadas por blogs de arqueología pop como este. De hecho hay tan poco sobre esta editorial, que sospecho que por un rato me pienso dedicar a reseñar los que estén a mi alcance. Así que ahí vamos, a leerlos para ver si les ahorro el esfuerzo…

Doctor Campeón

Autor: José Mallorquí

Colección: La novela deportiva n° 38

Edita: Molino, Buenos Aires, 1941

Bill Collins es un boxeador excesivamente técnico, con cero emoción a la hora de pelear. No da ningún golpe espectacular, se la pasa defendiéndose del rival, golpeando pequeños golpes en lugares precisos hasta que los cansa y los noquea. Todo muy frio, muy prolijo, muy matemático. Para eso usa sus conocimientos como médico para convertirse en campeón universitario de boxeo. O sea es un “pecho frio”: talentoso pero con menos onda que leer un libro de contabilidad.

Y por supuesto el joven médico-boxeador se topa con la disyuntiva de seguir en el boxeo profesional o en su carrera. Y, si bien preferiría seguir como médico, los problemas económicos familiares lo hacen decidir por el ring. Y se labra una carrera de ser el Messi boxeador: un tipo que gana todo pero no emociona. Y de hecho la mayoría cree que es un tipo con suerte. Por supuesto la disyuntiva final es pelear un combate final para demostrar su talento antes de retirarse como campeón invicto…

Uno de sus primeros trabajos como novelista de Cesar Mallorquí era escribir estas novelas deportivas que Editorial Molino publicaba en Argentina, aunque con autores españoles. El resultado final (si esta novela es un ejemplo típico, que no lo sé) es que Mallorquí ya estaba para jugar en primera fila. La novela corta se sostiene en todo momento, con personajes creíbles, una trama muy bien llevada y un ritmo muy creíble.

Pero, como la historia se quedaba corta, Mallorquí entrega un segundo relato, un western protagonizado por los Tres Hombres Buenos, una de sus primeras creaciones con un cierto éxito. Y por cierto, acá tenemos un dato interesante: revisando la web, hallo que todo el mundo registra su primera publicación en la serie Nuevos hombres Audaces en 1942. Y aquí tengo un relato en 1941. Otro dato: los protagonistas son el mexicano Diego de Abriles, el portugués Joao Da Silveira y… el americano Allen Moffett, en vez del español César Guzman. Este relato “piloto” casi siempre se salta en las bibliografías oficiales de la serie. Tan solo (como me indica le colega Armando Boix Millan) Ramón Charlo indica de su existencia en su monografía “José Mallorquí, creador de El Coyote”.

Pero vamos a la historia en sí, “La ciudad del crimen”. Los Tres hombres Buenos llegan a la San Francisco de 1865, una ciudad para nada pacífica, dominada por la banda de Hubert Hicks. Y la única solución es volver a reflotar los Vigilantes de san Francisco (un grupo que efectivamente existió en la vida real) para ajusticiar a los bandidos (nada de esas tonterías de juicio justo y respeto a la ley, que joder). Lo interesante es que, en esa trama funcional, logra darles ciertas pinceladas tridimensionales a los personajes. Hicks no es un villano obvio: tiene rasgos generosos en un momento, una tristeza oculta y hasta una cierta justificación en sus actos. Y su mano derecha termina enfrentando la horca con un valor innegable y que le gana el respeto de los presentes, pese a ser un hijo de puta de cuidado.

En síntesis, tenemos una gran novela corta deportiva y el episodio “piloto” de la primera serie western de Mallorquí (y que casi nadie recuerda). Nada mal para una compra azarosa.