Dagon y otros cuentos macabros (Dagon and other Macabre Tales, 1965)

Autor: H. P. Lovecraft

Colección: Alianza Bolsillo

Edita: Alianza, Buenos Aires, 1992

Llevo trece años en este blog y hasta ahora NUNCA había hecho una reseña sobre uno de los autores más importantes del fantástico en el siglo XX: Howard Phillips Lovecraft. Recuerdo el impacto que una recopilación de sus cuentos me hizo a los catorce años. Creo que ese impacto sísmico solo lo tuvo Poe a los 10 años.

Pero hacía mucho que no lo releía al viejo Ech-Pi-El. Y me pareció una buena idea ver qué tal se sostenía su obra a mis ojos. El revoleo azaroso por mi biblioteca me llevó a este tomo que, aclarémoslo de entrada, no trae en general sus obras más conocidas, las que pertenecen a los Mitos de Cthulhu, sino a su primer período, el formativo si se quiere. Claramente en las obras hay un autor que todavía zigzaguea entre obras de onirismo fantástico muy a lo lord Dunsany y relatos de terror mucho más clásico, de esos de remate horroroso. Y en casi ninguno hay referencias a los Mitos. Pero vayamos desgranándolos uno a uno.

Dagon es casi un borrador del núcleo de La llamada de Cthulhu. Nave perdida  (en este caso un bote) en el mar encuentra isla que ha surgido en el Pacifico. Arquitectura colosal, monstruo gigante y enloquecedor que aparece y del que se escapa el protagonista para volver a la civilización y relatarlo.

La tumba habla de la obsesión de un joven con una tumba familiar. La verdad no me engancho demasiado

Polaris es una fabulilla muy deudora del estilo de Dunsany. Casi un cuento de hadas triste.

Mas allá del muro del sueño es un relato de proto ciencia ficción atrapante con transmisión del pensamiento, entidades extraterrestres que poseen humanos y viajes incorpóreos hacia regiones del Universo. Y aquí aparece uno de las grandes bazas del estilo lovercraftianos: la construcción del verosímil. El universo en donde transcurren los mejores relatos de HPL es un mundo absolutamente racional, con una ilusión de realidad muy fuerte. El doctor que narra puede tener una teoría estrambótica pero es un profesional en un psiquiátrico serio. Y su paciente es alguien tna normal que la aparición de estos sucesos inexplicables son completamente una bomba que no logra entenderse. Ese gran truco, que Lovecraft maneja a la perfección, convierte a este en un gran cuento.

La nave blanca es otra exploración onírica en el estilo de Dunsany, sin mucho más.

Arthur Jermyn trabaja sobre otra de las obsesiones de Lovecraft: la degeneración de la estirpe familiar y el miedo a la cruza con razas extrañas, que dan origen a monstruosidades genéticas. Lo único que falta es que el Otro monstruoso sea algo venido de las estrellas y no una raza homínida, medio gorila para que este cuento fuera parte del canon clásico.

Si bien Los gatos de Ulthar está dentro del ciclo de historias ambientadas en el Mundo del Sueño, la historia es una historia que bien podría formar parte de esos terribles relatos folclóricos recopilados por los Hermanos Grimm, esos que Disney dulcifica. Me imagino que el final Disney sería con los gatos expulsando a sus abusadores y no  haciendo que… nah, léanlo.

Tambien del ciclo del Mundo del Sueño es Celephais, que trata sobre la búsqueda del sentido en ese mundo de alguien que literalmente abandona casi por completo nuestra realidad por ese otro lugar.

Del más allá juega con otro clisé lovercraftiano: ver cosas más allá den nuestros sentidos, criaturas más allá de la existencia material que además quieren hacernos daño.

El templo es brillante. Uno de esos relatos de miedo acuático que juegan con la obsesión y la sugestión. Gente que pierde la cabeza en un submarino alemán y una maldición que los persigue. Todo eso mas unas ruinas submarinas asombrosas. Y ¿Qué son exactamente esos delfines que siguen al submarino todo el camino? ¿Son delfines?

El árbol es otra fabulilla fantástica, casi una leyenda antigua.

El pantano de la Luna tiene una deuda muy grande con otro autor de relatos fantásticos de comienzos del siglo XX: Arthur Machen. Tanto la localización (un abandonado páramo campestre inglés) como ambientación (ruinas helénicas abandonadas en un pantano) como el desarrollo (gente común revirtiendo a situaciones paganas) la historia es puro Machen. Muy sólida, muy bien escrita y con la sugerencia del horror más que el horror en sí

Para muchos La Ciudad sin nombre es efectivamente el primer relato de los Mitos de Cthulhu, con la aparición en sus páginas de Abdul al-Hazred, el escritor loco del Necronomicon. Fuera de eso es la exploración de una fabulosa ciudad prehumana en el desierto de Arabia, donde yacen muertos criaturas que parecen ser  hombres serpientes. Pero… ¿están muertas?

En Los otros dioses hay un amague de cruce entre el Mundo del Sueño y los Dioses Exteriores. Falto una referencia a alguno de los primigenios y este relato de un hombre que quiere alcanzar a los dioses (Y que falla miserablemente) podría ser pate del canon de los Mitos. Porque, aparte de los dioses del mundo hay otros dioses que vienen de mucho más allá.

La búsqueda de Iranonn es otra fábula dunsaniana sobre la perpetua infructuosa búsqueda de la Belleza.

Herbert West, reanimador definitivamente tiene un tono de humor negro subrepticio. Difícilmente puedo creer que esa serie de viñetas sobre ese obsesivo pichón de doctor Frankenstein que es West y sus continuos fracasos no haya que leerlas con un tono de malsana diversión. Puedo entender porque Stuart Gordon hizo lo que hizo con Re-Animator, porque funciona perfectamente con este relato de resurrecciones de muertos que fallan de una u otra vez por alguna cosa. Es muy divertido, si uno le encuentra el morbo. Si lo hizo a propósito, me hubiera encantado que HPL siguiera con esta veta de humor macabra.

El Sabueso tiene a dos tipos obsesionados con la muerte (una suerte de chicos góticos in extremis) que entran a una tumba y roban un amuleto con forma de sabueso infernal… para ser perseguidos por una criatura muy parecida, que los acecha desde la oscuridad. La tensión está muy bien sostenida aquí.

Hipnos es un cuento donde uno nunca tiene claro si hay un relator loco o hay algo terrible pasando. En ese sentido, Lovecraft no nos deja la seguridad de si es verdad o es todo locura y sostiene un relato con el puro convencimiento de su prosa. Encomiable.

El horror oculto vuelve a hacer muy bien eso de describir realistamente un lugar (en este caso una comarca pobre y miserable “White trash”) y hacer que ocurra algo excepcional e inexplicable ahí.  Y lo cruza con su obsesión por las razas degeneradas, dejando un resultado final que funciona muy bien.

Finalmente, Lo innombrable parece un chiste privado: un escritor de terror y su amigo escriben sobre cómo contar algo innombrable sentados en el cementerio cuando aparece algo que es horrorosamente innombrable.

¿Qué puedo decir? Que hay relatos mejores y otros peores, que se nota que mucho material es de los inicios, muy deudores de otros escritores, que se nota que Lovecraft aquí anda buscando su vos y que, en algunos casos la encuentra. Que claramente es un escritor que sabe lo que hace y lo que quiere contar y que algunas de estas historias son ya de un nivel apabullante. Nada mal para este rencuentro.

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La vuelta de Oscar Wilde (1947)

Autor: Lisardo Alonso

Colección: Rastros nro. 62

Edita: Acme, Buenos Aires

Un participante de un círculo espiritista aparece muerto en la calle, aparentemente víctima de un robo. Sin embargo, rápidamente se empieza a sospechar de un asesinato cometido por alguien del miso círculo espiritista del muerto. El problema es decidir quién y por qué ¿Es algún creyente fanático que creía que el asesinado estaba tratando de desprestigiar sus creencias? ¿Algún médium que teme que sea públicamente desenmascarado como un farsante? ¿O hay algún motivo más prosaico en tras el asesinato, algo que involucra el pasado de asesino y víctima de manera irresistible? Es con el trabajo de la fiscalía, de abogados implicados y de la policía que el caso el caso se resuelve satisfactoriamente.

Lamento decirle a quien pudiera esperar, viendo la tapa, que hay ribetes fantásticos en la novela, que esto no es así. La tapa tiene que ver con las visiones de una participante del grupo, que es considerada por demás miembros (y no solo por los pesquisantes) como una persona desequilibrada. Si bien el ámbito espiritista está bien investigado (de hecho es uno de los puntos fuertes de la historia), claramente para el autor poco hay de místico y sí mucho de fraude en ese mundillo. Dificilmente se pueda considerar a la novela (como hace le colega Carlos Abraham en su indispensable libro sobre editorial Acme) como “policial-fantástico”, a menos que consideremos que pertenece a ese subgénero que bordea al fantástico como es la “weird menace” (donde sucesos aparentemente sobrenaturales son explicados por acciones criminales perfectamente explicables, como pasa –para poner el ejemplo más conocido – con todos los casos de Scooby Doo). Aunque incluso ahí, es una clasificación laxa, porque nunca hay una intención de hacer pasar el asesinato como producto de una criatura sobrenatural: es más el ambiente en que se desarrolla la historia lo que lo acerca a lo fantástico y/ misterioso. En ningún momento se duda que el asesino es otro que una persona.

Eso no quiere decir que sea una mala novela de deducción policial. El escribano Lisardo Alonso hace un desarrollo bien cuidado de los acontecimientos, con un trabajo coral sobre la investigación policial y un claro conocimiento del sistema judicial argentino de esos años (donde tira ciertas pullas irónicas sobre este al pasar que se agradecen). La prosa es ágil y uno pasa las páginas con ganas. Incluso las explicaciones sobre el funcionamiento espiritista agregan información para resolver la historia y separar a los sospechosos. Tal vez lo que falla es la deducción de culpabilidad final: el elemento que explica todo aparece a último momento, sin estar a disposición del lector para deducir la historia por su cuenta. En ese sentido no es una novela-problema clásica. Pero más allá de ello, es una novela policial entretenida, un clásico menor de la narrativa policial argentina que bien merecería una reedición.

American Gods: the Tenth Anniversary Edition (2011)

Autor: Neil Gaiman

Edita: William Morrow, 2016

Shadow está saliendo de una condena en la cárcel cuando recibe la noticia que su mujer acaba de morir en un accidente de auto junto a su mejor amigo… más específicamente, en una situación comprometedora con su mejor amigo. Y en viaje al entierro se topa con Mr. Wednesday, un tipo misterioso que lo contrata como chofer y guardaespaldas. De ahí en más, Shadow se convierte en el testigo de un mundo oculto tras la realidad, uno donde antiguos dioses semi olvidados sobreviven en la realidad y nuevos dioses están dispuestos a destruirlos. Un mundo donde una guerra mítica se avecina. Y donde hay la prestidigitación y la estafa tiene un papel primordial.

De entrada uno lo tiene en buena a Neil Gaiman. Es un tipo al que le sale muy bien hacer una cruza de lo mitológico y fantástico con lo cotidiano. Lo demostró con Sandman, lo demostró con Coraline, lo demostró con Neverwhere y lo demuestra aquí. A veces los momentos más fascinantes de este libro son esas pequeñas viñetas donde cuentan como los dioses han llegado a Yanquilandia. El autor no deja pasar de construir personajes fascinantes en todo momento, que convierte a la novela en una road movie demencial (¿hay acaso un género más americano que la road movie, aparte del western?) y que oculta su principal defecto, una tendencia a derrapar en términos de estructura narrativa a mitad de camino, que en manos de otro escritor podía convertir a este larguísimo libro (750 páginas en la edición de bolsillo) en algo infumable.

Lo que no puedo decir con seguridad es si el libro es así excesivo por ser la edición décimo aniversario, una edición a la que Gaiman le reconoce en el prólogo haber agregado escenas descartadas en la edición original. A lo mejor la primera edición era menos apabullante en su desarrollo.

Igual fuera de ello, esta novela es una gran lectura para todos aquellos a los que les guste esa cruza de realismo y fantasía que el autor maneja tan bien. Desde ya recomendado para todos aquellos a los que el guste la fantasía.

Sobra un cadáver (Sentence Deferred, 1939)

Autor: August Derleth

Colección: Biblioteca Oro N° 334

Edita. Molino Argneitna, Buenos Aires, 1949

El banco del pueblo de Sac Prairie quiebra y deja en bancarrota a buena parte del pueblo. Dos personas ven rojo y van a matar al dueño del banco. Y hay un incendio de la casa, que nos deja ocn un cadáver chamuscado, dos posibles culpables del asesinato que no se hacen cargo de haber quemado la casa, aunque si de querer matar al tipo. Y un tranquilo abogado de provincias, el juez Peck, que está listo para descubrir quién es el asesino… y de quién.

Cuando los aficionados piensan en August Derleth, lo hacen generalmente pensando en su papel de albacea literario y continuador de la obra de H.P. Lovercraft y divulgador de los Mitos de Cthulhu. A lo mejor, en menor medida, lo relacionan con Solar Pons, el evidente pastiche de Sherlock Holmes que creó. Pero Derleth era un escirtor prolífico que hizo mucho mas durante su carrera. Su carrera como escritor regionalista (del estado norteamericano de Wisconsin) le ha valido reconocimiento en la zona. La mítica ciudad de Sac Prairie funciono de fondo para muchos de sus relatos… incluso algunos de corte policial como este, protagonizado por otro de sus personajes, el Juez Peck.

Curioso para ver qué tal era Derleth sin el bagaje comparativo de la obra de Lovercraft o Conan Doyle, le entré a esta novela. Y me encontré con un misterio policial clásico muy sólido y bien llevado, con todas las pistas expuestas en las páginas para que el lector pueda intentar descubrir al culpable antes que el autor. Digamos en favor de Derleth que poco antes del final el lector recién puede hacerse una idea de quién es realmente el culpable. Muy entretenido, muy bien escrito. Claramente Derleth merece ser recordado más que por sus pastiches cthulianos.

Cuatro para la morgue (The fatal foursome/About face, 1947)

Autor: Frank Kane

Colección: Nueva linterna n° 24

Edita: Malinca, Buenos Aires, 1959

Johnny Liddell, investigador privado trabajando para una agencia de detectives, está en Los Angeles. Su objetivo: encontrar sin que la prensa se entere a una joven estrella de Hollywood desaparecida. Pero, antes que lo encuentre, el tipo aparece muerto en un accidente de auto, que lo deja convertido en un cadáver quemado hasta la irreconocibilidad. Todo eso implicaría el fin del caso… hasta que tres muertes de implicados con el actor ponen las cosas mucho más complejas de lo que parecen y nos llevan a un giro bastante inesperado, donde las cosas que uno esperaba que fuera no lo son.

Esta es la primera novela de las muchas que protagonizara con los años Liddell, el personaje con el que más se identifica en los círculos de conocidos a Frank Kane. Liddel está cortado en el molde clásico del detective de serie negra: es como un Phillip Marlowe de la B. No es que sea un mal personaje, simplemente que no tiene muchas más diferencias con esos detectives. Y la novela es una obra sólida y bien entretenida, con una periodista femenina que nunca es tratada condescendientemente ni es rebajada a interés amoroso, sino que es un personaje con peso en si misma y un forense relajado y con cierto sentido del humor negro.

La trama es sólida, con varias vueltas bien llevadas y un final que va hacia un final medio inesperado de manera bien llevada. Un buen ejemplo de narrativa de género sin pretensiones pero bien hecha. O sea otra buena hamburguesa literaria, de esas que hacen que tenga un buen rato leyéndola, sin sufrirla.

Buscaremos más novelas de Kane. Parece un autor a repasar.

Siguiendo a los sajones, vikingos y normandos

Northumbria, el último reino (The Last Kingdom, 2004).

Svein, el del caballo blanco (The Pale Horseman, 2005).

Los señores del norte (The Lords of the North, 2006).

La canción de la espada (Sword Song, 2007).

La tierra en llamas (The Burning Land, 2009)

Autor: Bernard Cornwell

Edita: Edhasa

 

Me habían recomendado mucho esta serie de novelas, vendiéndomela como el equivalente en novela histórica de la Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin. Saber que la BBC la estaba adaptando para televisión también era un punto a favor, teniendo en cuenta le buen gusto que habitualmente tiene la BBC con lo que produce, con lo que me aseguraba que no podía ser un desastre el producto original. Así que me embarqué en la lectura de esta saga escrita por Bernard Cornwell. Normalmente habría comentado tomo a tomo las incidencias de la lectura pero ocurrió algo que no me pasa tan seguido (échenla la culpa al síndrome del lector veterano), que es leer una novela de un tirón y querer leer enseguida la que viene.

Sí, así de bien escribe Cornwell. Es de esa prosa pegadiza, que no soltás aunque tengas cosas más importantes que hacer en la vida, absorbente como body snatcher suelto en pueblito americano, devorador del seso como zombie de Romero. Lo que los gringos describen como un Page Turner. De hecho, en ese sentido le gana por robo a Martin: mientras le creador de Juego de tronos a veces (sobre todo en los últimos tonos) parece querer perderse en el gigantesco mundo que explora, Cornwell nunca deja que el ritmo decaiga. Las descripciones justas, personajes secundarios que no se toman el control de la historia por 30 páginas para desesperación del lector, explicaciones de lugares y costumbres no alargadas más de lo necesario. Ahí Cornwell gana por goleada.

Ahora ¿de dónde sale la comparación entre ambas historias? Bueno, hay varios elementos similares en ambas. En primer lugar la ambientación no es tan diferente: ambos mundos son lugares hostiles para la gente, donde la muerte violenta parece dispuesta a caer en un instante sobre las personas y la guerra está desatada y no es nada bonita ni para los que la hacen ni para los que la padecen. También en la cantidad de personajes secundarios definidos y con motivaciones para hacer cosas. No hay un bando bueno ni uno malo: todos tienen sus posiciones justificadas en algún momento (que no necesariamente que las aceptemos como lectores).

La historia se ambienta en la Inglaterra sajona que recibe como un vendaval las incursiones de los vikingos escandinavos, dispuestos a conquistar la isla. Allí nos encontramos con Uthred de Babbenburg, el hijo de un señor del norte sajón (del reino de Northumbria) que, por caprichos del destino, termina en manos de los conquistadores y crece en sus costumbres, viviendo como uno de ellos. Pero su destino lo llevará a quedar indisolublemente unido al del rey de Wessex, Alfredo el Grande. Alfredo es un chupacirios de cuidado, con alma de burócrata y siempre listo a escuchar a los sacerdotes en todas decisiones (algo que le cae particularmente mal al pagano, deslenguado y mercurial Uthred). Pero también es un líder astuto, calculador y hasta maquiavélico, que sabe conocer la valía de los hombres y la manera de que sus resortes salten para que lo ayuden en su objetivo final: la construcción de un único reino inglés en la isla. Y en eso Uthred (que se va revelando como un guerrero muy inteligente, capaz de inventar los planes más ingeniosos y vencer en situaciones desesperadas) queda siempre atrapado en la maraña por el rey. Un rey al que más de una vez ha querido abandonar y hasta enfrentar, porque Uthred se siente mucho más cómodo con los daneses paganos que con los ingleses cristianos. Pero al que los juramentos de lealtad (y si hay algo que siempre hace Uthred es respetar esos juramentos a toda costa) lo tienen todavía ahí, bajo el servicio de Alfredo.

Otro gran detalle son la vivida descripción de las batallas de Cornwell hace. Debe haber investigado mucho sobre esa faceta del periodo porque las construye muy vivamente, con información clara, todo eso sin dejar de hacer una narración que transmite además la excitación, el miedo y la salvajada que eran esas peleas.

No quiero contar mucho que pasa exactamente en cada novela, pero solo quiero decir que las recomiendo plenamente. Ya van cinco y espero seguir con las que falten. Valen mucho la pena

Las primeras aventuras del Pirata Negro.

Pirata-Negro

Es siempre motivo de felicidad regresar a lugares gratos y, ahora que una cercana relectura me ha refrescado sus argumentos, aprovecho para redactar estas líneas como invitación al descubrimiento de El Pirata Negro, la serie más longeva de uno de los tres mosqueteros de la novela popular española de posguerra: Pedro Víctor Debrigode.

Debrigode fue un autor nacido en Barcelona en 1914, de padres franceses. Participó en nuestro último conflicto civil desde el lado franquista por la sencilla razón de encontrarse en Canarias, zona nacional, al estallar la guerra y ser reclutado. No fue en modo alguno un soldado modélico; en realidad sería todo lo contrario, pues acabó por dos veces en penales militares, una bajo sospecha de facilitar información al enemigo y otra por apropiarse de dinero del ejército e intentar desertar. Lo más sorprendente es que no acabara ante un pelotón de fusilamiento siendo días tan crueles, y eso puede darnos un indicio de su labia, encanto natural y poder de persuasión, capaz de vender congeladores a los esquimales.

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Su colega escritor y empleado en Bruguera, Francisco González Ledesma (Silver Kane) afirmó que Debrigode solía narrar su fuga de la cárcel gracias a la ayuda de una mujer y a unas sábanas anudadas… Esas anécdotas debemos contemplarlas con escepticismo, dado que Debrigode era un fabulador chistoso a quien no conviene creer con fe ciega. Lo cierto es que estando en la cárcel empezó a escribir sus primeras novelas, de géneros policíaco y romántico, que le publicó a partir de 1943 la madrileña Ediciones Marisal.

Debrigode sale de prisión en octubre de 1945 y empieza su vinculación con la Editorial Bruguera, emplazada en su ciudad natal. Allí recibiría mayoritariamente cobijo a su producción literaria hasta los años 70.

Bruguera había nacido como editorial en 1910 con el nombre de El Gato Negro y durante el periodo de la guerra había visto sus talleres nacionalizados por la Generalitat. Llegado el conflicto a su fin, se renovó cambiando su nombre por el de la familia fundadora y propietaria: Bruguera. La editorial se enfocó desde el principio a las publicaciones más comerciales, en forma de revistas ilustradas para niños y folletines sensacionalistas; pero, ante el éxito en el campo de la novela popular que estaban teniendo Molino y Clíper, en 1944 Bruguera decidió participar en ese mercado recuperando, con estética remozada, algún folletín previo a la guerra, como la anónima Tabú, vengador de esclavos, y encargando nuevos seriales a uno de sus primeros autores habituales, Fidel Prado. Escribiría para ellos El dragón de fuego y La secta de la muerte, ambientados en el exótico Oriente.

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Eran los días en los que José Mallorquí vendía más de cien mil ejemplares de las novelas de El Coyote. Bruguera quería algo semejante, una serie narrativa protagonizada por un personaje fijo. No sabemos si fueron los editores quienes propusieron el tema o si la idea nació del propio Pedro Víctor Debrigode; sea como sea, el género escogido, pura aventura de capa y espada, se alejó por completo de sus competidores, que solían centrar sus preferencias en las novelas policíacas y del Oeste.

El Pirata negro apareció a la venta en marzo de 1946, con la firma de Arnaldo Visconti en la cubierta. El seudónimo italianizante, seguramente reclamo y homenaje a Rafael Sabatini y Emilio Salgari, muy populares entre los lectores de aquel entonces, lo utilizaría Debrigode en el primer periodo de su carrera para todas sus novelas de época, como El Halcón, Diego Montes, El Aguilucho o El Galante Aventurero, mientras empleaba su nombre verdadero en novelas de acción contemporánea, como Audax o El Capitán Pantera. Más tarde, en los años cincuenta, inauguraría el seudónimo de Peter Debry, que le acompañará durante décadas en novelas policíacas, de ciencia ficción y westerns.

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Como vemos desde el primer momento en las ilustraciones de Provensal, el protagonista de El Pirata Negro, Carlos Lezama, debe mucho en su apariencia física a Douglas Fairbanks. El actor norteamericano había protagonizado una película titulada, precisamente, The Black Pirate, cinta muda pero con fotografía pionera en color, que debía mucho en su dirección artística a las maravillosas ilustraciones sobre piratas de Howard Pyle. El propio Debrigode lo describe con un aspecto semejante en el mismo texto: fino bigote curvado, arete en el lóbulo de la oreja, pañuelo rojo en la cabeza, botas mosqueteras y todo él vestido de negro… También su carácter, atrevido y juguetón, debe mucho al personaje que Fairbanks gustaba de encarnar en la pantalla.

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La primera novela, La espada justiciera, es un prologo alejado aún de la variedad de aventuras que habrán de publicarse en el futuro, una obra de presentación de personajes, bastante convencional en su argumento, aunque también revela muchas de sus virtudes. Tenemos, de partida, a la típica joven dama, hija del virrey de Panamá, que regresa a la colonia después de haberse educado en España. Para su sorpresa, encontrará a la población en una situación miserable y a su padre abúlico e incompetente, con su personalidad abotargada, el ánimo vacilante, preso por completo en la influencia de su segundo al mando, un mercenario portugués, y sojuzgado por los encantos carnales y los bebedizos de una hechicera nativa que vive en los pantanos. La muchacha, quien ha oído hablar de las actividades en la región de un caballeroso corsario siempre dispuesto a prestar su acero a las víctimas de la injusticia, hará llegar al Pirata Negro un mensaje rogando su auxilio. Lezama se enfrentará al portugués y a la sensual hechicera, restaurará el orden y propiciara que la joven encuentre el amor en brazos de un apuesto y leal oficial de la guardia.

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En esta novela, Debrigode nos lleva con su héroe ya en activo y célebre en el Caribe. Deberemos esperar algunos años para que nos cuente con detalle su origen, bastardo de sangre noble criado por una mulata, y sus correrías inaugurales en La primera aventura, aparecida en 1952 dentro de la Colección Iris, cuando ya la serie se había cancelado. La espada justiciera es una novela que juega a introducir rápidamente al lector, mediante la acción y la peripecia, en el escenario y la época, al tiempo que nos describe los rasgos fundamentales de su protagonista y presenta algunos personajes secundarios que desempeñarán papeles importantes en las tramas futuras, como el negro sordomudo Tichli, el angelical Juanón o el feo pirata de rostro maltrecho Cien Chirlos, avanzadilla de un amplio reparto.

Debrigode se nos revela como un narrador ágil y colorido, culto, bien documentado, que no menosprecia a sus lectores por consumir literatura de evasión, pues redacta con una asombrosa riqueza de vocabulario. Se maneja perfectamente tanto en la descripción, sin los esquematismos tan propios de otros autores populares, como en los diálogos, rápidos e ingeniosos, con bastante humor, sobre todo en labios de Carlos Lezama.

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Con la segunda entrega, La bella corsaria, ya tenemos la prueba de que las aventuras del Pirata Negro no se limitarían a las aguas del Caribe, algo que podría haberse convertido en monótono, si tenemos en cuenta que se escribirían ochenta y nueve novelas sobre el personaje. Sus correrías tienen lugar por todo el ancho mundo, desde el Golfo de México a las ciudades europeas, como París, Venecia o Sevilla, por el Mediterráneo y los desiertos del norte de África, en la jungla y en el pintoresco Oriente Medio… En esta ocasión seguiremos a Carlos Lezama hasta Francia, donde pretende obtener información sobre el derrotero y la fecha de partida del barco fletado por el rey galo para llevar oro con el que mantener sus colonias americanas. En París hará amistades y enemigos, entablará duelo con un peligroso espadachín y, lo que es más importante, quedará atrapado en las redes del amor. El objeto de su pasión será Jacqueline de Brest, que le corresponde en sus sentimientos. Sin embargo, en un gesto de gallardía, Lezama juzga que un fuera de la ley, un pirata, no puede aspirar al corazón de Jacqueline, y marcha de Francia rechazando su atracción e interiormente destrozado.

En la segunda mitad de la novela vemos al Pirata Negro conseguir la captura del oro francés, en el Caribe, y liberar Haití de un aventurero holandés que ha sojuzgado a su población con el poder de las armas —en sintonía con el nacionalismo imperante en la dictadura fascista, las novelas de El Pirata Negro, aunque transcurran en la América hispana, suelen tener como principales villanos a extranjeros, no a españoles—. Además de estas peripecias, Carlos Lezama vivirá un encuentro donde se nos advierte que el carácter burlón del Pirata Negro tiene mucho de disfraz, de coraza, que su corazón también sangra y que en las siguientes crónicas de su vida también tendremos un componente de tragedia. Porque Lezama se enfrenta, en esta novela, a una mujer pirata que auxilia al dictador de Haití, La Corsaria Bretona. Cuando contemple su rostro por primera vez por el catalejo, apunto sus naves de trabarse en combate mortal, descubrirá que la misteriosa corsaria es nada menos que Jacqueline de Brest, la mujer a quien ama desesperadamente… Un primer indicio de las tramas, en ocasiones muy melodramáticas, que habrá de contarnos Debrigode en los siguientes títulos de la serie.

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La edición original de El Pirata Negro, con su encanto formal propio de las publicaciones pulp, no es fácil de conseguir hoy en día, salvo armándose de paciencia y con una gran dosis de suerte, pues han transcurrido setenta años desde su aparición. Darkland Editorial, en 2015, publicó un volumen con sus cuatro primeras novelas, sustituyendo las ilustraciones originales por otras nuevas de Joan Mundet. Si estas palabras mías han servido para despertar algún interés, tal vez aún tengan tiempo de conseguir un ejemplar.

Deedee (1969)

Autor: “Alison Lord” (seudónimo de Julie Ellis)

Colección: Jaguar n°66

Edita: Diana, México, 1970

Deedee tiene 18 años recién cumplidos, un departamento recién alquilado en la Sunset Strip de Los Angeles de finales de los años sesenta, un novio contracultural que no quiere ir a Vietnam y un gusto por los Doors. Pero tiene una segunda vida, como hija de una superestrella de Hollywood que sucesivamente la consiente y la ignora y que últimamente se ha enrollado en Las Vegas con un tipo que aparentemente es un mafioso… y que la mira como un lobo a una oveja tierna. Y que, en un punto la tienta…

Pero tranquilos, porque, la verdad, el triángulo madre/hija/amante que amenaza ocurrir (y que la contraportada vende prometiendo algo muy hot, como pueden leer)…

…se queda en nada y solo una escena final (que deriva en un momento criminal) amaga a ir por ahí. Pero a cambio de eso hay varias escenas de sexo (no descritas pero insinuadas) en la que actúa más que nada la madre antes que la chica protagonista. Parece que las superestrellas decadentes del cine tienen sexo más glamoroso que las jovencitas hippies.

Igual, lo más entretenido del libro para un lector hoy día es leer el vocabulario “joven” de esos años. Sobre tod teniendo en cuenta la traducción mexicana, que lo convierte (al menos para mis ojos) en un documento entre sociológico e hilarante. Ponte en onda, fresa, y salgamos de la covacha para chequear la escena. ¿Me explico?

Tras el seudónimo se escondía una primeriza Julie Ellis, quien años después sería una prolífica autora de paperbacks románticos e históricos. Y pese a hacer sus primeras armas como novelista es clara y coherente en su estilo. Una productora eficiente de basura softcore de la época. Dentro de ese subgénero, no es lo peor que a uno le puede tocar…

3 libros de no ficción sobre cultura pop 3

En el blog no se nota, pero leo mucho libros de no ficción. De hecho últimamente la historia se ha ganado a pulso mi tiempo lector en cantidades. Como me parece que esas lecturas normalmente no acompañan a lo que pretendo hacer con el blog, quedan sin reseñar.

Pero por una coincidencia astral esta vez, en rápida sucesión llegaron a mis manos tres libros que encajan perfectamente con el concepto de “arqueología pop”. Los tres cruzan la historia con la cultura de masas de maneras excelentes, dando pistas para entender cómo evoluciona ese complejo rompecabezas que es la cultura pop. Así que, como mínimo, corresponde hablar de ellos.

En primer lugar tenemos Arte salvaje: una biografía de Jim Thompson (Savage art, 1995) de Robert Polito, editado por la editorial española Es Pop en el 2014. Quien alguna vez se haya acercado a las novelas criminales de Jim Thompson (incluso las mediocres, como la que reseñe en el antiguo blog) se queda atrapado por su prosa cruel y demoledora. La biografía de Polito es el retrato de este hombre, alcohólico, antiguo vagabundo en la Depresión, trabajador manual en condiciones paupérrimas en la Depresión, afiliado al Partido Comunista de Estados Unidos, con una conflictiva relación con su padre, carismático sheriff de un Oeste apenas menos Salvaje y que volcó todo esas experiencias en una sucesión de novelas entre las décadas de 1950 y 1960 que son un muestrario de grandes perdedores, psicópatas y criminales de baja estofa que pueblan un Estados Unidos muy diferente del que el gobierno de Eisenhower y Kennedy vendían. Thompson (como los comics de la EC, como los dobles programas de ciencia ficción de mostros de esos años) nos muestran el lado B del Sueño Americano, cuando éste se convierte en pesadilla. Y lo sostiene con una narrativa fascinante de este tipo que parece haber sacado boleto de Pasajero frecuente al Infierno. Y una edición muy cuidada, de tapa dura que es hermosa de tener.

Siguiendo con Es Pop tenemos Hollywood Gótico (Hollywood Gothic, 1990) el ensayo en donde David Skal cuenta el desarrollo de Drácula desde la novela hasta la primera adaptación cinematográfica, pasando por el teatro. El resultado es un complejo y cambiante fresco que explica con pelos y señales todos los problemas que se fueron dando con las diferentes adaptaciones. Mención especial a los capítulos sobre el juicio por el Nosferatu de Murnau (con la viuda de Stoker literalmente saltando a la yugular a los productores alemanes de una manera feroz) y el de la versión en español del Dracula de la Universal (versión que Skal – que se tomó en su momento el trabajo de ir a la Cuba de Fidel para ver la única copia completa conocida en esos años y que se convirtió en clave para la restauración final del filme- considera –y yo concuerdo con él- muy superior a la versión de Tod Browning y Bela Lugosi). Cualquier buen aficionado a los vampiros o al cine fantástico debería leer este libro.

Finalmente tenemos La editorial Acme de Carlos Abraham que hace poco sacó la editorial argentina Tren en movimiento. Para el que no sepa, Acme fue la editorial detrás de la Colección Robin Hood, esos libros de tapas amarillas que alimentaron las infancias de los chicos que hoy tienen entre 35 y 55 años en Argentina y América Latina (y que aparecen con frecuencia en las reseñas de este blog). Una verdadera editorial de literatura de masas, sus colecciones (no solo la Robin Hood sino también Rastros, Suplemento de Rastros, Pistas del espacio, etc.) fueron parte de la cultura lectora argentina durante la segunda mitad del siglo XX. Y Abraham hace lo que raras veces se hace en los estudios de historia cultural: un trabajo de campo rigurosísimo, pleno de entrevistas inéditas, investigación en revistas y libros y catalogación de material de la editorial. Realmente cualquier estudiante de Ciencias de la Comunicación y/o Literatura tiene que leer este libro para ver cómo es de verdad un trabajo sobre la industria cultural. Y más de un académico universitario debería llamarse a silencio tras ver la sonora cachetada que el trabajo de Abraham le da sus manidas gilipolleces cuando hablan de literatura. Yo ya había reseñado sus libros anteriores sobre la editorial Tor y las revistas de ciencia ficción argentinas, pero esta vez se superó. Un aplauso por Carlos que demuestra todo el jugo que la arqueología literaria bien hecha puede dar.

La última jugada de Jack Hamlin (¿1943?)

Autor: José Mallorquí

Colección: Hombres del Oeste nro. 115

Edita: Cliper, Barcelona, ¿?

Jack Hamlin es un personaje del escritor americano Bret Harte, prototipo del jugador elegante dedicado a esquilmar gente en los pueblos del Far West. Si bien no hay un Hamlin real, Harte se basó en varios personajes que efectivamente pululaban por el oeste real para componer al personaje. Lo curioso es que aquí José Mallorquí decida usar el personaje para su novela. ¿Era exitoso el personaje en esos años? ¿Mallorquí quiso hacer su propia fanfic? ¿Qué motivo hace que use al personaje y no se invente uno con un nombre real? Misterios que quedaran posiblemente sin resolver…

La historia, de hecho tiene que ver mas con la compañera de Hamlin, Louise Perry (a) “Serena Lovat”, pobre niña abandonada devenida primero en mujer de vida fácil, después en mano derecha y cuidadora de una dura estanciera y luego heredera del rancho al que están robándole el ganado de manera frecuente. Y de su relación con el hijo de la estanciera, un hijo extrañado, con un pasado igual de turbio.

Y aquí es donde hallamos uno de esos giros que hacen a José Mallorquí EL ESCRITOR SUPREMO DE LA NOVELA POPULAR que todos respetamos. Lo esperable sería que le hijo de la estanciera fuera un tipo cobarde, despreciable y traidor, dispuesto de maneras taimadas a sacarle el rancho a la joven. O volverlo un héroe intachable pero con tanta mala fama como rectitud encomiable. Y no hace eso. El personaje cambia, de manera creíble y sin negar sus errores. Que lo logre mientras suceden tres conflictos paralelos (con los cuatreros, con los ex compañeros de rumbo del hijo del ranchero y con Hamlin, que vuelve a reconquistar a su ex amor) en un formato tan breve como el de la novela de bolsillo y logre salir airoso, demuestra el excelente hacer de Mallorquí.

Imperdible este western para todos los aficionados a la novela popular y al western. Nada que hacer: Mallorquí la tenía muy clara.