¿De dónde te tengo? – Hoy: Lupita Tovar

Estamos en 1931. Llega a Buenos Aires una nueva película que viene de los estudios Universal y que causa sensación, Drácula. Asombrados, los espectadores porteños del cine Renacimiento (situado en Lavalle 925) siguen a ese seductor Conde vampiro que anda mordiendo señoritas a troche y moche. Su víctima principal es Eva, la novia de Juan Harker. Si, leyeron bien, la chica se llama Eva, no Mina. Porque el film que llegó primero acá fue la versión en español que se hizo en Estados Unidos, al mismo tiempo que se realizaba la protagonizada por Bela Lugosi. Y la chica que hacía el papel de Mina era una jovencita mexicana llamada Lupita Tovar.

Tovar nació en Oaxaca, México en 1911. Nunca pensó en dedicarse a la actuación hasta que, siendo adolescente, el cineasta Robert Flaherty la vio haciendo gimnasia en su colegio. Flaherty le hizo un test que llevó a los estudios Fox, y a las pocas semanas la empresa volvió con un contrato para Tovar. Pese a la resistencia inicial de los padres, la chica finalmente viajó a Hollywood junto a su abuela. Alli comenzó a trabajar en algunas películas mudas de la Fox. Mientras, aprendía a bailar con Eduardo Cansino, padre de Rita Hayworth, quien trató a Lupita como a su propia hija.

En esa época apareció el cine sonoro. Se presentó entonces un problema: muchos actores no angloparlantes (como Lupita) perdieron su trabajo de un día para otro. Luego de recibir el aviso de que no le renovarían el contrato, Tovar se dirigió a los estudios Universal con una carta de recomendación de sus antiguos empleadores. El productor que la atendió era un checoslovaco llamado Paul Kohner, joven, ambicioso y trabajador. Kohner había tenido bastante que ver con el ingreso del director Paul Leni a ese estudio. Leni había logrado en poco tiempo dos éxitos: El Hombre Que Ríe (The Man Who Laughs, 1927) y El Gato y el Canario (The Cat and the Canaty,1927). Kohner enseguida vio algo en Tovar, y no creemos que fueran sólo sus habilidades artísticas. De más está decir que Lupita consiguió trabajo, y conoció así a su futuro marido, porque Paul Kohner se casaría años más tarde con ella. El matrimonio duraría hasta la muerte del productor en 1988.

Kohner era quien producía las versiones en otros idiomas de las pelis que hacía el estudio. Esta fue una práctica común en Hollywood a principios del cine sonoro, cuando el procedimiento del doblaje no era muy conocido. Así fue como Lupita terminaría protagonizando la versión castellana de The Cat Creeps (1930) dirigida por Rupert Julian, a la que titularon La Venganza del Muerto. Este papel la convirtió en una estrella en su país natal. Su próximo proyecto sería la versión española del Drácula, realizada por Tod Browning.

El Drácula español fue dirigido por George Melford quien, pese a no hablar una palabra de castellano, se ganó rápidamente el respeto de sus actores. La película se hacía en los mismos escenarios de la versión en inglés, filmando de noche. “El equipo norteamericano se iba a las seis y nosotros ya estábamos preparados. Empezábamos a rodar a las ocho de la noche. A la medianoche parábamos para cenar”, recuerda la actriz. La relación entre los actores era muy buena, lo mismo que con la del elenco del film en inglés. Tovar asegura que Lugosi en particular “era terriblemente educado. Acostumbraba a verlo los fines de semana. Todos los europeos se juntaban para tomar café con masas y charlar, Paul Kohner era parte de ese grupo y como me estaba cortejando en esa época, cada vez que lo invitaban, me llevaba con é1”.

Este cortejo del productor hacia la actriz era obvio para todo el mundo. Los regalos, ya fueran flores o chocolates, eran tan continuos que Barry Norton, el actor argentino que hacía de Juan Harker en el film, le dijo bromeando “si seguis comiendo los chocolates de Kohner Dracula no podrá cargarte por las escaleras”.

La película se terminó a tiempo y gastando menos de lo presupuestado originalmente. Incluso se estrenó antes que la versión en inglés. Fue tan exitosa en Hispanoamérica como la de Lugosi en Estados Unidos, y Lupita Tovar quedó confirmada como una estrella de la pantalla mexicana. Durante toda la década siguiente, alternaría trabajos en films de su país de origen (entre ellos el protagónico del primer largometraje sonoro de México, Santa, en el año 1931) y norteamericanos. De estos últimos, siguió haciendo versiones en español hasta que el avance de la tecnología hiciera obsoleta la existencia de estas películas. Tovar continuaría, por un tiempo, interpretando papeles secundarios, generalmente en westerns. Pero en 1945, luego de casarse con Kohner, dejaría de actuar para convertirse en ama de casa y esposa de uno de los representantes de estrellas (ese fue su trabajo después de retirarse de la Universal) más importante del Hollywood de la edad de oro. “Una vez que renuncié a actuar sólo viví para mi marido y nunca pensé en volver”, reconoció Lupita en una entrevista.

Fallecería recién el 12 de noviembre del 2016 (con 106 años) rescatada para la posteridad gracias a su papel en el Drácula español. Ya no tenemos que preguntarnos, al verse atacada por nuestro vampiro favorito en la versión latina “¿De dónde te tengo?”

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Hellhound on my trail (2017)

Autores: Juan Bertazzi (guión) y Hernan Gonzalez (dibujo)

Edita: Buen Gusto, Córdoba, 2017

Si hay un personaje misterioso en la historia del blues es Robert Johnson. Salido de la nada, sus pocas grabaciones (29 en total) lo convirtieron en un músico que influencio a varias generaciones de bluseros y sus derivados rockeros. Además, la leyenda que corre que su éxito se debió a vender su alma al diablo a cambio de tocar el blues y la escasez de sus datos fehacientes sobre su historia han fascinado a muchas personas en el tiempo. Incluyendo a estos autores, que se despachan con una novela gráfica donde juegan con todos estos elementos para dar una versión mitad realista, mitad fantástica de ese pacto final.

Y es una historia con el ritmo justo, el tono justo, el clima justo: Bertazzi construye una historia apremiante, donde Johnsson está a un paso de terminar el contrato y se haya asfixiado, sintiendo que hay un escape inevitable, con un “sabueso infernal en su sendero” (como se titula uno de los blues que Johnson dejó grabado) listo para atraparlo. Y ese ritmo asfixiante se potencia por el expresionismo gráfico que Hernan Gonzalez le pone a las viñetas. Gonzalez me recuerda al Paul Pope de los inicios (elogio poderoso en mi libreta critica) con toques de José Muñoz por ahí .

Tal vez el peor problema es que la historieta se lea rápido. Porque realmente hay que seguir leyendo trabajos de ambos. Gran novela gráfica que debería llegar a la mayor cantidad de gente posible.

Explorando maravillas: la novela fantástica en España durante la primera mitad del siglo XX.

Aun dejando de lado los evidentes corsés de la represión política y la escasez de medios para una subsistencia digna, en los años que siguieron a la Guerra Civil española el día a día de un aficionado a la literatura fantástica era bastante triste. Mientras más allá del Atlántico se contaba, desde la feliz década de los veinte, con publicaciones especializadas en narrativa fantástica —la revista Weird Tales publicó su primer número en marzo de 1923 y Amazing Stories en abril de 1926—, en nuestro país no había nada semejante. Al lector ni le quedaba el consuelo de escapar de la sórdida realidad de esa España «una, grande y libre» hacia espacios infinitos forjados en letra impresa.

Es cierto que el género de la ciencia ficción ha estado presente en nuestra literatura desde muy atrás, como ha demostrado Nil Santiáñez-Tió en su libro De la Luna a Mecanópolis. Antología de la ciencia ficción española (1832-1913); pero no lo es menos que las obras de anticipación, en las letras hispanas, sólo han sido salvas al aire de unos pocos francotiradores, en modo alguno una corriente ininterrumpida y prestigiosa. De hecho, si retrocedemos un poco y nos situamos en los años veinte y treinta, cuando en otras tierras el género ya había desplegado todo su abanico temático y producido un buen plantel de autores, dentro de nuestras fronteras el número de escritores que podemos definir como «especializados» se reducía sólo a dos, aungue abundan, en cambio, los autores de una o dos obras en el género, como Domingo Cirici Ventalló, Roque de Santillana o M. R. Blanco Belmonte: los anticuados coronel Ignotus y capitán Sirius, con un tipo de narrativa que se remonta a la que practicara Jules Verne.

Bajo el nombre del coronel Ignotus trabajaba José de Elola (1859-¿1935?), militar de carrera, topógrafo y profesor de futuros oficiales. Dejando de lado sus ensayos técnicos y alguna que otra obra de teatro, en el terreno que nos interesa su carrera como escritor se inició con una novela paródica de 1915 titulada El fin de la guerra. Disparate profético soñado por Mister Grey, donde da rienda suelta a su germanofilia e imagina un desenlace alternativo a la I Guerra Mundial con victoria alemana, gracias, sobre todo, a los prodigios científicos de un sabio alemán. Esta obra sólo era una más de las muchas «fantasías políticas» que se publicaron al socaire del conflicto internacional y si Elola ha alcanzado un puesto de honor en la historia de la ciencia ficción española es por sus novelas posteriores, reunidas bajo el título común de «Biblioteca novelesco-científica».

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La colección arrancó con la trilogía Viajes planetarios al siglo XXII, crónica del viaje a Venus de un grupo de científicos liderados por la sevillana María Pepa, inventora de la nave que les desplaza, nada menos que un planetoide hueco llamado «orbimotor» y que Elola se complace en describirnos con todo lujo de detalles hasta en sus acotaciones más precisas. La expedición se ve amenazada por las disensiones, que les arrastran incluso al motín, y apunto está de concluir catastróficamente zambulléndose en el mismo sol. Mari Pepa lo evita gracias a su habilidad y reconduce la nave hacia Venus, donde se dará solución a los conflictos planteados por la trama antes del regreso victorioso a nuestro planeta. La novela obtuvo suficiente éxito como para que las andanzas de nuestra María Pepa merecieran prolongarse y a la comentada trilogía le siguió una nueva obra en dos volúmenes, La desterrada de la Tierra, con más detalles sobre Venus y la civilización que lo habitaba, apenas esbozada anteriormente, y un Segundo viaje planetario —otra trilogía—, con la misión de rescate de un personaje desaparecido y dado por muerto en la primera obra.

Además, el nada perezoso José de Elola escribió otras novelas de anticipación científica ajenas a María Pepa, como El amor en el siglo cien, La mayor conquista o Tierras resucitadas, siempre voluminosas y con ideas que oscilan entre lo profético —el aprovechamiento del sol ante el agotamiento del petróleo y el carbón— y lo estrafalario —la posibilidad de acumular la energía producida por la excitación erótica—. Como se ve, el Coronel Ignotus destacó sobre todo por su atrevimiento imaginativo, planteándonos odiseas espaciales en una época en la que esto no era tan corriente. En su contra hay que reconocer que su lectura resulta hoy poco cómoda, pues el desarrollo argumental se ve lastrado por un afán didáctico y una voluntad de exactitud científica que con demasiada frecuencia levanta barreras al correcto fluir de la historia. No se conocen las fechas precisas de publicación de sus Viajes planetarios…, pero el investigador Augusto Uribe, las sitúa entre 1916 y 1920, «más hacia el final de este lustro que hacia el principio».

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Mucho más moderno en estilo y ameno como narrador, aunque algo limitado en sus especulaciones, fue el segundo gran autor fantástico español de preguerra, Jesús de Aragón (1893-1973), también conocido como Capitán Sirius, creador de novelas de estirpe «juliovernesca» y agilidad digna del mejor Salgari. En Cuarenta mil kilómetros a bordo del aeroplano «Fantasma» y su continuación, De noche sobre la Ciudad Prohibida, de 1924, encontramos una aventura equiparable a la de Phileas Fogg, dar la vuelta al mundo para cumplir una apuesta, aunque en este caso siguiendo un meridiano —con la complicación que entraña sobrevolar los polos—, del mismo modo que nos recuerda a Robur el conquistador su novela El continente aéreo, sobre un dirigible de dimensiones colosales con toda una ciudad edificada sobre su lomo, o nos remite a la aventura submarina del capitán Nemo y el Nautilus Viaje al fondo del océano (1924), donde encontramos a un genio enloquecido gobernando una Atlántida perdida bajo el mar. Menos deudora del célebre novelista galo, aunque repite su esquema del inventor genial enfrentado al mundo, es Los piratas del aire (1929)—sobre un independentista hindú que construye una fortaleza en el Himalaya, desde donde dirige sus ataques contra la pérdida Albión—, pero sobre todo La ciudad sepultada (1929) —otra historia de civilizaciones perdidas— y Una extraña aventura de amor en la Luna (1929), única novela «espacial» del autor con viaje a nuestro satélite, habitado por diversos pueblos en guerra, monstruos tremendos y la oportuna y hermosa princesa selenita.

Jesús de Aragón fue un autor fértil que además de las citadas historias de aventura y fantasía escribió otras novelas igualmente trepidantes, como La sombra blanca de Casarás, Los caballeros de la montaña, El demonio del Cáucaso, Los cuatro mosqueteros del zar y Crepúsculo en la noche roja; sin embargo, como tantos escritores que no han visto suficientemente recompensados sus esfuerzos creativos, a mediados de los años treinta Aragón abandonó la ficción para redactar, en adelante, solo libros técnicos. Como anécdota complementaria, merece recordarse el hecho descubierto por Augusto Uribe de que fue Jesús de Aragón el verdadero responsable de completar, hasta alcanzar la extensión de novela, un clásico del fantástico español más delirante, La torre de los siete jorobados, de Emilio Carrere, partiendo de una obra corta de éste publicada previamente como Un crimen inverosímil.

Por fortuna, el aficionado al género fantástico no precisaba alimentarse sólo de autores españoles, pues en ese caso su dieta habría sido bastante magra. Estaban al alcance de la mano, claro está, las repetidas ediciones de autores como Edgar Allan Poe o Julio Verne, bien conocidos por nuestros lectores desde el siglo XIX, sin olvidarnos de románticos europeos como Hoffmann, Gautier, Nerval o Nodier, cuyo prestigio les permitía encontrar cobijo en colecciones generalistas. Entre los autores más modernos podía recurrir a la ciencia ficción alemana, de gran vitalidad e inventiva en la época de entreguerras, con títulos como Un disparo al infinito, de Otto Willy Gail, o El túnel, de Bernhard Kellermann; sin embargo, publicados con profusión, hasta alcanzar una parte significativa de su obra, los únicos nombres realmente populares fueron H. G. Wells y Edgar Rice Burroughs.

En la amplia difusión de la obra de Wells en España contó por igual su capacidad fascinadora como narrador y su adscripción a las ideas socialistas, que le convertirían en autor fetiche de algunas editoriales progresistas, como es el caso de la barcelonesa Toribio Taberner Editor, que dentro de su Colección Esmeralda publicó ya a principios de siglo lo más granado de la obra del novelista británico, incluso títulos imposibles de leer hoy en ediciones más modernas, desde sus magistrales La isla del doctor Moreau, Los primeros hombres en la Luna, El alimento de los dioses o El hombre invisible hasta Anticipaciones, La guerra en el aire, Cuando el dormido despierte o En los días del cometa, sin desdeñar obras realistas menores al estilo de Tono Bungay y El amor y el señor Lewisham. Además de ser un narrador al que el paso de las décadas no ha conseguido ajar en lo más mínimo la frescura de su estilo, sin ninguna duda Wells es uno de los nombres más imperecederos e influyentes en la historia de la ciencia ficción, y el verdadero creador —mucho más que Verne— de las constantes temáticas del género: invasión extraterrestre, viaje en el tiempo, manipulación genética, gigantismo, etc. Incluso sin disponer de otros libros que los suyos, nuestro hipotético lector del siglo pasado habría encontrado suficientes motivos de disfrute.

Gran parte de la ciencia ficción que se publicaba en aquel momento procedía directamente del siglo XIX o bien, aunque recién escrita, calcaba pesados moldes decimonónicos en su voluntad educativa o aleccionadora. Por comparación, Edgar Rice Burroughs debió tomarse como un soplo de aire fresco. Sin ningún otro objetivo más que ofrecer evasión y entretenimiento, sus novelas son como una inmensa atracción de feria llena de colorido, una montaña rusa pródiga en emociones fuertes. Sus defectos como narrador al que poco le importaba la consistencia lógica de su historia y que apenas se tomaba la molestia de documentarse mínimamente —es conocido por muchos que en la primera edición de Tarzán de los monos no se inmutó al plantar en plena selva africana a un tigre o que en el Marte de sus ficciones se nos describen muchos depredadores pero ningún otro animal que les sirva como alimento— apenas hacen palidecer la fuerza primordial de sus aventuras, llenas de estereotipos y héroes monolíticos, y quizá por eso mismo con la fuerza evocadora de los sueños o las leyendas.

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A rebufo de su personaje más famoso, Tarzán, las novelas de ciencia ficción de Burroughs empezaron a llegar a nuestro país en 1924, publicando Aguilar los cinco primeros títulos de su serie del planeta rojo protagonizada por el virginiano John Carter y la hermosa Dejah Thoris: Una princesa de Marte, Los dioses de Marte, El guerrero de Marte, Thuvia la virgen de Marte y El ajedrez vivo de Marte. El mismo editor las reeditaría en 1947 dentro de su colección Crisol, convirtiéndose en ejemplares tan apetecidos como inencontrables para el coleccionista actual. Su serie de Venus, más moderna, tendría su primera publicación española por entregas dentro de la revista Blanco y Negro, que recogió en 1935 las novelas Piratas de Venus y Perdidos en Venus. Mejor conocida y accesible es la edición preparada por José Janés Editor (después Plaza & Janés) en 1953, con dos títulos añadidos, Carson en Venus y Huyendo de Venus, reeditada ocho años después dentro de la colección Clíper. Como seguramente sabrán, este segundo ciclo contaba con Carson Napier como protagonista, un millonario aburrido que decide financiar un viaje espacial a Marte, aunque los negligentes cálculos de trayectoria acaban conduciéndole a un planeta muy diferente.

He dejado para el final citar otra edición de las novelas sobre John Carter, la ofrecida entre 1945 y 1950 por la madrileña Revista literaria de novelas de cuentos, y eso es porque tal publicación merece comentario más extenso. La Revista literaria… fue una de las más longevas de aquellas colecciones semanales que proliferaron a partir de los años veinte y que recogían obras de ficción en muchas modalidades: novelas de variada extensión, textos teatrales, poesía, incluso relatos «sicalípticos». Su primer número apareció en 1928 y se prolongaría hasta finales de los años cincuenta —el ejemplar más tardío que he tenido en mis manos está fechado en 1956—. Contenía textos de todo género, cubriendo un amplio espectro de calidades, desde clásicos con pedigrí como Balzac, Hugo o Cervantes hasta folletinistas como Ponson du Terrail o Paul Feval. Entre el más de un millar de obras publicadas no iban a faltar algunos títulos dedicados al género fantástico —por aquel entonces los términos «ciencia ficción» o «terror» no tenían uso establecido y así novelas como La guerra de los mundos o El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde recibían la calificación de «misteriosas» o «fantásticas»—. Se empezó con autores prestigiosos, como los citados Gerard de Nerval, Nodier, Hoffmann o Wells, pero se acabó por incluir también ficciones de aventura futurista de otros autores con intenciones más pedestres, como es el caso del norteamericano Ray Cummings —con su novela Terrano el conquistador— o el francés Gustavo Le Rouge —con El naufrago del espacio y El astro espantoso—.

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Ediciones muy económicas, en papel barato similar al de los periódicos, no aparecían ilustradas salvo en su portada, primero únicamente en blanco y negro y más tarde estampada en tres tintas planas. He aquí la más duradera empresa destinada en aquellos días a ofrecer narrativa de calidad a los bolsillos menos sobrados y sólo por eso ya merece nuestro aplauso.

Lo que nunca acabaron de funcionar bien en España fueron los pocos intentos de crear colecciones similares especializadas en la literatura imaginativa, cancelándose siempre tras muy pocos números. Son ejemplo la pionera La Novela Fantástica, preparada por Prensa Moderna, o la posterior Biblioteca Iris, serie fantástica, de Editorial Bruguera, colecciones ambas donde podemos encontrar —en una coincidencia de mal agüero— una novela del norteamericano A. Hyatt Verrill, autor casi olvidado hoy, pero que en su momento gozó de cierta popularidad, sobre todo entre los lectores más jóvenes. Esa obra fue The Bridge of Light, de 1929, publicada primero como Los monstruos del rayo y después como Las extrañas teorías del doctor Harris, pese a contar ambas ediciones con idéntica y anónima traducción de su texto.

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No obstante, lo más usual era que las novelas de terror, fantasía y ciencia ficción aparecían desperdigadas aquí y allá, en especial dentro de colecciones centradas en la literatura de aventuras o el género policiaco. Es el caso, en los años previos a la guerra civil, de la serie La Novela Aventura, de Hymsa —donde se pudo encontrar las historias siempre apasionantes de Henry Rider Haggard sobre mundos perdidos y reinas inmortales o a Bram Stoker, con su imprescindible Drácula y otra novela medianamente digerible, La joya de las siete estrellas— y, sobre todo, de uno de los mayores hitos en la edición de literatura popular en nuestro país: la Biblioteca Oro, de la barcelonesa Editorial Molino.

Dentro de Biblioteca Oro, colección centrada básicamente en la narrativa policiaca y de aventuras, de vez en cuando se deslizó algún título que complacería a los aficionados al fantástico. Fue el caso de ese clásico del terror de Abraham Merrit, ¡Arde, bruja, arde!, las narraciones de Sax Rohmer sobre el doctor Fu-Manchú, novelas de civilizaciones perdidas como La reina del Ártico, de Edison Marshall, o El pitón blanco, de Mark Channing, incluso alguna aventura «prehistórica» a lo J.-H. Rosny, como fue El señor del fuego, del español Manuel Vallvé.

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Pero con la colección Biblioteca Oro no termina la asociación de Molino con la literatura fantástica, de hecho sería en un par de colecciones posteriores donde el aficionado al género podría encontrar mayor motivo de satisfacción: me estoy refiriendo a Hombres Audaces y su derivada Nuevos Héroes. La primera de ellas se inauguró en 1936, y consistía en la edición española de las aventuras de cuatro populares personajes de las revistas pulp norteamericanas: Pete Rice, Bill Barnes, Doc Savage, y La Sombra. Los dos primeros ofrecían historias aeronáuticas y westerns, respectivamente, mientras que los últimos, aunque en rigor entrarían en el género de la aventura y el misterio, no carecían de elementos fantásticos insertos en sus tramas, con monstruos, bestias prehistóricas y genios del mal —sus contrincantes habituales— desarrollando los más variopintos prodigios tecnológicos.

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La colección se vio truncada casi en su inicio por el estallido de la guerra, pero tras un paréntesis durante el cual el editor siguió publicando en Argentina, Hombres Audaces volvió a visitar los quioscos españoles. Lo más notable es que Molino no sólo reanudó las aventuras de Doc Savage y sus colegas, sino que, de acuerdo con el clima ideológico reinante, inauguró una colección hermana —Nuevos héroes— con el objetivo de hispanizar el tan norteamericano subgénero del aventurero con facultades extraordinarias. Entre todos los nuevos personajes, el más afortunado e interesante para el tema que nos ocupa fue Yuma, creación de Guillermo López Hipkiss con el seudónimo de Rafael Molinero

Su serie contabilizó un total de catorce títulos, aparecidos entre 1943 y 1946, con portada a color e ilustraciones interiores en blanco y negro del extraordinario dibujante Jesús Blasco. No podemos ocultar que Yuma era una imitación de los cánones heroicos de ultramar; si bien, en lugar de ceñirse a un modelo único, se constituía en una hábil fusión del justiciero siniestro tipo La Sombra con los gadgets y tramas fantacientíficas habituales en las aventuras de Doc Savage.

El verdadero nombre de Yuma era Ramón Trévelez, millonario español de origen americano. Al instalarse en Barcelona empleó su fortuna en levantar el Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, fundación dedicada a patrocinar el trabajo de científicos sin recursos, pagando su manutención y facilitándoles laboratorios y todo el material necesario en las instalaciones que a tal fin Trévelez había construido en el Tibidabo. Todo esto era bien conocido; lo que menos gente sabía era que Trévelez, él mismo un gran científico, mantenía bajo estas instalaciones el laboratorio secreto desde donde dirigir a los agentes de su alter ego y construir los ingeniosos artefactos que estos utilizarían en sus misiones.

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Uno de los aspectos que más puede sorprender al lector actual, si tiene en cuenta la fecha en que estas narraciones se publicaron, es la enorme variedad de recursos tecnológicos a los que Yuma recurre en sus aventuras. Diez años antes de la creación de James Bond, Yuma contaba con una enorme variedad de gadgets que nada deberían envidiar a los del agente británico. El más prodigioso de los inventos de Yuma, sin embargo, sólo lo utiliza él mismo, y es una capa con capucha capaz de dotar de invisibilidad a quien la usa para cubrirse. Con este recurso puede seguir a los sospechosos sin ser visto, introducirse en sus cubiles o simplemente aterrorizar a los malvados. Yuma gusta de usar el miedo como principal arma en su lucha contra el crimen y por eso el aspecto que adopta en sus apariciones es fantasmagórico: un rostro de palidez cadavérica y mirada penetrante flotando en el aire sin un cuerpo que aparentemente le sirva de sustento.

De todos modos, sus enemigos no le andan a la zaga. Más que los pequeños rateros, los principales objetivos de Yuma son genios del mal con grandes recursos a su disposición. En esa línea son memorables los episodios titulados Una conspiración diabólica, donde el malvado de turno chantajea al mundo entero tras hacer una demostración de su máquina desintegradora con la aniquilación de un barco repleto de pasajeros en el puerto de Barcelona, o bien Las islas malditas, donde el villano pone en jaque al mundo entero, obligando a las naciones enfrentadas durante la guerra mundial a detener las hostilidades para combatir a la nueva amenaza.

G. L. Hipkiss, después de José Mallorquí, es probablemente el mejor artífice de novela popular de la posguerra. Sus historias suelen ser entretenidas y bastante bien escritas, teniendo en cuenta las limitaciones de su género y los apretados plazos de entrega. Empezó su labor literaria como traductor en los años cuarenta, actividad que compaginó con la escritura de una ficción propia. Interesado preferentemente por la novela policíaca, colaboró al mismo tiempo con Molino y con su principal competidora, Clíper, editorial de Germán Plaza. Su mayor éxito lo conseguiría a partir de 1946 con una serie con personaje fijo: Milton Drake, más conocido como El Encapuchado, millonario de Baltimore dedicado en su tiempo libre a repartir justicia bajo el anonimato de una máscara.

El carácter imitativo de la colección «Nuevos Héroes» tal vez resto entusiasmo a los lectores, que podían acudir tranquilamente a sus fuentes originales en las traducciones de la misma Molino. Germán Plaza empezó a captar a los autores españoles que hasta entonces tenían a la Editorial Molino como único mercado posible y sus primeras espadas fueron espaciando sus aportaciones para «Nuevos Héroes» a medida que se dedicaban cada vez más a las colecciones de Ediciones Clíper. «Nuevos Héroes» murió de inanición en enero de 1947, tras una larga agonía —a lo largo de 1946 sólo había publicado siete novelas, frente a las veintidós que publicó en 1943, su mejor momento—.

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Mientras tanto, fuera de la literatura «de quiosco», la segunda mitad de los años cuarenta y los primeros cincuenta resultaron francamente anodinos: Bruguera seguía reeditando las novelas ya viejas de Henry Rider Haggard y Janés Editor se dedicaba a Burroughs, produciéndose muy pocas excepciones dignas de captar la atención del coleccionista, como la edición en 1945, por parte de Revista de Occidente, de Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany, o la traducción en 1948 del primer libro con relatos de Robert E. Howard, el creador de Conan el bárbaro, Skull-Face and Others, aparecido aquí en tres volúmenes de Matéu Editor —Noches en Zamboula, La ciudad muerta y El templo de Yun-Shatu—, con un texto de solapa tan hiperbólico como curioso: «Se ha puesto de moda en Norteamérica un tipo de novela que es con respecto a la literatura lo que un Picasso o un Dalí respecto a la pintura. Una novela con un espíritu nuevo, una imaginación desatada y unas concepciones que sobrepasan en mucho a las concepciones literarias del mundo literario normal. ¿Qué decir de este nuevo tipo de literatura? En primer lugar que en los países de habla inglesa cuenta con más lectores que ningún otro género literario y que para la persona que busque en la novela una distracción y un entretenimiento es el tipo de novela ideal. Robert E. Howard es su representante más genuino.»

A partir del año 1945 Clíper se convirtió en la más fuerte competencia para Molino en el mercado de la literatura de género. Si bien Molino siguió explotando un catálogo impresionante, fundamentado en autores anglosajones como Agatha Christie, S.S. Van Dine o Erle Stanley Gardner, la editorial de Germán Plaza se centró en la producción propia. Dentro de su amplio abanico de publicaciones, entre las que se contaban westernsEl Coyote, Pueblos del Oeste, Mac Larry—, novelas policiacas —El Encapuchado, Misterio— o de piratas —El Corsario Azul—, se distinguió con una personalidad singular la revista Fantástica, con el lema «Es imposible no impresionarse leyendo este volumen» sobre cada una de sus cabeceras y el subtítulo «Magazine de historias, leyendas y relatos impresionantes». Claramente inspirada en los pulps norteamericanos, no contenía una sola novela, como otros títulos de la casa, sino una serie de relatos breves encomendados a los autores habituales de Clíper —Manuel Vallvé, H. C. Granch, Federico Mediante…—, por lo común de terror sobrenatural, aunque también hizo acto de presencia alguna incursión fantacientífica. Sigue siendo un placer hojear sus ya amarillentos ejemplares, en especial por la alta calidad de sus ilustraciones interiores en blanco y negro. La que debemos considerar primera revista de literatura fantástica en España fracasó en su empeño de atraer un público propio y no llegó más allá de unos veinte números, distribuidos entre 1944 y 1945.

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Quizá fuera el fracaso de Fantástica lo que impidió que Germán Plaza mostrará un mayor interés ante el personalísimo proyecto de José Mallorquí, su autor estrella, para inaugurar una colección dedicada en exclusiva a la literatura de anticipación: Futuro.

Como en el caso de Hipkiss, José Mallorquí se formó dentro de la Editorial Molino como traductor. Sus primeras novelas originales publicadas datan de 1936, a las que seguirían un importante número de narraciones en diversos géneros: aventura, policiaco, oeste, cuentos de terror… A causa de un natural cansancio entre el público tras la publicación de más de doscientas novelas, 1953 vería la cancelación de su serie más popular, El Coyote. Mallorquí deseaba explorar otros géneros y uno de los que más le atraían era el de la ciencia ficción. Clíper no quiso publicar la nueva colección bajo su sello, aunque brindó a nuestro autor los medios —mas bien escasos— para sacarla adelante bajo el nombre de una ficticia empresa llamada Ediciones Futuro, pues no contaba con otro capital humano que el mismo escritor.

José Mallorquí, quien ya había mostrado su interés por la ciencia ficción al escribir el guión original de la serie de cómics Jinete del espacio, dibujada por Francisco Darnís, ambicionaba dar a conocer en España la nueva y vital ciencia ficción que en aquellos momentos se estaba produciendo para las revistas norteamericanas, pero contaba con serias limitaciones económicas a la hora de contratar material extranjero, así debió contentarse con escribir él mismo adaptaciones de aquellas historias que admiraba, escritas originalmente por autores como Fredrick Brown, Robert Heinlein o Jack Williamson, firmándolas con diversos seudónimos.

De todas formas, Mallorquí no se limitó a cocinar refritos, también produjo obras originales. Entre ellas, las más recordadas son las protagonizadas por el capitán Pablo Rido, una serie que se desarrollaría por entregas y que apareció firmada inicialmente con el anglosajón nombre de J. Hill, por más que fuera difícil engañar al lector sobre su verdadera autoría, dado la inclinación que Mallorquí siempre sintió por hispanizar todos los géneros de los que se ocupaba.

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En las historia del capitán Rido la acción nos sitúa en el siglo XXX, si bien, durante sus aventuras, su protagonista saltará adelante y atrás en el calendario, no en vano regenta la Agencia de Viajes Tiempo, Espacio, Tiempo. Rido es un científico brillante y hombre valiente al que tanto particulares como autoridades acuden siempre que surge un asunto de difícil solución. Por supuesto, el capitán encontrará el modo de enderezar las cosas, eso sí, poniendo un precio por sus servicios.

Hoy la obra resulta tecnológicamente desfasada, pues al lado de vehículos que se trasladan sobre ondas magnéticas se habla, por ejemplo, de algo tan arcaico como lámparas miniaturizadas; no obstante, sigue siendo posible disfrutarla dada la habilidad del escritor para desarrollar sus historias y salpimentarlas con abundantes granitos de humor, para lo cual son esenciales sus personajes secundarios, como su ayudante Sánchez Planz u Octo, el perro con cuatro pares de patas, indestructible y capaz de girar como una rueda.

El capitán Rido no fue el único personaje sobre el cual Mallorquí desarrolló una serie en las páginas de Futuro, aunque ésta fuera la más larga. Le siguió el más que curioso Jan Sith, un extraterrestre expulsado de su planeta por padecer un coeficiente intelectual muy inferior al de sus conciudadanos, pero que, una vez desembarcado en nuestro planeta y comparándose con los terrestres, resulta ser poco menos que un genio —una situación que encuentra su paralelismo en el episodio del capitán Rido “S.O.S. Orión”, donde recibe el encargo de trasladar ochocientos años en el futuro a un androide tan dotado por sus capacidades mentales que resulta un verdadero peligro para la sociedad del momento—. En todos estos episodios Mallorquí demostró una frescura y originalidad en aumento que nos permite imaginarnos cómo podría haber sido una ciencia ficción netamente española de haber recibido mayor apoyo de editores y público. Los tiempos no estaban maduros y el escritor abandonó la colección tras veintiséis números; ésta sobreviviría un poco más en otras manos, pero tras publicar su volumen treinta y cuatro se canceló definitivamente. Corría el año 1954.

Casi al mismo tiempo que desaparecía Futuro, otra colección de intenciones más modestas se presentaba en los quioscos, consiguiendo a la postre mucho más éxito. Su título era Luchadores del espacio, serie de novelas «de a duro» promovida por la Editorial Valenciana y con textos que en principio cayeron bajo la exclusiva responsabilidad del autor Pascual Enguídanos, verdadero nombre del firmante George H. White. El grueso de la colección lo compuso un grupo de novelas con continuidad que acabaría conociéndose como La saga de los Aznar.

luchadores

Quien leyó la primera entrega, Los hombres de Venus, cuando se publicó originalmente, es difícil que imaginara los cauces interplanetarios por los que luego se conduciría. La historia inicial no es una space-opera, sino una aventura de componentes exóticos y fantásticos. Miguel Ángel Aznar, audaz y varonil piloto de la las fuerzas aéreas estadounidenses —pese a su nacionalidad española— es asignado a un pequeño departamento de la ONU cuya insólita misión es investigar toda noticia sobre platillos volantes. Allí se encontrará con otros personajes tan estereotipados como él mismo: el clásico genio despistado y su secretaria guapa y pizpireta, típicamente irritada con el héroe aunque acabe rindiéndose a sus brazos. Juntos viajarán hasta el Tíbet, para tropezar con una avanzadilla alienígena, los thorbod, siendo secuestrados y llevados por la fuerza hasta Venus, su planeta natal. Como acostumbra a suceder en este tipo de obras, Miguel Ángel Aznar no permanecerá cautivo por mucho tiempo y, acaudillando a un pueblo sometido a la esclavitud, causará una primera derrota a los thorbod y logrará regresar con los suyos a la Tierra.

A esta primera aventura seguirán otras de similar talante bélico, pero las cosas cambian para mejor al final del episodio titulado La abominable bestia gris. Los thorbod consiguen someter definitivamente a la Tierra y Miguel Ángel Aznar, junto a unos miles de supervivientes, se verá en la necesidad de huir hacia el espacio abordo de un planetoide artificial, en busca de nuevo hogar para la humanidad. Es aquí cuando La saga de los Aznar se encarrila por los cauces que la distinguen frente a otros productos ligeros. En el siguiente episodio, La conquista de un imperio, Miguel Áznar ya no es el Apolo aguerrido, sino un anciano, y el protagonismo se transfiere a su primogénito, Fidel Aznar… Hablar de La saga de los Aznar como una magna obra de la ciencia ficción sería caer en la exageración; por lo que se refiere a valor literario apenas se despega del resto de la literatura de quiosco, con una prosa funcional y sin colorido como mero vehículo de la acción, que se detiene lo justo para describirnos a personajes y escenarios con cuatro pinceladas. Lo que la convierte en singular es su carácter de novela-río. A partir de La conquista de un imperio no estaremos ya ante una serie de historias centradas en glosar las peripecias de un héroe a lo largo de unos pocos años o décadas; el testigo de la aventura se irá transfiriendo de generación en generación y constantemente asistiremos a la decadencia y florecimiento de nuevos personajes, a lo largo de un arco narrativo de siglos.

Como apostilla, hay que decir que la serie se canceló en 1958, tras treinta y tres episodios, pero la Editorial Valenciana se atrevería con una reedición en 1974, para la que se reescribieron, actualizándolas, las novelas ya conocidas y se añadieron nuevas, hasta contabilizar un total de cincuenta y nueve. Aunque eso es otra historia que de momento no nos atañe… En el 58 soplaban ya otros vientos y el gusto del lector se apartaba de las hazañas bélicas del futuro: al mismo tiempo que las obras de George H. White y José Mallorquí iban escribiéndose, la revista argentina Más Allá empezó al fin a desembarcar en nuestro país las traducciones de la ciencia ficción anglosajona más puntera, y en 1955 la editorial barcelonesa Edhasa fundaría la primera colección fuera de la literatura de quiosco especializada en ciencia ficción: Nebulae. Autores hoy clásicos como Heinlein, Asimov o Arthur C. Clarke empezaron a hacerse familiares y su magisterio influiría notablemente en una nueva generación de autores españoles con inquietudes muy distintas a las de los pioneros.

El futuro había empezado.

Cochrane Versus Cthulhu

Autor: Guillermo Villaroel

Edita: Suma de letras, Santiago de Chile, 2017

¿Qué hace un libro recién salido a la venta en este blog, donde reseño libros que, si tienen menos de una década de publicado son recientes?

Échenle la culpa a la tapa (con una ilustración muy buena a cargo de Félix Vega, dibujante chileno más conocido por sus álbumes de historieta publicados en Francia). Y al título: ¿cómo no me va a intrigar el enfrentamiento ficcional entre Lord Thomas Cochrane (probablemente uno de los marinos reales de vida más aventurera en la historia e influencia directa en el Horatio Hornblower de las novelas de C. S. Forrester) y la criatura nacida de la pluma de H. P. Lovercraft?

Al leer la contratapa, el interés subió un poco más. Transcribo el texto:

“El marino más audaz de todos los tiempos enfrenta al mayor enemigo de la Humanidad.”

“Europa, 1815. Napoleón intenta rearmar su Imperio. En la costa de Francia ha construido el imponente castillo de Fort Boyard donde, una noche, la Guardia Imperial captura en la bahía a su peor adversario: Lord Thomas Cochrane. Al mismo tiempo, extrañas criaturas asedian la fortaleza, obligando a los franceses a unir fuerzas con Cochrane para enfrentar esta amenaza sobrenatural. ¡Acaso es Cthulhu, un dios dormido, quien surge del fondo del océano a reclamar su dominio sobre el mundo?”

Ok, ya me convencieron. Pero entro al libro con cierto resquemor, a ver como soluciona el autor alog tan disímil.

Y la respuesta es… MUY BIEN

Villaroel construye muy verazmente, con detalles dignos de la mejor novela histórica, el lugar, la situación y el contexto histórico. Amen de usar a Cochrane (justamente en un período donde efectivamente podría haber estado navegando por la zona de Fort Boyard, explicado todo muy plausiblemente en la novela) utiliza a Jean Francois Champollion y a su hermano como los sabios que pueden descifrar los jeroglíficos hallados en la zona (algo que siempre hay en todo relato lovercraftiano: un texto antiguo que transmite conocimiento prohibido). Y todo sin sonar forzado, con el desarrollo creíble y los personajes desenvolviéndose de manera natural. Cuando los hechos extraños ocmienzan a pasar y el fantástico se filtra en la historia, la base es tan realista que uno acepta la situación. Algo no menor pero imprescindible para que esta novela no cayera en el absurdo.

Eso sí: si bien el respeto a los mitos de Cthulu es literal, no van a encontrar le tono ominoso de los relatos de Lovercraft. Diría que la historia se lee más como una de acción y fantasía, donde Cthulhu y sus minions podrían ser reemplazados por los Aliens de Giger, algún extraterrestre dispuesto a conquistar la Tierra o una tribu de hombres lobos. Es un relato de acción , con tipos duros (granaderos de la Guardia Imperial francesa, marinos británicos y Cochrane) enfrentándose en inferioridad de condiciones a una amenaza no humana. De hehco, no podía dejar de pensar que, si esto fuera película, quisiera que la filmara John Carpenter. Con Jason Stratham en el papel de Cocrhane, pateando culos cthulianos a diestra y siniestra. Y con toques steampunk, obra y gracia de las veleidades científicas (que tenía en la realidad) de Cochrane.

Nada que hacer. Una gran lectura para pasarse unos días sentado leyendo.

Quiero mas novelas actuales así.

MÁS DE MIL Y UNA NOCHES

sardanapalus

A este blog le gustan los invitados. Hay muchos arqueólogos pop que han escrito y escriben cosas interesantes. Como León Arsenal.

Arsenal es más conocido por su faceta de autor de novelas históricas (de hecho acaba de publicar Bandera negra, novela ambientada en las Guerras Carlistas). Pero además tiene una faceta menos notoria de autor y conocedor de literatura fantástica. Y por ,eso, gracias a los buenos oficios de Armando Boix Millán, León generosamente nos permitió reproducir este artículo suyo sobre la influencia de la temática oriental en varias historias fantásticas. Muchas gracias a León por el permiso y a Armando por la gestión.

Ahora me callo y los dejo con el artículo

MÁS DE MIL Y UNA NOCHES

Por León Arsenal

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Poco hay en este mundo que haya sido hecho partiendo de cero. Cada avance, cada innovación, en la materia que sea, suele estar en deuda con logros previos en ese mismo campo. La literatura no es una excepción y las nuevas tendencias suelen surgir por evolución, más o menos lenta, de movimientos precedentes. Incluso cuando se trata de una ruptura con estilos previos -caso del neoclasicismo frente al barroco, como luego del romanticismo con aquel-, tal ruptura suele buscar fundamento y justificación en el retorno a formas aún más antiguas, aunque luego el lógico desarrollo de la corriente lleve a esta a orillas muy alejadas de su supuesto modelo. Orillas que a su vez, con el tiempo, serán el punto de partida para otros innovadores.

Ni siquiera los vuelos de la literatura fantástica acostumbran a despegar de la nada. En casi cualquier narración de este género pueden detectarse influencias de obras previas, autores concretos o, lo que es más habitual, de ciertas tradiciones. Tradiciones que pueden o no ser literarias, o serlo sólo en parte.

Es fácil señalar esto en autores fantásticos de siglos pasados, muchos de los cuales recurrían al folclore y al cuento popular en busca, no ya de inspiración, sino de argumentos concretos a los que dar forma literaria. Eso por no hablar del fenómeno de retroalimentación que con tanta frecuencia se ha dado entre tradición popular y literatura, una especie de camino de ida y vuelta en el que la segunda acaba contribuyendo en mayor o menor medida a estructurar y perfilar a la primera. Caso, por ejemplo, de los clásicos cuentos de fantasmas ingleses.

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Estrictamente, habría que llamar tradiciones a aquellas enraizadas en el mito y la leyenda popular. Pero, con un criterio más amplio y hablando ya de la fantasía, podríamos añadir a estas ciertas creaciones modernas y puramente literarias, de las que un ejemplo reciente sería el steampunk, una etiqueta que designa a las fantasías ubicadas en una Inglaterra Victoriana plagada de magos y hechiceros. Y, entremedias, toda una pléyade de híbridos y estadios intermedios.

La simple enumeración de todas sería imposible. Sólo en la primera de estas tres categorías habría cientos, pues cada cultura tiene su propia tradición fantásticas y todas ellas son buena fuente a la que recurrir. Lo que no quita para que el peso en la moderna fantasía no se reparta ni mucho menos por igual, ya que actualmente el panorama está netamente dominado por obras inspiradas, más o menos, en las tradiciones célticas y nórdicas.

Tal dominio es total, absoluto, y las producciones de este tipo, cada año, suman más que todas las demás de fantasía juntas. Esto es algo incontestable, fruto del tremendo éxito de El Señor de los Anillos de Tolkien, que ha sido el detonante de todo este fenómeno. De hecho, la narrativa que mimetiza a El Señor de los Anillos forma ya una tradición en sí misma, con sus reglas, sus tics y sus tipos característicos.

No obstante, en medio de esta marea, aún es posible encontrar un buen número de libros que nada tienen que ver con lo dicho en el párrafo anterior. Relatos que beben en fuentes muy distintas, algunas muy antiguas, que han tentado, y siguen haciéndolo, a autores de lo más diverso.

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Una de tales tradiciones fantásticas es aquella que se nutre de Las Mil y Una Noches. Porque, desde siempre, esta obra parece haber producido una tremenda fascinación, fácil de entender, en un sinnúmero de escritores, llevándoles a escribir una gran cantidad de relatos inspirados en ella. Una narrativa muy rica que no se constriñe a nuestros días ni al subgénero de la fantasía, sino que recorre toda la literatura fantástica a lo largo del tiempo, desde que en el siglo XVIII se publicara la primera traducción de estos cuentos árabes.

Aunque dispersa en colecciones varias e ignorada como conjunto, esta literatura ha estado siempre disponible, en mayor o menor medida, en el mercado español. Sólo por referirnos al momento presente, es posible citar de corrido media docena de títulos que son accesibles en este momento al lector, en distintas editoriales y obra de autores de lo más vario. E, indudablemente, existen más.

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Ahora mismo, por ejemplo, el lector puede conseguir sin dificultad el Vathek, un título capital en la literatura inspirada en Las Mil y Una Noches. Obra de William Beckford, uno de esos aristócratas ingleses de novela, extravagante, curioso y viajero, tiene por protagonista al noveno califa de la estirpe de los Abasíes, hijo de Motassem y nieto de Harún al Rachid, según reza el mismo libro en su comienzo.

Este califa, soberbio y desaforado, incapaz de detenerse ante nada, será émulo de Nemrod, aquel que edificó la torre de Babel, entrará en tratos con demonios y acabará por descender a los infiernos, donde vivirá diversas aventuras.

Esta narración, publicada en 1786, tiene la fuerza, el esplendor, los tremendos contrastes, como de llama y tinieblas, y esa extraña amalgama de crueldad con enfoque moralizante que son patrimonio de Las Mil y Una Noches. También, lógicamente, adolece de un estilo que se aparta muchas veces del gusto de nuestra época, obligando a una lectura lenta y sosegada para poder degustarla plenamente.

La edición actualmente disponible tiene el aliciente añadido de ser completa: el Vathek con sus tres episodios. Estos no son sino relatos independientes que otros condenados hacen al califa durante su estancia en los infiernos y, con frecuencia, han sido publicados independientemente de la narración principal. Pero la intención de Beckford parece ser que siempre fue la de su publicación conjunta. Además, ¿qué más característico en esta clase de narrativa que los cuentos dentro de otros cuentos?

Del mismo siglo XVIII, aunque algo anteriores, son también los relatos recogidos bajo el título común de Así Va el Mundo, de Voltaire. Una antología de escritos de corte oriental que reúne narraciones que van del cuento moral a la fábula política y que son de muy desigual valor. Aquí, junto a otros que no pasan de ser meras curiosidades, es posible encontrar algunos relatos que son otras tantas joyitas. Relatos como Zadig o el destino, por citar un ejemplo, que a nadie hubiera sorprendido encontrar dentro de Las Mil y Una Noches como uno de esos cuentos dentro de cuentos antes citados: historias que se cuentan entre sí los protagonistas en mitad de sus aventuras.

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Y ya en el siglo XIX, un curioso autor, Gerard de Nerval, escribiría El Viaje a Oriente, del que se han extractado dos relatos para su publicación en un mismo libro: Historia de la Reina de la Mañana y de Solimán Príncipe de los Genios, e Historia del Califa Hakem.

Es de Nerval un escritor lleno de altibajos y en su narrativa es posible encontrar fragmentos correctos pero insulsos junto a otros llenos de nervio y garra, o que son simplemente preciosos, y todo ello casi sin transición, prácticamente de una línea a otra. Y, en lo que se refiere a estos dos relatos suyos, estos rezuman de muchas de las constantes más señeras de los cuentos árabes: magia, sexo oscuro y prohibido, conjuras, peripecias.

La primera de las narraciones Historia de la Reina…, muy influenciado por algunas de las tradiciones masónicas, nos relata el triángulo amoroso que se establece entre el Rey Salomón, Balkis, reina de Saba, e Hiram, el constructor del templo de Jerusalem, cuando la segunda, al visitar al primero en su corte, se prendará del tercero y quedará irremediablemente dividida entre ambos. Es el relato más largo de los dos que componen el volumen y, aunque a veces algo irregular, posee pasajes pletóricos de fuerza y belleza.

En el segundo, Historia del Califa Hakem, de Nerval nos narra las aventuras de Hakim, califa de Egipto que acabaría proclamándose a sí mismo dios. Este relato está basado, supuestamente, en las revelaciones que al autor hizo durante su viaje por Oriente un caudillo de los drusos, para quienes Hakim es la décima y definitiva encarnación de Dios. La narración comienza cuando el califa, disfrazado como un don nadie, se aventura en una aldea de paganos, en las márgenes del Nilo, donde a instancias de Yusuf, que después se convertirá en fiel amigo suyo, prueba las delicias del hachís. Allí, entre los vapores de la droga, será donde al califa se le revelará el secreto hasta entonces oculto hasta para sus ojos, pues Hakim no es sino un dios. Ahí comenzará su exaltación y su desventura, que este relato corto y hermoso nos irá desgranando: las intrigas de su visir, los amores prohibidos con su hermana Setalmuc, las conspiraciones en su contra…

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Pero aún más adelante, ya en este siglo, la poderosa imaginería de Las Mil y Una Noches habría de seguir pulsando las fibras a creadores de todo cuño, entre los que no deberíamos olvidar, por supuesto, a los escritores “pulp” americanos. Estos autores, imaginativos y prolíficos, que nutrían las revistas populares estadounidense de la primera mitad del siglo, se dejaron sojuzgar sin ninguna resistencia por la mítica árabe, lo que les llevó a producir una ingente cantidad de aventuras ambientadas en esa parte del mundo, presente o pasado, imaginario o real.

Y de uno de los escritores más señeros de esa época -que lo es puesto que su obra ha sobrevivido, por una u otra causa, al cedazo del tiempo-, Robert E. Howard, está disponible en estos momentos una recopilación de las aventuras fantásticas de Solomon Kane, un puritano del siglo XVII, cuyas andanzas transcurren en buena parte en África, entonces casi completamente inexplorada.

Howard, que formó parte del “círculo de Lovecraft” suele recurrir con harta frecuencia a recursos e ideas específicas de los mitos de Cthulhu, que por cierto también forman toda una tradición en sí mismos. Uno de tales recursos, y una de las constantes en la narrativa de Howard, es la de antiguos seres, de gran poder, que logran sobrevivir a su época, emergiendo a otra posterior con resultados catastróficos. Esta idea, en una u otra de sus variantes, es el eje de multitud de los argumentos de R. E. Howard.

Sin embargo, no es difícil encontrar paralelismos de todo esto con Las Mil y Una Noches, en donde abundan las referencias a los tiempos míticos del Rey Salomón y a los antiguos genios por él sojuzgados. Y, en los cuentos de Solomon Kane, Howard salta de una tradición a otra con notable habilidad, dando a sus argumentos de siempre una patina que los hace totalmente diferentes. Así que en alguno de estos cuentos, el héroe se medirá con dijinni, efrits y demás demonios de la mitología árabe; e incluso el bastón que empuña en sus andanzas perteneció, según le revela el brujo N’Longa, al mismísimo Salomón y otorga poder para luchar contra toda clase de seres sobrenaturales.

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Y, siguiendo con la gran estirpe fantástica anglosajona, aunque muy posterior y aún más distinta, también es posible encontrar en estos momentos El Señor de la Noche, de Tanith Lee. Y si las aventuras de Kane entroncan con los cuentos árabes un poco de refilón, aquí parece advertirse una voluntad manifiesta; un tomar elementos para recombinarlos entre sí y con otros ajenos, y dar a luz algo totalmente distinto y, sin embargo, con un innegable aire de familia. Un poco, aunque con pretensiones más modestas, como lo que hizo Tolkien con la mitología céltica y nórdica para gestar su monumental El Señor de los Anillos.

Esta novela es una suma de tres partes, con dos cuentos cada una, todos independien#tes pero interrelacionados, compartiendo mundo y algunos personajes. El Señor de la Noche del título es Azhrarn, rey de los demonios en una Tierra que es plana, con un centro sumido en tinieblas perpetuas, punteadas por el llamear de los volcanes, que son las puertas de entrada al mundo subterráneo de los demonios.

Los cuentos son irregulares, pero el conjunto es un todo encantador, repleto de belleza, crueldad, atmósfera. Y, de entre las muchas cualidades de esta obra, no es la menos destacable el tratamiento de las escenas de sexo que nos presenta la autora, puesto que tienen algo que, por algún motivo, parece escasear bastante entre los escritores de fantasía, que es la calidad a la hora de abordar tales escenas.

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En este repaso, resulta inexcusable detenernos en nuestro país para fijarnos en La Noche del Eclipse, de Joan Manuel Gisbert; un autor prolífico, centrado en la literatura juvenil y cuya obra en buena parte toca o entra de lleno en lo fantástico. En La Noche del Eclipse, con la que obtuvo el premio Gran Angular 1989, nos narra la huida de Alfandor, joven persa de sangre real, a través del Asia Central, en el siglo XIV, perseguido por asesinos, hasta llegar a China donde, para salvarse de sus enemigos, se ve abocado a entrar en un extraño concurso organizado por el emperador Luz Perpetua. En este certamen, los participantes están obligados a resolver tres enigmas relacionados con la única hija del emperador, Nacida del Cielo, y, en caso de fracasar, sufrir prisión de por vida en el temible Laberinto de la isla de Gork.

Gisbert es un autor que lo tiene todo para triunfar, y de hecho lo hace, ante un público tan riguroso como lo es el juvenil, poco paciente con los alardes de literatura hueca y pomposa. Es ameno, de estilo ágil y directo, que no hay que confundir con lo simplón, pues antes al contrario este escritor da con frecuencia muestras de una narrativa sorprendentemente sutil. Y, en esta novela, es posible encontrar un regusto de esa mítica con que los antiguos árabes asociaban a los países para ellos exóticos, caso de China o el Cáucaso. Una aventura fresca y muy curiosa, más que digna de la atención del lector.

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Como lo es igualmente Las Noches de las Mil y Una Noches, obra del premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz. Y sirva el comentario acerca de esta novela como el cierre más adecuado a esta pequeña lista de narraciones inspiradas en las Mil y Una Noches.

Porque Las Noche de las Mil y Una Noches no es sino la continuación y epílogo de estas; una fantasía que comienza exactamente donde la otra acaba, para narrarnos lo que ocurrió a partir de el momento en que, gracias a la astucia de Sherezade, el sultán Shahriyar reniega de su bárbara promesa de tomar cada noche una nueva esposa y sacrificarla al alba.

Sin embargo, Sherezade no ama al sultán y éste tampoco es demasiado feliz, sospechán#dolo y sabiendo que, en el fondo, sigue al acecho el Shahriyar cruel y sediento de sangre que fuera.

Y, con este punto de partida, una explosión de imaginación y buen hacer literario. Doscientas cincuenta páginas llenas de magia, enredos, amores, aventuras, escaramuzas eróticas. En la mejor tradición de Las Mil y Una Noches, unas historias se dan pie a otras, se continúan, se entrelazan, se resuelven definitivamente más allá del propio relato que le da cuerpo.

Nadie que guste del género debiera dejar de leer esta obra de Mahfuz, especialmente muchos devotos de la fantasía, que así quizás podrían comprobar que esta última no es sino parte de algo -la literatura fantástica- que es mucho más grande y rico, entre otras cosas gracias a sus aportaciones.

Y, de verdad, leyendo este tapiz fantástico en el que se entrecruzan sin cesar barberos, policías, sultanes, sabios, genios buenos y genios malos, es posible encontrar algo nuevo y algo viejo, a su vez tan imbricados entre sí que resultan inseparables. Es totalmente original y sin embargo, al tiempo, es un nuevo avatar de la obra que le dio pie. De forma que es posible que, al pasar la última página de este libro, le quede a uno un regusto extraño y, cediendo a la tentación de cerrar el bucle, acuda a su biblioteca en busca de una nueva lectura de Las Mil y Una Noches.

BIBLIOGRAFÍA:

Vathek. Alianza Editorial. Col El Libro de Bolsillo, nº 1650. Madrid 1993. Traducción de Javier Martín Lalanda. 384 págs. 975 pts.

Así va el Mundo. Ed. Valdemar. Col. Avatares, nº 22. Madrid 1996. Traducción de Mauro Armiño. 350 págs. 3000 pts.

Historia del Califa Hakem… Ed. Valdemar. Col. El Club Diógenes, nº 39. Madrid 1996. Traducción de Juan Luis Gonzalez y Joaquin Lledó.

Aventuras de Solomon Kane Ed. Anaya. Col. Ultima Thule. Madrid 1994. Traducción de Javier Martín Lalanda 2200 ptas.

El Señor de la Noche. Ed. Martínez Roca. Col. Fantasy nº 12. Barcelona 1986. Traducción de Albert Solé. 215 pags.

La Noche del Eclipse. Ed. SM. Col. Gran Angular nº 111. Madrid 1990. 252 pags.

Las Noches de las Mil y Una Noches. Ed. Plaza y Janes. Col. Ave Fenix nª 46. Barcelona 1996. Traducción de Maria Luisa Prieto. 252 pags. 2350 pts.

LOS AUTORES:

William Beckford. (1760-1848). Aristócrata inglés, poseedor de una considerable fortuna que acabó disipando. Excentrico, viajero y erudito, siempre sintió una poderosa atracción por todo el mundo de Las Mil y Una Noches, lo que se plasmaría en una serie de relatos de corte árabe entre los que se encuentra Vathek, su obra principal. Otras obras suyas son The Vision; Dreams, Wakings Thoughs and Incidents o Biographical Memoirs of Straordinary Painters.

Voltaire. (1694-1778). Escritor y filósofo francés. Defensor del progreso científico, sumamente combativo contra la religión. Polemista y satírico, partidario de la libertad de pensamiento y de la política encaminada al bien común. Entre sus obras cabe destacar el Diccionario Filosófico, las Cartas Filosóficas, los Cuentos Filosóficos, el Ensayo Sobre las Costumbres, tragedias como Zaïre y Merope o novelas satíricas como Cándido o Micromegas.

Gerard de Nerval (1808-1855). Autor francés, de vida irregular y con grandes altibajos. Sufrió prisión por sus ideas republicanas y malgastó su herencia familiar en la edición de revistas literarias. En 1841 sufre el primero de los ataques de locura que le conducirán finalmente al manicomio. Liberado por intermediación de la Sociedad de Hombre de Letras, se encuentra en la más absoluta de las miserias y aquejado de sus dolencias mentales, lo que le empuja finálmente al suicidio, ahorcándose en la calle de Vieille-Lanterne, en Paris, en 1855.

Robert E. Howard. (1906-1936). Autor estadounidense, nacido en Peaster, Texas. Conocido sobre todo por la serie de cuentos protagonizados por Conan, héroe bárbaro que desarrolla sus aventuras en una imaginaria Edad Hiboria, publicó sin embargo, desde muy joven, relatos de todas clases en gran número de revistas. Pasó todos sus años en Texas, la mayor parte de ellos en la localidad de Cross Plains, a pesar de lo cual mantuvo abundante correspon#dencia con escritores como H.P. Lovecraft o Clark Ashton Smith, de quienes tomó numerosos elementos literarios. Hombre de temperamento inestable, se quitó la vida al recibir la noticia de que su madre, a la que se sentía muy unida, agonizaba sin esperanza de remisión.

Tanith Lee (1947). Autora británica. Poseedora de los más prestigiosos premios de la fantasía anglosajona, comenzó escribiendo literatura juvenil para irse posteriormente decantando hacia la fantasía y el terror, terreno en el que ha desarrollado la inmensa mayoría de su producción literaria.

Joan Manuel Gisbert. Autor español, nacido en 1949 en Barcelona. Ha trabajado en Teatro y en el ramo editorial. Ganador de varios y prestigiosos premios como el Lazarillo de 1974, ha enfocado su producción literaria hacia la literatura juvenil en los campos de la ciencia ficción y la fantasía, siendo autor en este sentido de más de una treintena de títulos, entre los que se podría destacar El Misterio de la Isla Tokland, Leyendas de Planeta Thamyris o El Museo de los Sueños.

Naguib Mahfuz (1911). Escritor egipcio. Autor de más de sesenta novelas, considerado uno de los grandes de la literatura árabe, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1988. Entre sus novelas, es posible encontrar en español El Espejismo, El Ladrón y los Perros, El Mendigo y Un Señor Muy Respetable (todos en Plaza y Janés), así como la novela histórica León el africano.

Hacia el infinito (1956)

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Autor: “Patrick Hanson” (seudónimo de Héctor Germán Oesterheld)

Colección: Vistaventuras n°8

Edita: índice, Buenos Aires, 1963

La mayoría de los científicos nucleares de Alamogordo han muerto, víctima de “la muerte sonriente”, un gas que los deja con una sonrisa al morir. Y el principal sospechoso es nada más y nada menos que Bull Rockett…

Sí, ya sé, premisa trilladísima la de esta novela (¡voto al Joker!), con Rockett perseguido por todo el mundo tratando de resolver quién es el responsable.

Y, sin embargo…

Y, sin embargo HGO demuestra su habilidad como narrador dándole un giro fabuloso al villano, escapándose del estereotipo que, todos los que venimos leyendo literatura popular a destajo, tenemos imbricado (joder, hasta le dediqué un especial a ese estereotipo). Pero Oesterheld lo da vuelta, explica sus (muy creíbles) razones y lo convierte en un personaje al que uno puede entender por qué hace lo que hace, en esos años de temores nucleares al máximo. Aquí la veta humanista del autor se impone al clisé.

Y, si bien en realidad la historia temirna tras recorrer dos tercios de la novela, HGO nos dedica el tercio final para encontrarle una salida digna (y que da pie a continuarás futuros…)  al oponente (que no villano) de Rockett.

Novelas como esta son las que dejan claro que HGO era un narrador especial, uno que podía agarrar los clisés del género y –sin abandonar éste- darlos vuelta y convertirlos en algo nuevo.

Absolutamente recomendable como novela de aventuras.

El Sombra y Tito

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Autor: Edu Molina

Edita: Resistencia, Mexico , 2016

Aclaramos aquí que Edu Molina es amigo (con quien hemos hecho además varias historietas juntos) y eso puede hacerles sospechar que mi reseña sea parcial. Avisados están.

Segundan novela gráfica protagonizada por El Sombra, una suerte de detective de serie negra que vive en un mundo quince minutos en el futuro. Loser, antiheroico y no particularmente inteligente, El Sombra y su sanchopanzesco ayudante Tito se encuentran en medio de un problema complicadísimo. Frente a el gobierno autoritairo de la ciudad, que rememora la mítica muerte del Lider, tenemos un luchador enmascarado justiciero. Ahora ¿que pasa cuando…

  • … dicho enmascarado resulta ser el antiguo Lider?
  • … dicho líder parece haberse en un tipo medio débil mental?
  • … ese ex Lider, actual luchador puede ser la clave para general una rebelión general contra el sistema?
  • … el Sombra y Tito pueden ser los que logren desencadenar este cambio?

Desde ya, y en la mejor tradición antiutópica latinoamericana (que no por nada la realidad cotidiana en este continente apunta mas a la antiutopia que a la utopia de la otra) que nada de lo que pase terminará como se espera.

Que Edu Molina es un autor narrativo colosal, uno de los mejores herederos de la tradición de Alberto Breccia en su manejo expresionista del blanco y negro, es evidente para cualquiera que haya visto cualquiera de sus obras. Que además maneja los recursos narrativos de la novela gráfica con habilidad y construya una historia con un ritmo ajustado, donde la cosa no decae ni un instante. Así crea un relato ominoso, desesperanzado y triste, donde los héroes tienen que estar felices de salir con su pellejo intacto y nada mas. Testigos de otro fracaso de las esperanzas, esa situación tan latinoamericana.

La rebelión de los homoides (1985)

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Autor: Eric Sorenssen (seudónimo de Manuel Gonzalez)

Colección: Futuro nº 238

Edita. Bruguera, Barcelona, 1985

¿Cansado de leer las tesis de la vanguardia revolucionaria de Lenin en textos adustos, llenos de jerga de cuatro sílabas? ¿Quiere que le cuenten lo mismo pero de manera más amena? ¿Preferentemente con un envase de ciencia ficción?

Compañero, tengo aquí la novela para usted…

Es que esta novela parece seguir al pie de la letra las tesis de don Vladimir Ulianov al pie de la letra en su desarrollo. En el futuro, la Tierra está dividida entre humanos y homoides, humanos de segunda criados genéticamente para ser trabajadores, poco imaginativos y obedientes. De esas masas proletarias domesticadas sale una excepción a la regla, un individuo preclaro que inicia su camino a la libertad junto a varios compañeros y, por su habilidad  inteligencia preclara, derrota en un dos por tres a todo el sistema opresor. ¿De dónde saca esa inteligencia inaudita? Es que… es el hijo bastardo del Lider del planeta y de una homoide. O sea s una excepcionalidad, un aristócrata proletario, capaz de entender las condiciones de vida y rebelarse ante ellas. Junto a sus compañeros y a “compañeros de ruta” humanos va a lograr su objetivo y crear una sociedad nueva sin explotadores ni explotados.

Solo falta cantarse la Internacional, se los juro.

Esta es uno de los últimos bolsilibros que Bruguera sacaría antes de su quiebra. Cortita, al pie, breve, sin respiro. Más allá de su trasfondo es una historia sólida que se lee sin inconvenientes. El camarada Sorenssen (la “chapa” de Manuel Gonzalez, uno del os muchos escribas profesionales de estas novelas) sí que sabe escribir…

Actualización: Armando Boix me comenta en un grupo de Facebook que compartimos la siguiente información sobre el autor: “¿Sabías, Roberto Barreiro, que Eric Sorenssen era paisano tuyo? Manuel González Cremona nació en Argentina y se exilió tras el golpe de estado de 1976. Se instaló en Barcelona e inmediatamente empezó a trabajar para Bruguera como guionista de cómic (Joyas literarias juveniles: El Corsario de Hierro, sustituyendo al recientemente fallecido Víctor Mora), novelas populares y libros de divulgación. Viendo esto, la lectura política que haces de la novela seguramente no es casual.
A la caída de Bruguera se especializó en libros divulgativos sobre historia, especialmente para Planeta.”

El jardín de los autómatas

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Autor: Armando Boix Millán

Colección: Gran Angular n° 163

Edita: SM, Madrid, 1997

Aclaremos de entrada que este reseñador tiene conflictos de intereses a la hora de reseñar el libro. Por un lado, porque el autor no es otro que el otro factótum de notas en este blog, Armando Boix Millan. Por el otro, porque Armando es un tipo cojonudo, como dicen en la madre Patria, y eso siempre puede afectar la sensibilidad del que reseña.

Una vez hechos los descargos, digamos que nos encontramos ante una novela corta juvenil magnífica, de esas que le gustaría que les dieran a leer a mis hijos en vez de algunas cosas con los que los torturan cada mes. Breve, ágil y con unos personajes queribles que piden a los gritos que sean vueltos a usar en nuevas historias.

Todo ocurre en la Barcelona de la “Belle epoque”. El protagonista, mateo Giner, es un adolescente huérfano cuya suerte lo lleva a conseguir la protección de Amadeo Bellver, un rico burgués barcelonés con un gran intelecto y una curiosidad insaciable. Junto con Bernabé, el criado y chofer rudo pero de buen corazón, Sancho Panza para el quijotesco Bellver, entrarán en contacto con el fascinante Jardín de Autómatas que ha montado el relojero suizo Jakob Schrade. Schrade es un obsesivo con su trabajo, empeñado a toda costa en generar criaturas mecánicas que sean iguales al os humanos. Antes de lo que uno puede decir “científico loco”, comienzan a pasar varios robos en casas acomodadas de Barcelona, incluyendo la del propio señor Bellver. Y todas las pistas conducen al dichoso jardín de autómatas, a su extraño dueño y a su hija, al que el científico no deja que nadie se acerque con un celo exagerado. Porque… nah, no lo voy a contar. Léanlo ustedes.

El resultado final es una novela entretenidísima, que se lee de un tirón, que sirve para conocer un poco la Barcelona de principios del siglo XX sin cansar y con un par de momentos outré que valen mucho la pena.

A ver si encuentro más libros de Armando para leer. Debería ser más o menos simple, eso sí =)

Llega el Especial Fantástico de AMMyT

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Seguimos rescatando textos de nuestro antiguo blog y entregándolos en formatos comodos para que puedan leerse fuera de la pantalla de la computadora (además de otros textos que vienen de otros lados, como bonus track).

En este caso presentamos el Especial Fantástico, más de cien paginas dedicadas al terror, la ciencia ficción y lo outré en general. Con una nota sobre Carson de Venus, el perosnaje de E.R. Burroughs, una biografia de Robert Bloch , una nota sobre la Biblioteca Terror que sacara años ha Editorial Forum (todas notas de Armando Boix) y una nota sobre la filmación de White Zombie (que el que esto escribe publico hace mas de diez años en la revista La Cosa ). Mas reseñas a granel de libros de género. Todo gratis, a un clic de descarga de distancia.

Si le quieren echar una ojeada, pueden ir a verlo a Issuu , siguiendo el link

Y si lo quiren descargar, les dejamos un preicoso pack conteniendo el pdf en dos formatos diferentes (uno horizontal mas diseñado y pensado para leerse en la pantalla de la pc o del tablet, otro vertical) y los archivos epub y mobi para leer en su lector de libros elecrónicos preferido. ¿Como consiguen esto? Pues siguiendo este enlace, gente.

Espero que lo disfruten.