¿Un Doctor Jekyll real?

El extraño caso de Robert Le Druc…o de Robert Ledruc. En la red se encuentran las dos versiones del nombre. Como para que todo sea, como corresponde, doble.

En este año se cumple un aniversario mas de la puesta en escena de la historia del dr Jekyll y Mr. Hyde (debido al enorme exito de su novela). Ese mismo año coincidió con los crimenes de Jack el Destripador y la trama quedo relacionada en la fantasia de muchos. Tal vez Jack fuera realmente un caballero correcto con una personalidad perversa insospechada.

Ese mismo año de 1888 ocurrio un crimen perfectamente real, con un asesino que no podia controlar su conducta.

El asesino es siempre la persona de la que menos se sospecha. En algunas historias policiales hasta resulta ser el mismo detective que supuestamente investiga el crimen. Agatha Cristhie escribio una novela con este final (no creo estar haciendo spoiler porque su produccion es enorme, al lector que le interese le queda el placer de buscarla releyendo sus muchos volumenes) pero en  ella el asesino simplemente finge.

Lo terrible surge cuando posee otra personalidad que no puede controlar. No hay duda de que resulta siempre un viraje impactante ,uno de los mas sorprendentes. Ni hablar si el hecho ocurre en la realidad, en medio de un crimen que tiene a todo el pais en vilo y dando lugar al mas celebre y extraño juicio en la historia de un pais (Francia en este caso) y al parecer a una extraña sentencia. En el caso del inspector Le Druc (o Ledruc) asesino y detective convivian en un solo ser,exactamente como en la novela de Robert Louis Stevenson.

Esta historia se ha contado muchas veces y para que no le falte dualidad,a veces como novela o cuento ,como en las paginas que adjunto de la revista Selecciones numero de Diciembre de 1944. (pag 75) y otras veces como hecho real, como en el blog  “La brujula verde”  que ademas cita varias fuentes sobre el tema. Las dos versiones coinciden practicamente en todo salvo en el final. Otras varian en algunos detalles pero los hechos principales son siempre coincidentes:

En el año 1888 se produce un desconcertante asesinato en la playa de St Adresse, Francia. Sobre la arena se encuentra el cadaver de un comerciante llamado Andre Monet, quien acababa de llegar con su esposa en busca de descanso y mejorar su precaria salud. Habia salido del hotel para nadar un rato pero al dia siguiente su cadaver aparecia en la playa. No le habian robado. No tenia enemigos alli pues nadie lo conocia. Su esposa dormia en el hotel mientras ocurria el asesinato. No existia entonces ningun sospechoso.

La Surete de Paris,envia a su investigador estrella Robert Le Druc. Conocido como “El idolo de los niños de Francia”, Le Druc era celebre por sus brillantes investigaciones. Hombre de solido prestigio y honestidad intachable, se decia que con solo mirar una huella ya podia hacer el retrato completo de un hombre. Su talento se habia visto coronado varias veces con exitos resonantes que le estaban haciendo un lugar en la historia policiaca. Según los datos, tenia unos treinta y cinco años cuando se lo llama para resolver este caso que tiene a todo el mundo sorprendio.

Le Druc venia con el entusiasmo de siempre, aunque tambien muy estressado debido al exceso de trabajo de los ultimos tiempos, algo que puede explicar en parte lo que ocurrio despues. Veamoslo segun el relato de Selecciones:

“Al llegar a St Adresse, se hallo perplejo y confuso. La cartera del asesinado, con varios cientos de francos, estaba alli con la ropa. A la victima no se le conocian enemigos. No tenia mas herederos que su esposa. La señora de Monet habia estado aguardando a su esposo en el vestibulo del hotel hasta la madrugada. El medico forense dictamino que el crimen se habia perpetrado a las dos de la mañana. Asi pues,quedaba libre de toda sospecha.”

Viendo lo infructuoso de los esfuerzos por descubrir al criminial, Ledruc torno a sus procedimientos acostumbrados: cercó con cuerdas, en un radio de quince metros, el lugar donde estaba el cadaver y comenzo a buscar indicios. Llegó la noche. A la luz de la linterna, Ledruc descubrio lo que estaba buscando: huellas de pisadas .

Las contemplo largo rato, atonito, anonadado, mientras se formaban los moldes de yeso de las pisadas que rodeaban al cadaver.

Aquella noche la paso caminando por las calles de St Adresse: por la mañana se presento en la comisaria.

– Señores -dijo con voz apagada- he dado con la clave del crimen. Aqui tienen ustedes el molde en yeso de una huella que dejo el criminal cuando se acercaba a la victima. Vean este detalle extraño: en el pie izquierdo falta la primera coyuntura del dedo gordo. ¿Lo ven? Esta fuera de toda duda que esta es la marca de la pisada del hombre que dio muerte a Andre Monet.

Ledruc se arrodillo y se quito el zapato del pie izquierdo.

– Señores -dijo- YO soy el criminal.

Le Druc habia perdido en su niñez la coyuntura del dedo gordo del pie izquierdo,El molde de yeso de la huella correspondia exactamente con su propio pie.

En la version de La brujula verde se cuenta lo mismo pero se agrega que ademas mostro su pistola de fabricacion alemana, donde quedaban aun cuatro balas y una sola habia sido disparada recientemente. La que faltaba era la que habia dado muerte al comerciante y estaba aun en su cuerpo.

Entre las balas y las huellas coincidentes, no habia mas que agregar. Aquellas pesadillas en que se veia a si mismo cometiendo crimenes, se habian vuelto espantosa, increible realidad.

Segun La brujula, se realizó una prueba haciendo que el hombre durmiera en la comisaria, custodiado por guardas y teniendo a su lado un revolver con balas de fogueo. Efectivamente en un momento dado se levantó y disparó al pecho de sus guardianes… que hubieran caido muertos de no ser por las balas de fogueo puestas en el arma.

Podemos imaginar el estupor del publico, ya pendiente del extraño crimen sin solucion posible ante tan espectacular viraje y viniendo de alguien a quien se consideraba un genio de la investigacion policial, una persona intachable y admirada. Le Druc era el policía que se arrestó a si mismo. Pero ¿se castigaria a si mismo?

El juicio fue verdaderamente muy sonado. Ante la audiencia, su abogado logro hacer una de las defensas mas notables de la historia de Francia, argumentando que el acusado era totalmente inconsciente de lo que hacia. Era basicamente un hombre honesto que no podia luchar contra los instintos violentos que lo acosaban durante la noche, en estado de somanbulismo. Demostró, con ayuda de autoridades medicas de importancia, que el acusado era solamente peligroso durante las noches. Solo al dormirse aparecian sus deseos de matar. Durante en dia era tan cuerdo como cualquier persona normal. Igual que el doctor Jekyll, aunque sin utilizar ninguna extraña droga ,este hombre no podia controlar la personalidad peligrosa que llevaba dentro de si mismo. Escrupulosamente honesto, comprendió que era un peligro para los demas y decidio entregarse, aunque le hubiera sido facil ocultar tan increible verdad y sabiendo que podia ser condenado a la pena de muerte.

El abogado logro que el publico comprendiera esta extrañisima condicion y presento su celebre y dramatica pregunta:

“Siendo Robert Ledruc peligroso solamente mientras esta dormido ¿creen ustedes justo que muera el hombre despierto?”.

El mismo dilema aparece siempre que existe una doble personalidad, aunque no sea la causa el somanbulismo. ¿Como ejecutar al hombre entero cuando solo una parte es la culpable?

En 1902 Marcel Schwob, que admiraba profundamente a Robert Stevenson y a su novela, publica Corazon Doble ,donde reelabora la historia, esta vez con un asesino de mujeres que aparece perfectamente inofensivo hasta que en medio del juicio logran hacer reflotar su personalidad oculta y el interrogante se da una vez mas:

“En cuanto se sento se produjo la reaccion. Sus mejillas empalidecieron, la cabeza cayo atras, los parpados se cerraron… y el cuerpo se desplomo inerte”

“Y el juez, de pie a su vez ante el hombre se planteo un terrible dilema : De los dos personajes a medias que tuviera ante si, uno solo era culpable y el otro no. ¡Este hombre era doble! y tenia dos conciencias: pero de ambos seres reunidos en uno solo ¿cual era el verdadero? Uno de los dos habia asesinado pero ¿era ese el ser primordial?  En el hombre doble que se habia revelado ¿Donde estaba el hombre?”

(Corazon Doble, Marcel Schowb, Centro Editor de America Latina, Bs, As  1980)

En la realidad el dilema es absolutamente mortal. Podria acabar en la guillotina con los dos seres opuestos.

Segun la version de Selecciones, Le Druc fue condenado a cadena perpetua. Sin embargo, la sentencia quedaba en suspenso desde que comenzaba el dia hasta la caida de la tarde. Desde el amanecer hasta la hora del crepusculo estaba en libertad de ir y venir y obrar a su antojo. Por la noche tenia que comparecer en la carcel, donde se lo encerraba hasta la mañana siguiente.

Durante cincuenta y un años Robert Ledruc cumplio esta extraña sentencia. Por fin se vio indultado. Una noche de 1939, poco antes del derrumbe de Francia, la muerte le abrio definitivamente la puerta de su prision.

Esta es la version de Selecciones, un modo casi salomonico de administrar justicia, un sistema bastante original, hasta poetico podriamos decir. Por algo llaman a la historia “Prisionero de la noche”, pero da una impresion demasiado literaria, para creerla real.

El articulo de La brujula verde informa que simplemente se lo recluyo en una granja especial para pacientes siquiatricos. Algo mas prosaico y triste pero sin duda mucho mas probable. Ambas versiones coinciden en que este extraño personaje fallece en el año 1939.

Es toda una tentacion imaginar que muy bien pudo ser la inspiracion de Robert Stevenson, aunque es muy conocido que el decia haberse inspirado en una pesadilla (incluso Borges se habia fascinado con esta idea). Pero se sabe que a Stevenson le atraian mucho los casos de dualidad. Escribio sobre algunos mucho antes de que comenzara su historia sobre Jekyll y Hyde.

“De niño,Stevenson estaba fascinado con la historia de Brodie:un respetable carpintero durante el dia y un ladron durante la noche. Tenia una vitrina hecha por Brodie en su habitacion e incluso escribio una obra que lo tenia como protagonista. Durante toda su vida Stevenson se sintio fascinado por la “dualidad”. Es el  tema de varios de sus libros predilectos y tambien esta presente en muchas de sus obras.”

(Comentario a “EL doctor Jeckill y Mr Hyde”  ed. El Ateneo, 2001)

Como dijimos al principio, en este mes de junio se cumple otro aniversario de la puesta en escena de El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr Hyde, que coincide con el año de este curiosisimo crimen. Y para que no falte ninguna forma de ambiguedad, la historia es narrada a veces como una ficcion.

 

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La vuelta de Oscar Wilde (1947)

Autor: Lisardo Alonso

Colección: Rastros nro. 62

Edita: Acme, Buenos Aires

Un participante de un círculo espiritista aparece muerto en la calle, aparentemente víctima de un robo. Sin embargo, rápidamente se empieza a sospechar de un asesinato cometido por alguien del miso círculo espiritista del muerto. El problema es decidir quién y por qué ¿Es algún creyente fanático que creía que el asesinado estaba tratando de desprestigiar sus creencias? ¿Algún médium que teme que sea públicamente desenmascarado como un farsante? ¿O hay algún motivo más prosaico en tras el asesinato, algo que involucra el pasado de asesino y víctima de manera irresistible? Es con el trabajo de la fiscalía, de abogados implicados y de la policía que el caso el caso se resuelve satisfactoriamente.

Lamento decirle a quien pudiera esperar, viendo la tapa, que hay ribetes fantásticos en la novela, que esto no es así. La tapa tiene que ver con las visiones de una participante del grupo, que es considerada por demás miembros (y no solo por los pesquisantes) como una persona desequilibrada. Si bien el ámbito espiritista está bien investigado (de hecho es uno de los puntos fuertes de la historia), claramente para el autor poco hay de místico y sí mucho de fraude en ese mundillo. Dificilmente se pueda considerar a la novela (como hace le colega Carlos Abraham en su indispensable libro sobre editorial Acme) como “policial-fantástico”, a menos que consideremos que pertenece a ese subgénero que bordea al fantástico como es la “weird menace” (donde sucesos aparentemente sobrenaturales son explicados por acciones criminales perfectamente explicables, como pasa –para poner el ejemplo más conocido – con todos los casos de Scooby Doo). Aunque incluso ahí, es una clasificación laxa, porque nunca hay una intención de hacer pasar el asesinato como producto de una criatura sobrenatural: es más el ambiente en que se desarrolla la historia lo que lo acerca a lo fantástico y/ misterioso. En ningún momento se duda que el asesino es otro que una persona.

Eso no quiere decir que sea una mala novela de deducción policial. El escribano Lisardo Alonso hace un desarrollo bien cuidado de los acontecimientos, con un trabajo coral sobre la investigación policial y un claro conocimiento del sistema judicial argentino de esos años (donde tira ciertas pullas irónicas sobre este al pasar que se agradecen). La prosa es ágil y uno pasa las páginas con ganas. Incluso las explicaciones sobre el funcionamiento espiritista agregan información para resolver la historia y separar a los sospechosos. Tal vez lo que falla es la deducción de culpabilidad final: el elemento que explica todo aparece a último momento, sin estar a disposición del lector para deducir la historia por su cuenta. En ese sentido no es una novela-problema clásica. Pero más allá de ello, es una novela policial entretenida, un clásico menor de la narrativa policial argentina que bien merecería una reedición.

Sobra un cadáver (Sentence Deferred, 1939)

Autor: August Derleth

Colección: Biblioteca Oro N° 334

Edita. Molino Argneitna, Buenos Aires, 1949

El banco del pueblo de Sac Prairie quiebra y deja en bancarrota a buena parte del pueblo. Dos personas ven rojo y van a matar al dueño del banco. Y hay un incendio de la casa, que nos deja ocn un cadáver chamuscado, dos posibles culpables del asesinato que no se hacen cargo de haber quemado la casa, aunque si de querer matar al tipo. Y un tranquilo abogado de provincias, el juez Peck, que está listo para descubrir quién es el asesino… y de quién.

Cuando los aficionados piensan en August Derleth, lo hacen generalmente pensando en su papel de albacea literario y continuador de la obra de H.P. Lovercraft y divulgador de los Mitos de Cthulhu. A lo mejor, en menor medida, lo relacionan con Solar Pons, el evidente pastiche de Sherlock Holmes que creó. Pero Derleth era un escirtor prolífico que hizo mucho mas durante su carrera. Su carrera como escritor regionalista (del estado norteamericano de Wisconsin) le ha valido reconocimiento en la zona. La mítica ciudad de Sac Prairie funciono de fondo para muchos de sus relatos… incluso algunos de corte policial como este, protagonizado por otro de sus personajes, el Juez Peck.

Curioso para ver qué tal era Derleth sin el bagaje comparativo de la obra de Lovercraft o Conan Doyle, le entré a esta novela. Y me encontré con un misterio policial clásico muy sólido y bien llevado, con todas las pistas expuestas en las páginas para que el lector pueda intentar descubrir al culpable antes que el autor. Digamos en favor de Derleth que poco antes del final el lector recién puede hacerse una idea de quién es realmente el culpable. Muy entretenido, muy bien escrito. Claramente Derleth merece ser recordado más que por sus pastiches cthulianos.

Torpedo 1972

Autores: Enrique Sanchez Abulí (guión) y Eduardo Risso (dibujos)

Colección: Evolution comics

Edita: Panini España, Girona, 2017

No me puede resistir. Andaba Eduardo Risso por Chile y vi la novela gráfica que él dibujó que traía de vuelta a Luca Torelli (a) Torpedo, el gangster absolutamente amoral que por dos décadas Enrique Sanchez Abulí y Jordi Bernet nos dieron a todos los lectores de la historieta. Historias que quedaron truncas tras el muy sonado en su momento quiebre entre ambos autores. Encima traer a un Luca Torelli viejo, enfrentando a esa Nueva York de los años setentas (un lugar absolutamente peligroso para vivir según todas la referencias) parecía un giro más que interesante. ¿Ese anciano mala leche podría sobrevivir a un lugar tan jodido? ¿Cómo se comportaría? Eran preguntas a responder.

Y, la verdad, tras leer esta novela gráfica me quedan sentimientos encontrados. Hay momentos muy buenos y Luca Torelli está en forma a la hora de la frase mordaz y de la mala leche sociopática que todos le conocemos. Pero no puedo quitarme la sensación que la historia está estirada de más, que lo mismo podía contarse en menos páginas. O mejor, que las dos o tres  tramas que la componen (el joven periodista ambicioso que quiere hacerse la carrera desenmascarando al antiguo asesino, la situación en el salón de billar con los hijos de un antiguo mafioso que Torpedo pudo haber o no asesinado y la sesión fotográfica convertida en violación) hubieran sido historias cortas sin un hilo directo y funcionarían mejor. NO es una mala historieta pero no termina de cuajarme.

Eso sí, Risso la rompe con un gran dibujo. Como reemplazo para Bernet, no podían haber elegido mejor dibujante. La cuota de expresividad, manejo de luces y sombras y ritmo narrativo lo pone como el tipo que ojala siga contando las historias de Luca Torelli.

Torpedo 1972 no es LA gran vuelta de un personaje clásico. Creo que Abulí necesita afilar el relato a largo plazo o dejarlo contando historias cortas. Pero tampoco es algo ilegible. Para nada. Le falta cinco para el peso, nomas.

Cuatro para la morgue (The fatal foursome/About face, 1947)

Autor: Frank Kane

Colección: Nueva linterna n° 24

Edita: Malinca, Buenos Aires, 1959

Johnny Liddell, investigador privado trabajando para una agencia de detectives, está en Los Angeles. Su objetivo: encontrar sin que la prensa se entere a una joven estrella de Hollywood desaparecida. Pero, antes que lo encuentre, el tipo aparece muerto en un accidente de auto, que lo deja convertido en un cadáver quemado hasta la irreconocibilidad. Todo eso implicaría el fin del caso… hasta que tres muertes de implicados con el actor ponen las cosas mucho más complejas de lo que parecen y nos llevan a un giro bastante inesperado, donde las cosas que uno esperaba que fuera no lo son.

Esta es la primera novela de las muchas que protagonizara con los años Liddell, el personaje con el que más se identifica en los círculos de conocidos a Frank Kane. Liddel está cortado en el molde clásico del detective de serie negra: es como un Phillip Marlowe de la B. No es que sea un mal personaje, simplemente que no tiene muchas más diferencias con esos detectives. Y la novela es una obra sólida y bien entretenida, con una periodista femenina que nunca es tratada condescendientemente ni es rebajada a interés amoroso, sino que es un personaje con peso en si misma y un forense relajado y con cierto sentido del humor negro.

La trama es sólida, con varias vueltas bien llevadas y un final que va hacia un final medio inesperado de manera bien llevada. Un buen ejemplo de narrativa de género sin pretensiones pero bien hecha. O sea otra buena hamburguesa literaria, de esas que hacen que tenga un buen rato leyéndola, sin sufrirla.

Buscaremos más novelas de Kane. Parece un autor a repasar.

3 libros de no ficción sobre cultura pop 3

En el blog no se nota, pero leo mucho libros de no ficción. De hecho últimamente la historia se ha ganado a pulso mi tiempo lector en cantidades. Como me parece que esas lecturas normalmente no acompañan a lo que pretendo hacer con el blog, quedan sin reseñar.

Pero por una coincidencia astral esta vez, en rápida sucesión llegaron a mis manos tres libros que encajan perfectamente con el concepto de “arqueología pop”. Los tres cruzan la historia con la cultura de masas de maneras excelentes, dando pistas para entender cómo evoluciona ese complejo rompecabezas que es la cultura pop. Así que, como mínimo, corresponde hablar de ellos.

En primer lugar tenemos Arte salvaje: una biografía de Jim Thompson (Savage art, 1995) de Robert Polito, editado por la editorial española Es Pop en el 2014. Quien alguna vez se haya acercado a las novelas criminales de Jim Thompson (incluso las mediocres, como la que reseñe en el antiguo blog) se queda atrapado por su prosa cruel y demoledora. La biografía de Polito es el retrato de este hombre, alcohólico, antiguo vagabundo en la Depresión, trabajador manual en condiciones paupérrimas en la Depresión, afiliado al Partido Comunista de Estados Unidos, con una conflictiva relación con su padre, carismático sheriff de un Oeste apenas menos Salvaje y que volcó todo esas experiencias en una sucesión de novelas entre las décadas de 1950 y 1960 que son un muestrario de grandes perdedores, psicópatas y criminales de baja estofa que pueblan un Estados Unidos muy diferente del que el gobierno de Eisenhower y Kennedy vendían. Thompson (como los comics de la EC, como los dobles programas de ciencia ficción de mostros de esos años) nos muestran el lado B del Sueño Americano, cuando éste se convierte en pesadilla. Y lo sostiene con una narrativa fascinante de este tipo que parece haber sacado boleto de Pasajero frecuente al Infierno. Y una edición muy cuidada, de tapa dura que es hermosa de tener.

Siguiendo con Es Pop tenemos Hollywood Gótico (Hollywood Gothic, 1990) el ensayo en donde David Skal cuenta el desarrollo de Drácula desde la novela hasta la primera adaptación cinematográfica, pasando por el teatro. El resultado es un complejo y cambiante fresco que explica con pelos y señales todos los problemas que se fueron dando con las diferentes adaptaciones. Mención especial a los capítulos sobre el juicio por el Nosferatu de Murnau (con la viuda de Stoker literalmente saltando a la yugular a los productores alemanes de una manera feroz) y el de la versión en español del Dracula de la Universal (versión que Skal – que se tomó en su momento el trabajo de ir a la Cuba de Fidel para ver la única copia completa conocida en esos años y que se convirtió en clave para la restauración final del filme- considera –y yo concuerdo con él- muy superior a la versión de Tod Browning y Bela Lugosi). Cualquier buen aficionado a los vampiros o al cine fantástico debería leer este libro.

Finalmente tenemos La editorial Acme de Carlos Abraham que hace poco sacó la editorial argentina Tren en movimiento. Para el que no sepa, Acme fue la editorial detrás de la Colección Robin Hood, esos libros de tapas amarillas que alimentaron las infancias de los chicos que hoy tienen entre 35 y 55 años en Argentina y América Latina (y que aparecen con frecuencia en las reseñas de este blog). Una verdadera editorial de literatura de masas, sus colecciones (no solo la Robin Hood sino también Rastros, Suplemento de Rastros, Pistas del espacio, etc.) fueron parte de la cultura lectora argentina durante la segunda mitad del siglo XX. Y Abraham hace lo que raras veces se hace en los estudios de historia cultural: un trabajo de campo rigurosísimo, pleno de entrevistas inéditas, investigación en revistas y libros y catalogación de material de la editorial. Realmente cualquier estudiante de Ciencias de la Comunicación y/o Literatura tiene que leer este libro para ver cómo es de verdad un trabajo sobre la industria cultural. Y más de un académico universitario debería llamarse a silencio tras ver la sonora cachetada que el trabajo de Abraham le da sus manidas gilipolleces cuando hablan de literatura. Yo ya había reseñado sus libros anteriores sobre la editorial Tor y las revistas de ciencia ficción argentinas, pero esta vez se superó. Un aplauso por Carlos que demuestra todo el jugo que la arqueología literaria bien hecha puede dar.

Pánico a flor de piel (Panique a fleur de peau, 1960)

Autor: André Lay

Colección: Débora nro. 56

Edita: Malinca, Buenos Aires, 1961

Hillen ha sido contratado por el magnate cinematográfico Herbert Creston para que vigile a su esposa Helena. Ella ha sido diagnosticada con trastornos de personalidad y Herbert quiere que un psicólogo como Hillen la vigile discretamente, haciéndose pasar por su valet. Pero la cosa no es tan simple: Helena es una mina astuta, jodida y muy hermosa. Así que en menos de lo que decimos “femme fatale”, Hillen está metido en una lucha de poder entre marido y mujer (porque Herbert también tiene planes). Una lucha que termina en crimen y en que el psicólogo tiene todos los números de ser el jamón del sándwich… Un jamón que puede terminar freído eléctricamente…

Este es uno de las innumerables novelas policiales de André Lay, uno de los prolíficos autores franceses que publicaron en la serie francesa Fleuve Noir, una de las colecciones más señeras de la literatura popular policial francesa de la posguerra y claramente una de las principales fuentes de novelas de la editorial Malinca (junto con las novelas publicadas en Inglaterra en la inmediata posguerra). Y es una novela típica, bien llevada, con dos personajes muy divertidos como son el comisario Debaker y su ayudante Robin, ambos dotados de cierto sarcasmo brillante en sus frases. Sin ser un clásico, es un policial sólido con ciertas dosis de suspense y escrito agradablemente. En fin, un pasa páginas bastante digno.

Los muertos no hablan (Stiffs don´t squeal, 1953)

Autor: “Ricky Drayton” (seudónimo de Michael Gorell Barnes)

Colección Débora n° 46

Edita: Malinca, Buenos Aires, 1960

A Ricky Drayton, periodista de policiales del New Orleans Messenger, lo llaman para que vaya a una habitación de hotel donde conseguirá una noticia bomba. Cuando llega al hotelucho, hay una noticia peor no la esperada: la persona que lo había citado se ha suicidado tirándose desde la ventana. ¿O no fue suicidio? Al ponerse a investigar Drayton encuentra una trama que involucra a las chicas de un club de “strip-tease “, un club de moda con secreto lugar de apuestas, gente influyente e intentos de extorsión. Que resolverá Drayton usando astucia, redaños, puños y pegando unos cuantos tiros (cosa medio raro en un periodista pero bueh…)

Esta es otra de las novelas que se publicaron en la Inglaterra post Segunda Guerra copiando el modelo de las novelas americanas de esos años, muy herederas del exceso de violencia salpicado con sexo de Mickey Spillane y sucesores. Y que la editorial Malinca tradujo de manera frecuente en Argentina. Dentro de ese contexto escribe una historia pasable, pero nada especial.

El autor es más conocido por su trabajo posterior como guionista y productor cinematográfico en su país natal. Otro obrero del plumín escribiendo novelas para ganarse el puchero. Solo para lectores aficionados al género o para aquellos que les gustan las tapas de la editorial y quieren ser completistas.

Ladrones de cadáveres (Me and my ghoul, 1953)

Autor “Michael Storme” (seudónimo de George H. Dawson)

Colección: Pandora nro. 47

Edita: Malinca, Buenos Aires, 1959

El comienzo promete: el detective Nick Cranley despierta dentro de la tumba abierta de un cementerio, sin tener claro cómo llegó ahí. Una gran imagen para enganchar con unan ovela.

Lamentablemente lo que sigue no es para nada igual de bueno.

Cranley está en esa ficticia ciudad americana buscando la pista de una banda criminal y se topa con un caso de ladrones de cadáveres. Que de alguna manera se terminan cruzando. Y de alguna manera hay una intriga de tipos turbios con pasado oscuro. Y de alguna manera siempre hay señoritas dispuestas a dejarse seducir por Cranley, al que no le importa para nada ser un hombre felizmente casado, aparentemente. Y de alguna manera, Cranley es aporreado reiteradamente en el cráneo, colgado de unas cadenas en un sótano y hasta arrojado por un acantilado en un automóvil en llamas y, sin embargo, sigue como si nada. Esto último es casi cómico: Cranley está a un paso de ser un cartoon de la Warner Bros de la manera que le aplican violencia y sale sin que le pase nada. Uno está esperando que de la nada le caiga un yunque en la cabeza. Y de alguna manera hay páginas escritas con acontecimientos que se suceden. Decirle argumento sería abusar un poco de la palabra.

No asombra que esta sea una de las muchas novelas seudoamericanas de novela negra (bajas en argumento, altas en sexo y violencia) que en la inmediata posguerra hicieron furor en Inglaterra. De hecho este autor fue bastante prolífico en ellas. Igual, si pensamos que sus novelas si son coleccionadas es porque las tapas originales eran hechas por Reginald Heade 8uno del os ilustradores más buscados de tapas de novelas británicos) nos queda claro que no era un gran escritor que digamos.

Pero aparentemente la editorial argentina Malinca tuvo algún tipo de convenio con las editoriales británicas y publicó muchas de ellas en español. Novelas que parecen ser en gran medida como esta: completamente olvidables y solo recuperadas por blogs de arqueología pop como este. De hecho hay tan poco sobre esta editorial, que sospecho que por un rato me pienso dedicar a reseñar los que estén a mi alcance. Así que ahí vamos, a leerlos para ver si les ahorro el esfuerzo…

El Valle a veinticuatro imágenes por segundo (parte 2)

Por Carlos Diaz Maroto

(Segunda parte del extenso artículo de nuestro colaborador sobre las versiones cinematográficas de El Valle de la Muerte, novela de Sherlock Holmes. Para leer la primera parte, solo sigan el link ).

Sherlock Holmes: “The Case of the Pennsylvania Gun” (1954)

Pese a que este artículo se denomina “El Valle a veinticuatro imágenes por segundo”, ahora pasaremos a veinticinco imágenes por segundo, pues también la televisión se encargaría, en cierta manera, de aportar una visión a la novela que nos incumbe.

Sherlock Holmes es una serie de nacionalidad norteamericana (aunque casi todos sus capítulos se rodarían en París por parte de Guild Films) producida por el neoyorquino Sheldon Reynolds, que había tenido un gran éxito al pergeñar en Europa una serie titulada Foreign Intrigue (1951-1955), que daría lugar después a la película Intriga extranjera (Foreign Intrigue, 1956), dirigida por él mismo y protagonizada por Robert Mitchum. Así pues, con este logro a sus espaldas decidió adaptar a Holmes y contactó con los herederos de Doyle para conseguir los derechos.

La intención era ofrecer cierta fidelidad, basándose en tal como se retrataba al detective en Estudio en escarlata. En ese sentido, en una ocasión declararía: “Me quedé anonadado por la diferencia entre el personaje de este libro y el del cine y el teatro. Aquí, Holmes es un hombre joven de unos treinta años, humano, inteligente y con inclinaciones filosóficas y cultas, pero sujeto a errores fatales que se derivaban de su impaciencia y falta de experiencia”(13). Y también diría: “En las historias iniciales como esa, Conan Doyle no se había cansado aún de su personaje, que más tarde se convirtió en un monstruo literario para él. Y, como literatura, las primeras historias son mucho mejores. Sin embargo, prácticamente todas las representaciones en teatro y pantalla del detective se basan en las historias posteriores” (14).

Por tanto, se contrataría al actor Ronald Howard, que entonces contaba con 36 años, para el papel. Howard (1918-1996) era hijo del mítico Leslie Howard (el Ashley de Lo que el viento se llevó), y guardaba un apreciable parecido físico con su padre. Tras la universidad se dedicó al periodismo, hasta que optó por volcarse a la interpretación. Su primera aparición cinematográfica, nimia, fue en ‘Pimpernel’ Smith [tv/dvd: Pimpinela Smith, 1941], dirigida y protagonizada por Leslie Howard. Si bien el papel que Leslie interpretaba en esta película era una especie de modernización de la Pimpinela Escarlata de la baronesa de Orczy, al mismo tiempo recordaba no poco al propio Holmes (15). Durante la década de los cuarenta Ronald ganaría experiencia actuando en teatro de provincias, para trabajar luego en Londres, y su debut “oficial” en el cine se produjo con el film While de Sun Shines (1947), de Anthony Asquith, una comedia basada en la obra de Terence Rattigan. Tras su éxito con Sherlock Holmes se volcó preferentemente en la televisión, pero al no lograr seguir a ese nivel terminó abandonando la carrera interpretativa y abrió una galería de arte. En los años ochenta escribiría una biografía de su padre.

Sobre su papel de Holmes, Howard comentó: “En mi interpretación, Holmes no ofrece esa personalidad infalible, de ojo de halcón y fuera de lo común, sino que es un joven de una sinceridad excepcional que trata de salir adelante en su profesión. Mientras que el Holmes de Basil Rathbone se mostraba nervioso y tenso, el mío tiene una calidad más ascética, se muestra deliberadamente carente de bohemia, y se ve minimizado por la realidad” (16).

En cuanto al personaje de Watson, el actor convenido fue H. Marion Crawford (1914-1964). En el cine desde 1935 con un pequeño papel en Music Hath Charms (1935), de Thomas Bentley, Alexander Esway, Walter Summers y Arthur B. Woods, fue una presencia habitual en las pantallas británicas. En la serie cinematográfica producida por Harry Alan Towers en los años sesenta sobre Fu Manchú, y protagonizada por Christopher Lee como el pérfido oriental, Crawford se hizo cargo del cometido del doctor Petrie, que no era otra cosa que una trasposición de Watson. Encarnó el papel en todos los títulos de la saga, así El regreso de Fu Manchú (The Face of Fu Manchu, 1965), Las novias de Fu Manchú (The Brides of Fu Manchu, 1966), ambos de Don Sharp, La venganza de Fu Manchú (The Vengeance of Fu Manchu, 1967), de Jeremy Summers, Fu Manchú y el beso de la muerte / The Blood of Fu Manchu (1968) y El castillo de Fu Manchú / The Castle of Fu Manchu (1969), estas dos últimas de Jesús Franco. Ese mismo año 1969 Crawford moría a los 55 años de edad.

Desde hacía mucho tiempo H. Marion Crawford iba detrás de interpretar el personaje de Watson, a quien quería aportar un perfil distinto al de bufón que le había otorgado el por otra parte excelente Nigel Bruce en las películas con Basil Rathbone. En ese sentido refirió: “Nunca había considerado a Watson como un constante chapucero sin cerebro, que proporciona alivio cómico en las representaciones anteriores. Es un hombre normal, con los pies en el suelo, un estudiante de medicina que ofrece valiosos consejos… En otras palabras, es el complemento ideal al joven optimismo de Holmes” (17).

Para algunos críticos, pese a lo referido, Ronald Howard resultaría demasiado joven y bisoño para el papel. Sin embargo, H. Marion Crawford goza de mayor prestigio, a tal punto que está considerado uno de los mejores Watson de la historia.

El reparto semi-fijo se completaba con el actor escocés Archie Duncan en el cometido de Lestrade, que esta vez sí suponía el “alivio cómico” que refería Crawford, y Richard Larke como el sargento Wilkins. Entre los invitados estuvieron el francés Eugene Deckers, que encarnó a lo largo de la serie a siete personajes diferentes, entre víctimas y criminales, amén de figuras de fama como Delphine Seyrig, Michael Gough, Dawn Addams o, en especial, Paulette Goddard. Esta última, que tenía fobia a los cementerios, cuando era llevada en limusina a los estudios hacía que el vehículo diera un rodeo de kilómetros para evitar pasar frente a uno.

Se construyeron en estudio varios decorados para figurar tanto el interior como los exteriores de Baker Street. El encargado de ello fue Michael Weight, quien, en verano de 1951, y dentro del Festival of Britain, ya había ejecutado una exhibición sobre Sherlock Holmes y su mundo. Aparte de ello, se edificaron otros decorados para representar parques, las oficinas de Scotland Yard, otras viviendas… Casi todo se filmó en estudio, añadiendo de forma constante una toma de archivo de coches de caballos pasando por el Puente de Londres, con el Big Ben de fondo, una imagen tópica que se ha visto miles de veces. Unos pocos exteriores franceses fueron utilizados, así como actores de esa nacionalidad, para cometidos sin diálogo o de carácter secundario, donde sus acentos colaban con mayor o menor fortuna. Se rodaron 39 episodios distribuidos en una única temporada, para sindicación, si bien hubo rumores de una segunda tanda a filmar a partir de junio de 1955, si bien no se llegó a hacer.

Como directores se contó con Steve Previn, hermano del compositor André Previn, que se hizo cargo de nada menos que veinticinco de ellos. Previn ya había dirigido antes Foreign Intrigue. Después, el propio Sheldon Reynolds dirigió nueve de los capítulos, y por último Jack Gage, que también había colaborado en la citada serie de espías, se hizo cargo de los cuatro restantes.

En 1980, Reynolds produjo una nueva serie sobre nuestro detective, ahora titulada Sherlock Holmes and Dr. Watson, en la que muchos de los capítulos eran remakes de los de esta. Esta nueva serie se haría en colaboración con Alemania, y como directores figuraron nombres de la talla de Val Guest o Roy Ward Baker; Holmes sería encarnado aquí por Geoffrey Whitehead, y Watson por Donald Pickering.

De los treinta y nueve episodios, la mayoría partió de guiones originales, y solo unos pocos se basan en el Canon: “The Case of the French Interpreter” se basa en “The Adventure of the Greek Interpreter”, “The Case of the Pennsylvania Gun” en The Valley of Fear, como ahora veremos, “The Case of the Shoeless Engineer” en “The Adventure of the Engineer’s Thumb” y “The Case of the Red-Headed League” no es necesario precisarlo. Amén de ello, el primer episodio, “The Case of the Cunningham Heritage”, adapta el inicio de A Study in Scarlet, donde Holmes y Watson se conocen (siendo una de las pocas veces que este hecho se ha visto en pantalla), y luego prosigue con una historia original; y otros cuantos episodios son versiones lejanas de otros relatos de Conan Doyle.

El primer capítulo, ya citado, se emitió en la televisión norteamericana el 18 de octubre de 1954, y el último fue “The Case of the Tyrant’s Daughter”, que se vería el 17 de octubre de 1955. En Inglaterra, curiosamente, no se llegó a ver hasta 2006, hasta que se emitió por un canal llamado Bonanza. En España jamás ha podido ser vista.

Como se ha referido, el episodio “The Case of the Pennsylvania Gun”, que es el capítulo tres de la serie, se basa en The Valley of Fear, y el guion y la dirección corrieron a cargo del propio Reynolds. Atendiendo a la duración de los episodios, cualquier conocedor de la novela se hará una idea de cómo se ha procedido para la adaptación. Pese a ese escaso metraje, aún se tiene tiempo para introducir elementos humorísticos al inicio, con Holmes tonteando con un equipo de pesca y la reacción que la actitud de la pareja despierta en un mozo que trae una carta. A continuación, la llegada de Holmes y Watson al lugar del suceso se presenta de un modo similar a como en la novela, si bien simplificando la exposición y reduciendo personajes; el tono un tanto burlón, mientras, persiste. El cambio más acusado se refiere al fondo del asunto, pues aquí no tenemos ninguna sociedad secreta, sino simplemente un yacimiento de oro compartido por tres personas: la supuesta víctima, el amigo que comparte vivienda con él y su esposa, y un tercer desconocido. Para cualquier espectador desconocedor del libro, la conclusión es obvia. El inspector encargado del caso, Mac Leod, pese a su definición un poco bufonesca y, por supuesto, estar equivocado en sus conclusiones, sin embargo saca algunas deducciones nada desdeñables.

El resultado es una aportación ligera y sencilla, que dado su tono hacer aparentar la trama más simple de lo que en realidad es. Solo se centra en la primera parte de la novela, simplificando todo de un modo extraordinario, y con el cambio referido sobre la relación entre los implicados. Crawford interpreta a Watson con rasgos muy británicos y, tal como se refería al respecto, no es para nada el lerdo que popularizó el bueno de Nigel Bruce. En cuando a Howard, aparte del sorprendente parecido que tiene con su padre, tanto en el físico como en los gestos, aporta un perfil demasiado jovial de Holmes, sin duda para hacerlo más accesible al público, lo cual difumina ese aura de misterio y complejidad que ha acompañado a la creación de Conan Doyle.

Dirección: Sheldon Reynolds. Productor: Sheldon Reynolds para Guild Films. Productora asociada: Nicole Milinaire. Guion: Sheldon Reynolds. Fotografía: Raymond Clunie. Música: Paul Durand. Montaje: George Gale. Decorados: Raymond Druart. Intérpretes: Ronald Howard (Sherlock Holmes), Howard Marion-Crawford (Dr. John H. Watson), Russell Waters (Mac Leod), Maurice Teynac (Morelle), Frank Dexter (sargento), Richard Larke (sargento Wilkins). Nacionalidad y año: Estados Unidos 1954. Duración y datos técnicos: 26 min. B/N 1.33:1.

Fecha de emisión: 1 de noviembre de 1954 (1ª temporada, episodio 3).

El collar de la muerte (Sherlock Holmes und das Halsband des Todes / Sherlock Holmes et le collier de la mort / Sherlock Holmes la valle del terrore) (1962)

 

En Alemania, la literatura del autor británico de misterio Edgar Wallace (1875-1932) era inmensamente popular. Ya en 1927 se realizó en aquel país una adaptación de su obra, Der große Unbekannte, por parte de Manfred Noa, la primera de una serie de escasas adaptaciones hacia la época. Fue sin embargo, y tras un exitoso grupo de telefilmes a mediados de la década de 1950, cuando se inició un amplio ciclo de adaptaciones cinematográficas del autor con La banda de la rana (Der Frosch mit der Maske, 1959), de Harald Reinl, y que duraría hasta principios de los setenta, dando lugar a toda una tradición de filmes alemanes de misterio denominados krimi.

Sherlock Holmes, por supuesto, también era de gran éxito en el país germano, como de hecho toda la tradición criminal y de misterio, y ya en época del cine mudo fue abordado con abundancia, en especial El perro de los Baskerville. No era extraño, pues, que en plena eclosión del fenómeno decidieran realizar una película sobre nuestro personaje. Así, Constantin Film Verleih, uno de los mayores estudios berlineses del momento, se planteó adaptar la obra de Arthur Conan Doyle, para lo cual solicitaron permiso a los herederos, haciéndose cargo de la producción Artur Brauner (junto a su hermano Wolf), responsable del ciclo de los sesenta dedicado al doctor Mabuse.

Viendo la ficha técnica, no puede decirse que se lo tomaran con superficialidad, sino que tenían verdades intenciones de hacer un producto de peso. Como director escogieron al británico Terence Fisher, que en la época estaba en su mejor momento.

Descubrimiento de la productora británica Hammer Films, Fisher fue el renovador de la tradición de cine de terror de la época con obras maestras como Drácula (Dracula, 1958), The Revenge of Frankenstein [tv/dvd: La venganza de Frankenstein, 1958], Las novia de Drácula (Brides of Dracula, 1960) o La maldición del hombre lobo (Curse of the Werewolf, 1961), por solo citar unas pocas previas a la presente película. Además, y lo más importante, en 1959 había dirigido El perro de Baskerville (The Hound of the Baskervilles), espléndida adaptación de la novela, teñida del toque Hammer, con el gran Peter Cushing como Holmes, André Morell como Watson y Christopher Lee en el rol de Sir Henry Baskerville.

Así pues, poner al magnífico Terence Fisher al frente de todo era una decisión admirable. Además, como guionista se contó con Curt Siodmak, novelista de origen alemán que había alcanzado el éxito en Hollywood con algunas aportaciones a los clásicos de terror de los cuarenta, principalmente El hombre lobo (The Wolf Man, 1941), de George Waggner. En todo caso, existen rumores de que su guion sería reescrito en abundancia por un colaborador desconocido.

Como Sherlock Holmes se decidió escoger a Christopher Lee, quien haría triplete con personajes del Canon encarnando a Mycroft en la esencial La vida priviada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes, 1970), de Billy Wilder. No serían estas tres las únicas colaboraciones con el mundo de Conan Doyle: a principios de los noventa volvió a dar vida a Holmes en un díptico de mini-series televisivas, Sherlock Holmes y la prima donna (Sherlock Holmes and the Leading Lady, 1991), del hammeriano Peter Sasdy, e Incidente en las cataratas Victoria (Incident at Victoria Falls, 1992), de Bill Corcoran. Además, fue presentador del documental The Many Faces of Sherlock Holmes (1985), de Michael Muscal.

En el papel de doctor Watson se contó con alguien también procedente de la plantilla Hammer, Thorley Walters, quien volvería a asumir ese rol en un cameo en La mejor casa de Londres (The Best House in London, 1969), de Philip Saville, en El hermano más listo de Sherlock Holmes (The Adventure of Sherlock Holmes’ Smarter Brother, 1975), de Gene Wilder, y en el corto televisivo Silver Blaze (1977), de John Davies, dentro de la serie ITV Sunday Night Drama. Y también daría vida al mayor John Sholto en el telefilm El signo de los cuatro (The Sign of Four, 1985), de Desmond Davies.

Christopher Lee y Thorley Walters serían los únicos actores británicos dentro de un reparto compuesto por, principalmente, alemanes, junto a algunos pocos intérpretes franceses e italianos que aportaban la co-producción con esos dos países. El papel de Mrs. Hudson corrió a cargo de Edith Schultze-Westrum; dentro de su muy poco conocida carrera en España cabe destacarla como una de las madres de El puente (Die Brücke, 1959), de Bernhard Wicki. Moriarty fue encarnado por Hans Söhnker, prestigioso actor alemán premiado con la Cruz del Mérito en 1973. Más conocida será la “chica de la película”, Ellen Blackburn, a la que da vida Senta Berger, de carrera internacional, destacando sus participaciones para Sam Peckinpah en Mayor Dundee (Major Dundee, 1965) y La cruz de hierro (Cross of Iron, 1977).

Esta película se rodó sin sonido directo. Christopher Lee, quien habla excelentemente el alemán, puso su propia voz, por ejemplo, en otra producción germana, el krimi El misterio de los narcisos amarillos (Das Geheimnis der gelben Narzissen, 1961), de Ákos Ráthonyi. Sin embargo, aquí fue doblado para la versión alemana y, cuando el film se exportó a Inglaterra (estrenándose allí en 1968), fue también doblado por una voz anónima, por lo cual no se le puede oír ni en una ni en otra versión (ni, por descontado, en la francesa o en la italiana), como tampoco, de hecho, se puede oír a Thorley Walters. Aparte de ello, en el doblaje al inglés se variaron algunos elementos de los diálogos originales. Esto repercute, lamentablemente, en poder disfrutar de la interpretación completa de este prodigioso actor, quien además posee una voz espléndida (18). Añadamos que, de paso, se le caracterizó con una nariz postiza.

El rodaje, que ocupó entre julio y agosto de 1962, tuvo lugar casi en toda su totalidad en Alemania, aunque algunas escenas se filmaron en Londres y otras en Dublín. En esta última localización, algunos extras de raza gitana se aproximaron a Lee y le interrogaron sobre sus ancestros; él poco sabía al respecto, y aquéllos le informaron que, dado su físico, muy bien pudiera haber tenido antepasados cíngaros, razonamiento que Lee consideró factible.

La película fue un fracaso, a tal punto que una segunda sobre el personaje que se anunció, y que trataría sobre Holmes investigando la desaparición de un tren, no llegó a hacerse. Terence Fisher, hablando sobre El collar de la muerte, refirió que “más valdría olvidarse de ella” (19). Christopher Lee, por su parte, comentó: “Creo que fue una lástima lo de esta película, en más de un sentido. Nunca debimos haberla hecho en Alemania con actores alemanes, a pesar de que tenía un director artístico y un realizador británicos. Los productores alemanes hicieron una mezcolanza de historias que la arruinó. Mi interpretación de Holmes es, creo, una de las mejores que he efectuado, porque traté de encarnarlo tal como fue escrito, un hombre muy intolerante, amigo de las discusiones  y complicado, y por medio del maquillaje me parecía mucho a él. Todo el mundo que lo vio me dijo que era el Holmes más cercano a cualquier otro actor, tanto en apariencia como en interpretación” (20).

Charles Prepolec, de la web BakerStreetDozen.com escribió: “En líneas generales hay algunos personajes divertidos que añaden un elemento de humor, incluyendo una interpretación de Thorley Walters tristemente cercana al estilo de Nigel Bruce. La comedia abunda en una secuencia en un pub con un Holmes disfrazado de matón. Hay algunas escenas bien interpretadas entre Lee y Hans Söhnker, que se desarrolló en un banco que rememora el fantástico enfrentamiento entre Holmes y Moriarty registrado en ‘El problema final’. Hay grandes cosas, pero lamentablemente no lo suficientemente frecuentes como en esta película” (21).

En realidad, los problemas arreciaron sobre la película desde un inicio. Estaba el caos habitual en este tipo de coproducciones, donde cada actor interpretaba en su propio idioma, por lo cual a un comentario en inglés podría venir una réplica en alemán, junto a un apunte adicional en italiano. Aparte de ello, dos de los productores, los alemanes Artur Brauner y Heinrich Von Leipzinger no se soportaban, hasta tal punto que en un momento determinado llegaron incluso al enfrentamiento físico (22). Esto desquició a Fisher, de tal modo que incluso llegó a gritar a Lee, algo que jamás hizo ni volvería a hacer. Llegado a este punto, el realizador británico decidió irse a rodar los exteriores a Irlanda, y lo que quedaba por hacer en Alemania se lo dejó a Frank Winterstein, su ayudante de dirección y, en especial, el intérprete que mediaba entre el director y los actores y el equipo germanos. De ahí que en los créditos de la copia alemana Winterstein figure como co-director (23).

En cuanto al resultado de la película, la verdad es que no es tan mala como se la suele calificar. Tiene el enorme problema de un desastroso guion debido a Curt Siodmak. Por un lado, esa “adaptación” de El Valle del Miedo, que centra una breve parte de la acción en el propio libro (el asesinato y su resolución), con un inicio y un final por completo diferentes, y con Moriarty implicado de forma física, recuerda en muchos aspectos a la versión protagonizada por Arthur Wontner de la que ya hablamos. Aquí, por cierto, la sospecha de adulterio entre la “viuda” y el amigo del “difunto” se confirma, pues ambos están enamorados. Aparte de ello, el arranque rememora un tanto a El signo de los cuatro, sin que, empero, pueda considerarse una adaptación. Además, todos los procesos deductivos de Holmes están reducidos a su mínima expresión, y en ocasiones llega a comportarse incluso de un modo torpe. Sorprende, por otro lado, la machacona insistencia sobre la utilidad del Times para resolver todo, que llega al grado de una especie de gag, solo que carente de gracia. Sumemos además el método en que los acólitos de Moriarty se hacen con el collar que transporta el furgón policial, exactamente igual a como aparecía en el clásico del cine negro El abrazo de la muerte (Criss Cross, 1949), dirigido por… Robert Siodmak, hermano de Curt.

Aquí, Moriarty es convertido es un arqueólogo de prestigio internacional, y que, tras el descubrimiento de nada menos que la momia de Cleopatra, roba un valioso collar perteneciente a esta. Thorley Walters, en su interpretación de Watson, sigue la clásica escuela de Nigel Bruce, mostrándose a veces de un tontorrón subido que asusta, aunque en otras realiza contribuciones estimables. Está lejos, con todo, del sobrio aporte que hizo André Morell en la otra adaptación por parte de Fisher. Con todo, dentro de esos cánones elegidos, Walters realiza una buena interpretación.

En cuanto a Christopher Lee como Holmes, referir que está sencillamente magnífico. Pese a que la nariz postiza sea muy ostentosa, si uno se olvida de ello cabe admitir el parecido con los grabados de Sidney Paget. Aparte de ello, en una de las pocas virtudes del guion de Siodmak, Holmes (pronunciado en el doblaje español como “Jolmes”) emplea su habitual técnica del disfraz, y por la cual siento especial debilidad: será dos veces un rudo matón, y en otra un estirado petimetre con bigotito y gafas redondas, estando espléndido en ambos cometidos. Por lo demás, Lee nos ofrece un Holmes extravagante, inteligente, adusto, alegre en ocasiones…; en definitiva, todo un espectáculo interpretativo, y que desde luego supera las limitaciones que se le insuflan en el romo guion.

Incluso cabe añadir que el actor alemán que encarna a Moriarty, Hans Söhnker, aporta un innegable empaque al mismo, superando sin esfuerzo a algunos anglosajones que acometieran idéntico cometido, el de la citada película de Arthur Wontner, por ejemplo.

Fisher, que en El perro de los Baskerville se sirvió del color, aquí emplea el blanco y negro con elegancia y potencia, utilizando algunos trucos visuales que lo confirman como un gran maestro: el juego de las llamas en la cara de los personajes, o un pequeño foco de luz en un rostro en sombras potencia la expresividad de algunos momentos, así como el flashback que narra Senta Berger, filmado con encuadres inclinados, lo cual le otorga resonancias a lo Orson Welles. El realizador confiere ritmo a la narración y esta se ofrece fluida, sin un solo tiempo muerto, con un hábil uso de la variación de escenarios.

El film, como se ha visto, tiene puntos negativos, el pésimo guion y una banda sonora terrible de sones sesenteros. Además, ofrece una ambientación surrealista, que parece alternar los años veinte con los sesenta, mezclando coches de época con vestimentas y peinados contemporáneos (a la época en que se rodó), de un modo incomprensible. Empero, las interpretaciones, la hermosa fotografía y la sobria puesta en escena de Fisher logran paliar esas limitaciones conformando un título, no para las antologías, pero sí simpático y que se ve con agrado. Lástima, porque estando dirigida por Terence Fisher, uno se esperaba una obra maestra.

Dirección: Terence Fisher. Productor: Artur Brauner para Central Cinema Company Film, Criterion Productions, Incei Film, Constantin Film Produktion. Productor ejecutivo: Wolf Brauner. Guion: Curt Siodmak. Fotografía: Richard Angst. Música: Martin Slavin. Montaje: Ira Oberberg. Dirección artística: Paul Markwitz. Efectos especiales de maquillaje: Paul Markwitz. Ayudante de dirección: Frank Winterstein. Intérpretes: Christopher Lee (Sherlock Holmes), Hans Söhnker (profesor Moriarty), Thorley Walters (Dr. Watson), Hans Nielsen (inspector Cooper), Senta Berger (Ellen Blackburn), Ivan Desny (Paul King), Wolfgang Lukschy (Peter Blackburn), Leon Askin (Charles), Edith Schultze-Westrum (Mrs. Hudson), Bruno W. Pantel (subastador), Heinrich Gies (comprador de Texas), Bernard La Jarrige (policía francés), Linda Sini (chica), Roland Armontel (doctor), Danielle Argence (bibliotecario del Times), Franco Giacobini (coleccionistas de Texas), Waldemar Frahm (mayordomo), Rena Horten (Emily Kellner), Max Strassberg (Johnny), Corrado Annicelli (Samuels), Pierre Gualdi (Wirt), Kurt Hain (encargado de Correos)… Nacionalidad y año: Alemania, Francia, Italia 1962. Duración y datos técnicos: 83 min. B/N 1.66:1.

Fecha de estreno: 30 de noviembre de 1962 (Alemania); 3 de mayo de 1963 (Italia); 20 de mayo de 1964 (Francia); 10 de mayo de 1965 (España).

La valle della paura (1968)

 

El presente es un telefilm italiano muy poco conocido, que adapta, una vez más la novela que nos concierne. Producido por la RAI, en la dirección contamos con Guglielmo Morandi, un hombre, según parece, dedicado casi enteramente al medio. Precediendo a la presente rodó la adaptación también de El perro de Baskerville con L’ultimo dei Baskerville, protagonizada de igual modo por Gazzolo y Bonagura como Holmes y Watson. Por lo que se conoce de la carrera de Morandi, esta parece centrarse en especial en el género criminal, en muchos casos versioneando autores extranjeros (Edgar Wallace no podía faltar), a tal punto que ha sido definido como “un experto en el romanticismo inglés”. Rodó una serie de doce episodios titulada Tenente Sheridan (1959-1961), que alcanzaría tal éxito que dispondría de una continuación, Ritorna il tenente Sheridan (1963), ya sin el concurso de él. Parece ser que solo dirigió una película para cines, L’oro di Londra (1967), con el seudónimo de Billy Moore, con fines de exportación, y una vez más basándose en Wallace.

Como Sherlock Holmes tenemos a Nando Gazzolo, activo trabajador televisivo que colaboraría en diversas ocasiones con Morandi. Y como Watson figura Gianni Bonagura, que también participaría varias veces tanto con el director como con su compañero de reparto.

Según parece, La valle della paura se emitió dividido en tres partes, componiendo en total una mini-serie de seis episodios junto a la otra adaptación referida, y bajo el título globalizador de Sherlock Holmes. Tal como se refiere, al ser esta la segunda aportación, aparece más sólida en producción, con una dirección menos estática y un reparto menos teatral. La adaptación parece ser bastante fiel al libro, y se destaca la perfecta dicción (al italiano, por supuesto) del dúo protagonista.

Dirección: Guglielmo Morandi. Producción: Radiotelevisione Italiana (RAI). Guion: Anton Giulio Majano. Decorados: Amedeo Puthod. Intérpretes: Nando Gazzolo (Sherlock Holmes), Gianni Bonagura (Dr. Watson), Leonardo Severini (Ames), Cesarina Gheraldi (Mrs. Allen), Anna Miserocchi (Ivy Douglas), Mario Erpichini (Cecil Barker), F. Paolo D’Amato (Jack Mc Donald), Antonietta Lambroni (Mrs. Clarke), Francesco Sormano (inspector Mc Donald), Enrico Ostermann (inspector Mason), Giuseppe Mancini (Jackson), Mario Laurentino (sargento Wood), Ernesto Colli (Turner)… Nacionalidad y año: Italia 1968. Duración y datos técnicos: 112 min. B/N 1.33:1.

El Valle del Miedo (Sherlock Holmes and the Valley of Fear) (1983)

 

El acto de realizar adaptaciones de clásicos de la literatura en el formato de animación (sea para televisión o para lo que, en tiempos, se denominó “directos a vídeo”, o DVD) es bastante común. El motivo puede ser doble: por un lado, se dispone de una historia base de calidad de forma gratuita, al ser la obra ya libre de derechos, y por otro lado se efectúa la noble labor de ofrecer de un modo fácil un acercamiento de la cultura literaria a los niños, supuestos receptores de este tipo de productos. Así, versiones de las obras de autores como Jules Verne, Robert Louis Stevenson, Charles Dickens o Walter Scott, por poner unos ejemplos, son bastante comunes. Sir Arthur Conan Doyle no podía faltar, y es muy posible que, aparte de lo aquí referido, haya más por parte de compañías pequeñas norteamericanas o canadienses, las más habituales en realizar estas versiones.

De procedencia australiana es un ciclo de cuatro adaptaciones de clásicos de nuestro escritor. A la presente se suman también Estudio en escarlata (Sherlock Holmes and a Study in Scarlet), El perro de Baskerville (Sherlock Holmes and the Baskerville Curse) y El signo de los cuatro (Sherlock Holmes and the Sign of Four), es decir, las cuatro novelas que Conan Doyle escribió sobre el detective de Baker Street, y todas ellas realizadas en 1983.

La producción proviene de los estudios Burbank Films Australia, que entre 1982 y 1989 originó casi cuarenta versiones de la índole que referíamos al inicio, comenzando con Oliver Twist, de Dickens, y finalizando con Los hermanos corsos, de Alexandre Dumas padre. Estas películas, de cincuenta minutos de duración, estaban destinadas a rellenar la programación televisiva, amén de su venta en formato casero.

Es sorprendente cómo se contó con un alto grado de compromiso artístico al disponer de un actor de la talla de Peter O’Toole para poner voz a Sherlock Holmes. Que uno sepa, tal responsabilidad no se extendió al resto de las producciones de la casa, siendo los demás doblados por actores especializados en estas labores. O’Toole, por cierto, más adelante se haría cargo de interpretar a Arthur Conan Doyle en la muy apreciable Cuento de hadas (FairyTale: A True Story, 1997), de Charles Sturridge. Por lo demás, la voz de Watson fue puesta por Earle Cross, un actor que realizaría igual cometido en una adaptación de El hombre de la máscara de acero, de Dumas padre, amén de aparecer físicamente en unas pocas series televisivas australianas.

La conversión de la novela es casi literal, de hecho demasiado, pues se hace en exceso discursiva, con dibujos estáticos hablando sin parar, faltándoles dinamismo cinematográfico. El diseño de los dibujos, por lo demás, ofrece el simplismo característico de este tipo de producciones. La narración es fría, sobrecargada, y aparenta demasiado aburrida y dialogada para los niños, teóricos destinatarios de esta clase de adaptaciones, como dijimos; para los adultos amantes del original literario, lo cautivante de la historia original se ve perjudicado por la simplista resolución visual y artística del conjunto. En lo que respecta a la trama, ya se ha referido el hecho de la fidelidad; la mayor parte de la historia se centra en la primera parte de la novela, estando resuelta la segunda en menos de diez minutos.

Dirección: Ian Mackenzie y Alex Nicholas. Productor: Tom Stacey para Burbank Films Australia. Co-productores ejecutivos: Tom Stacey, George Stephenson. Guion: Norma Green. Música: John Stuart. Montaje: Peter Jennings, Caroline Neave. Consultor creativo: Eddy Graham. Coordinador de producción: Joy Craste. Storyboard: Richard Slapczynski. Intérpretes: Dibujos animados, con las voces (en la VO) de Peter O’Toole (Sherlock Holmes), Earle Cross (Dr. Watson), Brian Adams, Colin Borgonon, Judy Nunn, Ron Haddrick, Robin Stewart, John Stone, Henri Szeps… Nacionalidad y año: Australia 1983. Duración y datos técnicos: 48 min. color 1.33:1.

Notas: 

13 Citado por Alan Barnes: Sherlock Holmes On Screen: The Complete Film and TV History. Titan Books, 2012; págs. 180-185.

14 Citado por Peter Haining: The Television Sherlock Holmes. Virgin Books, 1994; pág. 57.

15 En todo caso, siempre nos quedará la duda de saber qué tal hubiese quedado Leslie Howard en el cometido de Sherlock Holmes, pero a mi juicio hubiese sido ideal.

16 Citado por Peter Haining. Op. cit.; pág. 58.

17 Íbid.

18 La edición en DVD que hay en España ofrece la versión original alemana. Por suerte, el doblaje que se incluye es el original de su estreno en nuestro país, y no un pésimo redoblaje contemporáneo, por lo cual puestos a ver a Lee doblado al alemán, es preferible verlo en español, que además ofrece una mayor calidad.

19 Davies, David Stuart: Holmes of the Movies: The Screen Career of Sherlock Holmes. Bramhall House, 1978; págs. 129-130.

20 Íbid; pág. 130.

21 http://bakerstreetdozen.com/lee.html

22 Curiosamente, Leipzinger no aparece en los créditos.

23 Como director solo constan dos labores suyas, en una serie de televisión y el film de aventuras Die Hölle von Macao (1967), co-dirigido con James Hill. Como ayudante de dirección cabe apuntar su colaboración en el espléndido díptico El tigre de Esnapur (Der Tiger von Eschnapur) / La tumba india (Das indische Grabmal), dirigido en 1959 por Fritz Lang; también participó en un interesante film bélico producido por la Hammer, Ten Seconds to Hell [tv: A diez segundos del infierno, 1959], de Robert Aldrich.